lunes, 28 de septiembre de 2026

San Miguel Arcángel en Villarejo de la Peñuela

Una de las advocaciones cristianas veneradas desde siglos atrás en Villarejo de la Peñuela ha sido el Arcángel San Miguel. Jefe de los ejércitos de Dios según la tradición judía como cristiana, y que ha despertado mucha devoción en diferentes localidades del territorio conquense.

San Miguel representará a ese líder de los ejércitos celestiales en su lucha contra Satanás y aquellos ángeles caídos que conformaban las fuerzas del mal. Su papel como soldado de Dios, junto con su labor en el pesaje de las almas en el momento del juicio final, así como el acompañamiento hacia la salvación, hizo que su figura alcanzara mucha fuerza, especialmente a partir del siglo XVI.

Iconográficamente, San Miguel puede aparecer como un guerrero armado derrotando al demonio a sus pies, así como en otras ocasiones sosteniendo una balanza con la que se encarga del pesaje de las almas en el momento de la psicostasis.

Esto hará que los principales atributos que se pueden ver en su imagen sean la balanza, el escudo, la espada o la lanza. Su festividad, a falta de un mes de la llegada de la jornada de Todos los Santos, como seguidamente de los Fieles Difuntos, hará que la asociación entre San Miguel con las almas fuese más estrecha de lo que podía parecer.


Imagen de San Miguel realizada por IA


En el caso de Villarejo de la Peñuela, veremos que San Miguel gozaba de reconocimiento, habiendo vecinos que desde siglos atrás estuvieron muy estrechamente relacionados con su culto. 

Conocemos el caso de María Saiz, villarejeña fallecida en 1583 y casada con un labrador (ADC, lib. II, fol. 24 y 24-v.). Según su partida, María hizo su testamento ante el escribano de Valdecolmenas de Arriba, Domingo de Palomares. Entre las varias fiestas de aniversario que se encargan, una es para el día de San Miguel.

La veneración seguiría manteniéndose con el transcurso del tiempo, de manera que en Villarejo de la Peñuela veremos que San Miguel continuó siendo un referente. Esto, por ejemplo, se aprecia cuando don Miguel de la Peña, cura de Villarejo de la Peñuela, en su partida de defunción, y que se recoge en el libro III de difuntos de la localidad (ADC, lib. III, fols. 101-101v.), entre sus mandas, indica que la Cofradía del Santísimo Sacramento realizará cada año perpetuamente una fiesta doble el día de San Miguel por su alma, con vísperas y misa cantada en su día.

Más adelante, veremos cómo San Miguel aparece mencionado en una referencia que se efectúa sobre el retablo mayor que había en los años setenta del siglo XVIII. Obviamente, la presencia del Arcángel en el altar principal señalará que esta imagen era una de las principales advocaciones que durante siglos había persistido en el municipio.

En el actual retablo mayor, este sigue ocupando una de las hornacinas laterales, siendo su representación iconográfica la característica de un Arcángel con armadura y casco, que domina con su lanza al demonio que se encuentra bajo sus pies.


David Gómez de Mora


Cronista Oficial de Villarejo de la Peñuela



Referencias:


* Archivo Diocesano de Cuenca. Volumen II de defunciones de Villarejo de la Peñuela (1578-1595). P. 2125. Sig. 113/14.


*Archivo Diocesano de Cuenca. Libro III de defunciones de Villarejo de la Peñuela (1623-1764). P-2126. Sig. 113/15.

martes, 15 de septiembre de 2026

Notas sobre San Aventín (II)

Además de la devoción a San Aventín, entre los frescos medievales de la iglesia parroquial de esta localidad, tenemos la representación de una advocación, que se extendió especialmente durante el medievo por parte del territorio peninsular: San Saturnino.

Su entrada en la península puede anticiparse al momento de la Reconquista, aunque ciertamente es en plena Edad Media cuando algunos autores consideran que, desde el territorio franco, junto con otros santos, este comenzaría a ser conocido y venerado. Sobre San Saturnino, Pérez Belanche (1998-2002, p. 169) comenta que “en el norte de la península fue donde se le tuvo más veneración, aunque su fiesta se celebraba en todo el territorio. Su culto tomó un nuevo impulso en los siglos X y XI”.

