viernes, 16 de octubre de 2026

El veranillo de Santa Teresa en la zona litoral del norte de Castellón (2026)

Con la llegada del otoño y la entrada en mediados de octubre, hemos apreciado cómo se acortan los días, y las noches comienzan a ser más frescas que en semanas anteriores. Ello no ha impedido que durante estos días alcanzásemos temperaturas en algunos momentos por encima de los 25º, coincidiendo a su vez con el intervalo de jornadas calurosas que la tradición popular denomina como el veranillo de Santa Teresa.

Es importante remarcar que ni el refranero ni la meteorología popular son infalibles, por lo que debemos interpretar estas denominaciones como algo especialmente de interés etnológico, puesto que elementos que pueden asociarse con creencias o el refranero meteorológico, forman parte de la tradición cultural y la observación popular de esa climatología que nos afecta. No obstante, como indicamos, a pesar de que esos dichos tradicionales no deben interpretarse como reglas científicas, en ocasiones veremos que pueden encajar con la situación que estamos viviendo. 

         Imagen generada por IA

Esto precisamente es lo que ha sucedido con ese veranillo, que se sitúa alrededor de la festividad de Santa Teresa de Jesús (15 de octubre), tras haberse producido un incremento de las temperaturas durante varios días. Unas jornadas de buen tiempo, donde la estabilidad ha hecho olvidar los días lluviosos del cordonazo de San Francisco.

Transcurridas las precipitaciones, en el litoral del norte de Castellón, apreciamos que las máximas se mantendrían con cifras al alza, pasando de los 22º del sábado 10 de octubre, a los 23º del domingo, seguido de los 24º del lunes y 25º del martes. El miércoles 14 fue el día más cálido, llegándose a registrar en esta zona una temperatura máxima de 26º. El jueves y el viernes la máxima ya fue de 25º, descendiendo a partir del sábado, con un registro de 23º, además de precipitaciones, que harían que ya diésemos por finalizado este veranillo de Santa Teresa.

David Gómez de Mora

lunes, 12 de octubre de 2026

Familias con patrimonio agrícola destacado en Piqueras del Castillo durante la segunda mitad del siglo XIX

Ya hemos estudiado en artículos anteriores cuáles eran las familias de labradores acomodados, que contaban con una mayor disponibilidad de fincas en Piqueras del Castillo, haciendo especialmente hincapié, por lo que respecta a siglos pasados, como también durante la primera mitad del siglo XIX.

Es por ello que consideramos interesante poder extender ese marco cronológico, hasta un momento clave para la historia de muchos municipios del territorio conquense, como la finalización de la última guerra carlista. Un periodo tenso que causó especiales estragos en la ciudad de Cuenca, como en otros municipios de su provincia.

Tengamos en cuenta que el siglo XIX supuso un punto de inflexión en enclaves como el que nos ocupa. La entrada de la nuevas políticas liberales, los cambios sociales que se comienzan a extender sobre una población que paulatinamente va secularizándose, además de otros agentes externos que calan en las pequeñas poblaciones rurales que durante siglos habían mantenido un modelo de vida monolítico, serán el prolegómeno de una serie de cambios, que ya desfiguran algunos patrones sociales, y que en épocas pasadas todavía no se habían alterado drásticamente.

La segunda mitad del siglo XIX en Piqueras del Castillo, representa un momento crucial, por ser un punto de inflexión en el que apreciamos cómo las familias que tradicionalmente han tenido una potestad social en el lugar, siguen manteniendo ese estatus, prolongando una mentalidad proteccionista, a través de esas políticas matrimoniales, en las que primaba la tenencia y disponibilidad de recursos.

Si bien el matrimonio en este tipo de enclaves era una garantía para el mantenimiento del modelo nuclear de muchas familias, a la vez que una forma de conservar el patrimonio entre casas de un estatus social similar, la modernización de las estructuras jurídicas del siglo XX, junto la progresiva pérdida del valor de la tierra, frente a un potente capital industrial en las zonas urbanas, acabó arrastrando a mucha población del área rural hacia las urbes. Fenómeno que dio pie a un escenario absolutamente diferente, que en cuestión de un par de generaciones, consiguió desmantelar parte del modelo previamente conocido.

Es por ello interesante entender qué familias piquereñas mantuvieron durante la segunda mitad del siglo XIX, y con el fin de la última guerra carlista, ese dominio sobre el control de las tierras, y consiguiente poder en el municipio, puesto que ambas cuestiones, estaban intrínsecamente conectadas.

Imagen generada por IA

Si analizamos los datos de una de las matrículas presentes en el Archivo Diocesano de Cuenca, sobre la población de Piqueras del Castillo durante la primera mitad del siglo XIX, apreciamos que poco antes de la década de los años veinte de esa centuria, hay una serie de casas con gente en el pueblo que además de tener una cantidad elevada de tierras, poseían también una buena cabaña ganadera, que incrementaba más si cabe su posición social.

Este será, sin duda, el caso de las familias Lizcano y Herráiz. Así pues, en 1817, Pedro de Lizcano y su esposa Trinidad García, además de una amplia cantidad de tierras que los convertían en uno de los principales terratenientes del lugar, contaban con varios trabajadores a su servicio. Algo similar ocurría con la casa de Juan Herráiz, también ganadero y labrador, quien estaba casado con Teresa García y vivía con cuatro hijos solteros en su hogar. Este tenía a su servicio varios mozos y un centenar de animales que cuidaban los pastores que este contrataba.

Veremos que no es un fenómeno casual, como todavía décadas después, algunos de los hijos y cónyugues de estas familias, representarán las principales casas que disponían de recursos en el pueblo, gracias a una elevada tenencia de tierras, que en algunos casos podía superar hasta más de dos centenares de fincas.

Además de los Lizcano y Herráiz, habrá que sumar linajes piquereños como los Barambio, Checa, Ruiz, Mora..., las cuales no por designios del azar entroncaron con estas familias, y que como sabemos previamente ya disponían de recursos.

El caso de los Lizcano es un claro reflejo de cómo las casas con acumulación de tierras se asocian con esas que se encuentran en un mismo grupo social. Así pues, entre los hijos que tuvieron Pedro de Lizcano y Trinidad García de Checa, no será casual que Pedro-Matías de Lizcano García casara con María de la Cruz Barambio Zamora, así como Nemesio de Lizcano García con Gabriela Zamora Barambio. 

Si consultamos los libros de amillaramiento de la segunda mitad del siglo XIX, podemos hacernos una idea de que familias contaban con mayor o menor cantidad de propiedades. Así pues, por aquel entonces los Barambio ya arrastraban una solera en el lugar, que explicaría que en ese momento Martín Barambio Zamora controlara más de 98 propiedades rústicas, o que su hermano Mariano, en 1845 hubiera casado con una integrante de la familia Cámara Herráiz, y entre cuyos hermanos sumaban más de 160 propiedades.

