sábado, 27 de junio de 2026

Lobos, perros asilvestrados y molinos en el territorio conquense tiempo atrás

Como sabemos, muchos de los molinos que habrá a lo largo de nuestro territorio, históricamente se han distribuido en enclaves variopintos, con una tendencia hacia puntos apartados de las áreas pobladas, como solía ocurrir en las zonas de ribera con los de tipo hidráulico, puesto que aprovechan el agua de un curso fluvial.

Fuese en medio del campo o en puntos alejados de donde la mayoría de la gente hacía su vida, esto hacía que los molineros residieran como gentes apartadas de los principales núcleos habitados. Para ello, como cualquier persona, requerían de las mismas necesidades que sus vecinos para alimentarse o desplazarse; por ello era normal que en aquel lugar estos tuvieran su correspondiente caballería para moverse, así como diversos animales que criar y aprovechar para su posterior consumo.

Comprobaremos en los molineros, al tener que estar ubicados muchas veces en zonas salvajes, que estos podían verse afectados por la llegada de algún depredador que merodeara la zona en busca de comida. Es por ello que alrededor de los molinos, nacerán muchas historias, entre las que aparecerán relatos de fauna salvaje, y que muy a menudo atemorizaban a algunos de los que allí se encontraban.

Y es que, junto a los lobos, también habrá que tener en cuenta a los perros asilvestrados, una más de las especies que siguen habitando nuestro entorno, y que solían generar en alguna ocasión problemas a las personas que se encontraban haciendo vida en ese lugar. En realidad, los perros asilvestrados, no son más que perros que anteriormente se encontraban en un estado de domesticación, y que, al abandonar el lugar que compartían con sus amos, acabarán adaptándose al territorio, perdiendo los hábitos que se les habían enseñado.

Estos no constituyen una raza, ya que bien pueden ser mastines, ejemplares de caza que se han perdido, así como otras clases de perros, domesticados en origen, que una vez que se han adaptado a la vida en el exterior, y sin depender del cuidado de las personas, adquieren unos hábitos que se alejan de los que este animal tradicionalmente ha recibido en un hogar habitado.

De forma que, con el transcurso del tiempo, y especialmente con el desarrollo de algunas generaciones de esos animales que han conseguido adaptarse al terreno, estos olvidan su vínculo con el hombre, al tiempo que pueden comenzar a resultar peligrosos. Esto llevará a que en muchos casos los perros asilvestrados puedan generar conflictos con los propietarios de explotaciones ganaderas, de la misma forma que ocurría con los lobos. No era por ello extraño que alrededor de los molinos, y donde, como se ha dicho, antaño había presencia de diferentes animales para necesidad de sus propietarios, que estas criaturas en alguna ocasión se dejaran ver.

Normalmente, los perros salvajes eran más problemáticos cuando sus jaurías crecían en número, ya que estas pueden ser en ocasiones de alrededor de media docena de ejemplares, así como incluso de diez o más, lo que obviamente para las crías de caballos, terneros, ovejas y cabras, era siempre un riesgo. Otra de las preocupaciones, eran las enfermedades que este tipo de animales podían transmitir, tales como la sarna y parásitos. Igualmente, como ocurrirá con el lobo, la rabia antaño siempre fue una de las grandes preocupaciones para aquellas personas que vivían en zonas apartadas.

Aunque los ataques a humanos no solían ser algo habitual, los perros asilvestrados eran un riesgo con el que la gente antaño debía lidiar, pues en este tipo de lugares apartados, el hecho de que por su naturaleza tuviesen menos miedo a los humanos, llevaba a que se aproximaran hasta la zona, a pesar de que como se ha creído en ocasiones, que el sonido de los molinos los ahuyentaba. Esto, sumado al riesgo que ya de por sí generaban los bandoleros, en una época en la que los caminos y las afueras de las poblaciones no contaban con las medidas de seguridad como las que hoy conocemos, llevaba a que los molinos no fuesen lugares tan seguros como las residencias de los municipios, por lo que muchas veces sus propietarios contaban con armas para defenderse.

