viernes, 17 de abril de 2026

Piqueras del Castillo en el año 1817

Conocemos, gracias a los datos de una de las matrículas presentes en el Archivo Diocesano de Cuenca, referencias detalladas sobre la población de Piqueras del Castillo durante la primera mitad del siglo XIX. En este caso, más concretamente del año 1817.

Como en el resto de matriculaciones, en este documento se registran los nombres y apellidos de los vecinos que en ese momento había residiendo en la localidad, especificando el número de personas que había en cada hogar, así como el oficio al que se dedicaban.

En el caso de Piqueras, vemos que se realiza una distinción de la zona de habitaje de sus vecinos entre dos barrios (el de San Sebastián y el del barranco). Si realizamos una comparación entre ambos lugares, de acuerdo a los oficios de los vecinos, salta a la vista que existen diferencias entre esas dos zonas del municipio, a pesar del reducido tamaño de la localidad.

Como sabemos, una de esas divisiones urbanas ha seguido manteniendo su designación, encontrándose en lo que es la zona norte de la población, tal y como aún sigue denominándose a una de sus calles: la del barranco. En cuanto al otro (el barrio de San Sebastián), su nombre creemos que proviene de su cercanía a la ermita que antaño había dedicada a este santo. Tomás López en el siglo XVIII ya comenta al respecto que esa ermita se halla a “extramuros a un tiro de bala, mirando al sol de mediodía”, es decir, en la zona sur del pueblo.

Por lo tanto, si tenemos en cuenta que en esta matrícula se divide a los vecinos de Piqueras en esos dos barrios, entendemos que la zona norte del pueblo englobaría lo que se designa como barrio del barranco, mientras que la parte sur, el referido como de San Sebastián.

Cabe incidir en que este documento aporta notables datos de tipo social, ya que especifica qué oficios desempeñaban los vecinos del pueblo, y por tanto nos refleja con precisión cuál era el tejido social del municipio, además de que familias contaban con más o menos recursos.

También hay que contextualizar que en 1817, hacía escasos años que habían hecho sus estragos por estas tierras los franceses al haber ocupado el país, de modo que, de la misma forma que en el resto del territorio español, su afección también se sintió en el territorio conquense. A ello cabría sumarle que las directrices políticas que se estaban marcando seguidamente dentro de la nación, paulatinamente, irían cambiando muchos aspectos sobre la vida y las gentes que generaciones atrás se habían criado en este lugar.

No debe por esto resultar atrevido comentar que gradualmente en áreas rurales como la que nos ocupa, algunos elementos irían poco a poco empeorando respecto a épocas anteriores, tal y como se puede deducir si comparamos la situación existente en Piqueras en tiempos del Catastro de Ensenada (es decir, a mediados del siglo XVIII) respecto a aquella primera mitad del siglo XIX, donde veremos cómo, por ejemplo, el 30% de los vecinos que se registran en esa matrícula eran pobres o ejercían como sirvientes.


Tejido económico de Piqueras del Castillo según los datos de la matrícula de 1817 (ADC):

-Labradores (31%)

-Jornaleros (19%)

-Ganaderos y pastores (12%)

-Otros (8%)

-Sirvientes (15%)

-Pobres (15%)


Si analizamos el tejido laboral del municipio, veremos que la mitad de los habitantes se dedicaban a trabajar el campo. De ese porcentaje, más de la mitad de ese sector eran labradores con tierras, mientras que la parte restante, jornaleros que trabajaban las tierras de familiares y vecinos para conseguir una renta que les ayudara a casi literalmente sobrevivir.

Llama nuestra atención la diferencia social que se aprecia entre las dos demarcaciones que se registran en la matrícula, es decir, el barrio de San Sebastián y el del barranco. Si contrastamos los datos que se anotan, apreciamos cómo la gente que reside en la zona norte del pueblo contaba con menos recursos que los que vivían en la franja meridional. Cabe decir que de todo el vecindario recopilado, solo el 30% se adscribe al barrio de San Sebastián, mientras que al del barranco, el 70% restante de los habitantes.