Localidad de San Aventín hace un par de siglos atrás (IA)

Respecto a San Aventín, sabemos que la región de la que este era oriundo, siempre fue una zona de difícil acceso, por posicionarse en una ruta montañosa, donde además las malas vías de comunicación complicaban más si cabe la movilidad.

Con la caída del Imperio Romano, el poblamiento en esta área rural se pudo mantener. La deforestación de determinados espacios donde la gente fue alzando enclaves que fomentaron la creación de pequeñas aldeas en terrenos donde se podía sacar rédito a la fertilidad de la tierra, como la explotación ganadera, fueron tejiendo un territorio poblado por diferentes núcleos residenciales, modestos y de escaso tamaño, pero apoyados muchas veces en puestos donde antes ya habían existido otras comunidades de personas. Con el transcurso del tiempo, fueron alzándose y ampliando iglesias en torno a esos grupos de habitantes. 

Es lógico suponer que desde que habría pobladores que practicaban la religión católica, comenzarían a levantarse los primeros espacios de culto, ejemplo de ello es el caso que la tradición relata de San Aventín, quien en vida ya se encargó de que exisitera un modesto lugar para ello.

Se cree que los siglos X y XI representan un periodo clave para el avance de la construcción de templos en esta área, adaptándose y evolucionando con el paso de los siglos. Al respecto, en la misma obra de la historia de San Aventín, su autor indica que (1850, 50), “estas iglesias parecen haber sido construidas gracias a los esfuerzos del Cabildo de Comminges y de los monjes benedictinos que se habían asentado en Larboust ya en el siglo X”. 

Por desgracia, son muchos los datos que se nos escapan sobre la vida de San Aventín; no obstante, lo que queda claro es que su devoción se extenderá por una serie de puntos, que irán hasta el Ribagorza y el Pallars, gracias a la comunicación que saldrá desde los pasos pirenaicos.

La tradición recuerda que una parte de la vida de este mártir, se vincula con el eremitismo, pasando después a la predicación del evangelio, bautizando a pobladores y realizando funciones sacerdotales, que lo acabarán convirtiendo en uno de los referentes de la religiosidad cristiana de esas tierras durante el siglo VIII.

David Gómez de Mora

Referencias:

*Pérez Belanche, Manuel (1998-2002). “Advocaciones religiosas en las iglesias ribagorzanas (siglo xi)”, Argensola, n.º 112, Huesca, pp. 141-175.

*Un prêtre del diocèse de Toulouse. (1850). Notice historique sur Saint-Aventin d’Aquitaine, martyr. Reimpr. Imp. Fabbro. Montréjeau, 130 pp.

El linaje Valero de Ródenas y Pozondón. Notas genealógicas

Las raíces del linaje Valero por esta área del territorio turolense, ya ahonda sus raíces en el medievo, tal y como se puede comprobar a través de las referencias escritas que apreciamos de este apellido en algunos enclaves de la zona. Los libros parroquiales de diferentes localidades, nos indican su expansión por variados puntos, entre los que en nuestro caso guardan especial interés los municipios de Ródenas y Pozondón.

Así pues, los libros parroquiales del siglo XVI nos recuerdan como entre la primera mitad y mediados de dicha centuria, existen algunas líneas del apellido que evidencian su asentamiento con anterioridad.

Si leemos la crónica sobre las raíces de este linaje de la nobleza aragonesa, apreciamos tal y como nos indica Luis Valero de Bernabé (2023, p. 20), que Nicolás Valero (fallecido en el año 1213), y que fue esposo de Juana Martínez Eslava, tuvo algunos hijos que afianzarán el apellido en Pozondón. Es el caso de Antón Valero, marido de María Díaz, así como García Valero, quien dejará descendencia a través del matrimonio con la noble Ana Garcés de Marcilla.

Precisamente de una de las líneas descendientes de Antón Valero y María Díaz, nacerá Antonia Valero, quien casará con Francisco Valero (situándonos dichas personas en el siglo XV). Este Francisco Valero descendía del mismo tronco que su esposa Antonia.

La línea de Antonia era oriunda de Pozondón, mientras que Francisco Valero procedía de la rama de los Señores de Hostalejo, y cuyo origen radica en los antes mencionados Nicolás Valero y Juana Martínez Eslava. Con este enlace, la casa de los Valero de Pozondón, pasaba a entroncar con la de sus antiguos parientes.