Imagen generada por IA

Sobre la cuestión de los lobos y los perros asilvestrados, se cree que una jauría de estos perros puede llegar incluso a ser más peligrosa que una manada de lobos, ya que los perros asilvestrados, si han tenido previamente contacto con las personas, son menos desconfiados y temerosos, además de que se organizan de una forma más caótica e imprevisible. Muchas veces veremos que los daños causados sobre el ganado a primera vista pueden costar de distinguir entre ambos, sin olvidarnos de que incluso llegan a darse casos de hibridación entre las dos especies.

Por ejemplo, en el territorio conquense tenemos constancia de la presencia de lobos hasta el siglo XIX en diferentes puntos de su geografía provincial, tal y como en algunos casos nos lo recuerda la toponimia, no siendo casual que algunos de estos nombres estén cerca de molinos.

Sobre la preocupación que estos podían generar en determinadas zonas, ello lo veremos antaño en el caso de Solera de Gabaldón, como especialmente de Chumillas. Así pues, en el caso de esta segunda localidad, existía en tiempos pasados un antiguo molino denominado como del Horcajo.

Sabemos por Antonio García (2005, 172) que “en el año 1893, el recibo de la contribución venía a nombre de Pablo Gómez”. Creemos que este Pablo, era un integrante de la familia de los mismos molineros que había en Piqueras del Castillo, ya que su madre, María Antonia Gómez, tras enviudar de Victoriano de Mora, y vecino de Chumillas, casó con el molinero de Huércemes, e integrante del linaje Panadero.

Los Panadero, como sabremos, todavía llegarían a mantener el molino de Huércemes varias décadas durante el siglo XX. Al respecto, Antonio García (2005, 237) recuerda cómo “los molineros Paulino Panadero y Gregorio Mateo llevaban el molino en renta”. Precisamente, sabemos por las referencias de Madoz, que en este lugar a mediados del siglo XIX había presencia de lobos, como de linces, gatos monteses y otras criaturas que podían crear problemas a los animales que tenían a su recaudo los molineros.

Esta misma familia , ya hemos comentado en alguna ocasión que controlaba también durante la segunda mitad del siglo XIX el molino de Piqueras, que, como el de Chumillas, eran varios de los que existían por esa zona. Sobre el de Piqueras, Antonio García (2005, 357) comenta que “en el año 1893, la construcción venía a nombre de Valeriano Panadero”, y quien, de acuerdo a nuestros datos, creemos que era el hermanastro del referido Pablo Gómez, y que trabajaba por aquel entonces en el molino de Chumillas. Igualmente, sabemos por relatos orales, que la presencia de animales como lobos y perros asilvestrados alrededor de este punto, no era tampoco algo muy extraño.

Por ejemplo, en Enguídanos, veremos que en el río Guadazaón, y más concretamente en el denominado como molino del Golpecillo (ubicado en plena sierra a unos siete kilómetros de dicha localidad), los familiares de los molineros recordaban cómo en tiempos pasados, “de pastores siempre tenían que ir dos, ya que aquella serranía estaba plagada de lobos” (García, 2005, 189). Por otro lado, en la cercana localidad de Campillo de Altobuey, Francisco Javier Carrascosa (2005, 193) comenta al respecto la existencia de un enclave denominado Santa Quiteria, que “está situado a casi una legua de la población, lugar muy transitado por los pastores y ganaderos, los cuales eran acosados habitualmente por lobos y perros salvajes; por eso no es extraño que se ubicara allí la ermita dedicada a Santa Quiteria, puesto que es la abogada contra la rabia y era protectora de las mujeres solteras y la virginidad”.

Posiblemente, este tipo de problemas podrían explicar el nombre de un molino apartado a un par de kilómetros de Huete, en la carretera que va a Verdelpino, y que recibe el nombre de Molino de Espantaperros, el cual, “según datos existentes en el Archivo de Huete, es posible que este molino, a mediados del siglo XIX, fuese propiedad de los hermanos Juan Felipe, Antonio, Timoteo y Guillermo Alcázar Pérez” (García, 2005, 446).

David Gómez de Mora


Bibliografía:

*Carrascosa Sahuquillo, F. J. (2005). Historia de Campillo de Altobuey.

*García Cuevas, A. (2005). Los molinos hidráulicos harineros de la provincia de Cuenca. Diputación Provincial de Cuenca.