Entre los hijos de Pedro-Matías de Lizcano veremos a Rosa de Lizcano Barambio, esposa de Pedro-José Ruiz Herráiz, quien poseía alrededor de finales de los años setenta del siglo XIX, un total de 280 propiedades rústicas. Desde luego no será casual que su madre fuese María Josefa Herráiz García, quien descendía de una de las casas mejor aposentadas en la primera mitad del siglo XIX, o que esta hubiese casado con el integrante de una familia que contaba con recursos e historia en el municipio, como veremos en el caso de los Ruiz. Por otro lado, no debería llamarnos la atención que el hermano de Rosa, y llamado Bautista de Lizcano Barambio, casara con Rita Herráiz. Este en 1878 poseía un total de 199 propiedades rústicas.

Quedaba con ello claro que los enlaces que se establecerán alrededor de la familia Lizcano, eran una evidencia de que los linajes asociados con estos tenían una capacidad económica similar. Así pues, el otro hermano de Pedro-Matías, y que se llamaba Nemesio de Lizcano (también con más de sesenta propiedades destinadas a uso agrícola), tuvo entre sus hijos a Norberta de Lizcano Zamora, quien casó en 1867 con Ceferino García (el cual poseía en 1878 un total de 98 propiedades rústicas), igualmente, su hermano Pedro de Lizcano Zamora tenía 80 propiedades rústicas, así como su hermana Juana de Lizcano Zamora, había casado con Cayetano de Mora Gómez, quien también controlaba varias decenas de tierras destinadas a uso agrícola.

Veremos pues que alrededor de esta familia, se consolidan las principales casas de terratenientes y labradores desahogados que había en la localidad durante el siglo XIX.

Al respecto, algunas líneas de los Checa, entroncarían también con estas familias. Así pues, creemos que no es casual que la mujer de Pedro de Lizcano (Trinidad García), descendiese del linaje Checa, como tampoco que los Checa establecieran enlaces con la casa de los Herráiz y otras que contaban con recursos. Por ejemplo, Miguel Checa García, en 1878 tenía 88 propiedades rústicas, así como su yerno Manuel Chumillas, un total de 130.

La hija de Cayetano de Mora y Juana de Lizcano, llamada Luisa de Mora, casó con Cayo Checa y Checa, este hijo de Lino Checa Álvarez (tenedor de 81 propiedades rústicas en 1878), y sobrino de Aniceto Checa Álvarez, quien poseía por aquel entonces unas 40 propiedades rústicas. Otros portadores de este apellido controlarán una amplia cantidad de tierras que variarán entre la treintena y ochentena, sin olvidarnos de Pedro Checa, quien llegó a acumular más de 200 propiedades rústicas.

Ello en síntesis, nos lleva a plantear que en Piqueras del Castillo, incluso avanzado el siglo XIX, todavía se presencia entre sus habitantes, esa continuidad del poder entre algunas familias de terratenientes, además de la figura del matrimonio como forma con la que consolidar el estatus del linaje a través de políticas cerradas, sin olvidarnos de la importancia que se le seguía dando a la tierra como elemento de poder social, ante una progresiva transformación del modelo tradicional, que en cuestión de varias décadas, cambiaría todo por completo.

David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Piqueras del Castillo


Referencias:

*Archivo Diocesano de Cuenca. Matrícula del año 1817. Piqueras del Castillo (Cuenca)

*Archivo Histórico Provincial de Cuenca. Catastro. Amillaramiento, Piqueras del Castillo, año 1866. H-13678/000

*Archivo Histórico Provincial de Cuenca. Catastro. Amillaramiento, Piqueras del Castillo, año 1878. H-4218/2

jueves, 8 de octubre de 2026

El “cordonazo de San Francisco” en la Plana de Vinaròs-Peníscola (2026)

Antaño, y durante siglos, en muchas partes del territorio de tradición católica, cuando se desarrollaban tormentas durante los primeros días de octubre (entre los que se incluía el de la onomástica de San Francisco de Asís), estaba extendida la creencia de que aquellas precipitaciones podían estar estrechamente vinculadas con este santo.

Así pues, según la tradición, se decía que San Francisco de Asís, con el característico cordón que llevaba en su hábito atado a la cintura, durante esas jornadas, sacudía y agitaba las nubes, provocando de esta forma la llegada de tormentas.

Esta idea fue calando, especialmente en una sociedad muy creyente. Tengamos en cuenta que la gente se encomendaba constantemente a Dios, y veía en la naturaleza un elemento estrechamente relacionado con el poder divino. Simplemente tenemos que consultar las sagradas escrituras para entender esta idea.

 
Imagen generada por IA

Por lo que respecta a nuestro territorio, sabemos que durante los primeros días de octubre, un frente y una masa de aire frío en altura dieron lugar a una serie de lluvias intensas, que a lo largo de varias jornadas (especialmente durante las primeras) se tradujeron en acumulados muy elevados en la zona de la Plana de Vinaròs-Peníscola (además de en sus alrededores).

En el intervalo de tiempo que va del 1 al 5 de octubre, en las vecinas tierras de las comarcas catalanas del Montsià y Baix Ebre, se llegaron a concentrar en algunos lugares más de 200 mm, destacando Les Cases d'Alcanar, donde se pudieron contabilizar 320 mm. 

Inmediatamente más abajo, en el Baix Maestrat, vemos como en Peníscola se midieron para esos días unos 285 mm, así como en Benicarló 230 mm o 170 mm en Vinaròs. Como decimos, estas precipitaciones fueron concentrándose a lo largo de unos cinco días, entre los que cabe destacar especialmente la madrugada y mañana del 2 de octubre.

David Gómez de Mora

domingo, 4 de octubre de 2026

Las fuentes y manantiales de Piqueras del Castillo. Un nuevo aporte para la historia de este bonito enclave conquense

En mayo del año 2026 se publicó un estudio que lleva por título: “Fuentes y Manantiales de Piqueras del Castillo”. Este ha sido elaborado por los autores Abel Ruiz Checa, Valerio Chumillas Checa, Moisés Barambio Ruiz y Juan Carlos Ruiz Barambio. 

Sin duda, es una gran noticia para la historia de Piqueras, el poder contar con un nuevo trabajo que analiza y recopila cada una de esas fuentes y manantiales que, en algunos casos todavía han llegado hasta nuestros días, o que también, como ha sucedido en tantos lugares, con el paso del tiempo han ido desapareciendo.

Es necesario remarcar la importancia que supone conocer el lugar y la historia de este tipo de espacios naturales, puesto que, por sus características, nos acercan a esa vida que desempeñaron en tiempos pasados muchos de nuestros ancestros.

Tengamos en cuenta que en una sociedad agrícola y ganadera como la que hasta no hace tantas generaciones existió en Piqueras, el conocimiento de los distintos reservorios hídricos que había dispersos a lo largo de su término municipal, ayudaba a que los vecinos hicieran uso de los mismos, especialmente cuando era habitual que muchas personas efectuaran maratonianas jornadas de trabajo por aquellos parajes, así como los cazadores o personas que se desplazaban por la zona.