Del matrimonio entre Francisco Valero y Antonia Valero, surgirá la línea descendiente de Francisco Valero Valero, este esposo de Catalina Pérez de Santacruz (Valero de Bernabé, 2023, p. 60), entre cuyos hijos veremos la rama de Juan Valero (vecino de Ródenas), y María López. Estos serán los padres de Miguel Valero, esposo de Ana Muñoz (ella de la localidad conquense de Osa de la Vega), y donde el apellido se expandirá durante el siglo XVI a través de sus descendientes; así como también para nuestro interés de Juana Valero, esta mujer del también hidalgo Pedro Martínez-Rubio (quienes durante la década de los años treinta y cuarenta del siglo XVI extenderán su descendencia en Ródenas).


Los Valero de Ródenas

Entre las referencias que hemos considerado interesante recopilar sobre este apellido respecto los vecinos bautizados de ese primer libro sacramental de Ródenas, podemos leer los de varios hijos de Pedro Martínez y Juana Valero, siendo el caso de:

Juan (año 1534, AHDT, l. I, fol. 3v.)

Catalina (año 1535, AHDT, l. I, fol. 4)

Juana (año 1541, AHDT, l. I, fol. 7)

Pedro (año 1543, AHDT, l. I, fol. 7v.)

Ana (año 1546, AHDT, l. I, fol. 9)

Juana Valero, y madre de los antes referidos hijos, se indica en el fol. 88 (AHDT, l. I), que dejó dos aniversarios que paga su hijo Pedro Martínez-Rubio Valero, habiendo testado el 18 de agosto de 1572 ante el notario Diego Sánchez, vecino de Orihuela del Tremedal, y realizando un segundo testamento ante el mismo notario en el año 1588.

Además de la línea de Juana Valero, hemos observado que durante la primera mitad del siglo XVI, existe una Gracia Valero, mujer de Pedro Sánchez, y cuyos hijos reciben el sacramento del bautismo en los años cuarenta de dicha centuria.

Apreciamos también incluso una línea de Valero que procede de Domingo Valero (vecino de Villafranca) y que desposó en 1564 con Sebastiana Sánchez, esta vecina de Ródenas (AHDT, l. I, fol. 67v.).

Otras referencias de Valeros que pueden conectarse con Ródenas, vienen a través de las diferentes menciones que leemos en este libro sobre Jerónimo Valero y su esposa María Sánchez (estos vecinos de Pozondón). Con todo ello queda claro que había varias ramas del apellido Valero ya durante la primera mitad del siglo XVI en Ródenas, además de vínculos estrechos entre Pozondón y Ródenas de dicho linaje.

Sólo como ejemplo, veremos que Francisco Valero, y que ya aparece como notario de Pozondón en 1559 (AHDT, l. I, fols 57v.), realizará algunos testamentos a vecinos de Ródenas.


Los Valero de Pozondón

Ya hemos comentado que la familia Valero está asentada desde el medievo en esta localidad, existiendo en la crónica familiar referencias que nos llevan incluso hasta principios del siglo XIII. Ahora bien, los libros sacramentales, por desgracia no nos permiten precisar más allá de mediados del siglo XVI, habiendo por ello un vacio documental de trescientos años, que impide enlazar unas líneas con otras, pero que al menos pueden plantear esa posible continuidad del apellido en el lugar durante varios siglos.

Imagen realizada por IA

De entre los Valero que veremos documentados en Pozondón durante la segunda mitad del siglo XVI, a través del primer libro sacramental, tenemos referenciadas diferentes familias en las que aparece este apellido, ello sucederá en los casos de Francisco Valero y Quiteria Murciana; Miguel Valero y Catalina Catalán; Juan Valero y Catalina Catalán; Sebastián Teresa y María Valero o Francisco Valero e Isabel de Torres (por citar algunos ejemplos). 

Esto obviamente nos servirá para entender como se expande este apellido en un momento en el que no podemos enlazar estos vecinos con un mismo tronco, pero que al menos da sentido y refleja su establecimiento en la localidad como los alrededores desde hace siglos.

David Gómez de Mora


Referencias:

*Archivo Histórico Diocesano de Teruel. Libro I de bautismos de Pozondón

*Archivo Histórico Diocesano de Teruel. Libro I de bautismos, matrimonios y defunciones de Ródenas

*Valero de Bernabé y Martín de Eugenio, L. (2023). Infanzones Hermúneos de Aragón: El linaje de los Valero de Bernabé. Marqués de Casa Real, 499 pp.

