Sabemos que el papel desempeñado por la mujer peñiscolana ha sido esencial en la vida de nuestros antepasados. Madre, gestora, educadora de su familia y, sin lugar a duda, una trabajadora incansable, que además de cumplir con las tareas que supone sacar adelante a hijos y mayores, ejercía como labradora de las tierras de su familia, así como incluso participaba en un oficio muy asociado con el sector masculino, cuando auxiliaba en labores del sector pesquero.
Esto hará que su figura fuese un pilar básico, que, como se recogerá en diferentes artículos de la revista local Peñíscola, puso en valor su rol como eje elemental en los hogares de nuestros antepasados.
Un fenómeno especialmente perceptible en un modelo de familia tradicional, en el que varias generaciones compartían un mismo espacio, mayoritariamente limitado por encontrarse muchas de esas personas habitando en reducidas viviendas del casco antiguo, donde, como es sabido por los nativos, la gestión del espacio y la importancia por contribuir al mantenimiento de la economía familiar era crucial. De esta forma, fue como se pudo sacar hacia adelante a esas posteriores generaciones, que siempre reconocieron la importancia del sudor y sacrificio que sus madres ejercieron durante los siete días de cada semana.
Conocido es el carácter y la valentía de la mujer peñiscolana que siglos atrás tuvo que convivir constantemente en un mundo de guerras y conflictos bélicos, que, como veremos, no era extraño que se presentaran de forma súbita junto a las murallas de la población.
Recordemos que Peñíscola ha sido un espacio fortificado de enorme valor militar, que el enemigo siempre ansió atesorar. Hecho que, como se verá, se manifestó desde la Reconquista, repitiéndose con el transcurso de los siglos, como veremos en el XVI, o la agitada centuria siguiente, además de la guerra de sucesión en el siglo XVIII, o los franceses y las guerras carlistas en el XIX...
Esa privilegiada posición sobre un peñón rocoso que durante el desarrollo de temporales quedaba completamente aislado, como una isla imposible de flanquear, no solo era una garantía de seguridad, sino también al mismo tiempo, un espacio que despertaba intranquilidad, por situarse en el punto de mira de sus enemigos.
Creemos que esta serie de factores moldeó muy probablemente la mentalidad del peñiscolano, que vio cómo a lo largo de su historia esa población sufría más que ninguna en esta región los daños colaterales de los conflictos bélicos. Un argumento a tenerse en cuenta, si queremos abordar este tipo de situaciones es que las mismas acaban influyendo en la percepción, carácter y forma de ser de quienes cotidianamente han de verse sometidos a este tipo de escenarios. Podiendo ello explicar el carácter de ese peñiscolano de épocas pasadas, y especialmente de esas mujeres, que, como se ha indicado, además de trabajar a diario, eran las encargadas de dirigir las riendas del hogar y su familia.
Una manifestación de ese carácter fuerte y atrevido de la mujer peñiscolana se recoge en una situación vivida en el año 1521 y que relata el cronista Simó Castillo (2000, p. 33), en la que una vecina llamada Baldovina, ante la entrada del gobernador a la fortaleza (y cuando los agermanados comenzaron a tocar el tambor), no dudó en arrebatarlo para lanzarlo contra las rocas, consiguiendo al mismo tiempo que estos no osaran volver.
Vicente Far Romero, hace hoy ya más de cincuenta años, definía en un artículo dedicado a la mujer peñiscolana que había vivido la última guerra, como una persona discreta, con capacidad de liderazgo, seria, tranquila, pero con una contundencia y unos claros principios morales, donde el sentido del deber era primordial en el momento de la toma de cualquier decisión. Al respecto, destaca esta serie de atributos:
“No les importa el protagonismo (...) conscientes de que en la nao familiar son el primer timonel” (Far Romero, 1976, p. 22).
“Constituye una síntesis, una simbiosis de tímida y cautelosa decisión y recia y firme ejecución” (Far Romero, 1976, p. 22).
“Su imaginativo fatalismo contrasta con el providencialista entender y su realista actuar” (Far Romero, 1976, p. 22).
“Su serenidad entronca directamente con el conocimiento intrínseco de principios que informan todo su vivir” (Far Romero, 1976, p. 22).
“Impetuosa y arrolladora cuando, fiel guardián, considera hollado su íntimo espacio” (Far Romero, 1976, p. 22).
“Austeridad y entereza como nombre. Como si el escenario, la fortaleza en la que vive, le infundiera, a través del tiempo, el temple estoico de la milicia” (Far Romero, 1976, p. 22).
Como ya se ha comentado anteriormente, la mujer peñiscolana, además de educadora y gestora del hogar y de sus hijos, trabajaba igual o incluso más que el marido. Vicente Far comentaba que “fuerte llega al condominio de toda tarea que entre en el área de su potencial físico” (Far Romero, 1976, p. 22).
