domingo, 12 de abril de 2026

Notas sobre San Aventín

Entre la amplia diversidad de santos que podemos ver en las tierras pirenaicas, no podemos pasar por alto el caso de San Aventín de Larboust o Aquitania. Un personaje histórico que vivió durante un momento muy convulso en estas tierras (el siglo VIII), debido a que desde el norte de África los sarracenos habían comenzado a extender sus dominios.

Ciertamente, su influencia en lo que sería la zona del territorio galo fue bastante breve si comparamos su presencia con el intervalo de varios siglos de la Península Ibérica. Tengamos en cuenta que, aunque esta permanencia fuera poco extensa si se compara con el caso español, veremos cómo en el área meridional de lo que hoy es la zona francesa, se vivieron episodios de violencia y enfrentamiento, como ocurriría en la batalla de Poitiers o un par de décadas después con la toma de Narbona. Un escenario que propició situaciones de las que nacerían algunos mártires cristianos, entre los que tendrá un lugar especial San Aventín.

Si analizamos la vida de este santo, veremos que la recopilación de hechos que se pueden destacar de su hagiografía beben mayoritariamente de una obra que se publicó a mediados del siglo XIX1, junto algunas leyendas locales que todavía perviven y que con el trascurso del tiempo han podido deformarse.

Portada románica de la iglesia de Saint-Aventin

Consideramos que resulta necesario conocer el contexto social y político de la época, para que así el lector pueda imaginar el papel desempeñado por figuras como la que nos ocupa, en un tiempo en el que el eremitismo era una práctica extendida por muchos lugares de la cristiandad, puesto que Aventín fue uno más de aquellos fieles que buscó en el aislamiento su cercanía a Dios.

Aquellos religiosos profundizaban severamente en esa situación de apartamiento, que favorecía el desprendimiento de los bienes personales y que permitía a sus practicantes encontrarse en contacto más estrecho con su creador, huyendo por lo tanto de lo material y valorando así el significado de lo estrictamente espiritual. 

Aunque San Aventín fue uno más de quienes se dedicaron a este tipo de vida, parece ser que este también difundiría por su región la palabra de Dios. Sin lugar a duda, el buscar un espacio singular que le permitiese alcanzar esa tranquilidad que deseaba el asceta era factible en una región como de la que él procedía, pues la zona del valle de Larboust, es por su belleza y geomorfología, un enclave singular, donde hombres de fe como el que nos ocupa, podían desarrollar esa preparación, al tiempo que una efectiva actividad evangelizadora entre la población.

Ahora bien, tanto los pobladores de la zona como especialmente este tipo de personas que se encontraban desperdigadas por múltiples espacios (especialmente alejados de núcleos habitados), eran colectivos claramente propensos a sufrir con mayor facilidad los daños colaterales de escenarios tensos o conflictivos como en el que se encontraba esta franja del territorio francés durante el siglo VIII.

Según nos recuerda la tradición, San Aventín era un hombre aferrado a las creencias cristianas, tanto que aquello le llevó a desarrollar una práctica eremítica, bajo la que forjó una actitud férrea, en la que imperaba la fidelidad a unos principios, que le condujeron hasta las últimas consecuencias, tal y como le sucedió durante los instantes finales de su vida.

Por aquel entonces, en las comunidades rurales, la idea que hoy tenemos de cristianismo no era la misma. Simplemente cabe darse una vuelta por los alrededores de la iglesia de Saint-Aventin (y cuyo municipio acabó designándose con el nombre de este santo, por ser su lugar de nacimiento y descanso de sus restos mortales), para hacernos una pequeña idea de cómo todavía muchos de los habitantes de esta área seguían manteniendo una actitud religiosa, más próxima al paganismo de sus antepasados, que a los principios cristianos marcados desde la tradición católica.

Capilla en donde la tradición relata que fueron hallados los restos del mártir

Así pues, la presencia de diferentes elementos arqueológicos aprovechados como piedras de sillería, al ser reutilizados y puestos a la vista para consolidar la pared del templo, son una muestra intencional de esa idea que reflejaba a los feligreses que acudirían hasta ese espacio, que ya se había producido la consolidación y superación del catolicismo sobre las creencias de sus ancestros.