Esa sociedad de tiempos pasados era la heredera de un conocimiento transmitido generacionalmente, que hoy debido al despoblamiento, donde ya no se realizan las tradicionales labores que antaño implicaban a casi toda la localidad, prácticamente ya casi se ha perdido. Abel, Valerio, Moisés y Juan Carlos nos aportan datos sobre ubicaciones, usos, anécdotas y una descripción del paisaje, que nos permite conocer muy bien esos lugares.

Imagen generada con IA de la Fuente del Piojo de Piqueras del Castillo y que aparece en el presente trabajo (p. 38)

En este estudio de 59 páginas se recopilan un total de 25 fuentes, lo cual ya nos indica la disponibilidad y abundante presencia de surgencias de agua a lo largo del término de Piqueras del Castillo. Alrededor de estos puntos veremos que era donde se desarrollaba una parte de esa vida laboral y social de la época, de ahí que como bien apuntan sus autores, esas fuentes “eran lugares de vida, donde se mezclaba el trabajo, el descanso y las relaciones humanas” (Ruiz-Checa, Chumillas, Barambio y Ruiz-Barambio, 2026, p. 5).

El empleo de muchas de estas era para saciar la sed de las personas, regar los huertos y campos, así como proveer de tan preciado recurso al ganado, además de incluso en algunos casos emplearse para usos medicinales, motivos suficientes por los que antaño muchas eran conocidas por los habitantes del lugar.

Entre los diferentes datos que se recogen en este estudio, resulta de sumo interés el referente a la fuente de “Sacejo”, en cuyo paraje se encontraba una ermita, no muy lejos del punto de la surgencia de aguas. Hasta este lugar veremos que acudían los piquereños en el mes de mayo para celebrar el día de San Juan ante Portam Latinam. Al respecto, los autores ya nos explican el origen de la advocación que localmente se denomina como “San Cejo”, la cual deriva en realidad de una imagen de San Juan que el pueblo veneraba (Ruiz-Checa, Chumillas, Barambio y Ruiz-Barambio, 2026, p. 28).

En síntesis, este trabajo recopila una serie de conocimientos, como lugares de riqueza natural, que el paso del tiempo, el despoblamiento, junto el abandono del campo, han ido desvaneciendo paulatinamente de nuestro recuerdo. Por ello, este estudio elaborado por sus cuatro autores, resulta una tarea loable y necesaria, que enriquce al tiempo que preserva, parte de esa historia que posee el patrimonio medioambiental piquereño. Enhorabuena por esta encomiable labor. 


David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Piqueras del Castillo

Ánímas, Todos los Santos y Fieles Difuntos en Saceda del Río tiempo atrás

Las festividades de Todos los Santos y Fieles difuntos siempre fueron días especiales en la sociedad rural del territorio conquense. El peso del catolicismo en muchas de esas pequeñas localidades que hoy luchan contra el despoblamiento, fue una realidad manifestada a través de la devoción e importancia con la que el conquense siempre entendió la necesidad de que se mantuviera viva esa memoria por sus antepasados, y en donde la salvación de las ánimas, resultaría una cuestión crucial, tal y como se desprende especialmente por los libros de defunciones de muchas parroquias que durante estos años hemos podido estudiar.

Aunque los nuevos tiempos hayan hecho desaparecer algunas tradiciones o preparativos que se realizaban durante aquellas jornadas, todavía veremos la persistencia de determinadas costumbres que en variopintos lugares, sí han conseguido sobrevivir, o readaptarse a los tiempos actuales.

En el caso de Saceda del Río, sabemos que entre sus gentes, antaño la llegada de estos días era muy importante para sus habitantes. Y es que el peso de la religión siglos atrás, hacía que antes de la entrada de los primeros días del mes de noviembre, en muchos pueblos ya se comenzaba a vivir entre sus vecinos una situación previa a unos días especiales, marcados por una mayor cantidad de horas de rezo, reflexión y recogimiento. Así pues, se podría decir que un mes antes del 1 de noviembre, muchas personas comprendían que en cuestión de escasas semanas, se llegaba a uno de los momentos más destacados para las ánimas de los difuntos.

La presencia de cofradías y altares dedicados a estas como sabemos era algo normal. Desde las mismas se recordaba la necesidad de efectuar sufragios, ayudas y limosnas, que muchas veces en forma de donación de alimentos, servían para efectuar posteriormente las almonedas o subastas, en las que la cofradía podía recaudar dinero para desempeñar sus obligaciones religiosas.

Por aquel entonces, la agricultura era el motor del país, por este motivo era normal que durante el mes de octubre, se fuesen cerrando algunas de las cosechas que ocupaban a muchos de nuestros antepasados. Y es que no debemos olvidar, que antaño el calendario agrícola, estaba notablemente conectado con las festividades y la religiosidad que diariamente impregnaba las casas de aquellas personas. En el caso conquense, la cosecha de la vid comenzaba a llegar a su fin, así como a cambiar esa climatología, y que iba presagiando los duros días de otoño que iban a venir.

Imagen generada con IA

Era importante aprovisionarse de cera y tener preparadas las lamparillas en casa, pues no olvidemos que con ellas se materializaba esa memoria por nuestros seres difuntos, además de guiarlos en su tránsito hacia la salvación, al tiempo que ahuyentar ánimas ajenas, que siempre se tenía el temor de que llegaran a introducirse dentro de las casas.

Con la festividad de San Miguel a finales de septiembre, veremos como muchos fieles comenzaban a ser conscientes de la llegada en solo un mes de aquel día de ánimas. La significación que el Arcángel guardaba para las almas de los difuntos no era poca, pues como sabemos es un defensor celestial, que además en su iconografía se vincula directamente a través de esa balanza con el momento de la psicostasis, además de su papel como fiel ayudante de Dios y justo protector.

Escasos días después le toca el turno a la Virgen del Rosario, otra advocación mariana estrechamente vinculada con las ánimas. El primer domingo de octubre era una jornada importante, en la que acudían muchos fieles hasta aquellos altares donde se veneraba esta imagen, ya que se decía que sus rezos podían tener mayor efectividad para la búsqueda de esa salvación de las ánimas que estaban sufriendo en el Purgatorio.

Mientras tanto la gente iba preparando y aderezando los altares, como el suelo de la iglesia, puesto que hasta los primeros años del siglo XIX, muchas personas seguían siendo enterradas en el subsuelo de los templos, de ahí la necesidad de contar con lo necesario para realizar las ofrendas y rezar sobre la tumba de los seres queridos. Era importante proveerse de cera, así como efectuar penitencias que iban encaminadas para aliviar el pecado que arrastraban aquellas almas.

De la misma forma, acudir siempre que se podía a misa, rezar, efectuar una penitencia, confesarse, al tiempo que recibir la Eucaristía, eran formas con las que el mortal podía obrar, consiguiendo acciones positivas encaminadas a la salvación del ánima, al tiempo que encauzarse hacia una correcta vida cristiana que limpiaba sus propios pecados.

