domingo, 7 de junio de 2026

La mujer peñiscolana

Sabemos que el papel desempeñado por la mujer peñiscolana ha sido esencial en la vida de nuestros antepasados. Madre, gestora, educadora de su familia y, sin lugar a duda, una trabajadora incansable, que además de cumplir con las tareas que supone sacar adelante a hijos y mayores, ejercía como labradora de las tierras de su familia, así como incluso participaba en un oficio muy asociado con el sector masculino, cuando auxiliaba en labores del sector pesquero.

Esto hará que su figura fuese un pilar básico, que, como se recogerá en diferentes artículos de la revista local Peñíscola, puso en valor su rol como eje elemental en los hogares de nuestros antepasados.

Un fenómeno especialmente perceptible en un modelo de familia tradicional, en el que varias generaciones compartían un mismo espacio, mayoritariamente limitado por encontrarse muchas de esas personas habitando en reducidas viviendas del casco antiguo, donde, como es sabido por los nativos, la gestión del espacio y la importancia por contribuir al mantenimiento de la economía familiar era crucial. De esta forma, fue como se pudo sacar hacia adelante a esas posteriores generaciones, que siempre reconocieron la importancia del sudor y sacrificio que sus madres ejercieron durante los siete días de cada semana.

Conocido es el carácter y la valentía de la mujer peñiscolana que siglos atrás tuvo que convivir constantemente en un mundo de guerras y conflictos bélicos, que, como veremos, no era extraño que se presentaran de forma súbita junto a las murallas de la población.

Recordemos que Peñíscola ha sido un espacio fortificado de enorme valor militar, que el enemigo siempre ansió atesorar. Hecho que, como se verá, se manifestó desde la Reconquista, repitiéndose con el transcurso de los siglos, como veremos en el XVI, o la agitada centuria siguiente, además de la guerra de sucesión en el siglo XVIII, o los franceses y las guerras carlistas en el XIX...

Mujeres peñiscolanas jugando a las cartas en la calle. Foto: Peter Witte (esta imagen fue la portada de la revista Peñíscola que se publicó en los números 18-19 de abril y mayo de 1974).

Esa privilegiada posición sobre un peñón rocoso que durante el desarrollo de temporales quedaba completamente aislado, como una isla imposible de flanquear, no solo era una garantía de seguridad, sino también al mismo tiempo, un espacio que despertaba intranquilidad, por situarse en el punto de mira de sus enemigos.

Creemos que esta serie de factores moldeó muy probablemente la mentalidad del peñiscolano, que vio cómo a lo largo de su historia esa población sufría más que ninguna en esta región los daños colaterales de los conflictos bélicos. Un argumento a tenerse en cuenta, si queremos abordar este tipo de situaciones es que las mismas acaban influyendo en la percepción, carácter y forma de ser de quienes cotidianamente han de verse sometidos a este tipo de escenarios. Podiendo ello explicar el carácter de ese peñiscolano de épocas pasadas, y especialmente de esas mujeres, que, como se ha indicado, además de trabajar a diario, eran las encargadas de dirigir las riendas del hogar y su familia.

Una manifestación de ese carácter fuerte y atrevido de la mujer peñiscolana se recoge en una situación vivida en el año 1521 y que relata el cronista Simó Castillo (2000, p. 33), en la que una vecina llamada Baldovina, ante la entrada del gobernador a la fortaleza (y cuando los agermanados comenzaron a tocar el tambor), no dudó en arrebatarlo para lanzarlo contra las rocas, consiguiendo al mismo tiempo que estos no osaran volver.

Vicente Far Romero, hace hoy ya más de cincuenta años, definía en un artículo dedicado a la mujer peñiscolana que había vivido la última guerra, como una persona discreta, con capacidad de liderazgo, seria, tranquila, pero con una contundencia y unos claros principios morales, donde el sentido del deber era primordial en el momento de la toma de cualquier decisión. Al respecto, destaca esta serie de atributos:

No les importa el protagonismo (...) conscientes de que en la nao familiar son el primer timonel” (Far Romero, 1976, p. 22).

Constituye una síntesis, una simbiosis de tímida y cautelosa decisión y recia y firme ejecución” (Far Romero, 1976, p. 22).

Su imaginativo fatalismo contrasta con el providencialista entender y su realista actuar” (Far Romero, 1976, p. 22).

Su serenidad entronca directamente con el conocimiento intrínseco de principios que informan todo su vivir” (Far Romero, 1976, p. 22).

Impetuosa y arrolladora cuando, fiel guardián, considera hollado su íntimo espacio” (Far Romero, 1976, p. 22).

Austeridad y entereza como nombre. Como si el escenario, la fortaleza en la que vive, le infundiera, a través del tiempo, el temple estoico de la milicia” (Far Romero, 1976, p. 22).

Como ya se ha comentado anteriormente, la mujer peñiscolana, además de educadora y gestora del hogar y de sus hijos, trabajaba igual o incluso más que el marido. Vicente Far comentaba que “fuerte llega al condominio de toda tarea que entre en el área de su potencial físico” (Far Romero, 1976, p. 22).

Estas mismas características son descritas en otro artículo dedicado a la mujer peñiscolana por Consuelo Navarro, quien ya comentaba a finales de los años ochenta del siglo XX como “hace algunos años llamó mi atención esa típica estampa de mujer con indumentaria negra, casi siempre con pañuelo en la cabeza, que contrastaba con los variopintos atuendos de las modernas turistas, cuando se dirigía a realizar ciertos trabajos agrícolas, antes o después de haber dedicado un tiempo a sus tareas caseras” (Navarro, 1989, p. 5). Añade que “en este pueblo casado con el mar hay otro sector mucho más significativo y relevante, el pesquero, en el que la mujer ha tenido que colaborar de manera decidida en trabajos ajenos al hogar. Hay escenas típicas que se han podido contemplar, y que afortunadamente seguimos contemplando, en las que podemos encontrar grupos de mujeres remendando las redes o realizando trabajos a la llegada de las barcas y en la venta del pescado. A unas participando en el negocio familiar y a otras como asalariadas, se las ve desenvolverse en este medio, mezclándose entre los hombres que realizan el mismo trabajo, con igual o superior nivel en eficacia que la de los hombres” (Navarro, 1989, p. 5).

Mujeres peñiscolanas junto a hombres arrastrando una barca (siglo XX). Fuente: Todopeñiscola.com

Este perfil absolutamente trabajador se combinaba con el de una mentalidad profundamente religiosa, donde la devoción a sus santos locales y a la Virgen de la Ermitana, marcaban muchas de esas creencias que consolidaron a la peñiscolana como una mujer de fe. Precisamente, esta gran devoción religiosa, ya fue destacada por Mundina Milallave en su obra de la segunda mitad del siglo XIX (1988, p. 457), al indicar que “conservan con fé las creencias religiosas, y se esmeran en dar á sus funciones toda la pompa que sus facultades les permiten, en obsequio de sus santos patronos”.