Breves apuntes sobre los Díaz de Montalvo de Huete

Las raíces religiosas de la familia Díaz de Montalvo, ya fueron estudiadas en su día por Manuel de Parada en su bibliografía optense, al indicar que el doctor Alonso Díaz de Montalvo y su esposa Elvira Ortiz eran conversos de raíces judías (Parada, 2019, p. 569). Una cuestión que nosotros también tratamos hace un par de años al comentar algunas de las informaciones que sobre esta familia se pueden leer en algunos procesos de inquisición del Archivo Diocesano de Cuenca (Gómez de Mora, 2024).

En este tipo de linajes, sabida es la práctica de políticas matrimoniales muy cerradas, que fomentaban la endogamia, al tiempo que reforzaban la posición y estatus de sus integrantes. Ya que, por un lado, eran una herramienta de seguridad ante posibles acusaciones en las que se tejía un mismo relato por parte de sus componentes (al no contradecirse unas líneas familiares con otras), además de una herramienta efectiva, que dificultaba la disgregación de su patrimonio, y por consiguiente, mantener el poder en el lugar en el que se encontrasen.

Ello fomentaba una red parental muy estrecha, que ampliaba sus influencias entre los grupos de poder. Así pues, consideramos que no será un hecho casual que Alonso Díaz de Montalvo, casara con Elvira Ortiz (una mujer que vivió durante el siglo XV, y que también estaba vinculada con los integrantes de los Díaz). Cabe recordar que esta Elvira, se decía que era pariente del mismo doctor Alonso Díaz, y es que creemos que no es un hecho casual que la madre del famoso jurista, fuese una hacendada optense, llamada en algunas fuentes como Isabel Díaz Ortiz.

Esta coincidencia de apellidos revelaba que la casa Díaz de Huete, como los Ortiz, eran familias conversas que guardaban unos mismos orígenes religiosos. Igualmente, tampoco será un hecho casual que los hijos de Alonso Díaz de Montalvo casaran con familias acusadas de conversión como los Santacruz y los Alcocer.


Interior de la iglesia de San Miguel de Arévalo (imágenes del autor). Este templo fue la principal zona de enterramiento de este linaje en la localidad de Arévalo

Si marchamos hacia Arévalo, apreciaremos como el linaje de los Montalvo gozará de una enorme historia, tal y como se refleja en la iglesia de San Miguel de Arévalo, la cual fue empleada durante mucho tiempo como zona de enterramiento de los miembros del linaje Montalvo, conservando a día de hoy sepulturas y representaciones heráldicas de esta familia, sirviendo a su vez como un espacio religioso a través del que se recordaba la importancia y poder de su linaje.

David Gómez de Mora


Referencias:

*Gómez de Mora, D. (2024, 25 de marzo). “Los Díaz de Montalvo y los Díaz de Cuenca de Huete. Hidalgos con raíces conversas”. Blog personal de David Gómez de Mora. https://davidgomezdemora.blogspot.com/2024/03/los-diaz-de-montalvo-y-los-diaz-de.html

*Parada y Luca de Tena, M. de (2019). Apuntes para una bibliografía sobre la noble y leal ciudad de Huete. Ayuntamiento de Huete, 582 pp.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Crónica sobre la subida de la Virgen del Monte de La Peraleja (5-IX-2026)

El pasado día cinco de septiembre pudimos acudir a un acto cargado de enorme emotividad para muchos peralejeros: la subida a la ermita de su patrona, “La Virgen del Monte”.

La jornada comenzaba con mucho calor, tal y como durante estos días hemos podido sentir. La Virgen, después de permanecer en el pueblo desde que fue bajada el día 22 de agosto, salió con todos los honores por la puerta de la Iglesia Parroquial, al grito de ¡Viva la Virgen del Monte!, después de sonar el himno de España.

En ese momento eran las once de la mañana, y la comitiva acompañaba la carroza, junto con los fieles que iban detrás y un grupo de músicos, guiándola hasta las afueras del municipio, para después encarar la pendiente que conducirá hasta lo alto del cerro de la ermita.

Nuestra Señora la Virgen del Monte en el interior de la Iglesia Parroquial (imagen del autor)

La asistencia de gente ha sido destacada, desde vecinos, personas que residen fuera, amigos y visitantes, que han vuelto a dar vida a una festividad donde la devoción y cariño hacia la Virgen ha sido palpable en cada instante.