Para la llegada del 1 de noviembre, la casa debía estar preparada ante la posible visita de las ánimas de familiares fallecidos recientemente. En muchas viviendas existía el temor a que un ánima perdida pudiese introducirse dentro del hogar, por ello se empleaban diferentes elementos protectores, que en el caso conquense eran variados. Uno de los más recurrentes eran las campanillas, y que de vez en cuando se hacían sonar para así tener la vivienda protegida.

Era importante que aquellas personas que todavía se encontraban en el mundo de los vivos, mostraran interés por sus seres fallecidos, de ahí que además de la oración, se hacían ofrendas. En este sentido, los días 1 y 2 eran jornadas de recogimiento, donde se intentaba salir para lo indispensablemente necesario, como acudir hasta la tumba del ser querido o ir a misa. Por ello se veía con muy malos ojos la realización de otras actividades que nada tuviesen que ver con los sufragios por las ánimas, como podía ser el salir a cazar, o incluso marcharse al campo a faenar. Eran días para pasarse en familia, recordando historias sobre esos familiares que ya no estaban presentes, así como rezando por sus almas. En aquellas jornadas, no había tiempo para distraerse, pues se trataba de momentos especiales para conseguir aminorar el pecado de aquellas almas, que intentaban salir cuanto antes del Purgatorio.

Por otra parte, el temor por la entrada de las ánimas en las casas era tal, que algunas cerraduras se tapaban con puche para que así estas no pudiesen acceder, ya que se decía que iban en procesiones nocturnas por las calles, de ahí que  lo recomendable era quedarse dentro del hogar, especialmente durante las horas nocturnas. 

Otra de las medidas, era la de hacer sonar las campanas de la iglesia a lo largo del día, guiando a las ánimas hacia el buen camino. Mientras tanto, las casas eran hogares sombríos y oscuros, en los que cabe imaginar que la luminosidad que hoy tenemos, nada tendría que ver con la de esos tiempos, puesto que a partir de las seis de la tarde, un candil o algunas velas eran de las pocas cosas con las que uno podía alumbrarse.

Cobijarse junto a la chimenea, con el resto de la familia, aprovechando el calor de la lumbre, era una de las formas mediante las que muchas de esas personas pasaban varias horas, mostrando respeto por sus antepasados. Sabemos que no era extraño que a lo largo de esos días, se asignase la prohibición de consumir determinadas comidas, existiendo algunas creencias sobre lo que podía suceder si se cocinaban determinados platos.

Esta atmósfera repleta de un cúmulo de creencias, se transmitía rápidamente entre los integrantes de aquellas casas, donde siempre se demandaba respeto y serenidad. También se encendían las velas o las lamparillas, gracias a las que se mantenía iluminada una parte de la vivienda, al tiempo que se prolongaba esa protección y memoria por los difuntos.

Otra actividad que no debemos pasar por alto, es que en las semanas anteriores, se habían recogido las calabazas, las cuales previamente al 1 de noviembre, ya se acababan de horadar por dentro, para así poder colocar en su interior esas velas que encendidas servían como un elemento protector en diferentes puntos del municipio. Estas llegaban a colocarse en las calles como en lugares alejados del pueblo, para, de este modo, proteger ese entorno ante la llegada de ánimas intrusas que pudieran causar algún mal en la localidad.

Hay que decir, que todo esto no acababa el 2 de noviembre, pues el resto del mes, era sin duda uno de los momentos más indicados para efectuar sufragios por las benditas ánimas del Purgatorio, a través de oraciones y jaculatorias.

Esto llevará a que tanto semanas antes como después de principios de noviembre, sociedades campesinas de nuestro territorio como la de Saceda y otras muchas, entendiesen perfectamente la importancia que comportaba el seguir manteniendo constantemente viva la memoria de aquellos seres fallecidos, al tiempo que obrar cuanto más se pudiera en acciones encaminadas a su salvación.

Al mismo tiempo, este conjunto de elementos, reflejará esas creencias y miedos que acechaban a muchas de aquellas personas, en las que el estilo de vida y obligaciones que estas tenían, poco se asemejan al que hoy conocemos. Las limitaciones del momento, la importancia que se le daba al concepto de familia, el peso de la religiosidad, así como el profundo conocimiento de la doctrina del Purgatorio, explican en su conjunto parte de estas cuestiones.


La Cofradía de las Ánimas del Purgatorio de Saceda del Río

Como en muchos pueblos del territorio conquense, la cofradía de las Ánimas del Purgatorio era una de las diferentes hermandades o asociaciones religiosas que antaño tuvieron mucha importancia en la vida religiosa de nuestros antepasados. Entre sus actividades, estaba la dedicada a ofrecer rezos y sufragios por las almas de los difuntos que estaban en el Purgatorio.

A lo largo del año, la cofradía realizaba diferentes actividades, que permitían la entrada de ingresos, para así destinar la mayor cantidad posible al pago de misas, como realizar acciones encauzadas para la salvación de esas ánimas.

En el caso de Saceda del Río, tenemos referencias de interés que nos remontan al siglo XVII, donde a través de algunos datos que se conservan en los libros de dicha cofradía, podemos hacernos una idea de la importancia que este tipo de hermandades adquirieron en tiempos pasados.

Desde estas se recaudaba dinero para destinarse una parte destacada al pago de misas rezadas y cantadas, así como para la compra de aceite y otros productos necesarios, como ocurría con el caso de la cera.

En la cofradía se hacía especial hincapié en la importancia de rezar por las almas de los cofrades fallecidos, además de dar un entierro digno a esas personas que habían estado involucradas en la misma. Por ejemplo, sabemos que en el año 1752, la cofradía de las ánimas de Saceda, compra una “vaieta negra” (lib. 1725-1806), para que la “echen a los difuntos sobre el ataud, comprada a nueve reales y medio la vara”. Igualmente, mucho antes, en 1624, sabemos que la cofradía gastó “8 reales para una campana de ánimas” (fol. 2, libro 1625-1723).

Otra de las actividades con las que se recaudaba dinero desde la cofradía, procedía de las limosnas, así como las donaciones de bienes que los vecinos efectuaban, y que posteriormente se vendían en subasta. Por ejemplo, en el caso de Saceda del Río, veremos entre los bienes que se aportan, donaciones de pan, azafrán, lana, gramíneas, objetos usados, animales..., sin olvidarnos del famoso rollo de San Sebastián.

El rollo de San Sebastián es un dulce de mazapán que se ponía a la venta el 20 de enero, onomástica de San Sebastián, por ello, gracias al dinero recaudado la cofradía obtenía ganancias. Este ya lo hemos visto documentado en 1752 (lib. 1725-1806 de las ánimas, fol. 38), cuando se indica que ese mismo año se vendió por dos reales. Una tradición que como veremos se iría prolongando con el transcurso de los siglos.