Vestigios arqueológicos del lugar reutilizados para la construcción de la iglesia de Saint-Aventin

Precisamente, una de las leyendas que tradicionalmente se ha extendido sobre la vida de este santo, es que su familia no era precisamente gente apegada a la devoción cristiana; no obstante, ello no resultó inconveniente alguno para que desde joven este tuviese clara su vocación religiosa, demostrando incluso a su círculo más cercano cómo era posible esa introducción y aceptación del dogma cristiano en una sociedad marcada todavía por las creencias de tiempos pasados, que entremezclaba conceptos e ideas que daban lugar a un cristianismo descafeinado, pero que había que consolidar, y en el que personajes como San Aventín, jugaron un rol importantísimo en esta área montañosa.

Capilla de Granges d'Astau donde se recuerda la cura de San Aventín a un oso herido

Si analizamos los nombres de muchas de nuestras advocaciones del santoral católico, veremos cómo bastantes de estos se repiten, a pesar de que hablamos de personas distintas. En este sentido, la gran cantidad de santos que con el transcurso de estos dos milenios han ido apareciendo, dará pie al surgimiento de muchas advocaciones que compartirán un mismo nombre.

Obviamente, el caso de San Aventín es uno más, por lo que apreciamos que puede darse lugar a confusiones con otros santos franceses de mismo nombre, tal y como sucede con San Aventín de Troyes o San Aventín de Chartres. Ciertamente, este problema queda resuelto cuando uno analiza someramente sus hagiografías, pues apreciaremos que en el caso de San Aventín hablamos de historias y épocas diferentes, que nos permiten distinguirlos.

Sobre San Aventín de Larboust o Aquitania, tal y como ya se ha dicho, el contexto político en el que le tocó vivir resultó decisivo para comprender la posterior devoción que despertó entre sus habitantes, además de en otros lugares de lo que hoy es el territorio español, y cuya festividad hasta no hace tanto en el tiempo era conocida por las gentes de aquellos lugares donde existía una iglesia o ermita dedicada a su nombre.

El hecho de que su vida se desarrollara hace unos 1200 años, además de que no se conserven textos de la época, dificulta el poder ahondar en detalles sobre su pasado. No obstante, los datos recogidos a través de la tradición de sus vivencias, sirven al menos para partir de una base que, con algunos matices, encajaría perfectamente con algunas de las cuestiones que nos hablan sobre cómo pudo ser su vida.

Por ejemplo, la presencia de personajes de renombre en esa área geográfica, como ocurre con el caso del obispo Bertrand de Comminges (y que está estrechamente relacionado con el hallazgo de los restos de mártir), es necesario tenerla presente, puesto que pensamos que jugó un papel destacado en la consolidación del culto al mártir durante las primeras décadas del siglo XII.

Imagen dedicada a Bertrand-de-Comminges (Église Notre-Dame-de-l'Assomption, Bagnères-de-Luchon)

Simplemente poder contemplar la manifestación artística que se alzará en la portada de la iglesia de su localidad natal, a raíz de la devoción y expansión de sus logros, además del hallazgo de los restos de su cuerpo, es cuanto menos reseñable para comprender cómo los relatos sobre sus milagros y valentía calaron profundamente en la sociedad de un territorio que presentaba en sus primeras centurias una serie de riesgos y temores, derivados de los escenarios políticos y religiosos que se estaban viviendo, especialmente en tierras más posicionadas al sur.

La aceptación y extensión de las historias que dejaban claro que Aventín de Larboust no era solamente una persona con una clara convicción de lo que debía ser el entendimiento de la fe cristiana, sino alguien especial y que, a través de diferentes momentos de su vida, manifestó con una serie de milagros, además de acabar sacrificándose en aras de la religión cristiana, es una idea que ya estaba extendida por esta tierra en el siglo IX. Esto explicaría que ya como mínimo en el siglo X, en lo que hoy es el territorio español, contemos con referencias documentales que nos invitan a pensar en que este era conocido tanto en la franja norte del actual territorio aragonés, así como por la zona de la Vall d'Aran o parte alta del Pallars.

