miércoles, 11 de febrero de 2026

El lobo antaño en Solera de Gabaldón y Chumillas

La desaparición del lobo en la geografía del territorio conquense, como ya hemos comentado en alguna ocasión, se fue produciendo entre la segunda mitad del siglo XIX y las siguientes décadas del XX.

En el caso que ocupa la presente entrada, y a pesar del transcurso de más de un siglo, vemos cómo todavía la toponimia, además de otros elementos que forman parte de nuestra historia, ahonda en un periodo en el que la presencia de esta criatura en estas tierras era constante, lo que al mismo tiempo nos ayuda a contextualizar tanto la mentalidad como el día a día en el que vivían muchos de nuestros antepasados.

Solera de Gabaldón y Chumillas son localidades vecinas ubicadas alrededor de una vega, con una trama urbana que se encuentra por encima de los 1.000 metros sobre el nivel del mar, estando rodeadas por espacios montañosos, que junto con las fuentes, arroyos y ríos que afloran en diferentes puntos de sus términos, convierten su entorno en un lugar con una riqueza ambiental destacada.

Estas características, además de ofrecer una estampa de singular belleza, son factores que antaño permitían la presencia de una cantidad destacada de animales, que muchas veces para nuestros ancestros eran un quebradero de cabeza. Aquella sociedad, que dependía de los frutos de sus cultivos, así como del alimento que les proporcionaban sus reses, miraba los montes con unos ojos que hoy muchos no llegamos a comprender, en parte porque nuestra vida digitalizada del siglo XXI, poco o nada tiene que ver con la que desempeñaron nuestros tatarabuelos.

Afueras de Solera de Gabaldón. En esta zona abundan pinos, carrascas y matorrales en los que antaño había notable presencia de lobos. 
(Imagen del autor)

En estos municipios, la caza era una actividad que permitía que sus habitantes contasen con una fuente de alimentos adicional, y que hoy obtenemos a través de supermercados y grandes superficies comerciales. Corzos, ciervos, conejos, liebres y perdices, era habitual que se cazaran entre aquellos habitantes, diversificando así la dieta monótona que aportaban los cultivos de gramíneas y huertos en los que trabajaban cotidianamente.

Ahora bien, en aquel contexto de vida dura, donde los caminos de herradura que conectaban los municipios de la zona no eran precisamente lugares agradables (tanto por su falta de seguridad como por el mal estado en el que se encontraban para circular), cabía sumar las complicaciones que muchas veces podía suponer salir adelante con la cría de animales, así como disponer de recursos adicionales derivados de la actividad cinegética. En este sentido, la cuestión del lobo era siempre un tema candente, especialmente tanto para los ganaderos que cuidaban de sus rebaños, así como para aquellas personas que salían a cazar, y veían en esta criatura más bien a un competidor que a otro más de los ejemplares que habitaba en ese ecosistema, del que paulatinamente y con el transcurso de los siglos el ser humano se había convertido en su único amo y señor.

Esto evidentemente afectaba a la percepción que se tenía del animal, generando una opinión poco positiva en una sociedad labriega, muy vulnerable por las desgracias y miserias con las que se tenían que enfrentar a menudo. Esto, por ejemplo, puede desprenderse de la descripción de la fauna de esta zona que se efectúa en el Diccionario de Madoz, cuando al hablar de Chumillas, se indica que: “crianse muchos animales dañinos, tales como zorras, lobos, víboras y culebras, y abunda la caza de liebres, conejos, corzos y algún venado” (Madoz, t. VII, 1847: 348).

Es obvio percibir en esas palabras, una visión tradicional y antropocéntrica, donde se identifica el entorno natural como un lugar hostil, en el que las víboras y las culebras podían ser una preocupación para quienes faenaban en el campo, así como esos zorros, criaturas que en cualquier momento podían introducirse en los gallineros, además del referido lobo, que como sabemos era una de las mayores preocupaciones de los pastores. De esta forma, esto en su conjunto, refleja bastante bien cómo pensaban y vivían hasta no hace tanto tiempo nuestros antepasados.

En Solera de Gabaldón, el día a día no era sencillo, especialmente hace poco más de doscientos años, cuando este municipio se vio notablemente afectado por la invasión francesa, destruyéndose muchas de sus casas, y por lo tanto, sus habitantes tuvieron que vivir un periodo de penurias, lo que dificultaba más si cabe la dura vida que ya de por sí existía en muchos de sus hogares.

La cita de Madoz refleja cómo a mediados del siglo XIX estaba presente en esta tierra, algo que nos confirma uno de los testimonios que muy amablemente nos aportó una de las vecinas de Solera, y que gracias a su buena memoria, nos permite prácticamente remontarnos a esa época en la que todavía el lobo existía por estas tierras. Así pues, agradecemos a Ángela, natural de Solera de Gabaldón, que con sus 94 años de edad, todavía nos recordara el relato oral que le transmitió su abuela Gregoria, y que nos sitúa en el marco cronológico de la segunda mitad del siglo XIX, cuando en uno de los campos que hay en esta localidad, los lobos mataron a varios burros.

Dentro de este testimonio, cabe añadir tal y como le relató Gregoria a su nieta Ángela, no era extraño que aquellos animales llegaran a presentarse en las inmediaciones del pueblo. Algo que como hemos visto en otras localidades de la zona del territorio cercano a Huete, también se producía hasta el periodo final en el que estos animales existieron.