Otra de las fuentes de ingresos era a través de lo que se denominaba como “el palomar de las ánimas”. De este se obtenían los pichones que se cuidaban, así como se vendía “la palomina” (excremento) que producían las aves. De esta forma, la cofradía contaba con un palomar propio, el cual como veremos se situaba en el campanario de la iglesia parroquial (fol. 34-v, lib. 1725-1806).

Los mayordomos se encargaban de gestionar la cofradía. Su cargo solía durar varios años, pudiéndose extender si se consideraba que este se implicaba con ganas. En este caso, el cura del lugar era quien proponía varios candidatos, y que luego los alcaldes y regidores acababan eligiendo.

Otra de las actividades que realizaba la cofradía era la almoneda de Navidad. En esta, la hermandad celebraba una venta de objetos donados por los vecinos, que servían para recaudar dinero.

Igualmente, las bulas de difuntos, era otra de las formas mediante las que la cofradía se preocupaba por las ánimas de los difuntos. Al respecto, en 1659 (fol. 35-v, lib. 1625-1723) se manda al mayordomo de la cofradía “que en cada un año, compre tres bulas de difuntos y les ponga los nombres de esta forma: la primera por el ánima más sola, la segunda por la que padece más pena y la tercera por aquella que está más próxima a salir de ellas”. En 1663 se dan nueve bulas de difuntos.

Es por ello que la Cofradía de las Ánimas del Purgatorio podemos considerarla como una de los principales agrupaciones de vecinos estrechamente vinculada con la religiosidad en la localidad, y que al mismo tiempo estará asociada con la importancia de la doctrina del Purgatorio, puesto que con sus actividades generaba una fuente de financiación para la salvación de las ánimas.

David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Saceda del Río


Documentación consultada:

*Libro de la Cofradía de las Ánimas del Purgatorio de Saceda del Río, 1625-1723. Archivo Parroquial de Huete.

*Libro de la Cofradía de las Ánimas del Purgatorio de Saceda del Río, 1725-1806. Archivo Parroquial de Huete.

lunes, 28 de septiembre de 2026

San Miguel Arcángel en Villarejo de la Peñuela

Una de las advocaciones cristianas veneradas desde siglos atrás en Villarejo de la Peñuela ha sido el Arcángel San Miguel. Jefe de los ejércitos de Dios según la tradición judía como cristiana, y que ha despertado mucha devoción en diferentes localidades del territorio conquense.

San Miguel representará a ese líder de los ejércitos celestiales en su lucha contra Satanás y aquellos ángeles caídos que conformaban las fuerzas del mal. Su papel como soldado de Dios, junto con su labor en el pesaje de las almas en el momento del juicio final, así como el acompañamiento hacia la salvación, hizo que su figura alcanzara mucha fuerza, especialmente a partir del siglo XVI.

Iconográficamente, San Miguel puede aparecer como un guerrero armado derrotando al demonio a sus pies, así como en otras ocasiones sosteniendo una balanza con la que se encarga del pesaje de las almas en el momento de la psicostasis.

Esto hará que los principales atributos que se pueden ver en su imagen sean la balanza, el escudo, la espada o la lanza. Su festividad, a falta de un mes de la llegada de la jornada de Todos los Santos, como seguidamente de los Fieles Difuntos, hará que la asociación entre San Miguel con las almas fuese más estrecha de lo que podía parecer.


Imagen de San Miguel realizada por IA


En el caso de Villarejo de la Peñuela, veremos que San Miguel gozaba de reconocimiento, habiendo vecinos que desde siglos atrás estuvieron muy estrechamente relacionados con su culto. 

Conocemos el caso de María Saiz, villarejeña fallecida en 1583 y casada con un labrador (ADC, lib. II, fol. 24 y 24-v.). Según su partida, María hizo su testamento ante el escribano de Valdecolmenas de Arriba, Domingo de Palomares. Entre las varias fiestas de aniversario que se encargan, una es para el día de San Miguel.

La veneración seguiría manteniéndose con el transcurso del tiempo, de manera que en Villarejo de la Peñuela veremos que San Miguel continuó siendo un referente. Esto, por ejemplo, se aprecia cuando don Miguel de la Peña, cura de Villarejo de la Peñuela, en su partida de defunción, y que se recoge en el libro III de difuntos de la localidad (ADC, lib. III, fols. 101-101v.), entre sus mandas, indica que la Cofradía del Santísimo Sacramento realizará cada año perpetuamente una fiesta doble el día de San Miguel por su alma, con vísperas y misa cantada en su día.

Más adelante, veremos cómo San Miguel aparece mencionado en una referencia que se efectúa sobre el retablo mayor que había en los años setenta del siglo XVIII. Obviamente, la presencia del Arcángel en el altar principal señalará que esta imagen era una de las principales advocaciones que durante siglos había persistido en el municipio.

En el actual retablo mayor, este sigue ocupando una de las hornacinas laterales, siendo su representación iconográfica la característica de un Arcángel con armadura y casco, que domina con su lanza al demonio que se encuentra bajo sus pies.


David Gómez de Mora


Cronista Oficial de Villarejo de la Peñuela



Referencias:


* Archivo Diocesano de Cuenca. Volumen II de defunciones de Villarejo de la Peñuela (1578-1595). P. 2125. Sig. 113/14.


*Archivo Diocesano de Cuenca. Libro III de defunciones de Villarejo de la Peñuela (1623-1764). P-2126. Sig. 113/15.

martes, 15 de septiembre de 2026

Notas sobre San Aventín (II)

Además de la devoción a San Aventín, entre los frescos medievales de la iglesia parroquial de esta localidad, tenemos la representación de una advocación, que se extendió especialmente durante el medievo por parte del territorio peninsular: San Saturnino.

Su entrada en la península puede anticiparse al momento de la Reconquista, aunque ciertamente es en plena Edad Media cuando algunos autores consideran que, desde el territorio franco, junto con otros santos, este comenzaría a ser conocido y venerado. Sobre San Saturnino, Pérez Belanche (1998-2002, p. 169) comenta que “en el norte de la península fue donde se le tuvo más veneración, aunque su fiesta se celebraba en todo el territorio. Su culto tomó un nuevo impulso en los siglos X y XI”.

Localidad de San Aventín hace un par de siglos atrás (IA)

Respecto a San Aventín, sabemos que la región de la que este era oriundo, siempre fue una zona de difícil acceso, por posicionarse en una ruta montañosa, donde además las malas vías de comunicación complicaban más si cabe la movilidad.

Con la caída del Imperio Romano, el poblamiento en esta área rural se pudo mantener. La deforestación de determinados espacios donde la gente fue alzando enclaves que fomentaron la creación de pequeñas aldeas en terrenos donde se podía sacar rédito a la fertilidad de la tierra, como la explotación ganadera, fueron tejiendo un territorio poblado por diferentes núcleos residenciales, modestos y de escaso tamaño, pero apoyados muchas veces en puestos donde antes ya habían existido otras comunidades de personas. Con el transcurso del tiempo, fueron alzándose y ampliando iglesias en torno a esos grupos de habitantes. 