La visión tradicional de las mujeres peñiscolanas se apreciará también en la habitual vestimenta negra que muchas llevaban de forma habitual, pues como indica Miguel Castell (2009, p.108): “la costumbre entonces era de llevar luto por los difuntos. Las mujeres vestían de negro riguroso, cubriendo su cabeza con un pañuelo negro. Si eran jóvenes reemplazaban el pañuelo por un fino velo negro. La duración del luto era diferente según la edad del fallecido, pero de todas formas no era menor a un año. Había mujeres que se habían acostumbrado tanto al luto que continuaban con él porque se sentían extrañas vestidas de otro color. De ahí que las estampas de la época aparezcan las mujeres vestidas de negro y con pañuelo en la cabeza”

La sociedad peñiscolana no hace falta reiterar lo católica que se sentía, aunque cabe decir que siempre era la mujer quien especialmente mostraría una mayor sensibilidad e interés por las obligaciones que en el ámbito religioso marcaban sus hábitos diarios. La oración en el seno de su hogar, acudir a misa y tener siempre presente a la Virgen de la Ermitana o a una imagen como Santa Ana, era algo natural en la vida de cualquier peñiscolana. Esto obviamente también se presenciará en lo que era su educación, cuestión que Simó Castillo (2000) ya abordó en un artículo, cuando trataba la formación de la mujer peñiscolana en el ámbito escolar, entre finales del siglo XIX e inicios del XX.

Recordemos que durante la segunda mitad del siglo XIX, la Ley Moyano obligaba a que durante un periodo de varios años (de los 6 a los 9), los niños debían acudir a la escuela para que se les realizara una formación básica; no obstante, y a pesar de que aquella asistencia era obligatoria, el absentismo por aquel entonces era la tónica habitual.

Como en todo el país, los centros se dividían por sexos. Uno de los principales problemas era muchas veces la ausencia de material escolar y la precariedad de las instalaciones en las que se encontraban los niños como sus maestros, algo que evidentemente también se presenciaba en las escuelas de niños y niñas de Peñíscola.

Conocemos con detalle los objetos que había en la escuela de niñas de esta población entre 1866 y 1867, gracias al registro de un inventario que detalla en su artículo Simó Castillo (2000, pp. 37-38). En el mismo se lee la presencia de la mesa de la maestra, carteles de cartón, un crucifijo, el retrato de la reina, varios tinteros, una escribanía, alguna colección de periódicos, un diccionario valenciano-castellano, así como las oraciones de entrada y salida que había colgadas en carteles de cartón y acharolados.

Los días de exámenes, para premiar a las niñas, se les entregaban estampas y medallas religiosas, además de dulces. Estas escribían con pluma, y en la sala donde se agolpaban decenas de criaturas, había un mobiliario muy parecido al que veríamos en otros muchos lugares donde, como de la mejor manera que se podía, se formaba a los niños del país. La mesa principal de la maestra se solía posicionar en un altillo.

Se solía disponer de un par de pizarras, además de bancos para que se sentasen los niños, un par de mesas o pupitres para que las niñas escribiesen cuando se les solicitaba, sin olvidarnos del clásico tablero contador, junto a uno o varios armarios para depositar algunos libros y/o diferentes periódicos que solían almacenarse en el aula. Tampoco podía faltar el característico listón de madera alargado, repleto de clavos para colgar sobre estos los carteles. Las aulas eran espacios bastante dejados, con escasa ventilación y la luz justa para trabajar.

En el año 1876, Simó Castillo (2000, p. 41) indica entre la lista de los libros de la escuela de primera enseñanza para las niñas de Peñíscola, los dedicados a la lectura, escritura, gramática, aritmética, así como a la religión y la moral. Para esta materia, y que se consideraba muy importante, el catecismo de la doctrina cristiana y las nociones de historia sagrada eran la guía con la que se formaba a las alumnas.

Todavía recuerdo haber escuchado cómo antes de la guerra, mi abuela paterna relataba que era normal entre los niños de la localidad el besar el anillo de tipo sello que portaba el sacerdote, como gesto de reverencia y respeto. Por aquel entonces, figuras como el médico, el alcalde y el cura eran tenidas muy en cuenta por sus habitantes.

Ya hemos comentado que la sociedad peñiscolana era muy católica desde sus cimientos, por lo que, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, con la implantación de una enseñanza obligatoria durante varios años, la escuela era una prolongación más de esa formación moral y religiosa que se sumaba a la presencia de los domingos en misa, además de los hábitos que en el hogar los más pequeños adquirían.

Cabe decir que, entre las santas a las que el pueblo de Peñíscola ha mostrado mucha veneración, una de las más vinculadas especialmente con la mujer ha sido Santa Ana. Todavía veremos si hablamos con algunas de las señoras de más edad de la localidad, que esta ha sido una advocación muy especial para la mujer peñiscolana, ya que las niñas, desde bien pequeñas, acudían hasta esta capilla con sus madres, para agradecer o demandar ayuda, así como especialmente cuando se tenía que celebrar anualmente su festividad.

Ya en su momento, doña Ana, hija del gobernador don Sebastián Duarte y Santonio, reedificó la capilla en 1827, tras los graves daños que generaron la guerra de la Independencia en esta construcción, y que, como sabemos, se extendieron por toda la población. Esta intervención en concreto queda reflejada en una lápida grabada en la que se indica que Ana Duarte y Donoso reacondicionó dicho lugar. Por desgracia, los daños hacia este espacio tan importante para las peñiscolanas se volvieron a repetir con el estallido de la guerra de 1936, puesto que la capilla fue profanada y la imagen de la santa arrojada al mar.

Sobre la devoción que se le tenía a este espacio religioso del casco urbano peñiscolano, Simó Castillo (1975, p. 11) indica que “todavía se recuerda cuando la llamada de una campanilla que hacían sonar las niñas por las calles invitaba al novenario que, después de la cena y en las noches de julio, en la capilla tenía lugar (...). El día de la festividad de la Santa —el 26 de julio— se celebraba una misa. Por el reducido espacio de la capilla, los asistentes, principalmente mujeres, eran portadoras de pequeñas sillas o bien se acomodaban en la escalera adyacente”.

Ya comentamos en un artículo que publicamos en nuestro blog hace unos años (2023) que la tradición peñiscolana señala que era habitual que las mujeres se acercasen hasta este punto para celebrar misas, rezar, comprometerse con acciones, así como encender velas, que demostraran con fe y agradecimiento la gratitud que manifestaban hacia Santa Ana, por haber conseguido sacar adelante un parto sin que peligrara su vida ni la de sus hijos, o poder haberse quedado embarazadas. Recordemos cómo todavía en el siglo XIX los casos de “mortalidad materna” (concepto estadístico que se refiere a la muerte de una mujer durante el momento del embarazo, el parto o el posparto) eran muy elevados; de ahí la importancia en demostrar mediante la fe el encomendarse a esta santa para que todo saliese de forma correcta, además de asegurarse una descendencia dentro del hogar.

David Gómez de Mora


Bibliografía:


*Castell Febrer, Miguel (2009). Estampas de Peñíscola. Editorial Antinea.

*Far Romero, Vicente (1976). “La mujer de Peñíscola Revista Peñíscola, n.º 33, pp. 21-22.

*Gómez de Mora, David (2023). Santa Ana y Peñíscola. La santa protectora de las embarazadas y de las madres”. En: davidgomezdemora.blogspot.com

*Mundina Milallave, Bernardo (1988). Historia. Obra de historia, estadística y geografía de la provincia de Castellón. Facsímil de Imprenta y Librería Rovira Hermanos, 1873. Castellón, por Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Castellón, 693 pp.

*Navarro, Consuelo (1989). “El ejemplo de la mujer peñiscolana”. Revista Peñíscola, n.º 85, pp. 4-5.

*Portada de la Revista Peñíscola, n.º 18-19, abril-mayo de 1974.