*Madoz Ibáñez, P. (1847). Huércemes. Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar. Tomo IX. Madrid

martes, 16 de junio de 2026

Apuntes sobre Caracenilla

La presencia de pobladores alrededor del territorio de Caracenilla, se remonta a varios milenios atrás. Así pues, en esta franja de la geografía conquense, es lógico entender que desde el paleolítico, como después con el neolítico, su entorno atraería a comunidades de personas, que comenzaremos a conocer un poco mejor a medida que nos acercaremos hasta la época de la edad de los metales, momento en el que algunos de los cerros de ese entorno, serán aprovechados como puntos en los que se alzarán poblados y puestos fortificados, que otorgaban unas mínimas garantías de seguridad a sus habitantes.

Una zona con disponibilidad de recursos, en la que paulatinamente irían floreciendo poblados celtíberos, que dejarán una profunda huella, y que posteriormente, con el periodo de romanización, se reorganizarán de una forma mucho más efectiva sobre el territorio.

A partir de ese momento, comenzarán a conocerse nombres de localidades de cierta relevancia en el entorno, como sucederá con el caso de Opta (Huete). Un enclave que aprovechará la disposición de un cerro que domina la zona, al servir como un punto desde el que controlar el corredor natural de esta área de la Alcarria Conquense.

Sin duda, lugares como este jugarán un rol importante en el control de las diferentes vías de comunicación que se articularon en el área geográfica. Por aquel entonces, ciudades como Segóbriga, Valeria y Ercávica destacarán dentro del territorio que hoy engloba las tierras de esta provincia, floreciendo un periodo destacado en la historia de esta región.

Creemos que en este sentido, Opta jugará un papel relevante en los alrededores de los asentamientos que habría alrededor de la zona de la vega del río mayor, generándose por todo el perímetro externo, espacios que mantendrían mínimamente conectados algunos de esos enclaves que hoy desconocemos, pero que resultaría necesario que existieran para garantizar la movilidad de las personas y mercancías que tenían que transitar por esta área.

Precisamente, uno de los elementos más valorados de estas tierras hace dos milenios, fue el conocido como lapis specularis, un mineral (variedad de yeso cristalino), que se empleaba para ventanas, tanto de residencias, como de edificios públicos, y que alcanzó una gran demanda.

Este producto, que se extraía del subsuelo de estas tierras, favorecerá la articulación y creación de vías de comunicación, como de otras estructuras que ayudarán a que esta zona estuviese conectada.

Cierto es que esta franja de la geografía conquense no es un área tan accidentada como la que veremos en la serranía; no obstante, era necesario articular un espacio que permitiera garantizar un tránsito continuo, a través de caminos o calzadas, que en algunos momentos debían salvar zonas inundables surcadas por arroyos.

Una de esas soluciones se solventará a través de puentes, y que los ingenieros planificaban de forma satisfactoria gracias a sus conocimientos. Estos se adaptaban a las características del terreno, siendo muy necesarios en aquellos puntos donde aparecerán zonas de escorrentías o arroyos, que, como sabemos, podían descargar con fuerza en momentos de precipitación acusada.

Puente viejo de Caracenilla (imagen del autor)

Precisamente, en el caso que nos ocupa, conocido es en Caracenilla el denominado como puente viejo o de San Antón, sobre el cual, la costumbre entre la gente del lugar ha sido la de asignarle un origen romano, algo muy habitual en las poblaciones cuando se refieren a una construcción con siglos de antigüedad. Esto lo apreciaremos en otros ejemplos de similares características, aunque en muchas ocasiones puedan tener sus orígenes en el medievo o incluso en siglos posteriores.

Sección del cartel informativo del puente viejo de Caracenilla - Alcarria Conquense

En el caso de Caracenilla, ya hemos comentado en alguna ocasión que estamos ante un puente de un solo ojo, que tendría sus raíces en una obra del periodo romano, aunque salta a la vista, a través de las diferentes intervenciones que irán acondicionándolo con el paso del tiempo, que este fue reparándose y, por lo tanto, modificando sus características originales. Tengamos en cuenta que los puentes son obras que se encuentran expuestas a un notable deterioro, por las avenidas y el desgaste al que se ven sometidos, lo que explica que raramente permanezcan inalterados durante largos periodos de tiempo.

Cerca de esta construcción, se encuentra el conocido como poste de las ánimas, sobre el cual se ha llegado a plantear si en origen era un antiguo miliario romano, lo que ha llevado a que fuese catalogado como miliario-humilladero, al pensarse que sería reutilizado posteriormente como humilladero.