El trayecto desde la puerta de la Iglesia Parroquial de La Peraleja hasta la ermita de la Virgen del Monte, fue aproximadamente de una hora y veinte minutos. La carroza ornamentada con diferentes centros de flores blancas y amarillas, resaltaban la belleza de su talla, además de su manto verde con una decoración trasera elaborada y simétrica caracterizado por tener en el centro un gran jarrón con asas curvas, bordado en hilo dorado. 


Nuestra Señora la Virgen del Monte (imagen del autor)

Sobre la decoración del manto, apreciamos la representación de un jarrón del que emerge una composición de hojas, ramas y flores, trabajadas principalmente por hilos dorados y plateados. También observamos elementos de pedrería en tonos rojos y blancos, que dan mayor resalte a la pieza téxtil. El borde inferior presenta un trabajo especialmente minucioso, formando guirnaldas y motivos decorativos.

Detalle del manto de  Nuestra Señora la Virgen del Monte (imagen del autor)   

En su cara frontal el vestido sigue el mismo diseño que en la parte trasera, ofreciendo un tono blanco, en el que destaca un abundante bordado en oro, que presenta una composición ornamentada simétrica, en cuya zona central sobresale un gran motivo bordado en hilo dorado, representado por una corona real de color oro y rojo. 

Nuestra Señora la Virgen del Monte (imagen del autor)   

La pieza ofrece otros elementos decorativos, dejando más abajo una decoración de hojas, roleos y motivos vegetales que destacan la parte frontal. Nos contaban algunos vecinos que este manto fue donado por una persona del pueblo hace varias décadas atrás.

La Virgen en su cabeza porta un velo de tipo corto y recto en la parte trasera, con bordados florales en los que se puede apreciar en el tul su bonito pelo rizado.


Manto de Nuestra Señora la Virgen del Monte (imagen del autor)

Respecto a la carroza, esta presenta una plataforma que permite anclar, así como elevar y girar a la Virgen, del mismo modo tanto la parte delantera y trasera presenta un anagrama mariano con el texto Nuestra Señora la Virgen del Monte - La Peraleja. En cada lado de la carroza podemos observar dos grandes faroles que permiten iluminar la estructura cuando se desea, al tiempo que realzar su decoración.


Detalle del anagrama en la carroza (imagen del autor)

La llegada a lo alto de la ermita fue acompañada por música, no sin antes, haber dado una vuelta a su alrededor, mientras la Virgen era seguida por los vecinos con intensos vivas.

En el interior de la ermita se pudo contemplar una imagen que habla por sí sola: la enorme asistencia y acogida emotiva que los vecinos mostraron hacia su Madre y Patrona. En ese momento sonaba el himno de España mientras la imagen llegaba al altar.

La multitud de gente fue tal, que en el lugar todos los asientos y bancos quedaron ocupados, demostrando de nuevo como la Virgen sigue siendo querida por sus vecinos, a pesar de los cambios a los que la sociedad actual del siglo XXI se ha visto sometida. Durante varios siglos la Virgen ha seguido siendo un referente y faro de esa fe que el peralejero ha mantenido siempre en su corazón. La tradición, el respeto y el cariño por lo que nos legaron nuestros antepasados, sigue todavía vigente y más vivo que nunca.

Interior de la ermita (imagen del autor)

Nos comentaban también algunos integrantes de la hermandad, como antaño el circuito para acceder hasta la parte superior de la ermita, nada tenía que ver con el que hoy conocemos, siendo este mucho más empinado y sin gozar de las facilidades que nos permite la senda por la que accedemos en el presente.

Ese camino hoy es una senda con mucha vegetación, a través de la que antaño accedían hombres y mujeres que subían a pie, no resultando extraño ir muchos de estos con sus burros y mulas, tan habituales en muchas de las casas de labranza de tiempos pasados, y que servían como transporte y herramienta de trabajo.

Parte final de la senda (imagen del autor)

En aquel entonces las caballerías permitían el transporte de alimentos, creando una estampa bastante peculiar alrededor de la ermita, con una marcado carácter popular, en la que se juntaban los vecinos en grupos o corros a lo largo de la zona de la explanada.

Una de las costumbres de tiempos pasados, era durante este tipo de festividades, la de comer garbanzos tostados, así como beber vino alrededor de esta explanada.