*Simó Castillo, Juan B. (1975). “La capilla de Santa Ana”. Revista Peñíscola, n.º 24-25, pp. 10-11

*Simó Castillo, Juan B. (2000). “Una aproximación a la educación de la mujer peñiscolana de finales del s. XIX e inicios del s. XX”. Revista Peñíscola, n.º 121, pp. 33-44.

sábado, 6 de junio de 2026

“Lo Bufador” de Peñíscola

Uno de los lugares que más llaman la atención a las personas que acuden para disfrutar de la belleza de Peñíscola es un pasadizo natural excavado en la roca, denominado popularmente como el “bufadó” o “bufador”.

En términos geomorfológicos, se trata de un túnel marino de abrasión kárstico-litoral, que a lo largo del tiempo la naturaleza fue moldeando pacientemente, hasta conseguir crear un orificio de varios metros de profundidad, que sigue evolucionando de manera imperceptible.

Los agentes de meteorización que intervienen en el “bufadó” son físicos, químicos y biológicos, consiguiendo así abrir sobre la roca del peñón este espacio singular, en donde veremos la acción de fenómenos de disolución kárstica, por tratarse de una roca caliza, en la que el agua del mar, como la que precipita desde las nubes van erosionando pacientemente esa oquedad. Son fundamentales, los procesos de abrasión marina, generados por el golpe de las olas, que a través del ametrallamiento de partículas pequeñas y piedras de mayor tamaño han ido desgastando y limando el interior de esta formación.

Debido a que el espacio disponible dentro del casco urbano de Peñíscola siempre ha sido muy limitado, su trama urbana fue creciendo, aprovechando y amoldándose a sus posibilidades, y dejándose por ello libre el lugar en el que se encuentra el bufador.

Durante el desarrollo de temporales, el oleaje que impacta contra las paredes inferiores de los acantilados, asciende hasta la superficie, presenciándose todo un espectáculo en el que el agua y la espuma del mar son arrojadas hacia el exterior. Una imagen que ha sido muchas veces plasmada a lo largo de estos años en imágenes y vídeos.

Bufador de Peñíscola (foto del autor)

Sabemos que antaño, cuando Peñíscola se quedaba aislada durante los temporales de mar, la pequeña restinga que conectaba la zona continental con la roca del peñón permanecía sumergida, coincidiendo al mismo tiempo ello con una intensa energía del oleaje que se presenciaba en la boca del bufador. Esta situación se podía presenciar durante horas e incluso varios días si el temporal era violento y se prolongaba.

Respecto a la cuestión del aislamiento del peñón de la zona continental, ya comentamos que esto todavía se pudo presenciar en el municipio hasta el momento anterior a la construcción del puerto (es decir, aproximadamente hace poco más de un siglo), ya que la interferencia que generó sobre el entorno la construcción de la obra portuaria, y que conllevaba al mismo tiempo una mayor alteración del equilibrio sedimentario del lugar, unida a una serie de elementos que irían modificando la dinámica natural del oleaje de la zona, acabarían impidiendo posteriormente que Peñíscola ya no se quedara incomunicada por tierra.

Respecto al bufador, en la actualidad vemos que existe un pequeño murete que separa la boca del orificio de la zona peatonal. Una construcción que tiempo atrás todavía no existía, tal y como saben los oriundos de este enclave, y que en alguna imagen de principios del siglo XX puede comprobarse.

El bufador recibe su nombre de la palabra “bufido”, ejerciendo como una prosopopeya o personificación de este elemento de la geografía peñiscolana, que a través de esta figura retórica, se le atribuyen unas cualidades o características propias de un animal o persona.

Y es que muchos seres vivos emiten bufidos a través de un resoplido fuerte, rápido y furioso, con el que expulsan aire de forma brusca, especialmente cuando expresan malestar, al tiempo que advierten que se mantenga la distancia respecto a ellos. Una interpretación que encaja perfectamente con esa personificación de la roca peñiscolana, y que durante los momentos en los que el mar se agita o incrementa de forma violenta su oleaje obliga a que la gente se mantenga alejada de la zona.

Fotografía del bufador a principios del siglo XX (Todocoleccion.net). En ella puede apreciarse que no había ninguna estructura o murete que separaba el orificio de la zona por donde transitaban los vecinos.

Sabemos que en momentos de fuerte temporal, es normal que el agua expulsada desde el bufador rebase el muro alto que hay a varios metros de altura del área peatonal superior desde el que se divisa.

La profundidad de este orificio es de unos seis metros. En él, además del agua, el aire que circula por su interior genera un fuerte sonido, que acompañado por la energía del agua que entra y sale golpeando la roca, nos recuerda la bravura que en ocasiones puede alcanzar el oleaje del mar Mediterráneo.

El material geológico sobre el que se asienta el bufador son calizas jurásicas (IGME). Por su edad, veremos que estas tienen alrededor de unos 150 millones de años. En referencias antiguas ya se habla del "Bufador del Papa Luna", e incluso el botánico Cavanilles le dedica una breve mención en su obra de finales del siglo XVIII.

Una de las descripciones más interesantes que proceden de fuentes con más de cien años de historia, es la que se realiza en un artículo que V. Julbe publicó en 1867, titulado “Ojeada sobre Peñíscola”, donde este describe el bufador como una especie de pozo abierto por la naturaleza sobre las mismas entrañas de la roca, contra el que baten las olas del mar, en el que se genera un gran estruendo por la fuerza del aire y el agua.

Vídeo del bufador: (autor: Todo Peñíscola)

Resulta interesante esta descripción, ya que en ella el autor señala que, debido a que en el lugar no había ningún tipo de protección, esto había generado más de una desgracia. Relato que ya nos llegó de nuestra propia abuela paterna, y que, como oriunda del lugar, conocía algunas de las historias que se contaban alrededor de este orificio.

Julbe (1867) lo describe como un respiradero del que se puede escuchar un estruendo horroroso ocasionado por el aire, asemejándolo a una boca del infierno como la que antaño se representaba en algunas obras pictóricas.

Incluso el célebre escritor Vicente Blasco Ibáñez, en el año 1925, incorpora la mención de esta formación en su novela "El Papa del mar". En la página web del Espeleo Club Castelló, se describe una ficha técnica, en la que se detallan algunos datos sobre el bufador:

“Boca de 4 x 1'3 metros en forma de sima de 6 metros, desde cuyo fondo se sale al mar por una segunda boca a través de una galería inundada de unos 10 metros. Entrando a la cavidad desde el mar, el fondo de la galería es blanco arenoso, con roca pulida que en algunos puntos te permite hacer pie, pero en otros no es posible incluso ni agarrarte a las paredes de lo pulidas que están. El espacio interior está compuesto por una entrada estrecha acampanada, seguida de un paso más asequible hasta la zona abierta al cielo; básicamente, se trata de un conducto que hace de respiradero a todo el conjunto y que permite que entre también la luz, dando ese contraste característico en color esmeralda”.

El cronista oficial de Peñíscola, Juan B. Simó Castillo (1986, pp. 12-13), ya dedicó hace cuarenta años un artículo al bufador, del que decía que “las aguas del mar entran y salen continuamente por esta galería subterránea. Pero, cuando verdaderamente resulta espectacular ver el fenómeno de los movimientos de las aguas marinas en el Bufador, es en los días de temporal, cuando el mar se encuentra agitado. Penetran las olas con fuerza en la cueva, junto con el viento, cubriendo la entrada y oprimiéndose unas olas a otras, originándose por la compresión de las aguas marinas sobre la masa de aire, un estruendo bufido y consiguiente elevación de las aguas, saliendo estas con fuerza al exterior (...) Actualmente no parecen accionarle con tanta intensidad los temporales, probablemente porque la dirección con que las olas inciden en su entrada ha variado, y tal vez también porque los temporales de ahora no tengan tanta virulencia”.

