Conocemos, gracias a los datos de una de las matrículas presentes en el Archivo Diocesano de Cuenca, referencias detalladas sobre la población de Piqueras del Castillo durante la primera mitad del siglo XIX. En este caso, más concretamente del año 1817.
Como en el resto de matriculaciones, en este documento se registran los nombres y apellidos de los vecinos que en ese momento había residiendo en la localidad, especificando el número de personas que había en cada hogar, así como el oficio al que se dedicaban.
En el caso de Piqueras, vemos que se realiza una distinción de la zona de habitaje de sus vecinos entre dos barrios (el de San Sebastián y el del barranco). Si realizamos una comparación entre ambos lugares, de acuerdo a los oficios de los vecinos, salta a la vista que existen diferencias entre esas dos zonas del municipio, a pesar del reducido tamaño de la localidad.
Como sabemos, una de esas divisiones urbanas ha seguido manteniendo su designación, encontrándose en lo que es la zona norte de la población, tal y como aún sigue denominándose a una de sus calles: la del barranco. En cuanto al otro (el barrio de San Sebastián), su nombre creemos que proviene de su cercanía a la ermita que antaño había dedicada a este santo. Tomás López en el siglo XVIII ya comenta al respecto que esa ermita se halla a “extramuros a un tiro de bala, mirando al sol de mediodía”, es decir, en la zona sur del pueblo.
Por lo tanto, si tenemos en cuenta que en esta matrícula se divide a los vecinos de Piqueras en esos dos barrios, entendemos que la zona norte del pueblo englobaría lo que se designa como barrio del barranco, mientras que la parte sur, el referido como de San Sebastián.
Cabe incidir en que este documento aporta notables datos de tipo social, ya que especifica qué oficios desempeñaban los vecinos del pueblo, y por tanto nos refleja con precisión cuál era el tejido social del municipio, además de que familias contaban con más o menos recursos.
También hay que contextualizar que en 1817, hacía escasos años que habían hecho sus estragos por estas tierras los franceses al haber ocupado el país, de modo que, de la misma forma que en el resto del territorio español, su afección también se sintió en el territorio conquense. A ello cabría sumarle que las directrices políticas que se estaban marcando seguidamente dentro de la nación, paulatinamente, irían cambiando muchos aspectos sobre la vida y las gentes que generaciones atrás se habían criado en este lugar.
No debe por esto resultar atrevido comentar que gradualmente en áreas rurales como la que nos ocupa, algunos elementos irían poco a poco empeorando respecto a épocas anteriores, tal y como se puede deducir si comparamos la situación existente en Piqueras en tiempos del Catastro de Ensenada (es decir, a mediados del siglo XVIII) respecto a aquella primera mitad del siglo XIX, donde veremos cómo, por ejemplo, el 30% de los vecinos que se registran en esa matrícula eran pobres o ejercían como sirvientes.
Tejido económico de Piqueras del Castillo según los datos de la matrícula de 1817 (ADC):
-Labradores (31%)
-Jornaleros (19%)
-Ganaderos y pastores (12%)
-Otros (8%)
-Sirvientes (15%)
-Pobres (15%)
Si analizamos el tejido laboral del municipio, veremos que la mitad de los habitantes se dedicaban a trabajar el campo. De ese porcentaje, más de la mitad de ese sector eran labradores con tierras, mientras que la parte restante, jornaleros que trabajaban las tierras de familiares y vecinos para conseguir una renta que les ayudara a casi literalmente sobrevivir.
Llama nuestra atención la diferencia social que se aprecia entre las dos demarcaciones que se registran en la matrícula, es decir, el barrio de San Sebastián y el del barranco. Si contrastamos los datos que se anotan, apreciamos cómo la gente que reside en la zona norte del pueblo contaba con menos recursos que los que vivían en la franja meridional. Cabe decir que de todo el vecindario recopilado, solo el 30% se adscribe al barrio de San Sebastián, mientras que al del barranco, el 70% restante de los habitantes.
Como decíamos, si comparamos por barrios, en el de San Sebastián el 40% eran labradores y el 13% ejercían la labor del campo con el mantenimiento de su ganado. En esa zona, el 26% eran jornaleros, mientras que el porcentaje de pobres era de un 7%, así como también de otro 7% el de gente que trabajaba como sirvientes.
En cambio, en el barrio del Barranco, el 30% eran labradores, pero solo como ganaderos, compaginando el oficio del campo había un 5%, aunque el porcentaje de jornaleros en esta zona del pueblo era solo de un 15%. Cabía sumar el porcentaje de pobres y sirvientes, el cual era más del doble respecto al barrio de San Sebastián.
Si queremos analizar quiénes eran en aquel momento las familias mejor posicionadas en la localidad, veremos que estas tenían en común el hecho de dedicarse a la ganadería, al tiempo que también poseían tierras para desarrollar la actividad agrícola.
Por ejemplo, una de las casas mejor posicionadas en lo que se denomina el barrio del Barranco es la de Manuel López, esposo de María Redondo, quien ejercía como labrador y ganadero. Este por aquel entonces tenía dos criados, varios pares de bueyes, además de 200 cabezas de ganado estante. En cambio, en el barrio de San Sebastián, una de las familias con mayor disponibilidad de recursos era la casa de los Lizcano. Concretamente, el documento recoge los nombres de Pedro Lizcano y su esposa Trinidad García, quien, igual que el vecino anterior, poseía su ganado y tierras para labrar. Pedro y Trinidad tenían en 1817 un hijo menor de edad, un criado de labor, dos pastores, además de 200 cabezas de ganado estante.
Les seguía en importancia la casa de Juan Herráiz, también ganadero y labrador, quien estaba casado con Teresa García y vivía con cuatro hijos solteros en su hogar. Tenía a su servicio un mozo para labrar, así como otro para pastorear, además de un lote de tierras, junto a un total de 100 cabezas de ganado lanar estante.
Con estos datos, vemos grosso modo una radiografía social de ese Piqueras de 1817, en un momento que resultará crucial si queremos comprobar el rumbo que se vivirá en la localidad, cuando sin darse cuenta mucha de esa gente, se estaba marcando un punto de inflexión, y que con el transcurso de varias décadas, marcará a fuego a sus habitantes, debido a que se estaba produciendo un cambio en la mentalidad y percepción de esa sociedad que tradicionalmente se había forjado en enclaves ruralizados como este.
Piqueras seguía siendo ese pueblo de gente trabajadora y con una mentalidad conservadora, donde la agricultura tenía un peso importante en el tejido económico del lugar, y donde la tenencia de ganado era un elemento diferenciador que socialmente permitía una mejor situación económica a sus poseedores. Un enclave con cerca de unos doscientos habitantes, pero en el que cada familia sabía muy bien qué le diferenciaba de la otra e incluso, como se ve, dependiendo de en qué zona del pueblo se residía, quién tenía más o menos recursos.
David Gómez de Mora
Cronista Oficial de Piqueras del Castillo
Referencias:
*Archivo Diocesano de Cuenca. Matrícula del año 1817. Piqueras del Castillo (Cuenca)
*López de Vargas-Machuca, Tomás (siglo XVIII). Diccionario geográfico de España: Cuenca. Biblioteca Digital Hispánica, 870 hojas
