Sabemos que
el papel desempeñado por la mujer peñiscolana ha sido esencial en
la vida de nuestros antepasados. Madre, gestora, educadora de su
familia y, sin lugar a duda, una trabajadora incansable, que además
de cumplir con las tareas que supone sacar adelante a hijos y
mayores, ejercía como labradora de las tierras de su familia, así
como incluso participaba en un oficio muy asociado con el sector
masculino, cuando auxiliaba en labores del sector pesquero.
Esto hará que su figura fuese un pilar básico, que, como se recogerá en
diferentes artículos de la revista local Peñíscola, puso en valor
su rol como eje elemental en los hogares de nuestros antepasados.
Un fenómeno especialmente perceptible
en un modelo de familia tradicional, en el que varias generaciones
compartían un mismo espacio, mayoritariamente limitado por
encontrarse muchas de esas personas habitando en reducidas viviendas
del casco antiguo, donde, como es sabido por los
nativos, la gestión del espacio y la importancia por contribuir al
mantenimiento de la economía familiar era crucial. De esta forma,
fue como se pudo sacar hacia adelante a esas posteriores
generaciones, que siempre reconocieron la importancia del sudor y
sacrificio que sus madres ejercieron durante los siete días de cada
semana.
Conocido es el carácter y la valentía de
la mujer peñiscolana que siglos atrás tuvo que convivir
constantemente en un mundo de guerras y conflictos bélicos, que,
como veremos, no era extraño que se presentaran de forma súbita
junto a las murallas de la población.
Recordemos que Peñíscola ha sido un
espacio fortificado de enorme valor militar, que el enemigo siempre
ansió atesorar. Hecho que, como se verá, se manifestó desde la
Reconquista, repitiéndose con el transcurso de los siglos, como
veremos en el XVI, o la agitada centuria siguiente, además de la
guerra de sucesión en el siglo XVIII, o los franceses y las guerras
carlistas en el XIX...
Mujeres peñiscolanas jugando a las
cartas en la calle. Foto: Peter Witte (esta imagen fue la portada de
la revista Peñíscola que se publicó en los números 18-19 de abril
y mayo de 1974).
Esa privilegiada posición sobre un
peñón rocoso que durante el desarrollo de temporales quedaba
completamente aislado, como una isla imposible de flanquear, no solo
era una garantía de seguridad, sino también al mismo tiempo, un
espacio que despertaba intranquilidad, por situarse en el punto de
mira de sus enemigos.
Creemos que esta serie de factores
moldeó muy probablemente la mentalidad del peñiscolano, que vio
cómo a lo largo de su historia esa población sufría más que
ninguna en esta región los daños colaterales de los conflictos
bélicos. Un argumento a tenerse en cuenta, si queremos abordar este
tipo de situaciones es que las mismas acaban influyendo en la
percepción, carácter y forma de ser de quienes cotidianamente han
de verse sometidos a este tipo de escenarios. Podiendo ello explicar
el carácter de ese peñiscolano de épocas pasadas, y especialmente
de esas mujeres, que, como se ha indicado, además de trabajar a
diario, eran las encargadas de dirigir las riendas del hogar y su
familia.
Una manifestación de ese carácter
fuerte y atrevido de la mujer peñiscolana se recoge en una
situación vivida en el año 1521 y que relata el cronista Simó Castillo (2000, p. 33), en la que una vecina llamada Baldovina, ante la
entrada del gobernador a la fortaleza (y cuando los agermanados
comenzaron a tocar el tambor), no dudó en arrebatarlo para lanzarlo
contra las rocas, consiguiendo al mismo tiempo que estos no osaran
volver.
Vicente Far Romero, hace hoy ya más de
cincuenta años, definía en un artículo dedicado a la mujer
peñiscolana que había vivido la última guerra, como una persona
discreta, con capacidad de liderazgo, seria, tranquila, pero con una
contundencia y unos claros principios morales, donde el sentido del
deber era primordial en el momento de la toma de cualquier decisión.