Por desgracia, la despoblación de la mayor parte de esos enclaves rurales donde su devoción persistió durante casi un milenio ha ido apagándose con el trascurso de las últimas generaciones, hasta el punto de que hoy prácticamente, en la zona alta del Ribagorza aragonés, y que es donde todavía quedan en pie varias ermitas e incluso alguna iglesia que está dedicada a este santo, su historia ya casi es cosa del pasado.

Esta pérdida de contacto entre las zonas del actual territorio español y el lugar de origen del santo, y que, como se apreciará, afloró en pleno medievo, fue desvaneciéndose con el trascurso de los siglos. Esto se deberá a diferentes factores, donde sin duda el punto de inflexión lo marcarán las políticas secularizantes y de cambio de mentalidad a raíz del siglo XIX, tras las corrientes de pensamiento derivadas de la Revolución Francesa.

Sobre la llegada del culto a San Aventín en tierras posicionadas al sur y este de su zona natal, pensamos que ello pudo producirse a raíz de las comunidades de pastores o gentes, que en sus continuos desplazamientos entre las tierras de los Pirineos en algún momento habrían trasladado la historia del santo, cosa que pensamos que comenzó a suceder entre los siglos IX-X.

Iglesia de El Run (Castejón de Sos) en la que antaño San Aventín gozó de enorme popularidad

Así pues, hemos de recordar que incluso hasta finales del siglo XVIII, los habitantes de Benasque realizaban una peregrinación dedicada al mártir, y en la que sus participantes portaban largos cirios, en agradecimiento al santo francés por su protección.

Es por ello que la aparición de historias relacionadas con la protección contra los males que por aquellas épocas achacaban a la sociedad rural de la región, alimentarán si cabe, la figura salvaguardadora del santo, como cuando se relata que este consiguió sanar a un oso que estaba herido. Esto rápidamente caló para que acabase siendo designado como un intercesor que protegía a los viajeros en la realización de las cotidianas travesías que muchas personas cubrían a lo largo de la montaña, evitando así la aparición de osos como lobos, y que hasta hace unas centurias, veremos que proliferaron en estas tierras.

Área natural que conecta la Vall d'Arán con la zona de Bagnères-de-Luchon

Si analizamos algunas de las piezas románicas de la portada de la iglesia, como los vestigios arqueológicos antes descritos que existen a lo largo de la pared externa del templo, uno es consciente del doble mensaje que aguarda este lugar, puesto que por un lado se nos habla de esa victoria de la fe católica sobre las prácticas ancestrales de sus gentes, además de una idea de confrontación que se tendrá en el medievo contra los responsables del martirio de nuestro personaje, y que queda reflejada en alguno de los capiteles del templo.

Iglesia Parroquial de Santa María La Mayor de Benasque

Esto, por ejemplo, se refleja en la escena de uno de dichos capiteles, como ya indicará Agustín Gómez, en un artículo titulado “Cojos y miserables en la portada románica de Echano (Navarra)”2, a raíz de la representación del arresto de San Aventín, cuando comenta cómo “uno de los dos soldados árabes, armado con escudo y espada, es cojo, y lleva una prótesis (...) la identificación de la cojera de un soldado de otra religión en relación con el martirio del santo ha sido vista como signo de vicio moral, de enfermedad psíquica propia de los paganos”3 (Gómez, 1993: 13).

Capitel de la iglesia de Saint-Aventin que recuerda su martirio

Es lógico pensar que la devoción hacia el santo se refortalecerá con otras historias recogidas sobre su vida, y que consolidarán su nombre gracias a la suma de una serie de milagros, entre los que resultará fundamental el hallazgo de sus reliquias4.

La portada románica de la iglesia de Saint-Aventin es, sin duda, una obra de notable calidad, integrada en esa arquitectura de la época, donde el valor de la iconografía cobra una importancia destacada, y que por sus características merece, sin duda, ser motivo de visita, pues representa una joya más del amplio y rico patrimonio que nuestro país vecino posee, especialmente por reflejar de forma muy clara los elementos religiosos que consolidaron siglos atrás la mentalidad y fe de sus antepasados.