Como decíamos, si comparamos por barrios, en el de San Sebastián el 40% eran labradores y el 13% ejercían la labor del campo con el mantenimiento de su ganado. En esa zona, el 26% eran jornaleros, mientras que el porcentaje de pobres era de un 7%, así como también de otro 7% el de gente que trabajaba como sirvientes.

En cambio, en el barrio del Barranco, el 30% eran labradores, pero solo como ganaderos, compaginando el oficio del campo había un 5%, aunque el porcentaje de jornaleros en esta zona del pueblo era solo de un 15%. Cabía sumar el porcentaje de pobres y sirvientes, el cual era más del doble respecto al barrio de San Sebastián.

Pastor con sus ovejas (IA)

Si queremos analizar quiénes eran en aquel momento las familias mejor posicionadas en la localidad, veremos que estas tenían en común el hecho de dedicarse a la ganadería, al tiempo que también poseían tierras para desarrollar la actividad agrícola.

Por ejemplo, una de las casas mejor posicionadas en lo que se denomina el barrio del Barranco es la de Manuel López, esposo de María Redondo, quien ejercía como labrador y ganadero. Este por aquel entonces tenía dos criados, varios pares de bueyes, además de 200 cabezas de ganado estante. En cambio, en el barrio de San Sebastián, una de las familias con mayor disponibilidad de recursos era la casa de los Lizcano. Concretamente, el documento recoge los nombres de Pedro Lizcano y su esposa Trinidad García, quien, igual que el vecino anterior, poseía su ganado y tierras para labrar. Pedro y Trinidad tenían en 1817 un hijo menor de edad, un criado de labor, dos pastores, además de 200 cabezas de ganado estante.

Les seguía en importancia la casa de Juan Herráiz, también ganadero y labrador, quien estaba casado con Teresa García y vivía con cuatro hijos solteros en su hogar. Tenía a su servicio un mozo para labrar, así como otro para pastorear, además de un lote de tierras, junto a un total de 100 cabezas de ganado lanar estante.

Con estos datos, vemos grosso modo una radiografía social de ese Piqueras de 1817, en un momento que resultará crucial si queremos comprobar el rumbo que se vivirá en la localidad, cuando sin darse cuenta mucha de esa gente, se estaba marcando un punto de inflexión, y que con el transcurso de varias décadas, marcará a fuego a sus habitantes, debido a que se estaba produciendo un cambio en la mentalidad y percepción de esa sociedad que tradicionalmente se había forjado en enclaves ruralizados como este.

Piqueras seguía siendo ese pueblo de gente trabajadora y con una mentalidad conservadora, donde la agricultura tenía un peso importante en el tejido económico del lugar, y donde la tenencia de ganado era un elemento diferenciador que socialmente permitía una mejor situación económica a sus poseedores. Un enclave con cerca de unos doscientos habitantes, pero en el que cada familia sabía muy bien qué le diferenciaba de la otra e incluso, como se ve, dependiendo de en qué zona del pueblo se residía, quién tenía más o menos recursos.

David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Piqueras del Castillo


Referencias:

*Archivo Diocesano de Cuenca. Matrícula del año 1817. Piqueras del Castillo (Cuenca)

*López de Vargas-Machuca, Tomás (siglo XVIII). Diccionario geográfico de España: Cuenca. Biblioteca Digital Hispánica, 870 hojas

domingo, 12 de abril de 2026

Notas sobre San Aventín

Entre la amplia diversidad de santos que podemos ver en las tierras pirenaicas, no podemos pasar por alto el caso de San Aventín de Larboust o Aquitania. Un personaje histórico que vivió durante un momento muy convulso en estas tierras (el siglo VIII), debido a que desde el norte de África los sarracenos habían comenzado a extender sus dominios.