Mundina Milallave también describía el bufador en la segunda mitad del siglo XIX (1988, p. 457) comentando que “en días de tormenta cuando las olas se agitan, penetran en la mina y saltan por el boquete con tanta fuerza, que inundan las cercanías, formando una espesa lluvia, produciendo una vista admirable y un ruido espantoso”.

Tampoco podemos pasar por alto una expresión popular que incorpora Simó Castillo en su artículo, y que antaño era muy empleada entre los nativos del lugar, y que se usaba para señalar algo que se menospreciaba o resultara inútil. Esta frase era la de esto, eso, aquello... “tirar-ho al bufadó” (Simó Castillo, 1986, p. 13).

Bufador de les Llevateres”, Vinarós (foto del autor)

Cabe decir que a lo largo de la costa de Vinarós-Peñíscola sabemos de la existencia de otra serie de pequeños orificios, que, sin tener la relevancia y dimensiones del bufador peñiscolano, nos recuerdan que este tipo de formaciones se pueden dar de manera más común de lo que nos podríamos imaginar en zonas rocosas, en las que los mismos procesos erosivos antes descritos han estado actuando. 

Un ejemplo es el que nosotros denominamos como "el bufador de Les Llevateres" (el cual se encuentra al inicio de la costa sur de Vinarós), así como otro punto de similares características, pero que se divide en varias cavidades, ubicado en la zona de Lo Puntal (es decir, en la parte sur del área litoral del término municipal de este mismo municipio).

Bufador de Lo Puntal”, Vinarós (foto del autor)

Como decíamos, estos espacios que describimos de la costa de Vinarós son formaciones que se han generado por fenómenos de meteorización de idénticas características que los de Peñíscola, aunque con la diferencia de que el basamento sobre el que se ha desarrollado la erosión no es el mismo, puesto que, en el caso vinarocense, los acantilados se componen del conglomerado cuaternario que domina la línea de esta costa.

David Gómez de Mora


Referencias:

*Blasco Ibáñez, V. (1925). El papa del mar. Editorial Prometeo, 327 pp.

*Cavanilles, A. J. (1795–1797). Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos del reino de Valencia. Madrid: Imprenta Real.

*Espeleo Club Castelló [Bufador del Papa Luna, El (Peníscola)]. Sistema Informático de Catalogación Espeleológica de Castellón (SICE-CS) [en línea]. Disponible en: cuevascastellon.uji.es/ES6D01.php?id=2715 [Consulta: 03-06-2026].

*IGME (Instituto Geológico y Minero de España) (1973). Mapa geológico de España. Escala 1:50.000, Hoja 571 (Vinaroz). Madrid: IGME, Serie MAGNA.

*Julbe, V. (1867). “Ojeada sobre Peñíscola”. El Museo Universal, año XI, núm. 20 (19 de mayo de 1867), Madrid, pp. 154–155.

*Mundina Milallave, Bernardo (1988). Historia. Obra de historia, estadística y geografía de la provincia de Castellón. Facsímil de Imprenta y Librería Rovira Hermanos, 1873. Castellón, por Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Castellón, 693 pp.

*Simó Castillo, Juan B. (1986). “El bufador”. Revista Peñíscola, n.º 70 pp. 12-13.

lunes, 18 de mayo de 2026

Los “Santos de Hielo” en el norte de Castellón (mayo de 2026)

A mediados de la semana pasada, en la Península Ibérica teníamos temperaturas agradables, que ya recordaban como poco a poco nos acercamos a la estación de verano. No obstante, tal y como ha ido ocurriendo a lo largo de la historia, el refranero y los dichos de antaño, siguen siendo una fuente de interés, especialmente cuando coinciden con el desarrollo de algunos de esos fenómenos que tradicionalmente los labradores y ganaderos anunciaban con antelación. Es por ello, que durante estos días, en muchos lugares de Europa, se produjo lo que se denomina como los “Santos de Hielo”.

Imagen generada por IA

Según la creencia popular, entre los días 11 y 15 de mayo (es decir, entre las onomásticas de San Mamerto y Santa Sofía de Roma, respectivamente), es factible que todavía se produzca alguna irrupción de aire frío.

Precisamente, este año, se han podido vivir un par de jornadas con unas temperaturas mucho más frescas que las de días atrás. El motivo ha sido una advección de aire polar marítimo, asociada a una vaguada atlántica fría, que ha contribuido a un descenso de las máximas y mínimas, favoreciendo la ocurrencia de tormentas y chubascos convectivos. De modo que la masa de aire polar marítimo causante de este cambio en los termómetros, nos ha traído más nubes, agua, viento y frío en diferentes lugares del país.

Temperaturas mínimas en Vinaròs (Capegros). Avamet

Temperaturas mínimas en Coratxà. Avamet

Temperaturas mínimas en Bel. Avamet

Temperaturas mínimas en La Jana. Avamet

Esto permitió que las mínimas cayeran un poco más y, por lo tanto, se vivieran un par de noches frescas, tal y como se percibió en la zona del interior de las tierras septentrionales de Castellón. El episodio empezó a manifestarse a partir del jueves 14, notándose ya de forma clara el viernes 15 (es decir, durante las onomásticas de San Bonifacio de Tarso y Santa Sofía de Roma), así como especialmente el sábado 16, día de San Simón Stock, cuando en lugares como Coratxà se llegó a los 0,9º.

El fenómeno fue también agudo en el interior norte del país (como ocurrió en áreas de Castilla y León, La Rioja y Aragón), extendiéndose además en las sierras del norte, como del centro peninsular. A partir del domingo comenzaría una recuperación progresiva de las temperaturas, que ha puesto punto y final a este breve periodo de bajada en los termómetros.

David Gómez de Mora

domingo, 26 de abril de 2026

Breves apuntes sobre la caza en el fuero de Cuenca

Durante el medievo veremos cómo la práctica cinegética, comenzará a ser regulada con normas que velarán por un control. Esto obviamente limitará su actividad y, por índole, refortalecerá su desempeño como un símbolo de estatus, que con el tiempo motivará la creación de zonas de reservas de caza para una élite privilegiada. Por ejemplo en la norma 9 del capítulo VII del fuero de Cuenca (Valmaña Vicente, 1978: 79), se indica que nadie debe tener dehesa de animales de caza en el término de Cuenca.

Esta serie de elementos, en su conjunto, son un reflejo de la sociedad feudal de siglos pasados, en la que no todo el mundo tenía los mismos derechos, y donde el control de los recursos naturales cada vez era más palpable.

Cierto es que ya en tiempos del Imperio Romano comienzan a verse visos de medidas indirectas que regulaban su práctica, pues existía una legislación muy clara sobre la explotación y propiedad de los recursos que había en el medio, y que al mismo tiempo tendrían su afección en el mundo de la cinegética.

Para los conquenses, era sumamente importante conocer durante el medievo las normas que se estipulan en su fuero, especialmente si practicaban la caza, ya que esta actividad se encontraba regulada, habiéndose por ello dedicado un apartado con una serie de normas vinculadas para su desempeño, y que fueron recogidas en el capítulo XXXV. En estas se estipula, a lo largo de 18 puntos, los derechos, obligaciones y penalizaciones que se establecen para quienes la practiquen.