David Gómez de Mora


Notas:

1 Un prêtre du diocèse de Toulouse. (1850). Notice historique sur Saint Aventin d’Aquitaine, martyr. Imprimerie Fabbro.

2 Gómez Gómez, A. (1993). Cojos y miserables en la portada románica de Echano (Navarra). Príncipe de Viana, 54 (n.º 198), 9–27

3 Adhemar, Jean, influences antiques dans l'art du Moyen Âge français. Recherches sur les sources et les thèmes d'inspiration, Londres, 1939, pp. 204-205; Durliat, M. y Allegre, V., op. cit. y p. 62. Reproducida en Porter, A. K., Romanesque Sculpture of the Pilgrimage Roads, Boston, 1923, vol. IV, fig. 507 (Gómez, A., 1993: 13).

4 Si se analizan algunas de las imágenes artísticas en las que derivará la devoción al santo, cabe destacar un busto relicario, en el que se representa el rostro del mártir, el cual porta en su cabeza una aureola y un sol con la inscripción del monograma IHS.

viernes, 6 de marzo de 2026

La devoción a la Virgen de la Paz en las tierras cercanas a Huete

La tradición recuerda que el origen de esta devoción mariana se remonta al medievo, más concretamente al siglo VII, cuando se cuenta que tras finalizarse el IX Concilio de Toledo, el arzobispo Ildefonso, alrededor de las tres de la noche, al entrar en la Catedral fue sorprendido por un fuerte resplandor, justo cuando vio a la Santísima Virgen descendiendo desde el cielo, hasta que ésta se sentó en la silla episcopal, entregándole una casulla. A raíz de este milagro, la Iglesia toledana decretó que cada 24 de enero (ya que el arzobispo Ildefonso falleció el 23 de enero de 667) se celebrase el descenso de la Virgen María en dicho templo.

El nombre de Nuestra Señora de la Paz se le concede a finales del siglo XI, aunque su veneración comenzó a extenderse centurias más tarde por el territorio conquense, así como en otros muchos puntos de la Península.

Al respecto conocidos son los milagros en los que se asocia su intervención, como ocurrió en el caso de la ciudad de Ronda, en la que protegió a la localidad. En otros municipios también emergerá esa devoción, asociándose con la solución de disputas y desaparición de tensiones como conflictos, en los que se consideró que la Virgen había obrado.

En el caso conquense, desconocemos cuándo comenzará a extenderse su veneración en algunas de las localidades del territorio cercano a Huete, donde desde hace varias centurias se tiene constancia de su arraigo en el devocionario local. No obstante, creemos que es entre los siglos XVI-XVII, cuando esta comenzará a cobrar fuerza en algunas localidades.

Veremos que a día de hoy siguen existiendo templos dedicados a la misma, siendo por ejemplo el caso de Cañaveruelas y Tinajas. En Cañaveruelas, su templo parroquial está dedicado a la Virgen de la Paz, ocupando por ello su imagen el centro del altar mayor, y siendo su festividad antaño uno de los momentos más importantes para los habitantes de dicho lugar.


Altar mayor de Nuestra Señora de la Paz de Cañaveruelas (imagen del autor)

Nuestra Señora de la Paz de Cañaveruelas (imagen del autor)


Altar mayor de Saceda del Río (imagen del autor)

Nuestra Señora de la Paz de Saceda del Río (imagen del autor)

Respecto a Saceda del Río, veremos también la importancia que adquirió a lo largo del tiempo la Virgen de la Paz, cuya devoción tenemos documentada durante varios siglos de historia, existiendo tiempo atrás una antigua capilla en el barrio de La Solana.