Estas mismas características son descritas en otro artículo dedicado a la mujer peñiscolana por Consuelo Navarro, quien ya comentaba a finales de los años ochenta del siglo XX como “hace algunos años llamó mi atención esa típica estampa de mujer con indumentaria negra, casi siempre con pañuelo en la cabeza, que contrastaba con los variopintos atuendos de las modernas turistas, cuando se dirigía a realizar ciertos trabajos agrícolas, antes o después de haber dedicado un tiempo a sus tareas caseras” (Navarro, 1989, p. 5). Añade que “en este pueblo casado con el mar hay otro sector mucho más significativo y relevante, el pesquero, en el que la mujer ha tenido que colaborar de manera decidida en trabajos ajenos al hogar. Hay escenas típicas que se han podido contemplar, y que afortunadamente seguimos contemplando, en las que podemos encontrar grupos de mujeres remendando las redes o realizando trabajos a la llegada de las barcas y en la venta del pescado. A unas participando en el negocio familiar y a otras como asalariadas, se las ve desenvolverse en este medio, mezclándose entre los hombres que realizan el mismo trabajo, con igual o superior nivel en eficacia que la de los hombres” (Navarro, 1989, p. 5).
Este perfil absolutamente trabajador se combinaba con el de una mentalidad profundamente religiosa, donde la devoción a sus santos locales y a la Virgen de la Ermitana, marcaban muchas de esas creencias que consolidaron a la peñiscolana como una mujer de fe. Precisamente, esta gran devoción religiosa, ya fue destacada por Mundina Milallave en su obra de la segunda mitad del siglo XIX (1988, p. 457), al indicar que “conservan con fé las creencias religiosas, y se esmeran en dar á sus funciones toda la pompa que sus facultades les permiten, en obsequio de sus santos patronos”.
La visión tradicional de las mujeres peñiscolanas se apreciará también en la habitual vestimenta negra que muchas llevaban de forma habitual, pues como indica Miguel Castell (2009, p.108): “la costumbre entonces era de llevar luto por los difuntos. Las mujeres vestían de negro riguroso, cubriendo su cabeza con un pañuelo negro. Si eran jóvenes reemplazaban el pañuelo por un fino velo negro. La duración del luto era diferente según la edad del fallecido, pero de todas formas no era menor a un año. Había mujeres que se habían acostumbrado tanto al luto que continuaban con él porque se sentían extrañas vestidas de otro color. De ahí que las estampas de la época aparezcan las mujeres vestidas de negro y con pañuelo en la cabeza”
La sociedad peñiscolana no hace falta reiterar lo católica que se sentía, aunque cabe decir que siempre era la mujer quien especialmente mostraría una mayor sensibilidad e interés por las obligaciones que en el ámbito religioso marcaban sus hábitos diarios. La oración en el seno de su hogar, acudir a misa y tener siempre presente a la Virgen de la Ermitana o a una imagen como Santa Ana, era algo natural en la vida de cualquier peñiscolana. Esto obviamente también se presenciará en lo que era su educación, cuestión que Simó Castillo (2000) ya abordó en un artículo, cuando trataba la formación de la mujer peñiscolana en el ámbito escolar, entre finales del siglo XIX e inicios del XX.
Recordemos que durante la segunda mitad del siglo XIX, la Ley Moyano obligaba a que durante un periodo de varios años (de los 6 a los 9), los niños debían acudir a la escuela para que se les realizara una formación básica; no obstante, y a pesar de que aquella asistencia era obligatoria, el absentismo por aquel entonces era la tónica habitual.
Como en todo el país, los centros se dividían por sexos. Uno de los principales problemas era muchas veces la ausencia de material escolar y la precariedad de las instalaciones en las que se encontraban los niños como sus maestros, algo que evidentemente también se presenciaba en las escuelas de niños y niñas de Peñíscola.
Conocemos con detalle los objetos que había en la escuela de niñas de esta población entre 1866 y 1867, gracias al registro de un inventario que detalla en su artículo Simó Castillo (2000, pp. 37-38). En el mismo se lee la presencia de la mesa de la maestra, carteles de cartón, un crucifijo, el retrato de la reina, varios tinteros, una escribanía, alguna colección de periódicos, un diccionario valenciano-castellano, así como las oraciones de entrada y salida que había colgadas en carteles de cartón y acharolados.
Los días de exámenes, para premiar a las niñas, se les entregaban estampas y medallas religiosas, además de dulces. Estas escribían con pluma, y en la sala donde se agolpaban decenas de criaturas, había un mobiliario muy parecido al que veríamos en otros muchos lugares donde, como de la mejor manera que se podía, se formaba a los niños del país. La mesa principal de la maestra se solía posicionar en un altillo.
Se solía disponer de un par de pizarras, además de bancos para que se sentasen los niños, un par de mesas o pupitres para que las niñas escribiesen cuando se les solicitaba, sin olvidarnos del clásico tablero contador, junto a uno o varios armarios para depositar algunos libros y/o diferentes periódicos que solían almacenarse en el aula. Tampoco podía faltar el característico listón de madera alargado, repleto de clavos para colgar sobre estos los carteles. Las aulas eran espacios bastante dejados, con escasa ventilación y la luz justa para trabajar.