Ciertamente, su influencia en lo que sería la zona del territorio galo fue bastante breve si comparamos su presencia con el intervalo de varios siglos de la Península Ibérica. Tengamos en cuenta que, aunque esta permanencia fuera poco extensa si se compara con el caso español, veremos cómo en el área meridional de lo que hoy es la zona francesa, se vivieron episodios de violencia y enfrentamiento, como ocurriría en la batalla de Poitiers o un par de décadas después con la toma de Narbona. Un escenario que propició situaciones de las que nacerían algunos mártires cristianos, entre los que tendrá un lugar especial San Aventín.

Si analizamos la vida de este santo, veremos que la recopilación de hechos que se pueden destacar de su hagiografía beben mayoritariamente de una obra que se publicó a mediados del siglo XIX1, junto algunas leyendas locales que todavía perviven y que con el trascurso del tiempo han podido deformarse.

Portada románica de la iglesia de Saint-Aventin

Consideramos que resulta necesario conocer el contexto social y político de la época, para que así el lector pueda imaginar el papel desempeñado por figuras como la que nos ocupa, en un tiempo en el que el eremitismo era una práctica extendida por muchos lugares de la cristiandad, puesto que Aventín fue uno más de aquellos fieles que buscó en el aislamiento su cercanía a Dios.

Aquellos religiosos profundizaban severamente en esa situación de apartamiento, que favorecía el desprendimiento de los bienes personales y que permitía a sus practicantes encontrarse en contacto más estrecho con su creador, huyendo por lo tanto de lo material y valorando así el significado de lo estrictamente espiritual. 

Aunque San Aventín fue uno más de quienes se dedicaron a este tipo de vida, parece ser que este también difundiría por su región la palabra de Dios. Sin lugar a duda, el buscar un espacio singular que le permitiese alcanzar esa tranquilidad que deseaba el asceta era factible en una región como de la que él procedía, pues la zona del valle de Larboust, es por su belleza y geomorfología, un enclave singular, donde hombres de fe como el que nos ocupa, podían desarrollar esa preparación, al tiempo que una efectiva actividad evangelizadora entre la población.

Ahora bien, tanto los pobladores de la zona como especialmente este tipo de personas que se encontraban desperdigadas por múltiples espacios (especialmente alejados de núcleos habitados), eran colectivos claramente propensos a sufrir con mayor facilidad los daños colaterales de escenarios tensos o conflictivos como en el que se encontraba esta franja del territorio francés durante el siglo VIII.

Según nos recuerda la tradición, San Aventín era un hombre aferrado a las creencias cristianas, tanto que aquello le llevó a desarrollar una práctica eremítica, bajo la que forjó una actitud férrea, en la que imperaba la fidelidad a unos principios, que le condujeron hasta las últimas consecuencias, tal y como le sucedió durante los instantes finales de su vida.

Por aquel entonces, en las comunidades rurales, la idea que hoy tenemos de cristianismo no era la misma. Simplemente cabe darse una vuelta por los alrededores de la iglesia de Saint-Aventin (y cuyo municipio acabó designándose con el nombre de este santo, por ser su lugar de nacimiento y descanso de sus restos mortales), para hacernos una pequeña idea de cómo todavía muchos de los habitantes de esta área seguían manteniendo una actitud religiosa, más próxima al paganismo de sus antepasados, que a los principios cristianos marcados desde la tradición católica.

Capilla en donde la tradición relata que fueron hallados los restos del mártir

Así pues, la presencia de diferentes elementos arqueológicos aprovechados como piedras de sillería, al ser reutilizados y puestos a la vista para consolidar la pared del templo, son una muestra intencional de esa idea que reflejaba a los feligreses que acudirían hasta ese espacio, que ya se había producido la consolidación del catolicismo sobre las creencias de sus ancestros. Y es que a nuestro juicio, el aplique de estos elementos en la pared de la iglesia, va más allá de una mera labor de rentabilizar o aprovechar material para la construcción del edificio.