Al respecto, destaca esta serie de atributos:
“No les importa el protagonismo (...)
conscientes de que en la nao familiar son el primer timonel”
(Far Romero, 1976, p. 22).
“Constituye una síntesis, una simbiosis de
tímida y cautelosa decisión y recia y firme ejecución”
(Far Romero, 1976, p. 22).
“Su imaginativo fatalismo contrasta con el
providencialista entender y su realista actuar”
(Far Romero, 1976, p. 22).
“Su serenidad entronca directamente con el
conocimiento intrínseco de principios que informan todo su vivir”
(Far Romero, 1976, p. 22).
“Impetuosa y arrolladora cuando, fiel guardián,
considera hollado su íntimo espacio”
(Far Romero, 1976, p. 22).
“Austeridad y entereza como nombre. Como si el
escenario, la fortaleza en la que vive, le infundiera, a través del
tiempo, el temple estoico de la milicia”
(Far Romero, 1976, p. 22).
Como
ya se ha comentado anteriormente, la mujer peñiscolana, además de
educadora y gestora del hogar y de sus hijos, trabajaba igual o incluso
más que el marido. Vicente Far comentaba que
“fuerte llega al condominio de toda tarea que entre en el área de
su potencial físico” (Far Romero, 1976,
p. 22).
Estas mismas características son
descritas en otro artículo dedicado a la mujer peñiscolana por
Consuelo Navarro, quien ya comentaba a finales de los años ochenta
del siglo XX como “hace algunos años llamó
mi atención esa típica estampa de mujer con indumentaria negra,
casi siempre con pañuelo en la cabeza, que contrastaba con los
variopintos atuendos de las modernas turistas, cuando se dirigía a
realizar ciertos trabajos agrícolas, antes o después de haber
dedicado un tiempo a sus tareas caseras”
(Navarro, 1989, p. 5). Añade que “en este
pueblo casado con el mar hay otro sector mucho más significativo y
relevante, el pesquero, en el que la mujer ha tenido que colaborar de
manera decidida en trabajos ajenos al hogar. Hay escenas típicas que
se han podido contemplar, y que afortunadamente seguimos
contemplando, en las que podemos encontrar grupos de mujeres
remendando las redes o realizando trabajos a la llegada de las barcas
y en la venta del pescado. A unas participando en el negocio familiar
y a otras como asalariadas, se las ve desenvolverse en este medio,
mezclándose entre los hombres que realizan el mismo trabajo, con
igual o superior nivel en eficacia que la de los hombres”
(Navarro, 1989, p. 5).
Mujeres peñiscolanas junto a hombres arrastrando
una barca (siglo XX). Fuente: Todopeñiscola.com
Este perfil absolutamente trabajador se
combinaba con el de una mentalidad profundamente religiosa, donde la
devoción a sus santos locales y a la Virgen de la Ermitana, marcaban
muchas de esas creencias que consolidaron a la peñiscolana como una
mujer de fe. Precisamente,
esta gran devoción religiosa, ya fue destacada por Mundina Milallave en su
obra de la segunda mitad del siglo XIX (1988, p. 457), al indicar que
“conservan con
fé las creencias religiosas, y se esmeran en dar á sus funciones
toda la pompa que sus facultades les permiten, en obsequio de sus
santos patronos”.