Cierto es que su aspecto recuerda poco al de un miliario, ya que se halla construido a través de sillares. Al haber sido un humilladero, en este todavía se aprecia un espacio hueco en la zona superior, en el que se podían colocar ofrendas, o también ubicarse una imagen o cruz. Como sabemos, la mayoría de miliarios suelen ser columnas cilíndricas o ligeramente troncocónicas, aunque también y en menor medida pueden contemplarse ejemplares de base cuadrangular.

Humilladero o poste de las ánimas de Caracenilla (imagen del autor)

Este supuesto miliario reutilizado o reaprovechado es un elemento que se encuentra a las afueras de la población, y que por su aspecto nos recuerda mucho a los humilladeros u oratorios elaborados con sillares, y que se remataban en bastantes casos con una cubierta de forma piramidal, tal y como ocurre en este caso. Veremos que muchos de estos se levantaron por los caminos rurales, especialmente entre los siglos XVII y XVIII. La hipótesis del miliario se ha vinculado por la proximidad de este elemento respecto al puente, y que, como se ha indicado, se cree que sus raíces podrían remontarlo al menos a la época romana, además de que se cree que conectaría con una antigua vía de comunicación de ese periodo.

Sección del cartel informativo del poste de las ánimas - Alcarria Conquense

Respecto a lo que sería la toponimia de la zona, si analizamos algunos de los nombres que aparecen en la cartografía o documentación antigua, todavía vemos algunas designaciones, que podrían encajar con ese contexto histórico de hace más de dos mil años, en el que esta área tuvo una importancia que el paso del tiempo fue desvaneciendo.

Probablemente, a medida que la arqueología y el pasado de esta tierra vayan investigándose más a fondo, podremos tener una mejor radiografía de cómo era la vida en esta zona de la periferia de las tierras de Huete hace varios milenios.


David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Caracenilla

domingo, 7 de junio de 2026

La mujer peñiscolana

Sabemos que el papel desempeñado por la mujer peñiscolana ha sido esencial en la vida de nuestros antepasados. Madre, gestora, educadora de su familia y, sin lugar a duda, una trabajadora incansable, que además de cumplir con las tareas que supone sacar adelante a hijos y mayores, ejercía como labradora de las tierras de su familia, así como incluso participaba en un oficio muy asociado con el sector masculino, cuando auxiliaba en labores del sector pesquero.

Esto hará que su figura fuese un pilar básico, que, como se recogerá en diferentes artículos de la revista local Peñíscola, puso en valor su rol como eje elemental en los hogares de nuestros antepasados.

Un fenómeno especialmente perceptible en un modelo de familia tradicional, en el que varias generaciones compartían un mismo espacio, mayoritariamente limitado por encontrarse muchas de esas personas habitando en reducidas viviendas del casco antiguo, donde, como es sabido por los nativos, la gestión del espacio y la importancia por contribuir al mantenimiento de la economía familiar era crucial. De esta forma, fue como se pudo sacar hacia adelante a esas posteriores generaciones, que siempre reconocieron la importancia del sudor y sacrificio que sus madres ejercieron durante los siete días de cada semana.

Conocido es el carácter y la valentía de la mujer peñiscolana que siglos atrás tuvo que convivir constantemente en un mundo de guerras y conflictos bélicos, que, como veremos, no era extraño que se presentaran de forma súbita junto a las murallas de la población.

Recordemos que Peñíscola ha sido un espacio fortificado de enorme valor militar, que el enemigo siempre ansió atesorar. Hecho que, como se verá, se manifestó desde la Reconquista, repitiéndose con el transcurso de los siglos, como veremos en el XVI, o la agitada centuria siguiente, además de la guerra de sucesión en el siglo XVIII, o los franceses y las guerras carlistas en el XIX...

Mujeres peñiscolanas jugando a las cartas en la calle. Foto: Peter Witte (esta imagen fue la portada de la revista Peñíscola que se publicó en los números 18-19 de abril y mayo de 1974).

Esa privilegiada posición sobre un peñón rocoso que durante el desarrollo de temporales quedaba completamente aislado, como una isla imposible de flanquear, no solo era una garantía de seguridad, sino también al mismo tiempo, un espacio que despertaba intranquilidad, por situarse en el punto de mira de sus enemigos.