También cabe recordar que en el término municipal de Solera de Gabaldón, todavía existe la conocida como “Rambla del Lobo”, la cual se encuentra al oeste de la población, y cuyo nombre procede de aquella época en la que este animal todavía estaba presente en el área geográfica. Igualmente, no hemos de olvidar que como ya hemos tratado con anterioridad, la presencia del lobo en términos limítrofes con Chumillas y Solera, como es el caso de Barchín del Hoyo y Piqueras del Castillo, donde contamos también con alguna referencia que nos habla de su presencia.

Ahora bien, un elemento que también juega un papel importante en la sociedad de antaño es el peso ejercido por la religiosidad, especialmente en los enclaves rurales como los que comentamos. Es por ello, que la devoción a determinadas advocaciones, muchas veces podemos analizarla a través de las demandas y veneración que nuestros antepasados manifestaban hacia sus santos predilectos. En este sentido, uno que resulta bastante interesante es San Antón, cuya imagen presenciamos en las iglesias de Solera de Gabaldón, Chumillas, Olmeda del Rey, además de otros muchos enclaves de esta zona. Cierto es que su devoción está ampliamente extendida por muchos puntos de nuestra geografía, aunque ello no es óbice para entender la importancia que adquiría en zonas donde se vivía del campo.

San Antonio Abad fue una imagen muy difundida durante el medievo. Este santo, como sabemos, es patrón y protector de los animales, es decir, de los mismos que antaño servían en esa sociedad labriega para consumo, trabajo, desplazamiento e incluso para proteger sus bienes. Por este motivo, cada 17 de enero, era costumbre que las gentes de estas tierras celebraran aquella jornada, efectuándose las tradicionales bendiciones por parte de los sacerdotes, que tenían como principal propósito demandar el bienestar de sus animales, y que implicaba al mismo tiempo protegerlos de peligros, como podía ser el caso del lobo.

Y es que no hemos de olvidar que San Antonio Abad fue un eremita, en cuya hagiografía se relata que este consiguió dominar precisamente a uno de estos cánidos. Esto obviamente, unido a las diferentes creencias que en cada lugar irán desarrollándose (como sucedía con la bendición de campanas que llevaban algunos animales), ayudará a que este santo se convirtiese en uno de los principales en muchos municipios, pues eran de las pocas garantías espirituales con las que contaban los propietarios de ganado y caballería, ya que estos eran en bastantes hogares lo más preciado que tenían muchos de nuestros antepasados.

Precisamente, muestra de ese nexo tan profundo que ha existido entre San Antón y los animales, se comprueba en el caso de Chumillas, cuando tras el estallido de la guerra, Víctor de la Vega (2007: 256) al hablar de los daños ocurridos en su iglesia comenta que: “En Chumillas la iglesia fue convertida en corral de ganado. Los cálices y copones “fueron machacados con unas piedras”, y la imagen de San Antonio Abad, arrastrada y colgada por un vecino, al que esa misma tarde se le murió un cerdo. Hubo muchas muertes de cerdos similares, consideradas “castigo de Dios””.

Tengamos en cuenta que ese tipo de creencias, temores y búsqueda de elementos protectores ha quedado retenido de manera discreta en algunos elementos de estas localidades, tal y como sucede en el caso de la fachada de la iglesia de Solera de Gabaldón. Así pues, a lo largo del exterior de su edificio, aún se conservan las características tejas que en sus aleros están decoradas con figuras triangulares, y que se conocen en muchos puntos de nuestra geografía como “dientes de lobo”. Estos eran muy comunes y por ello fáciles de ver en otras muchas parroquias, funcionando según la creencia popular como elementos protectores, y por ello, extendiéndose en los aleros de viviendas.

"Dientes de lobo". Iglesia parroquial de Solera de Gabaldón. (Imagen del autor)

Precisamente, en la parte superior a la entrada de la iglesia de Solera, vemos también que el alero de madera que cubre la entrada de la puerta se realizó aprovechando diferentes puertas de algunas viviendas. Si nos fijamos, la estructura todavía preserva restos de pintura, entre los que solía destacar el azul añil, que como sabemos era frecuente que se usara en las puertas de hogares, además de otras zonas como los bordes de ventanas y marcos de puertas, puesto que estaba extendida la creencia de que de esta forma aquel espacio quedaba alejado de la entrada de malos espíritus. Al mismo tiempo, el azul añil, recordaba el vínculo con lo celestial y lo divino, aplicándose por ello en otras partes de las casas, como ocurriría en esta misma construcción, sobre el antiguo techo que hay dentro del edificio religioso.

Iglesia parroquial de Solera de Gabaldón.
(Imagen del autor)

Esta serie de elementos en su conjunto son una clara demostración de la riqueza histórica y cultural que todavía albergan muchas localidades del territorio conquense, donde el peso de la fe, la devoción popular, y las creencias alrededor de aquello que era visto como una amenaza que ha ido pasando inadvertido con el transcurso del tiempo entre algunas de sus construcciones más emblemáticas.


David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Piqueras del Castillo



Bibliografía:

*Madoz Ibáñez, Pascual (1845-1850). Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar. Tomo VII. Madrid

*de la Vega Almagro, Víctor (2007). Tesoro artístico y guerra civil: el caso de Cuenca. Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 436 pp.