La visión
tradicional de las mujeres peñiscolanas se apreciará también en
la habitual vestimenta negra que muchas llevaban de forma habitual,
pues como indica Miguel Castell (2009, p.108): “la
costumbre entonces era de llevar luto por los difuntos. Las mujeres
vestían de negro riguroso, cubriendo su cabeza con un pañuelo
negro. Si eran jóvenes reemplazaban el pañuelo por un fino velo
negro. La duración del luto era diferente según la edad del
fallecido, pero de todas formas no era menor a un año. Había
mujeres que se habían acostumbrado tanto al luto que continuaban con
él porque se sentían extrañas vestidas de otro color. De ahí que
las estampas de la época aparezcan las mujeres vestidas de negro y
con pañuelo en la cabeza”
La sociedad peñiscolana no hace falta
reiterar lo católica que se sentía, aunque cabe decir que siempre
era la mujer quien especialmente mostraría una mayor sensibilidad e
interés por las obligaciones que en el ámbito religioso marcaban
sus hábitos diarios. La oración en el seno de su hogar, acudir a
misa y tener siempre presente a la Virgen de la Ermitana o a una
imagen como Santa Ana, era algo natural en la vida de cualquier
peñiscolana. Esto obviamente también se presenciará en lo que era
su educación, cuestión que Simó Castillo (2000) ya abordó en
un artículo, cuando trataba la formación de la mujer peñiscolana
en el ámbito escolar, entre finales del siglo XIX e inicios del XX.
Recordemos que durante la segunda mitad
del siglo XIX, la Ley Moyano obligaba a que durante un periodo de
varios años (de los 6 a los 9), los niños debían acudir a la
escuela para que se les realizara una formación básica; no
obstante, y a pesar de que aquella asistencia era obligatoria, el
absentismo por aquel entonces era la tónica habitual.
Como en todo el país, los centros se
dividían por sexos. Uno de los principales problemas era muchas veces la ausencia
de material escolar y la precariedad de las instalaciones en las que
se encontraban los niños como sus maestros, algo que evidentemente
también se presenciaba en las escuelas de niños y niñas de
Peñíscola.
Conocemos con detalle los objetos que
había en la escuela de niñas de esta población entre 1866 y 1867,
gracias al registro de un inventario que detalla en su artículo Simó Castillo (2000, pp. 37-38). En el mismo se lee la presencia de la mesa de la
maestra, carteles de cartón, un crucifijo, el retrato de la reina,
varios tinteros, una escribanía, alguna colección de periódicos,
un diccionario valenciano-castellano, así como las oraciones de
entrada y salida que había colgadas en carteles de cartón y
acharolados.
Los días de exámenes, para premiar a
las niñas, se les entregaban estampas y medallas religiosas, además
de dulces. Estas escribían con pluma, y en la sala donde se
agolpaban decenas de criaturas, había un mobiliario muy parecido al
que veríamos en otros muchos lugares donde, como de la mejor manera
que se podía, se formaba a los niños del país. La mesa principal
de la maestra se solía posicionar en un altillo.
Se solía disponer de un par de
pizarras, además de bancos para que se sentasen los niños, un par
de mesas o pupitres para que las niñas escribiesen cuando se les
solicitaba, sin olvidarnos del clásico tablero contador, junto a uno
o varios armarios para depositar algunos libros y/o diferentes
periódicos que solían almacenarse en el aula. Tampoco podía faltar
el característico listón de madera alargado, repleto de clavos para
colgar sobre estos los carteles. Las aulas eran espacios bastante
dejados, con escasa ventilación y la luz justa para trabajar.
En el año 1876, Simó Castillo (2000, p. 41)
indica entre la lista de los libros de la escuela de primera
enseñanza para las niñas de Peñíscola, los dedicados a la
lectura, escritura, gramática, aritmética, así como a la religión
y la moral. Para esta materia, y que se consideraba muy importante,
el catecismo de la doctrina cristiana y las nociones de historia
sagrada eran la guía con la que se formaba a las alumnas.
Todavía recuerdo haber escuchado cómo
antes de la guerra, mi abuela paterna relataba que era normal entre
los niños de la localidad el besar el anillo de tipo sello que portaba el
sacerdote, como gesto de reverencia y respeto. Por aquel entonces,
figuras como el médico, el alcalde y el cura eran tenidas muy en
cuenta por sus habitantes.
Ya hemos comentado que la sociedad
peñiscolana era muy católica desde sus cimientos, por lo que, a
partir de la segunda mitad del siglo XIX, con la implantación de una
enseñanza obligatoria durante varios años, la escuela era una
prolongación más de esa formación moral y religiosa que se sumaba a la presencia de los
domingos en misa, además de los hábitos que en el hogar los
más pequeños adquirían.