Es lógico suponer que desde que habría pobladores que practicaban la religión católica, comenzarían a levantarse los primeros espacios de culto, ejemplo de ello es el caso que la tradición relata de San Aventín, quien en vida ya se encargó de que exisitera un modesto lugar para ello.

Se cree que los siglos X y XI representan un periodo clave para el avance de la construcción de templos en esta área, adaptándose y evolucionando con el paso de los siglos. Al respecto, en la misma obra de la historia de San Aventín, su autor indica que (1850, 50), “estas iglesias parecen haber sido construidas gracias a los esfuerzos del Cabildo de Comminges y de los monjes benedictinos que se habían asentado en Larboust ya en el siglo X”. 

Por desgracia, son muchos los datos que se nos escapan sobre la vida de San Aventín; no obstante, lo que queda claro es que su devoción se extenderá por una serie de puntos, que irán hasta el Ribagorza y el Pallars, gracias a la comunicación que saldrá desde los pasos pirenaicos.

La tradición recuerda que una parte de la vida de este mártir, se vincula con el eremitismo, pasando después a la predicación del evangelio, bautizando a pobladores y realizando funciones sacerdotales, que lo acabarán convirtiendo en uno de los referentes de la religiosidad cristiana de esas tierras durante el siglo VIII.

David Gómez de Mora

Referencias:

*Pérez Belanche, Manuel (1998-2002). “Advocaciones religiosas en las iglesias ribagorzanas (siglo xi)”, Argensola, n.º 112, Huesca, pp. 141-175.

*Un prêtre del diocèse de Toulouse. (1850). Notice historique sur Saint-Aventin d’Aquitaine, martyr. Reimpr. Imp. Fabbro. Montréjeau, 130 pp.

El linaje Valero de Ródenas y Pozondón. Notas genealógicas

Las raíces del linaje Valero por esta área del territorio turolense, ya ahonda sus raíces en el medievo, tal y como se puede comprobar a través de las referencias escritas que apreciamos de este apellido en algunos enclaves de la zona. Los libros parroquiales de diferentes localidades, nos indican su expansión por variados puntos, entre los que en nuestro caso guardan especial interés los municipios de Ródenas y Pozondón.

Así pues, los libros parroquiales del siglo XVI nos recuerdan como entre la primera mitad y mediados de dicha centuria, existen algunas líneas del apellido que evidencian su asentamiento con anterioridad.

Si leemos la crónica sobre las raíces de este linaje de la nobleza aragonesa, apreciamos tal y como nos indica Luis Valero de Bernabé (2023, p. 20), que Nicolás Valero (fallecido en el año 1213), y que fue esposo de Juana Martínez Eslava, tuvo algunos hijos que afianzarán el apellido en Pozondón. Es el caso de Antón Valero, marido de María Díaz, así como García Valero, quien dejará descendencia a través del matrimonio con la noble Ana Garcés de Marcilla.

Precisamente de una de las líneas descendientes de Antón Valero y María Díaz, nacerá Antonia Valero, quien casará con Francisco Valero (situándonos dichas personas en el siglo XV). Este Francisco Valero descendía del mismo tronco que su esposa Antonia.

La línea de Antonia era oriunda de Pozondón, mientras que Francisco Valero procedía de la rama de los Señores de Hostalejo, y cuyo origen radica en los antes mencionados Nicolás Valero y Juana Martínez Eslava. Con este enlace, la casa de los Valero de Pozondón, pasaba a entroncar con la de sus antiguos parientes.

Del matrimonio entre Francisco Valero y Antonia Valero, surgirá la línea descendiente de Francisco Valero Valero, este esposo de Catalina Pérez de Santacruz (Valero de Bernabé, 2023, p. 60), entre cuyos hijos veremos la rama de Juan Valero (vecino de Ródenas), y María López. Estos serán los padres de Miguel Valero, esposo de Ana Muñoz (ella de la localidad conquense de Osa de la Vega), y donde el apellido se expandirá durante el siglo XVI a través de sus descendientes; así como también para nuestro interés de Juana Valero, esta mujer del también hidalgo Pedro Martínez-Rubio (quienes durante la década de los años treinta y cuarenta del siglo XVI extenderán su descendencia en Ródenas).


Los Valero de Ródenas

Entre las referencias que hemos considerado interesante recopilar sobre este apellido respecto los vecinos bautizados de ese primer libro sacramental de Ródenas, podemos leer los de varios hijos de Pedro Martínez y Juana Valero, siendo el caso de:

Juan (año 1534, AHDT, l. I, fol. 3v.)

Catalina (año 1535, AHDT, l. I, fol. 4)

Juana (año 1541, AHDT, l. I, fol. 7)

Pedro (año 1543, AHDT, l. I, fol. 7v.)

Ana (año 1546, AHDT, l. I, fol. 9)

Juana Valero, y madre de los antes referidos hijos, se indica en el fol. 88 (AHDT, l. I), que dejó dos aniversarios que paga su hijo Pedro Martínez-Rubio Valero, habiendo testado el 18 de agosto de 1572 ante el notario Diego Sánchez, vecino de Orihuela del Tremedal, y realizando un segundo testamento ante el mismo notario en el año 1588.

Además de la línea de Juana Valero, hemos observado que durante la primera mitad del siglo XVI, existe una Gracia Valero, mujer de Pedro Sánchez, y cuyos hijos reciben el sacramento del bautismo en los años cuarenta de dicha centuria.

Apreciamos también incluso una línea de Valero que procede de Domingo Valero (vecino de Villafranca) y que desposó en 1564 con Sebastiana Sánchez, esta vecina de Ródenas (AHDT, l. I, fol. 67v.).

Otras referencias de Valeros que pueden conectarse con Ródenas, vienen a través de las diferentes menciones que leemos en este libro sobre Jerónimo Valero y su esposa María Sánchez (estos vecinos de Pozondón). Con todo ello queda claro que había varias ramas del apellido Valero ya durante la primera mitad del siglo XVI en Ródenas, además de vínculos estrechos entre Pozondón y Ródenas de dicho linaje.

Sólo como ejemplo, veremos que Francisco Valero, y que ya aparece como notario de Pozondón en 1559 (AHDT, l. I, fols 57v.), realizará algunos testamentos a vecinos de Ródenas.


Los Valero de Pozondón

Ya hemos comentado que la familia Valero está asentada desde el medievo en esta localidad, existiendo en la crónica familiar referencias que nos llevan incluso hasta principios del siglo XIII. Ahora bien, los libros sacramentales, por desgracia no nos permiten precisar más allá de mediados del siglo XVI, habiendo por ello un vacio documental de trescientos años, que impide enlazar unas líneas con otras, pero que al menos pueden plantear esa posible continuidad del apellido en el lugar durante varios siglos.