Como sabemos, el origen de la Virgen del Monte, radica en esa luz que un día pudieron divisar varios vecinos, entre los que se encontraba el noble Juan de Aza (o de Daza), un relato que en la Santa Misa oficiada este 5 de septiembre en la ermita, recordaba con mucha emoción el sacerdote, al relatar el hallazgo de la imagen.

Esa luz, que una noche de primavera advertía a los vecinos de que algo importante iba a producirse, y por la que estos acudieron hasta el lugar, creyendo que era el resplandor de la lumbre de un pastor que había realizado para combatir el frío, marcará el punto de origen del descubrimiento de la talla, que tras llevar hasta allí a aquellos vecinos, se hallaba oculta entre un montón de piedras, así como cubierta por una tela de lienzo que la protegía.

La devoción hacia la Virgen del Monte, y que ya tenemos documentada desde hace varios siglos atrás, nos demuestra como esta ha estado presente en el día a día de muchos de los peralejeros que han habitado o descienden de esta localidad, especialmente cuando se le invocaba para la protección de epidemias que asolaban el territorio o cuando los campos se encontraban en una situación crítica.

Finalizada la Santa Misa, se realizó uno de los actos más emotivos que los asistentes pudimos presenciar, ya que la cofradía recordó los nombres de los trece miembros fallecidos durante el último ejercicio. Este homenaje ha estado cuidadosamente preparado, pronunciándose el nombre y apellido de cada uno de esos cofrades, entregándose a sus familiares una medalla como recuerdo y muestra de su vínculo con Nuestra Señora la Virgen del Monte.

Un acto muy emotivo, respetuoso y perfectamente organizado, en el que se aprecia como La Peraleja y la Virgen del Monte son elementos inseparables. 

Posteriormente, finalizada la entrega de las medallas, la Virgen volvió a ser sacada en procesión por el lugar, antes de descansar en su interior. Sin lugar a duda, fue una jornada muy bonita, intensa, que pasó demasiado rápida, y en la que tuvimos la fortuna de volver a reencontrarnos con amigos y personas, gracias a los que en su conjunto, jornadas como la de esta subida de la Virgen, hacen que esta festividad sea un día especial en el calendario de todos los peralejeros.

Procesión por la ermita (imagen del autor)

Una devoción que como hemos remarcado en más de una ocasión, ha quedado por escrito entre las mandas de muchos de nuestros antepasados, como solían manifestar cuando decidían donar u ornamentar con objetos el altar o la talla de la imagen, tal y como por ejemplo hizo en el año 1641, la peralejera María Saiz (viuda de Gabriel Vicente), quien dispuso en su testamento la realización de una cortina para el retablo de la Virgen del Monte, o también poco después, en 1652, Magdalena Domínguez, quien legó a la ermita un cuadro de Santa María Magdalena, dejando expresada su voluntad de que este permaneciese allí. La documentación continuaría ofreciendo noticias durante el siglo XVIII. En 1713, Juan Peña Gómez y sus hijos participaron en mejoras del retablo y, en 1738, el presbítero José González destinó dinero para otra cortina de la Virgen.

Estos datos aparentemente modestos, pero de gran valor para la historia local nos recuerdan como la Virgen y su ermita fueron un lugar especial para la gente de La Peraleja, tal y como se refleja en muchas de las disposiciones testamentarias que todavía conservan los protocolos notariales de la población, así como algunas de las mandas que se recogen en los libros de difuntos de la localidad.

Como decimos, el tiempo avanza y las sociedades van cambiando, no obstante, esta devoción hacia la Virgen del Monte, es algo que sigue manteniéndose con más fuerza que nunca, algo de lo que el pueblo de La Peraleja debe siempre sentirse muy orgulloso, puesto que su ermita, su Virgen y su pueblo, son hitos inseparables en esa forma de entender la fe, y que nuestros antepasados fueron transmitiendo de manera ininterrumpida generación tras generación.

Vista de la ermita de Nuestra Señora del Monte desde La Peraleja (imagen del autor)

Desde lo alto de su cerro, la Virgen como reina que domina desde la altura la población, nos recuerda que esta seguirá protegiendo a su pueblo, tal y como siempre lo ha venido haciendo.

Larga vida a nuestras tradiciones y costumbres, y Viva la Virgen del Monte.


David Gómez de Mora

Cronista Oficial de La Peraleja