Vestigios arqueológicos del lugar reutilizados para la construcción de la iglesia de Saint-Aventin

Desde joven Aventín tuvo clara su vocación religiosa, demostrando a su círculo más cercano cómo era posible esa introducción y aceptación del dogma cristiano en una sociedad marcada todavía por las creencias de tiempos pasados, que entremezclaba conceptos e ideas que daban lugar a un cristianismo confuso, pero que había que consolidar, y en el que personajes como él, jugaron un rol importantísimo en esta área montañosa.

Capilla de Granges d'Astau donde se recuerda la cura de San Aventín a un oso herido

Si analizamos los nombres de muchas de nuestras advocaciones del santoral católico, veremos cómo bastantes de estos se repiten, a pesar de que hablamos de personas distintas. En este sentido, la gran cantidad de santos que con el transcurso de estos dos milenios han ido apareciendo, dará pie al surgimiento de muchas advocaciones que compartirán un mismo nombre.

Obviamente, el caso de San Aventín es uno más, por lo que apreciamos que puede darse lugar a confusiones con otros santos franceses de mismo nombre, tal y como sucede con San Aventín de Troyes o San Aventín de Chartres. Ciertamente, este problema queda resuelto cuando uno analiza someramente sus hagiografías, pues apreciaremos que en el caso de San Aventín hablamos de historias y épocas diferentes, que nos permiten distinguirlos.

Sobre San Aventín de Larboust o Aquitania, tal y como ya se ha dicho, el contexto político en el que le tocó vivir resultó decisivo para comprender la posterior devoción que despertó entre sus habitantes, además de en otros lugares de lo que hoy es el territorio español, y cuya festividad hasta no hace tanto en el tiempo era conocida por las gentes de aquellos lugares donde existía algún templo dedicado a su nombre.

El hecho de que su vida se desarrollara hace unos 1200 años, además de que no se conserven textos de la época, dificulta el poder ahondar en detalles sobre su pasado. No obstante, los datos recogidos a través de la tradición de sus vivencias, sirven al menos para partir de una base que, con algunos matices, encajaría perfectamente con algunas de las cuestiones que nos hablan sobre cómo pudo ser su vida.

Por ejemplo, la presencia de personajes de renombre en esa área geográfica, como ocurre con el caso del obispo Bertrand de Comminges (y que está estrechamente relacionado con el hallazgo de los restos de mártir), es necesario tenerla presente, puesto que pensamos que jugó un papel destacado en la consolidación del culto al mártir durante las primeras décadas del siglo XII.

Imagen dedicada a Bertrand-de-Comminges (Église Notre-Dame-de-l'Assomption, Bagnères-de-Luchon)

Simplemente poder contemplar la manifestación artística que se alzará en la portada de la iglesia de su localidad natal, a raíz de la devoción y expansión de sus logros, además del hallazgo de los restos de su cuerpo, es cuanto menos reseñable para comprender cómo los relatos sobre sus milagros y valentía calaron profundamente en la sociedad de un territorio que presentaba en sus primeras centurias una serie de riesgos y temores, derivados de los escenarios políticos y religiosos que se estaban viviendo, especialmente en tierras más posicionadas al sur.

La aceptación y extensión de las historias que dejaban claro que Aventín de Larboust no era solamente una persona con una clara convicción de lo que debía ser el entendimiento de la fe cristiana, sino alguien especial y que, a través de diferentes momentos de su vida, manifestó con una serie de milagros, además de acabar sacrificándose en aras de la religión cristiana, es una idea que ya estaba extendida por esta tierra en el siglo IX. Esto explicaría que ya como mínimo en el siglo X, en lo que hoy es el territorio español, contemos con referencias documentales que nos invitan a pensar en que este era conocido tanto en la franja norte del actual territorio aragonés, así como por la zona de la Vall d'Aran o parte alta del Pallars.