Imagen realizada por IA

De entre los Valero que veremos documentados en Pozondón durante la segunda mitad del siglo XVI, a través del primer libro sacramental, tenemos referenciadas diferentes familias en las que aparece este apellido, ello sucederá en los casos de Francisco Valero y Quiteria Murciana; Miguel Valero y Catalina Catalán; Juan Valero y Catalina Catalán; Sebastián Teresa y María Valero o Francisco Valero e Isabel de Torres (por citar algunos ejemplos). 

Esto obviamente nos servirá para entender como se expande este apellido en un momento en el que no podemos enlazar estos vecinos con un mismo tronco, pero que al menos da sentido y refleja su establecimiento en la localidad como los alrededores desde hace siglos.

David Gómez de Mora


Referencias:

*Archivo Histórico Diocesano de Teruel. Libro I de bautismos de Pozondón

*Archivo Histórico Diocesano de Teruel. Libro I de bautismos, matrimonios y defunciones de Ródenas

*Valero de Bernabé y Martín de Eugenio, L. (2023). Infanzones Hermúneos de Aragón: El linaje de los Valero de Bernabé. Marqués de Casa Real, 499 pp.

Breves apuntes sobre los Díaz de Montalvo de Huete

Las raíces religiosas de la familia Díaz de Montalvo, ya fueron estudiadas en su día por Manuel de Parada en su bibliografía optense, al indicar que el doctor Alonso Díaz de Montalvo y su esposa Elvira Ortiz eran conversos de raíces judías (Parada, 2019, p. 569). Una cuestión que nosotros también tratamos hace un par de años al comentar algunas de las informaciones que sobre esta familia se pueden leer en algunos procesos de inquisición del Archivo Diocesano de Cuenca (Gómez de Mora, 2024).

En este tipo de linajes, sabida es la práctica de políticas matrimoniales muy cerradas, que fomentaban la endogamia, al tiempo que reforzaban la posición y estatus de sus integrantes. Ya que, por un lado, eran una herramienta de seguridad ante posibles acusaciones en las que se tejía un mismo relato por parte de sus componentes (al no contradecirse unas líneas familiares con otras), además de una herramienta efectiva, que dificultaba la disgregación de su patrimonio, y por consiguiente, mantener el poder en el lugar en el que se encontrasen.

Ello fomentaba una red parental muy estrecha, que ampliaba sus influencias entre los grupos de poder. Así pues, consideramos que no será un hecho casual que Alonso Díaz de Montalvo, casara con Elvira Ortiz (una mujer que vivió durante el siglo XV, y que también estaba vinculada con los integrantes de los Díaz). Cabe recordar que esta Elvira, se decía que era pariente del mismo doctor Alonso Díaz, y es que creemos que no es un hecho casual que la madre del famoso jurista, fuese una hacendada optense, llamada en algunas fuentes como Isabel Díaz Ortiz.

Esta coincidencia de apellidos revelaba que la casa Díaz de Huete, como los Ortiz, eran familias conversas que guardaban unos mismos orígenes religiosos. Igualmente, tampoco será un hecho casual que los hijos de Alonso Díaz de Montalvo casaran con familias acusadas de conversión como los Santacruz y los Alcocer.


Interior de la iglesia de San Miguel de Arévalo (imágenes del autor). Este templo fue la principal zona de enterramiento de este linaje en la localidad de Arévalo

Si marchamos hacia Arévalo, apreciaremos como el linaje de los Montalvo gozará de una enorme historia, tal y como se refleja en la iglesia de San Miguel de Arévalo, la cual fue empleada durante mucho tiempo como zona de enterramiento de los miembros del linaje Montalvo, conservando a día de hoy sepulturas y representaciones heráldicas de esta familia, sirviendo a su vez como un espacio religioso a través del que se recordaba la importancia y poder de su linaje.

David Gómez de Mora


Referencias:

*Gómez de Mora, D. (2024, 25 de marzo). “Los Díaz de Montalvo y los Díaz de Cuenca de Huete. Hidalgos con raíces conversas”. Blog personal de David Gómez de Mora. https://davidgomezdemora.blogspot.com/2024/03/los-diaz-de-montalvo-y-los-diaz-de.html

*Parada y Luca de Tena, M. de (2019). Apuntes para una bibliografía sobre la noble y leal ciudad de Huete. Ayuntamiento de Huete, 582 pp.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Crónica sobre la subida de la Virgen del Monte de La Peraleja (5-IX-2026)

El pasado día cinco de septiembre pudimos acudir a un acto cargado de enorme emotividad para muchos peralejeros: la subida a la ermita de su patrona, “La Virgen del Monte”.

La jornada comenzaba con mucho calor, tal y como durante estos días hemos podido sentir. La Virgen, después de permanecer en el pueblo desde que fue bajada el día 22 de agosto, salió con todos los honores por la puerta de la Iglesia Parroquial, al grito de ¡Viva la Virgen del Monte!, después de sonar el himno de España.

En ese momento eran las once de la mañana, y la comitiva acompañaba la carroza, junto con los fieles que iban detrás y un grupo de músicos, guiándola hasta las afueras del municipio, para después encarar la pendiente que conducirá hasta lo alto del cerro de la ermita.

Nuestra Señora la Virgen del Monte en el interior de la Iglesia Parroquial (imagen del autor)

La asistencia de gente ha sido destacada, desde vecinos, personas que residen fuera, amigos y visitantes, que han vuelto a dar vida a una festividad donde la devoción y cariño hacia la Virgen ha sido palpable en cada instante.

El trayecto desde la puerta de la Iglesia Parroquial de La Peraleja hasta la ermita de la Virgen del Monte, fue aproximadamente de una hora y veinte minutos. La carroza ornamentada con diferentes centros de flores blancas y amarillas, resaltaban la belleza de su talla, además de su manto verde con una decoración trasera elaborada y simétrica caracterizado por tener en el centro un gran jarrón con asas curvas, bordado en hilo dorado. 


Nuestra Señora la Virgen del Monte (imagen del autor)

Sobre la decoración del manto, apreciamos la representación de un jarrón del que emerge una composición de hojas, ramas y flores, trabajadas principalmente por hilos dorados y plateados. También observamos elementos de pedrería en tonos rojos y blancos, que dan mayor resalte a la pieza téxtil. El borde inferior presenta un trabajo especialmente minucioso, formando guirnaldas y motivos decorativos.

Detalle del manto de  Nuestra Señora la Virgen del Monte (imagen del autor)   

En su cara frontal el vestido sigue el mismo diseño que en la parte trasera, ofreciendo un tono blanco, en el que destaca un abundante bordado en oro, que presenta una composición ornamentada simétrica, en cuya zona central sobresale un gran motivo bordado en hilo dorado, representado por una corona real de color oro y rojo. 

Nuestra Señora la Virgen del Monte (imagen del autor)   

La pieza ofrece otros elementos decorativos, dejando más abajo una decoración de hojas, roleos y motivos vegetales que destacan la parte frontal. Nos contaban algunos vecinos que este manto fue donado por una persona del pueblo hace varias décadas atrás.