Cierto es que no vemos restricciones sobre condicionantes sociales, aunque sabido era que no todo el mundo tenía acceso a un arma, ni que tampoco se podía cazar donde a la gente le pareciese. Tengamos en cuenta que la caza por aquel entonces no era una mera actividad ociosa, y es que, aunque nobles y reyes muchas veces la desarrollen como un entretenimiento, para muchas personas era una de las pocas formas con las que llevarse algo de carne a la boca. Por ello, se establecerán regulaciones que pretendían evitar luchas de intereses, pero que, como era natural, muchas veces acababan en enfrentamientos, especialmente por necesidades o prácticas furtivas.

Si analizamos las normas que se recogen en el fuero de Cuenca, veremos que varias de estas tienen como propósito evitar disputas entre cazadores por la obtención de una pieza, tal y como ya se recoge en la primera norma de ese capítulo, en el caso de que un cazador levante una pieza con sus perros. Igualmente, se dejará claro qué podía ocurrir si el animal herido llegaba hasta un lugar donde era rematado o cogido por otras personas, o si esa pieza era llevada por los perros hasta un lugar determinado.

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También se regulará la caza en lo que eran los apostadores o puestos, en los que los cazadores hacían esperas para dar caza a animales como las cabras montesas. Igualmente, se velará por el establecimiento de normas que fomentarán una práctica pacífica, intentando así evitar conflictos de intereses entre cazadores. Al mismo tiempo, incluso algunas normas advertirán sobre las multas establecidas para quienes ocasionaran lesiones a los perros de los cazadores.

Otro tipo de normas eran aquellas que tenían como propósito regular las disputas por piezas que eran cazadas en cepos, así como la advertencia de las consecuencias a aquellas personas que malintencionadamente las robasen o alterasen esas trampas. Por ejemplo, en la norma 12 del capítulo XXXV (Valmaña Vicente, 1978: 254), se indica que quien encontrase una presa en un cepo ajeno o herida que se hubiese escapado de este, debía entregársela a su dueño. Lo mismo sucedía con el arte de la pesca, de ahí que varias normas que seguirán a esta tendrán como propósito aclarar las penas para quien hurtase los utensilios de los pescadores o desarrollasen la actividad en una zona prohibida.

Con todo ello quedará muy claro qué derechos tenía cada cazador, así como qué actitudes o acciones estaban penadas. Cabe añadir que en otros puntos del fuero se estipulan normas que derivarán de esta actividad. Una, por ejemplo, es la recogida en el capítulo XLII (Valmaña Vicente, 1978: 282), concretamente en el punto 18, y en la que se estipula que el comercio de piezas cazadas como perdices, liebres, conejos o pesca de río, estaba prohibido que se efectuara en casas o fuera del mercado.

Llama también nuestra atención cómo una de las excusas que por aquellos tiempos alegaban muchos morosos, era la de que estos no se hallaban presentes en el lugar para afrontar sus pagos, debido a que se encontraban fuera de su hogar cazando. Por este motivo, pensamos que tendrá sentido una de las normas recogidas en el punto 13 del capítulo XXIII (Valmaña Vicente, 1978: 189), cuando se indica que ante las excusas que podía argumentar el familiar de algún deudor (como la de que este se encontraba cazando), se especifica que si la mujer del referido responsable alegaba que su marido no podía solventar esa deuda porque aquel no estaba presente por hallarse cazando, que a este se le debería esperar a que volviese, jurando su esposa que no le enviaría pan ni provisiones.

David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Caracenilla, La Peraleja, Piqueras del Castillo, Saceda del Río, Verdelpino de Huete y Villarejo de la Peñuela



Bibliografía:

* Valmaña Vicente, Alfredo (ed., introd. y trad.). Fuero de Cuenca. 2.ª ed. Cuenca: Editorial Tormo, S.A., 1978. 312 pp.

lunes, 20 de abril de 2026

“Les pedreres de Museros”

El present article és fruit d'un treball de recerca, en el que de forma casual, vam trobar una sèrie de referències escrites de mostres de marbre, vinculades amb el municipi valencià de Museros. Una localitat de la comarca de l'Horta Nord, que des del punt de vista geomorfològic no destaca precisament per la presència d'un relleu accidentat, en ser la major part del seu terme municipal, una plana quaternària, on pràcticament no existeixen elements destacables dins de la seva geografia, que pogueren donar peu a pensar en l'existència de material d'aquesta tipologia.

És per aquest motiu que considerem interessant plantejar diverses qüestions, relacionades tant en la història d'aquest enclavament, com referents als seus voltants, ja que sembla que en aquest entorn hi ha una varietat de marbre o jaspi, que servirà per emprar-se en una de les obres del Palau Reial de Madrid1, i que acabaria vinculant-se amb el poble de Museros.

Com bé sabem, els marbres i jaspis són un tipus de pedra que per la seva singularitat i aspecte, guarden una profunda significació, al expressar en l'àmbit artístic, poder, autoritat i refinament. Tenim constància com des de l'antiguitat, aquesta classe de material s'associava amb la divinitat i la puresa, especialment per tractar-se d'una pedra resistent que simbolitza l'eternitat.

Germanell Gran (el punt més elevat d'aquest turonet i que fa de divisoria entre Museros, Nàquera i Rafelbunyol, se situa a una altura de 103 metres sobre el nivell de la mar)

La menció d'eixe marbre procedent de Museros, prové de les exploracions que a mitjans i durant la segona meitat del segle XVIII la corona espanyola va estar realitzant al llarg del país, amb motiu de la recerca de marbres per a les seves obres privades, on el que se buscava era material de qualitat i de procedència nacional, amb l'objectiu de decorar les construccions del rei amb jaspis procedents únicament d'eixes pedreres de l'Estat, que al mateix temps demostraven la riquesa mineral de la nació. Volia deixar-se clar que la producció i qualitat del marbre o jaspi espanyol, res havia d'envejar-li al de les luxoses col·leccions d'altres països com França o les terres avui pertanyents a l'estat italià, on sempre la seva fama ha sigut notòria.

En aquest sentit, en un d'eixos mostraris de pedres del segle XVIII que s'ha conservat, apreciem que figura entre les peces que el rei tenia en la seva litoteca particular, dos fragments atribuïts al poble de Museros. Un fet que com a mínim resulta curiós, si tenim en compte que la major part del seu terme a dia d'avui, tal i com s'ha dit, és un espai sense pràcticament cap accident geogràfic.

Sabem que el terme de Museros no és molt gran, ocupant poc més de 12 km², i sent majoritàriament un terreny de material quaternari, encara que presenta alguns punts que adscriuríem dins de la geologia del terciari. Si aprofundim una mica més en eixos enclaus, veurem que en un dels extrems del terme municipal, ens trobem en el que es podria anomenar com la zona amb presència de material de qualitat més alta, degut a la seva duresa i interès per a treballar la pedra (a banda de ser el més antic que hi ha al poble, ja que s'emmarca en el Mesozoic), ens estem referint a la muntanya coneguda com del Germanell Gran.

És precisament en eixe lloc on veurem en la zona immediata als puigs dels Germanells, nivells del Triàsic del Buntsandstein (és a dir, amb uns 250 milions d'anys), a banda dels dos referits turonets (el Germanell gran i menut), i que són del Juràssic Inferior (és a dir, entre 200-182 milions d'anys).


I. El canvi del paisatge muserenc

Malgrat que Museros no té un terme municipal molt accidentat, el seu entorn ha patit grans canvis amb el pas dels últims segles. Això es deu al fet que encara en la centùria del XIX, hi havia més finques de secà, i que com bé sabem, no alterarien tant l'entorn com per contra, comença a succeïr en les transformacions de terrenys a hortes o zones de regadiu, i que al llarg del segle XX van començar a desfigurar la geomorfologia d'aquest pla quaternari.