Creemos que esta serie de factores moldeó muy probablemente la mentalidad del peñiscolano, que vio cómo a lo largo de su historia esa población sufría más que ninguna en esta región los daños colaterales de los conflictos bélicos. Un argumento a tenerse en cuenta, si queremos abordar este tipo de situaciones es que las mismas acaban influyendo en la percepción, carácter y forma de ser de quienes cotidianamente han de verse sometidos a este tipo de escenarios. Podiendo ello explicar el carácter de ese peñiscolano de épocas pasadas, y especialmente de esas mujeres, que, como se ha indicado, además de trabajar a diario, eran las encargadas de dirigir las riendas del hogar y su familia.

Una manifestación de ese carácter fuerte y atrevido de la mujer peñiscolana se recoge en una situación vivida en el año 1521 y que relata el cronista Simó Castillo (2000, p. 33), en la que una vecina llamada Baldovina, ante la entrada del gobernador a la fortaleza (y cuando los agermanados comenzaron a tocar el tambor), no dudó en arrebatarlo para lanzarlo contra las rocas, consiguiendo al mismo tiempo que estos no osaran volver.

Vicente Far Romero, hace hoy ya más de cincuenta años, definía en un artículo dedicado a la mujer peñiscolana que había vivido la última guerra, como una persona discreta, con capacidad de liderazgo, seria, tranquila, pero con una contundencia y unos claros principios morales, donde el sentido del deber era primordial en el momento de la toma de cualquier decisión. Al respecto, destaca esta serie de atributos:

No les importa el protagonismo (...) conscientes de que en la nao familiar son el primer timonel” (Far Romero, 1976, p. 22).

Constituye una síntesis, una simbiosis de tímida y cautelosa decisión y recia y firme ejecución” (Far Romero, 1976, p. 22).

Su imaginativo fatalismo contrasta con el providencialista entender y su realista actuar” (Far Romero, 1976, p. 22).

Su serenidad entronca directamente con el conocimiento intrínseco de principios que informan todo su vivir” (Far Romero, 1976, p. 22).

Impetuosa y arrolladora cuando, fiel guardián, considera hollado su íntimo espacio” (Far Romero, 1976, p. 22).

Austeridad y entereza como nombre. Como si el escenario, la fortaleza en la que vive, le infundiera, a través del tiempo, el temple estoico de la milicia” (Far Romero, 1976, p. 22).

Como ya se ha comentado anteriormente, la mujer peñiscolana, además de educadora y gestora del hogar y de sus hijos, trabajaba igual o incluso más que el marido. Vicente Far comentaba que “fuerte llega al condominio de toda tarea que entre en el área de su potencial físico” (Far Romero, 1976, p. 22).

Estas mismas características son descritas en otro artículo dedicado a la mujer peñiscolana por Consuelo Navarro, quien ya comentaba a finales de los años ochenta del siglo XX como “hace algunos años llamó mi atención esa típica estampa de mujer con indumentaria negra, casi siempre con pañuelo en la cabeza, que contrastaba con los variopintos atuendos de las modernas turistas, cuando se dirigía a realizar ciertos trabajos agrícolas, antes o después de haber dedicado un tiempo a sus tareas caseras” (Navarro, 1989, p. 5). Añade que “en este pueblo casado con el mar hay otro sector mucho más significativo y relevante, el pesquero, en el que la mujer ha tenido que colaborar de manera decidida en trabajos ajenos al hogar. Hay escenas típicas que se han podido contemplar, y que afortunadamente seguimos contemplando, en las que podemos encontrar grupos de mujeres remendando las redes o realizando trabajos a la llegada de las barcas y en la venta del pescado. A unas participando en el negocio familiar y a otras como asalariadas, se las ve desenvolverse en este medio, mezclándose entre los hombres que realizan el mismo trabajo, con igual o superior nivel en eficacia que la de los hombres” (Navarro, 1989, p. 5).

Mujeres peñiscolanas junto a hombres arrastrando una barca (siglo XX). Fuente: Todopeñiscola.com

Este perfil absolutamente trabajador se combinaba con el de una mentalidad profundamente religiosa, donde la devoción a sus santos locales y a la Virgen de la Ermitana, marcaban muchas de esas creencias que consolidaron a la peñiscolana como una mujer de fe. Precisamente, esta gran devoción religiosa, ya fue destacada por Mundina Milallave en su obra de la segunda mitad del siglo XIX (1988, p. 457), al indicar que “conservan con fé las creencias religiosas, y se esmeran en dar á sus funciones toda la pompa que sus facultades les permiten, en obsequio de sus santos patronos”.

