domingo, 13 de septiembre de 2015

Los baños en la antigüedad

La preocupación por ofrecer una mejor imagen o aspecto físico, será sin duda una de las consecuencias que fomentarán el disfrute de los baños de sal. Un lujo que antaño sólo estaba al alcance de las clases más pudientes, entre las que se encontraba la nobleza. Sabemos por ejemplo, que ya en el antiguo Egipto, Cleopatra disfrutaba de este ejercicio relajante. De igual modo sucedía en la sociedad griega, donde el acceso a los baños con aceites era propio de aquellas gentes con poder económico.

Las propiedades de baños (como sucedía con los de leche), además de la mencionada Reina de Egipto, también los conocían los patricios romanos. Sabido es el gusto por esta afición de la esposa de Nerón. Y ello igual sucedió con aquellos que preferían el uso de sales de roca. Tal era su exclusividad que algunos hablaban de sales de reyes.

Sabemos que a finales del siglo XVIII (y con más fuerza en la centuria siguiente), la nobleza y la burguesía comienzan a tener una predilección por los balnearios. A raíz de ahí, surgirán diferentes lugares que hasta el día de hoy son un  referente en el ocio acuático, bien por características minerales, termales y demás particularidades, que obtendrán una seña distintiva y de calidad.

En nuestro país los baños de sal marina y de aguas minerales cobrarán interés a finales del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. En aquellas fechas todavía seguían siendo una actividad al alcance de muy pocos, pues sólo hemos de recordar que por aquellos tiempos muchas viviendas ni tan siquiera disponían de una simple bañera.

  


David Gómez de Mora