Por desgracia, la despoblación de la mayor parte de esos enclaves rurales donde su devoción persistió durante casi un milenio ha ido apagándose con el trascurso de las últimas generaciones, hasta el punto de que hoy prácticamente, en la zona del Ribagorza, y que es donde todavía quedan en pie varias ermitas, su historia ya casi es cosa del pasado.

Esta pérdida de contacto entre las zonas del actual territorio español y el lugar de origen del santo, y que, como se apreciará, afloró en pleno medievo, fue desvaneciéndose con el trascurso de los siglos. Esto se deberá a diferentes factores, donde sin duda el punto de inflexión lo marcarán las políticas secularizantes y de cambio de mentalidad a raíz del siglo XIX, tras las corrientes de pensamiento derivadas de la Revolución Francesa.

Sobre la llegada del culto a San Aventín en tierras posicionadas al sur y este de su zona natal, pensamos que ello pudo producirse a raíz de las comunidades de pastores o gentes, que en sus continuos desplazamientos entre las tierras de los Pirineos en algún momento habrían trasladado la historia del santo, cosa que pensamos que comenzó a suceder alrededor del siglo X.

Iglesia de El Run (Castejón de Sos). En esta lugar según la tradición, antaño San Aventín gozó de popularidad

Así pues, hemos de recordar que incluso hasta finales del siglo XVIII, los habitantes de Benasque realizaban una peregrinación dedicada al mártir, y en la que sus participantes portaban largos cirios, en agradecimiento al santo francés por su protección.

Es por ello que la aparición de historias relacionadas con la protección contra los males que por aquellas épocas achacaban a la sociedad rural de la región, bien fuesen a personas o al mismo ganado que estos cuidaban, alimentarán si cabe, la figura salvaguardadora del santo, como cuando se relata que este consiguió sanar a un oso que estaba herido. 

Aquello rápidamente caló para que acabase siendo designado como un intercesor que protegía a los viajeros en la realización de las cotidianas travesías que muchas personas cubrían a lo largo de la montaña, pudiendo permitirse así un desplazamiento más seguro, especialmente ante el temor de la aparición de osos como lobos, y que hasta hace unas centurias, veremos que proliferaron en estas tierras.

Área natural que conecta la Vall d'Arán con la zona de Bagnères-de-Luchon

Si analizamos algunas de las piezas románicas de la portada de la iglesia, como los vestigios arqueológicos antes descritos que existen a lo largo de la pared externa del templo de la localidad francesa Saint-Aventin, uno es consciente del doble mensaje que aguarda este lugar, puesto que por un lado se nos habla de esa victoria de la fe católica sobre las prácticas ancestrales de sus gentes, además de una idea de confrontación que se tendrá en el medievo contra los responsables del martirio de nuestro personaje, y que queda reflejada en alguno de los capiteles del templo.

Iglesia Parroquial de Santa María La Mayor de Benasque

Esto, por ejemplo, se refleja en la escena de uno de dichos capiteles, como ya indicará Agustín Gómez, en un artículo titulado “Cojos y miserables en la portada románica de Echano (Navarra)”2, a raíz de la representación del arresto de San Aventín, cuando comenta cómo “uno de los dos soldados árabes, armado con escudo y espada, es cojo, y lleva una prótesis (...) la identificación de la cojera de un soldado de otra religión en relación con el martirio del santo ha sido vista como signo de vicio moral, de enfermedad psíquica propia de los paganos”3 (Gómez, 1993: 13).

Capitel de la iglesia de Saint-Aventin que recuerda su martirio

Es lógico pensar que la devoción hacia el santo se refortalecerá con otras historias recogidas sobre su vida, y que consolidarán su nombre gracias a la suma de una serie de milagros, entre los que resultará fundamental el hallazgo de sus reliquias4.