La visión tradicional de las mujeres peñiscolanas se apreciará también en la habitual vestimenta negra que muchas llevaban de forma habitual, pues como indica Miguel Castell (2009, p.108): “la costumbre entonces era de llevar luto por los difuntos. Las mujeres vestían de negro riguroso, cubriendo su cabeza con un pañuelo negro. Si eran jóvenes reemplazaban el pañuelo por un fino velo negro. La duración del luto era diferente según la edad del fallecido, pero de todas formas no era menor a un año. Había mujeres que se habían acostumbrado tanto al luto que continuaban con él porque se sentían extrañas vestidas de otro color. De ahí que las estampas de la época aparezcan las mujeres vestidas de negro y con pañuelo en la cabeza”

La sociedad peñiscolana no hace falta reiterar lo católica que se sentía, aunque cabe decir que siempre era la mujer quien especialmente mostraría una mayor sensibilidad e interés por las obligaciones que en el ámbito religioso marcaban sus hábitos diarios. La oración en el seno de su hogar, acudir a misa y tener siempre presente a la Virgen de la Ermitana o a una imagen como Santa Ana, era algo natural en la vida de cualquier peñiscolana. Esto obviamente también se presenciará en lo que era su educación, cuestión que Simó Castillo (2000) ya abordó en un artículo, cuando trataba la formación de la mujer peñiscolana en el ámbito escolar, entre finales del siglo XIX e inicios del XX.

Recordemos que durante la segunda mitad del siglo XIX, la Ley Moyano obligaba a que durante un periodo de varios años (de los 6 a los 9), los niños debían acudir a la escuela para que se les realizara una formación básica; no obstante, y a pesar de que aquella asistencia era obligatoria, el absentismo por aquel entonces era la tónica habitual.

Como en todo el país, los centros se dividían por sexos. Uno de los principales problemas era muchas veces la ausencia de material escolar y la precariedad de las instalaciones en las que se encontraban los niños como sus maestros, algo que evidentemente también se presenciaba en las escuelas de niños y niñas de Peñíscola.

Conocemos con detalle los objetos que había en la escuela de niñas de esta población entre 1866 y 1867, gracias al registro de un inventario que detalla en su artículo Simó Castillo (2000, pp. 37-38). En el mismo se lee la presencia de la mesa de la maestra, carteles de cartón, un crucifijo, el retrato de la reina, varios tinteros, una escribanía, alguna colección de periódicos, un diccionario valenciano-castellano, así como las oraciones de entrada y salida que había colgadas en carteles de cartón y acharolados.

Los días de exámenes, para premiar a las niñas, se les entregaban estampas y medallas religiosas, además de dulces. Estas escribían con pluma, y en la sala donde se agolpaban decenas de criaturas, había un mobiliario muy parecido al que veríamos en otros muchos lugares donde, como de la mejor manera que se podía, se formaba a los niños del país. La mesa principal de la maestra se solía posicionar en un altillo.

Se solía disponer de un par de pizarras, además de bancos para que se sentasen los niños, un par de mesas o pupitres para que las niñas escribiesen cuando se les solicitaba, sin olvidarnos del clásico tablero contador, junto a uno o varios armarios para depositar algunos libros y/o diferentes periódicos que solían almacenarse en el aula. Tampoco podía faltar el característico listón de madera alargado, repleto de clavos para colgar sobre estos los carteles. Las aulas eran espacios bastante dejados, con escasa ventilación y la luz justa para trabajar.

En el año 1876, Simó Castillo (2000, p. 41) indica entre la lista de los libros de la escuela de primera enseñanza para las niñas de Peñíscola, los dedicados a la lectura, escritura, gramática, aritmética, así como a la religión y la moral. Para esta materia, y que se consideraba muy importante, el catecismo de la doctrina cristiana y las nociones de historia sagrada eran la guía con la que se formaba a las alumnas.

Todavía recuerdo haber escuchado cómo antes de la guerra, mi abuela paterna relataba que era normal entre los niños de la localidad el besar el anillo de tipo sello que portaba el sacerdote, como gesto de reverencia y respeto. Por aquel entonces, figuras como el médico, el alcalde y el cura eran tenidas muy en cuenta por sus habitantes.