En el año 1876, Simó Castillo (2000, p. 41) indica entre la lista de los libros de la escuela de primera enseñanza para las niñas de Peñíscola, los dedicados a la lectura, escritura, gramática, aritmética, así como a la religión y la moral. Para esta materia, y que se consideraba muy importante, el catecismo de la doctrina cristiana y las nociones de historia sagrada eran la guía con la que se formaba a las alumnas.
Todavía recuerdo haber escuchado cómo antes de la guerra, mi abuela paterna relataba que era normal entre los niños de la localidad el besar el anillo de tipo sello que portaba el sacerdote, como gesto de reverencia y respeto. Por aquel entonces, figuras como el médico, el alcalde y el cura eran tenidas muy en cuenta por sus habitantes.
Ya hemos comentado que la sociedad peñiscolana era muy católica desde sus cimientos, por lo que, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, con la implantación de una enseñanza obligatoria durante varios años, la escuela era una prolongación más de esa formación moral y religiosa que se sumaba a la presencia de los domingos en misa, además de los hábitos que en el hogar los más pequeños adquirían.
Cabe decir que, entre las santas a las que el pueblo de Peñíscola ha mostrado mucha veneración, una de las más vinculadas especialmente con la mujer ha sido Santa Ana. Todavía veremos si hablamos con algunas de las señoras de más edad de la localidad, que esta ha sido una advocación muy especial para la mujer peñiscolana, ya que las niñas, desde bien pequeñas, acudían hasta esta capilla con sus madres, para agradecer o demandar ayuda, así como especialmente cuando se tenía que celebrar anualmente su festividad.
Ya en su momento, doña Ana, hija del gobernador don Sebastián Duarte y Santonio, reedificó la capilla en 1827, tras los graves daños que generaron la guerra de la Independencia en esta construcción, y que, como sabemos, se extendieron por toda la población. Esta intervención en concreto queda reflejada en una lápida grabada en la que se indica que Ana Duarte y Donoso reacondicionó dicho lugar. Por desgracia, los daños hacia este espacio tan importante para las peñiscolanas se volvieron a repetir con el estallido de la guerra de 1936, puesto que la capilla fue profanada y la imagen de la santa arrojada al mar.
Sobre la devoción que se le tenía a este espacio religioso del casco urbano peñiscolano, Simó Castillo (1975, p. 11) indica que “todavía se recuerda cuando la llamada de una campanilla que hacían sonar las niñas por las calles invitaba al novenario que, después de la cena y en las noches de julio, en la capilla tenía lugar (...). El día de la festividad de la Santa —el 26 de julio— se celebraba una misa. Por el reducido espacio de la capilla, los asistentes, principalmente mujeres, eran portadoras de pequeñas sillas o bien se acomodaban en la escalera adyacente”.
Ya comentamos en un artículo que publicamos en nuestro blog hace unos años (2023) que la tradición peñiscolana señala que era habitual que las mujeres se acercasen hasta este punto para celebrar misas, rezar, comprometerse con acciones, así como encender velas, que demostraran con fe y agradecimiento la gratitud que manifestaban hacia Santa Ana, por haber conseguido sacar adelante un parto sin que peligrara su vida ni la de sus hijos, o poder haberse quedado embarazadas. Recordemos cómo todavía en el siglo XIX los casos de “mortalidad materna” (concepto estadístico que se refiere a la muerte de una mujer durante el momento del embarazo, el parto o el posparto) eran muy elevados; de ahí la importancia en demostrar mediante la fe el encomendarse a esta santa para que todo saliese de forma correcta, además de asegurarse una descendencia dentro del hogar.
David Gómez de Mora
Bibliografía:
*Castell Febrer, Miguel (2009). Estampas de Peñíscola. Editorial Antinea.
*Far Romero, Vicente (1976). “La mujer de Peñíscola Revista Peñíscola, n.º 33, pp. 21-22.
*Gómez de Mora, David (2023). Santa Ana y Peñíscola. La santa protectora de las embarazadas y de las madres”. En: davidgomezdemora.blogspot.com
*Mundina Milallave, Bernardo (1988). Historia. Obra de historia, estadística y geografía de la provincia de Castellón. Facsímil de Imprenta y Librería Rovira Hermanos, 1873. Castellón, por Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Castellón, 693 pp.
*Navarro, Consuelo (1989). “El ejemplo de la mujer peñiscolana”. Revista Peñíscola, n.º 85, pp. 4-5.
*Portada de la Revista Peñíscola, n.º 18-19, abril-mayo de 1974.
*Simó Castillo, Juan B. (1975). “La capilla de Santa Ana”. Revista Peñíscola, n.º 24-25, pp. 10-11
*Simó Castillo, Juan B. (2000). “Una aproximación a la educación de la mujer peñiscolana de finales del s. XIX e inicios del s. XX”. Revista Peñíscola, n.º 121, pp. 33-44.