Cabe decir que, entre las santas a las
que el pueblo de Peñíscola ha mostrado mucha veneración, una de
las más vinculadas especialmente con la mujer ha sido Santa Ana.
Todavía veremos si hablamos con algunas de las señoras de más edad de la localidad, que esta ha sido una advocación muy especial para
la mujer peñiscolana, ya que las niñas, desde bien pequeñas,
acudían hasta esta capilla con sus madres, para agradecer o demandar
ayuda, así como especialmente cuando se tenía que celebrar
anualmente su festividad.
Ya en su momento, doña Ana, hija del
gobernador don Sebastián Duarte y Santonio, reedificó la capilla en
1827, tras los graves daños que generaron la guerra de la
Independencia en esta construcción, y que, como sabemos, se
extendieron por toda la población. Esta intervención en concreto
queda reflejada en una lápida grabada en la que se indica que Ana
Duarte y Donoso reacondicionó dicho lugar. Por desgracia, los daños
hacia este espacio tan importante para las peñiscolanas se volvieron
a repetir con el estallido de la guerra de 1936, puesto que la
capilla fue profanada y la imagen de la santa arrojada al mar.
Sobre
la devoción que se le tenía a este espacio religioso del casco
urbano peñiscolano, Simó Castillo (1975, p. 11) indica que “todavía
se recuerda cuando la llamada de una campanilla que hacían sonar las
niñas por las calles invitaba al novenario que, después de la cena
y en las noches de julio, en la capilla tenía lugar (...). El día
de la festividad de la Santa —el 26 de julio— se celebraba una
misa. Por el reducido espacio de la capilla, los asistentes,
principalmente mujeres, eran portadoras de pequeñas sillas o bien se
acomodaban en la escalera adyacente”.
Ya comentamos en un artículo que
publicamos en nuestro blog hace unos años (2023) que la tradición
peñiscolana señala que era habitual que las mujeres se acercasen
hasta este punto para celebrar misas, rezar, comprometerse con
acciones, así como encender velas, que demostraran con fe y
agradecimiento la gratitud que manifestaban hacia Santa Ana, por
haber conseguido sacar adelante un parto sin que peligrara su vida ni
la de sus hijos, o poder haberse quedado embarazadas. Recordemos cómo
todavía en el siglo XIX los casos de “mortalidad materna”
(concepto estadístico que se refiere a la muerte de una mujer
durante el momento del embarazo, el parto o el posparto) eran muy
elevados; de ahí la importancia en demostrar mediante la fe el
encomendarse a esta santa para que todo saliese de forma correcta,
además de asegurarse una descendencia dentro del hogar.
David Gómez de Mora
Bibliografía:
*Castell Febrer, Miguel (2009). Estampas de Peñíscola. Editorial Antinea.
*Far Romero, Vicente (1976). “La
mujer de Peñíscola Revista Peñíscola, n.º 33, pp. 21-22.
*Gómez de Mora, David (2023). Santa
Ana y Peñíscola. La santa protectora de las embarazadas y de las
madres”. En: davidgomezdemora.blogspot.com
*Mundina Milallave, Bernardo (1988).
Historia. Obra de historia, estadística y
geografía de la provincia de Castellón.
Facsímil de Imprenta y Librería Rovira Hermanos, 1873. Castellón,
por Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Castellón, 693 pp.
*Navarro, Consuelo (1989). “El
ejemplo de la mujer peñiscolana”. Revista Peñíscola, n.º 85,
pp. 4-5.
*Portada de la Revista Peñíscola, n.º
18-19, abril-mayo de 1974.
*Simó Castillo, Juan B. (1975). “La
capilla de Santa Ana”. Revista Peñíscola, n.º 24-25, pp. 10-11
*Simó Castillo, Juan B. (2000). “Una
aproximación a la educación de la mujer peñiscolana de finales del
s. XIX e inicios del s. XX”. Revista Peñíscola, n.º 121, pp.
33-44.