David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Saceda del Río

Breves apuntes sobre el lobo en las tierras de Cuenca entre finales del siglo XVIII y mediados del siglos XX

Hace unas semanas tuve la fortuna de poder hablar con Emilio Guadalajara, un gran conocedor de la tierra conquense, quien pudo ilustrarme sobre diferentes cuestiones relacionadas con el día a día que antaño afrontaban muchos de nuestros antepasados. Precisamente, uno de los temas que tocamos fue la presencia del lobo. Un tema sin duda apasionante, y sobre el que nuestro erudito pudo aportarnos algunos datos que aquí quisiera reflejar.

Emilio en un artículo publicado en la revista Mansiegona (2023)¹ bajo el título “De lobos”, comenta cómo a finales del siglo XVIII se produjeron algunas batidas de lobos alrededor de la ciudad de Cuenca junto a cinco leguas de su contorno, en las que se cazaron un total de 4 lobos grandes, otras tantas lobas, además de 130 lobeznos, entre los cuales la mayor parte eran hembras.

De nuevo Emilio Guadalajara (2023) en el mismo artículo indica que entre el 1 de octubre de 1824 y el 17 de mayo de 1825, con los ganados ya instalados en los cuarteles de invierno, la cuadrilla ganadera de la Mesta encargada de correr con los costes por la caza de animales dañinos para el ganado, gastó 9350 reales para premiar la caza de 18 lobos, 8 lobas, 85 lobeznos, así como 133 zorros y zorras. Tenemos constancia de cómo los lobos siguen siendo vistos durante la segunda mitad del siglo XIX por las tierras conquenses, tal y como se recoge en diferentes municipios de la obra del Diccionario de Madoz², así como décadas más tarde, ya entrados los primeros años del siglo XX, cuando todavía este animal seguía siendo una realidad en algunos lugares, aunque ciertamente, con una población muy diezmada respecto a dos centurias atrás.

Un testimonio nos contaba cómo un antepasado suyo residente en la localidad de Valdemeca (y que vivió durante la segunda mitad del siglo XIX), siempre que salía del pueblo, se pertrechaba de una navaja bandolera y la cargaba en las alforjas de su macho para así tenerla cerca ante la posibilidad de tener que defenderse. Estas armas estaban diseñadas para repeler posibles ataques de animales, al tiempo que servían como cuchillo de remate para piezas de caza mayor, así como para intimidar ante un intento de atraco por parte de algún asaltante. Este tipo de armas pueden llegar perfectamente a tener una hoja de 35-50 centímetros, así como cuando se encuentra abierta una longitud de más de 60-70 centímetros.

A medida que entramos en el siglo XX, los lobos comenzaron a desaparecer. Las ordenanzas y las retribuciones que se aplicaban por su caza eran conocidas, y esto obviamente repercutió severamente en la población de este animal, hasta el punto de que en los años veinte y treinta de aquella centuria el lobo había desaparecido en una parte importante de los lugares de esta provincia.

El último ejemplar que se cazó en la provincia fue en la localidad de Garaballa. En una nota de prensa del año 1953, fechada a finales de aquel año, se indica el siguiente titular: “El día de Navidad fué capturado un lobo que había matado más de 5.000 reses”. En el texto se comenta que el día de Navidad fue abatido un ejemplar que merodeaba por esos contornos desde el año 1949³.

Zona de monte en Garaballa (Fuente: Google Maps)

A tenor de la noticia, las zonas afectadas durante aquel periodo de cuatro años fueron las localidades de San Martín de Boniches, Campillos-Paravientos, Villar del Humo, Víllora, Narboneta y Talayuelas. El lobo tras ser cazado fue exhibido, y según relata la noticia, este tenía un peso de 45 kilos, es decir, un tamaño superior a la media.


David Gómez de Mora

Notas:

1Guadalajara Guadalajara, E. (2023). De lobos. Mansiegona, (17), 7.

2Gómez de Mora, D. (2025). El lobo alrededor del territorio          

https://davidgomezdemora.blogspot.com/2025/03/el-lobo-alrededor-del-territorio.html

3C. C. C. (1953, 31 de diciembre). El día de Navidad fue capturado un lobo que había matado más de 5.000 reses. Ofensiva: Bisemanario Nacional-Sindicalista, p. 5.