La portada románica de la iglesia de Saint-Aventin es, sin duda, una obra de notable calidad, integrada en esa arquitectura de la época, donde el valor de la iconografía cobra una importancia destacada, y que por sus características merece, sin duda, ser motivo de visita, pues representa una joya más del amplio y rico patrimonio que nuestro país vecino posee, especialmente por reflejar de forma muy clara los elementos religiosos que consolidaron siglos atrás la mentalidad y fe de sus antepasados.

David Gómez de Mora


Notas:

1 Un prêtre du diocèse de Toulouse. (1850). Notice historique sur Saint Aventin d’Aquitaine, martyr. Imprimerie Fabbro.

2 Gómez Gómez, A. (1993). Cojos y miserables en la portada románica de Echano (Navarra). Príncipe de Viana, 54 (n.º 198), 9–27

3 Adhemar, Jean, influences antiques dans l'art du Moyen Âge français. Recherches sur les sources et les thèmes d'inspiration, Londres, 1939, pp. 204-205; Durliat, M. y Allegre, V., op. cit. y p. 62. Reproducida en Porter, A. K., Romanesque Sculpture of the Pilgrimage Roads, Boston, 1923, vol. IV, fig. 507 (Gómez, A., 1993: 13).

4 Si se analizan algunas de las imágenes artísticas en las que derivará la devoción al santo, cabe destacar un busto relicario, en el que se representa el rostro del mártir, el cual porta en su cabeza una aureola y un sol con la inscripción del monograma IHS.

viernes, 6 de marzo de 2026

La devoción a la Virgen de la Paz en las tierras cercanas a Huete

La tradición recuerda que el origen de esta devoción mariana se remonta al medievo, más concretamente al siglo VII, cuando se cuenta que tras finalizarse el IX Concilio de Toledo, el arzobispo Ildefonso, alrededor de las tres de la noche, al entrar en la Catedral fue sorprendido por un fuerte resplandor, justo cuando vio a la Santísima Virgen descendiendo desde el cielo, hasta que ésta se sentó en la silla episcopal, entregándole una casulla. A raíz de este milagro, la Iglesia toledana decretó que cada 24 de enero (ya que el arzobispo Ildefonso falleció el 23 de enero de 667) se celebrase el descenso de la Virgen María en dicho templo.

El nombre de Nuestra Señora de la Paz se le concede a finales del siglo XI, aunque su veneración comenzó a extenderse centurias más tarde por el territorio conquense, así como en otros muchos puntos de la Península.

Al respecto conocidos son los milagros en los que se asocia su intervención, como ocurrió en el caso de la ciudad de Ronda, en la que protegió a la localidad. En otros municipios también emergerá esa devoción, asociándose con la solución de disputas y desaparición de tensiones como conflictos, en los que se consideró que la Virgen había obrado.

En el caso conquense, desconocemos cuándo comenzará a extenderse su veneración en algunas de las localidades del territorio cercano a Huete, donde desde hace varias centurias se tiene constancia de su arraigo en el devocionario local. No obstante, creemos que es entre los siglos XVI-XVII, cuando esta comenzará a cobrar fuerza en algunas localidades.

Veremos que a día de hoy siguen existiendo templos dedicados a la misma, siendo por ejemplo el caso de Cañaveruelas y Tinajas. En Cañaveruelas, su templo parroquial está dedicado a la Virgen de la Paz, ocupando por ello su imagen el centro del altar mayor, y siendo su festividad antaño uno de los momentos más importantes para los habitantes de dicho lugar.


Altar mayor de Nuestra Señora de la Paz de Cañaveruelas (imagen del autor)

Nuestra Señora de la Paz de Cañaveruelas (imagen del autor)


Altar mayor de Saceda del Río (imagen del autor)

Nuestra Señora de la Paz de Saceda del Río (imagen del autor)

Respecto a Saceda del Río, veremos también la importancia que adquirió a lo largo del tiempo la Virgen de la Paz, cuya devoción tenemos documentada durante varios siglos de historia, existiendo tiempo atrás una antigua capilla en el barrio de La Solana.


David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Saceda del Río