Òbviament no seria un disbarat precisar que aquest tipus d'actuacions van afectar notablement l'entorn que hi havia en aquest municipi, modificant-se així el paisatge que tradicionalment els llauradors d'abans havien conegut. Aquest tipus d'intervencions que tenen com a propòsit reconvertí el terreny per a un nou tipus de cultiu, afectarà com és obvi a la imatge d'eixa àrea, així com especialment a la seva fauna.

Una mostra d'aquesta qüestió, s'aprecia claríssimament pel que fa a l'ús cinegètic que es realitzava antigament al municipi. Això ho veiem si analitzem les referències que ens arriben de les peces que es caçaven per aquesta zona durant la segona meitat del segle XVIII, i que coincideixen cronològicament en el moment en què a Museros es buscaven eixos marbres que interessaven a la corona espanyola.

Per aquells temps, el paisatge de Museros, segurament distaria molt dels tarongerals que avui envaïxen el seu terme. Doncs l'agricultura al tindre un pes destacat en els camps de secà, permetria un millor manteniment de les zones que encara no s'havien explotat per al cultiu de regadiu. Així doncs, veurem per exemple que la caça que se practica al poble, no era únicament menor, sinó també d'animals de major volum. Un fet que quedarà referenciat per l'historiador Espinalt (1784, p. 223)2 quan al parlar del municipi, diu que Museros també disposa de carrasques, pins i caça major.

Tinguem en compte que per aquell temps l'espai agrícola muserenc, a banda de les zones d'horta que caracteritzen aquesta franja de l'agricultura valenciana, també tenia cultius d'oliveres, garroferes i vinya, que donarien un aspecte ben diferent al terreny que ens trobaríem, havent-hi al mateix temps zones de vegetació salvatge, amb carrasques i pinars que segurament ajudarien prou a què sobre aquest lloc se poguera desenvolupar una caça major com la que descriu Espinalt.

Canvi d'un paisatge de cultiu de secà a regadiu (IA)

El fet que hi haguessen pinades, carrasques i es practicara la caça major, és una dada molt indicativa, ja que ens està parlant d'un entorn amb més fauna, vegetació, i possiblement, espais geogràfics menys alterats des del punt de vista antròpic.

Si analitzem avui el terme de Museros, el primer que veurem és que ens trobem davant un lloc dominat per camps de regadiu que han homogeneïtzat el territori, i on la caça major és simplement cosa del passat. Si llegim la referència que des del punt de vista cinegètic realitza en el seu treball David Moreno, aquest ens indica clarament com ja en la segona meitat del segle XX en Museros: “La caza en el término es muy reducida. Los afincionados a la escopeta tienen que desplazarse a otras provincias donde el monte y el matorral ofrecen mayor probabilidad de conseguir algunas piezas” (Moreno, 1980, p.224)3, detallant a continuació que: “Únicamente en el término de Museros se cazan pajarillos con trampas del llamado -enfilat-, o bien con cepos, o por la noche con palas y linternas para deslumbrar a las aves. También se emplean rifles por adiestrados tiradores y en ocasiones logran cazar aves de paso. Muchos de los pájaros cazados pasan a jaulas para que recreen el oído con sus cantos” (Moreno, 1980, p. 224)4.

A la pregunta de, Museros ha tingut en algun moment de la seva història alguna pedrera o espais rocosos dels que ha pogut extreure un material mitjanament aprofitable per a la construcció d'obres importants?, la resposta és a priori si, encara que desconeixem per una part fins a on arribaven les propietats que controlava la Encomana de Museros, ja que als voltants d'aquesta zona tenim formacions montanyoses que avui pertanyen a altres localitats veines, i que com veurem podrien haver sigut una d'eixes zones d'extracció de la referida pedra.

Pel que fa al terme municipal de Museros, tenint en compte l'escàs entorn amb el que se disposa de pedra relativament dura, una de les zones on si que és pot vore que s'ha extret, és en un dels turonets dels Germanells, més concretament, al denominat com Germanell Gran, el qual a banda serveix com a zona divisòria amb els termes municipals de Rafelbunyol i Nàquera.

La composició del Germanell Gran ve definida per roques calcàries bioclàstiques de diferents tonalitats, encara que també destaquen alguns nivells de roca que ens recorden a la famosa "pedra blava de Morvedre", que com sabem ha sigut molt valorada en l'arquitectura civil i religiosa d'aquestes terres.

Veurem que la forma d'extraure la pedra va anar modificant-se en el pas del temps, si bé fa segles els pics i les maces eren les ferramentes fonamentals, més endavant noves formes d'extracció resultarien més profitoses. L'aparició de la dinamita al segle XIX va ser un gran avanç. Finalment, la utilització del martell hidràulic i el fil diamantat, va permetre que l'extracció de pedra resultarà molt més senzilla.

També hem de dir que el terme de Museros ofereix diferents espais que sobreïxen per sobre del seu pla quaternari, que denominats com a lloma o llometa, serveixen per designar punts que a vegades (a banda d'haver-se instal·lat una casa de camp o mas i que aprofita eixa visual que li atorga l'altura addicional del lloc), han sigut per la seva naturalesa, un punt del qual s'ha pogut aprofitar part de la pedra que ofereix el terreny. Algun d'eixos modests enclaus que s'aixequen per sobre de la resta de la plana, són llomes on hi ha reduits nivells amb material rocós, com ocorre en la lloma dels aliacrans.


II. Les prospeccions per al Palau Reial

L'interès de la corona espanyola per extreure els millors marbres del país, com s'ha comentat anteriorment, va comportar una recerca a fons del terreny nacional. Tenim constància per la documentació de l'època de l'interès per la zona de Museros, tal com comprovem entre els anys 1746-1748, quan s'esmenta el descobriment d'algunes pedreres que podrien interessar al rei5.

En Fernando i en José de Castro (germans), van presentar a la corona els resultats de les seves prospeccions en el Regne de València per aquells temps. Aquests parlen als escrits de la recerca de pedra als voltants de Museros en 17476. En dita recerca geològica, els germans Castro es van valer de dos mestres picapedrers, veïns de la ciutat de València, per així trobar material d'interés en la zona, i enviar-lo cap a Madrid.

Aquest procés de recerca de marbres i jaspis, estava molt interessat en el color, abundància i distància d'eixe punt respecte al palau, emmagatzemant-se les mostres dels exemplars posteriorment en un conjunt de capses amb la resta de mostres seleccionades, perquè així el rei conegués la presència dels diferents tipus de materials que hi havien al regne, de manera que si mostrava interès per alguna classe de marbre o jaspi, la seva explotació podia passar a formar part del seu control.

Veurem que quasi uns vint anys després, les extraccions i viatges per la zona continuaven efectuant-se, doncs la corona volia conèixer a fons la presència dels millors marbres que hi havia al país, és per això que en 1766 (González y Arribas, 1961, p. 149-151)7, s'informa al Palau Reial, que s'han extret per al mostrari de Sa Majestat, restes de diferents peces del país, i entre les quals s'esmenta el procedent de Museros.