La Virgen en su cabeza porta un velo de tipo corto y recto en la parte trasera, con bordados florales en los que se puede apreciar en el tul su bonito pelo rizado.


Manto de Nuestra Señora la Virgen del Monte (imagen del autor)

Respecto a la carroza, esta presenta una plataforma que permite anclar, así como elevar y girar a la Virgen, del mismo modo tanto la parte delantera y trasera presenta un anagrama mariano con el texto Nuestra Señora la Virgen del Monte - La Peraleja. En cada lado de la carroza podemos observar dos grandes faroles que permiten iluminar la estructura cuando se desea, al tiempo que realzar su decoración.


Detalle del anagrama en la carroza (imagen del autor)

La llegada a lo alto de la ermita fue acompañada por música, no sin antes, haber dado una vuelta a su alrededor, mientras la Virgen era seguida por los vecinos con intensos vivas.

En el interior de la ermita se pudo contemplar una imagen que habla por sí sola: la enorme asistencia y acogida emotiva que los vecinos mostraron hacia su Madre y Patrona. En ese momento sonaba el himno de España mientras la imagen llegaba al altar.

La multitud de gente fue tal, que en el lugar todos los asientos y bancos quedaron ocupados, demostrando de nuevo como la Virgen sigue siendo querida por sus vecinos, a pesar de los cambios a los que la sociedad actual del siglo XXI se ha visto sometida. Durante varios siglos la Virgen ha seguido siendo un referente y faro de esa fe que el peralejero ha mantenido siempre en su corazón. La tradición, el respeto y el cariño por lo que nos legaron nuestros antepasados, sigue todavía vigente y más vivo que nunca.

Interior de la ermita (imagen del autor)

Nos comentaban también algunos integrantes de la hermandad, como antaño el circuito para acceder hasta la parte superior de la ermita, nada tenía que ver con el que hoy conocemos, siendo este mucho más empinado y sin gozar de las facilidades que nos permite la senda por la que accedemos en el presente.

Ese camino hoy es una senda con mucha vegetación, a través de la que antaño accedían hombres y mujeres que subían a pie, no resultando extraño ir muchos de estos con sus burros y mulas, tan habituales en muchas de las casas de labranza de tiempos pasados, y que servían como transporte y herramienta de trabajo.

Parte final de la senda (imagen del autor)

En aquel entonces las caballerías permitían el transporte de alimentos, creando una estampa bastante peculiar alrededor de la ermita, con una marcado carácter popular, en la que se juntaban los vecinos en grupos o corros a lo largo de la zona de la explanada.

Una de las costumbres de tiempos pasados, era durante este tipo de festividades, la de comer garbanzos tostados, así como beber vino alrededor de esta explanada.

Como sabemos, el origen de la Virgen del Monte, radica en esa luz que un día pudieron divisar varios vecinos, entre los que se encontraba el noble Juan de Aza (o de Daza), un relato que en la Santa Misa oficiada este 5 de septiembre en la ermita, recordaba con mucha emoción el sacerdote, al relatar el hallazgo de la imagen.

Esa luz, que una noche de primavera advertía a los vecinos de que algo importante iba a producirse, y por la que estos acudieron hasta el lugar, creyendo que era el resplandor de la lumbre de un pastor que había realizado para combatir el frío, marcará el punto de origen del descubrimiento de la talla, que tras llevar hasta allí a aquellos vecinos, se hallaba oculta entre un montón de piedras, así como cubierta por una tela de lienzo que la protegía.

La devoción hacia la Virgen del Monte, y que ya tenemos documentada desde hace varios siglos atrás, nos demuestra como esta ha estado presente en el día a día de muchos de los peralejeros que han habitado o descienden de esta localidad, especialmente cuando se le invocaba para la protección de epidemias que asolaban el territorio o cuando los campos se encontraban en una situación crítica.

Finalizada la Santa Misa, se realizó uno de los actos más emotivos que los asistentes pudimos presenciar, ya que la cofradía recordó los nombres de los trece miembros fallecidos durante el último ejercicio. Este homenaje ha estado cuidadosamente preparado, pronunciándose el nombre y apellido de cada uno de esos cofrades, entregándose a sus familiares una medalla como recuerdo y muestra de su vínculo con Nuestra Señora la Virgen del Monte.

Un acto muy emotivo, respetuoso y perfectamente organizado, en el que se aprecia como La Peraleja y la Virgen del Monte son elementos inseparables. 

Posteriormente, finalizada la entrega de las medallas, la Virgen volvió a ser sacada en procesión por el lugar, antes de descansar en su interior. Sin lugar a duda, fue una jornada muy bonita, intensa, que pasó demasiado rápida, y en la que tuvimos la fortuna de volver a reencontrarnos con amigos y personas, gracias a los que en su conjunto, jornadas como la de esta subida de la Virgen, hacen que esta festividad sea un día especial en el calendario de todos los peralejeros.

Procesión por la ermita (imagen del autor)

Una devoción que como hemos remarcado en más de una ocasión, ha quedado por escrito entre las mandas de muchos de nuestros antepasados, como solían manifestar cuando decidían donar u ornamentar con objetos el altar o la talla de la imagen, tal y como por ejemplo hizo en el año 1641, la peralejera María Saiz (viuda de Gabriel Vicente), quien dispuso en su testamento la realización de una cortina para el retablo de la Virgen del Monte, o también poco después, en 1652, Magdalena Domínguez, quien legó a la ermita un cuadro de Santa María Magdalena, dejando expresada su voluntad de que este permaneciese allí. La documentación continuaría ofreciendo noticias durante el siglo XVIII. En 1713, Juan Peña Gómez y sus hijos participaron en mejoras del retablo y, en 1738, el presbítero José González destinó dinero para otra cortina de la Virgen.

Estos datos aparentemente modestos, pero de gran valor para la historia local nos recuerdan como la Virgen y su ermita fueron un lugar especial para la gente de La Peraleja, tal y como se refleja en muchas de las disposiciones testamentarias que todavía conservan los protocolos notariales de la población, así como algunas de las mandas que se recogen en los libros de difuntos de la localidad.

Como decimos, el tiempo avanza y las sociedades van cambiando, no obstante, esta devoción hacia la Virgen del Monte, es algo que sigue manteniéndose con más fuerza que nunca, algo de lo que el pueblo de La Peraleja debe siempre sentirse muy orgulloso, puesto que su ermita, su Virgen y su pueblo, son hitos inseparables en esa forma de entender la fe, y que nuestros antepasados fueron transmitiendo de manera ininterrumpida generación tras generación.

Vista de la ermita de Nuestra Señora del Monte desde La Peraleja (imagen del autor)

Desde lo alto de su cerro, la Virgen como reina que domina desde la altura la población, nos recuerda que esta seguirá protegiendo a su pueblo, tal y como siempre lo ha venido haciendo.

Larga vida a nuestras tradiciones y costumbres, y Viva la Virgen del Monte.


David Gómez de Mora

Cronista Oficial de La Peraleja