Ya hemos comentado que la sociedad peñiscolana era muy católica desde sus cimientos, por lo que, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, con la implantación de una enseñanza obligatoria durante varios años, la escuela era una prolongación más de esa formación moral y religiosa que se sumaba a la presencia de los domingos en misa, además de los hábitos que en el hogar los más pequeños adquirían.

Cabe decir que, entre las santas a las que el pueblo de Peñíscola ha mostrado mucha veneración, una de las más vinculadas especialmente con la mujer ha sido Santa Ana. Todavía veremos si hablamos con algunas de las señoras de más edad de la localidad, que esta ha sido una advocación muy especial para la mujer peñiscolana, ya que las niñas, desde bien pequeñas, acudían hasta esta capilla con sus madres, para agradecer o demandar ayuda, así como especialmente cuando se tenía que celebrar anualmente su festividad.

Ya en su momento, doña Ana, hija del gobernador don Sebastián Duarte y Santonio, reedificó la capilla en 1827, tras los graves daños que generaron la guerra de la Independencia en esta construcción, y que, como sabemos, se extendieron por toda la población. Esta intervención en concreto queda reflejada en una lápida grabada en la que se indica que Ana Duarte y Donoso reacondicionó dicho lugar. Por desgracia, los daños hacia este espacio tan importante para las peñiscolanas se volvieron a repetir con el estallido de la guerra de 1936, puesto que la capilla fue profanada y la imagen de la santa arrojada al mar.

Sobre la devoción que se le tenía a este espacio religioso del casco urbano peñiscolano, Simó Castillo (1975, p. 11) indica que “todavía se recuerda cuando la llamada de una campanilla que hacían sonar las niñas por las calles invitaba al novenario que, después de la cena y en las noches de julio, en la capilla tenía lugar (...). El día de la festividad de la Santa —el 26 de julio— se celebraba una misa. Por el reducido espacio de la capilla, los asistentes, principalmente mujeres, eran portadoras de pequeñas sillas o bien se acomodaban en la escalera adyacente”.

Ya comentamos en un artículo que publicamos en nuestro blog hace unos años (2023) que la tradición peñiscolana señala que era habitual que las mujeres se acercasen hasta este punto para celebrar misas, rezar, comprometerse con acciones, así como encender velas, que demostraran con fe y agradecimiento la gratitud que manifestaban hacia Santa Ana, por haber conseguido sacar adelante un parto sin que peligrara su vida ni la de sus hijos, o poder haberse quedado embarazadas. Recordemos cómo todavía en el siglo XIX los casos de “mortalidad materna” (concepto estadístico que se refiere a la muerte de una mujer durante el momento del embarazo, el parto o el posparto) eran muy elevados; de ahí la importancia en demostrar mediante la fe el encomendarse a esta santa para que todo saliese de forma correcta, además de asegurarse una descendencia dentro del hogar.

David Gómez de Mora


Bibliografía:


*Castell Febrer, Miguel (2009). Estampas de Peñíscola. Editorial Antinea.

*Far Romero, Vicente (1976). “La mujer de Peñíscola Revista Peñíscola, n.º 33, pp. 21-22.

*Gómez de Mora, David (2023). Santa Ana y Peñíscola. La santa protectora de las embarazadas y de las madres”. En: davidgomezdemora.blogspot.com

*Mundina Milallave, Bernardo (1988). Historia. Obra de historia, estadística y geografía de la provincia de Castellón. Facsímil de Imprenta y Librería Rovira Hermanos, 1873. Castellón, por Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Castellón, 693 pp.

*Navarro, Consuelo (1989). “El ejemplo de la mujer peñiscolana”. Revista Peñíscola, n.º 85, pp. 4-5.

*Portada de la Revista Peñíscola, n.º 18-19, abril-mayo de 1974.

*Simó Castillo, Juan B. (1975). “La capilla de Santa Ana”. Revista Peñíscola, n.º 24-25, pp. 10-11

*Simó Castillo, Juan B. (2000). “Una aproximación a la educación de la mujer peñiscolana de finales del s. XIX e inicios del s. XX”. Revista Peñíscola, n.º 121, pp. 33-44.