Crida l'atenció que les restes classificades amb eixa definició geogràfica de Museros, i que representen en total un conjunt de cinc, són un alabastre i quatre jaspis o marbres:

*Alabastre (es diu que es troba en quantitats escasses)

*Marbre “encarnado con vetas blancas” (s'indica que està disponible en quantitats abundants)

*Marbre de “color de cobre con manchas pardas y encarnadas” (en quantitats abundants)

*Marbre de “color agatado” (també en quantitats abundants)

*Marbre de “color canela” (en quantitats acceptables, però ja no abundoses)

D'eixe mostrari dels anys seixanta del segle XVIII, en la col·lecció final, acabarien apareixent peces referenciades de Museros com Nàquera. D'aquesta segona localitat i de la que les seues mostres es distingeixen de les de Museros (és a dir, els exploradors diferenciaren ambdues localitats) es van escogir diferents fragments (esmentant-se pedra calcària blanca, així com de color blanc i salmó, a banda de travertí).

Analitzant el mostrari final que el rei tenia per a les seves obres, veurem que en la denominació de Museros es reconeixen dos tipus de pedres: un carbonat recristal·litzat de color morat i taronja, i que s'indica que és abundant -nº147 del mostrari del rei- (Gisbert, 2025, p. 150)8, així com un altre carbonat recristal·litzat, encara que aquest de color roig, i el qual també s'especifica que és abundant -nº151 del mostrari del rei- (Gisbert, 2025, p. 150)9.


III. Les mostres de la zona de Museros

Precisament, un dels tipus de marbres emprats en una de les sales del Palau Reial, serà el referent a eixe nº147 del mostrari, i que es designa com a pertanyent a Museros. Ara bé, un dels dubtes que tenim per ara, és que no sabem d'on es podien haver extret uns exemplars d'eixes característiques, en un terreny com el que tenim en aquesta zona.

Sala principal del Reliquiari (wikipedia.org)

Vorem doncs que la pedra que es cataloga amb eixe nº147, i que porta com procedència geogràfica aquesta localitat de l'Horta Nord, és la mateixa que hi ha a l'altar del saló del Reliquiari del Palau Reial.

Una altra pregunta que també ens plantegem, és si eixe marbre de l'informe de 1766, i que es descriu com una pedra de Museros de “color de cobre con manchas pardas y encarnadas”, poguera ser el mateix que acabaria ocupant eixes capses del rei, on està el jaspi que porta el nº147, i que com diem, va ser l'emprat en la famosa sala del Reliquiari del Palau.

Sobre eixe saló, veurem que les principals obres van ser encarregades per Carles IV en els anys noranta del segle XVIII a l'arquitecte Francisco Sabatini. Ressaltant precisament dins de la seva decoració de gran qualitat marmòria, la pedra de color morat i ataronjat, que les referències fan menció al lloc de Museros.

Altar del Saló del Reliquiari del Palau Reial elaborat amb el que es denomina com marbre de Museros (wikipedia.org)


IV. L'interés de Nàquera i els seus voltants

Encara que la documentació és clara al fer una distinció entre el que és la pedra procedent de Museros, Nàquera i altres localitats de l'entorn (com podria ser el cas de Serra), crida molt l'atenció que eixe marbre que a dia d'avui ningú coneix ni ha vist mai al terme, pogués haver sortit de Museros.

Una possibilitat, i que plantegem com a hipòtesi, és que aquest marbre en realitat hauria sigut extret dins del que avui és el terme de Nàquera, i possiblement per aquest motiu, ja que estava prop o simplement per desconeixença de les delimitacions de l'àrea pels qui estaven fent les prospeccions, aquest s'acabés catalogant com de Museros.

Comentem aquesta hipòtesi, davant la dificultat d'atribuir la procedència de dit marbre al terme que ara coneixem de Museros. En aquest sentit, cal apuntar que un dels millors coneixedors que per aquells temps hi havia al territori valencià de la pedra que s'explotava, i que va estar per aquestes terres inspeccionant els seus recursos naturals, va ser el famós botànic Cavanilles.

Pensem que aquesta qüestió no és una suposició desbaratada si llegim la seva obra, doncs el naturalista valencià ja destaca la qualitat del marbre procedent de Nàquera a finals del segle XVIII, al dir en una de les seves referències sobre la geologia del seu entorn que: “Al poniente de Náquera en el cerro llamado de les Solsides: sus colores son pardo obscuro con manchas rojizas, o negro almendrado con vetas espáticas casi blancas” (Cavanilles, 1795/1995, p. 46/102)10.

Cal tenir en compte que Nàquera té un terme municipal de quasi 40 km², amb molt més relleu i varietat de material geològic, motiu pel que no és descartable que eixe tipus de jaspi o marbre de Museros, es podria haver extret d'eixa zona. Per ara i a falta d'un estudi més exhaustiu sobre el tema, i del qual fins a la data no hem vist res publicat, pensem que aquesta podria ser una possibilitat.

També hem comprovat com en la documentació del Palau Reial se parla de “las canteras de Museros”11, encara que això podria ser una definició genèrica per englobar les explotacions de pedreres del seu voltant o les que pertanyien a la Encomana per aquelles dates, explicant-se així aquesta assignació geogràfica i la qüestió del marbre.

Ja hem comentat que els abans referits experts van voltar per la zona ja quasi a mitjans segle XVIII, buscant pedreres per l'àrea de Morvedre (Sagunt), Nàquera i Serra12.

En aquestes prospeccions de 1747, ja s'esmenen unes pedreres de “piedra azul y blanca de que me habían dado noticia, la primera 8 leguas distante de este lugar y la segunda 4 distante de aquella” 13. Cal recordar que 1 llegua és aproximadament uns 5500 metres.

Valguin doncs aquestes notes, com referències que considerem d'interès, per a conèixer una mica millor la història i importància geològica que va despertar fa uns segles enrere aquesta zona del nord de València.

David Gómez de Mora


Referències:

1 Sancho, J. L., Parra Granell, P., Consuegra Barón, I., & Gisbert Aguilar, J. (2025). El muestrario de rocas ornamentales del Palacio Real de Madrid. Madrid: Ediciones Doce Calles / Patrimonio Nacional, 163 pp.

2 Espinalt y García, Bernardo. Atlante español, o Descripción general de todo el Reyno de España: Descripción del Reyno de Valencia. Tomo VIII. Madrid: en la Imprenta de Hilario Santos Alonso en 1784

3 Moreno Moreno, D. (1980). Historia de Museros. Valencia: Ayuntamiento de Museros.

4 Moreno Moreno, D. (1980). Historia de Museros. Valencia: Ayuntamiento de Museros.

5 Archivo General del Palacio Real (Obras de Palacio Ca 1063/25)

6 Archivo General del Palacio Real (Obras de Palacio Ca 1063/25)

7 González de Arribas, M. del S., & Arribas Arranz, F. (1961). Noticias y documentos para la historia del arte en España durante el siglo XVIII. Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, 27, 131-296.

8 Gisbert Aguilar, J. (2025). El muestrario: Estudio petrológico. En J. L. Sancho (ed.), El muestrario de rocas ornamentales del Palacio Real de Madrid (pp. 137-158). Madrid: Patrimonio Nacional / Doce Calles.

9 Gisbert Aguilar, J. (2025). El muestrario: Estudio petrológico. En J. L. Sancho (ed.), El muestrario de rocas ornamentales del Palacio Real de Madrid (pp. 137-158). Madrid: Patrimonio Nacional / Doce Calles.

10 Cavanilles, A. J. (1795/1995). Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, población y frutos del Reyno de Valencia. En J. Lacarra, X. Sánchez y F. Jarque (eds.), Las observaciones de Cavanilles: doscientos años después (t. III). Valencia: Obra Social Bancaja.

11 Archivo General del Palacio Real (Obras de Palacio Ca 1064/8)

12 Archivo General del Palacio Real (Obras de Palacio Ca 1064/8)

13 Archivo General del Palacio Real (Obras de Palacio. Ca 1064/8). Es diu que la blava és “perfecto su color” i la blanca “excede a la de Génova”

viernes, 17 de abril de 2026

Piqueras del Castillo en el año 1817

Conocemos, gracias a los datos de una de las matrículas presentes en el Archivo Diocesano de Cuenca, referencias detalladas sobre la población de Piqueras del Castillo durante la primera mitad del siglo XIX. En este caso, más concretamente del año 1817.

Como en el resto de matriculaciones, en este documento se registran los nombres y apellidos de los vecinos que en ese momento había residiendo en la localidad, especificando el número de personas que había en cada hogar, así como el oficio al que se dedicaban.

En el caso de Piqueras, vemos que se realiza una distinción de la zona de habitaje de sus vecinos entre dos barrios (el de San Sebastián y el del barranco). Si realizamos una comparación entre ambos lugares, de acuerdo a los oficios de los vecinos, salta a la vista que existen diferencias entre esas dos zonas del municipio, a pesar del reducido tamaño de la localidad.

Como sabemos, una de esas divisiones urbanas ha seguido manteniendo su designación, encontrándose en lo que es la zona norte de la población, tal y como aún sigue denominándose a una de sus calles: la del barranco. En cuanto al otro (el barrio de San Sebastián), su nombre creemos que proviene de su cercanía a la ermita que antaño había dedicada a este santo. Tomás López en el siglo XVIII ya comenta al respecto que esa ermita se halla a “extramuros a un tiro de bala, mirando al sol de mediodía”, es decir, en la zona sur del pueblo.

Por lo tanto, si tenemos en cuenta que en esta matrícula se divide a los vecinos de Piqueras en esos dos barrios, entendemos que la zona norte del pueblo englobaría lo que se designa como barrio del barranco, mientras que la parte sur, el referido como de San Sebastián.

Cabe incidir en que este documento aporta notables datos de tipo social, ya que especifica qué oficios desempeñaban los vecinos del pueblo, y por tanto nos refleja con precisión cuál era el tejido social del municipio, además de que familias contaban con más o menos recursos.

También hay que contextualizar que en 1817, hacía escasos años que habían hecho sus estragos por estas tierras los franceses al haber ocupado el país, de modo que, de la misma forma que en el resto del territorio español, su afección también se sintió en el territorio conquense. A ello cabría sumarle que las directrices políticas que se estaban marcando seguidamente dentro de la nación, paulatinamente, irían cambiando muchos aspectos sobre la vida y las gentes que generaciones atrás se habían criado en este lugar.

No debe por esto resultar atrevido comentar que gradualmente en áreas rurales como la que nos ocupa, algunos elementos irían poco a poco empeorando respecto a épocas anteriores, tal y como se puede deducir si comparamos la situación existente en Piqueras en tiempos del Catastro de Ensenada (es decir, a mediados del siglo XVIII) respecto a aquella primera mitad del siglo XIX, donde veremos cómo, por ejemplo, el 30% de los vecinos que se registran en esa matrícula eran pobres o ejercían como sirvientes.


Tejido económico de Piqueras del Castillo según los datos de la matrícula de 1817 (ADC):

-Labradores (31%)

-Jornaleros (19%)

-Ganaderos y pastores (12%)

-Otros (8%)

-Sirvientes (15%)

-Pobres (15%)


Si analizamos el tejido laboral del municipio, veremos que la mitad de los habitantes se dedicaban a trabajar el campo. De ese porcentaje, más de la mitad de ese sector eran labradores con tierras, mientras que la parte restante, jornaleros que trabajaban las tierras de familiares y vecinos para conseguir una renta que les ayudara a casi literalmente sobrevivir.

Llama nuestra atención la diferencia social que se aprecia entre las dos demarcaciones que se registran en la matrícula, es decir, el barrio de San Sebastián y el del barranco. Si contrastamos los datos que se anotan, apreciamos cómo la gente que reside en la zona norte del pueblo contaba con menos recursos que los que vivían en la franja meridional. Cabe decir que de todo el vecindario recopilado, solo el 30% se adscribe al barrio de San Sebastián, mientras que al del barranco, el 70% restante de los habitantes.

Como decíamos, si comparamos por barrios, en el de San Sebastián el 40% eran labradores y el 13% ejercían la labor del campo con el mantenimiento de su ganado. En esa zona, el 26% eran jornaleros, mientras que el porcentaje de pobres era de un 7%, así como también de otro 7% el de gente que trabajaba como sirvientes.

En cambio, en el barrio del Barranco, el 30% eran labradores, pero solo como ganaderos, compaginando el oficio del campo había un 5%, aunque el porcentaje de jornaleros en esta zona del pueblo era solo de un 15%. Cabía sumar el porcentaje de pobres y sirvientes, el cual era más del doble respecto al barrio de San Sebastián.

Pastor con sus ovejas (IA)

Si queremos analizar quiénes eran en aquel momento las familias mejor posicionadas en la localidad, veremos que estas tenían en común el hecho de dedicarse a la ganadería, al tiempo que también poseían tierras para desarrollar la actividad agrícola.

Por ejemplo, una de las casas mejor posicionadas en lo que se denomina el barrio del Barranco es la de Manuel López, esposo de María Redondo, quien ejercía como labrador y ganadero. Este por aquel entonces tenía dos criados, varios pares de bueyes, además de 200 cabezas de ganado estante. En cambio, en el barrio de San Sebastián, una de las familias con mayor disponibilidad de recursos era la casa de los Lizcano. Concretamente, el documento recoge los nombres de Pedro Lizcano y su esposa Trinidad García, quien, igual que el vecino anterior, poseía su ganado y tierras para labrar. Pedro y Trinidad tenían en 1817 un hijo menor de edad, un criado de labor, dos pastores, además de 200 cabezas de ganado estante.

Les seguía en importancia la casa de Juan Herráiz, también ganadero y labrador, quien estaba casado con Teresa García y vivía con cuatro hijos solteros en su hogar. Tenía a su servicio un mozo para labrar, así como otro para pastorear, además de un lote de tierras, junto a un total de 100 cabezas de ganado lanar estante.

Con estos datos, vemos grosso modo una radiografía social de ese Piqueras de 1817, en un momento que resultará crucial si queremos comprobar el rumbo que se vivirá en la localidad, cuando sin darse cuenta mucha de esa gente, se estaba marcando un punto de inflexión, y que con el transcurso de varias décadas, marcará a fuego a sus habitantes, debido a que se estaba produciendo un cambio en la mentalidad y percepción de esa sociedad que tradicionalmente se había forjado en enclaves ruralizados como este.

Piqueras seguía siendo ese pueblo de gente trabajadora y con una mentalidad conservadora, donde la agricultura tenía un peso importante en el tejido económico del lugar, y donde la tenencia de ganado era un elemento diferenciador que socialmente permitía una mejor situación económica a sus poseedores. Un enclave con cerca de unos doscientos habitantes, pero en el que cada familia sabía muy bien qué le diferenciaba de la otra e incluso, como se ve, dependiendo de en qué zona del pueblo se residía, quién tenía más o menos recursos.

David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Piqueras del Castillo


Referencias:

*Archivo Diocesano de Cuenca. Matrícula del año 1817. Piqueras del Castillo (Cuenca)

*López de Vargas-Machuca, Tomás (siglo XVIII). Diccionario geográfico de España: Cuenca. Biblioteca Digital Hispánica, 870 hojas