sábado, 8 de agosto de 2026

El linaje “Alonso de Ojeda”

La historia del apellido Ojeda en el territorio conquense es algo de lo que todavía queda mucho por investigar. Conocemos algunos estudios, como el que hizo en su día Gonzalo Miguel Ojeda (1959) al tratar los orígenes del hidalgo Alonso de Ojeda, o alguno de los artículos del blog de las gentes del Valdemembra, destacando especialmente el presentado por los investigadores Sebastián Hernández de Luján, Juliana y Margarita Toledo Algarra (2018, 11 de noviembre), al indagar la figura del prior Francisco Lucas.

Estas publicaciones ponen de relieve la importancia de este apellido, y sobre el cual nosotros también realizamos una pequeña publicación en diciembre de 2021, tratando algunas cuestiones que aquí sería interesante volver a remarcar, además de ampliar en la línea de lo que comentamos.

Al respecto, en dicho artículo tratamos algunas cuestiones, como la de que creemos, a nuestro juicio, que hay que distinguir entre lo que sería el linaje o apellido “Alonso de Ojeda” respecto de otros “Ojeda”, y que, como ya se aprecia en el caso conquense, están documentados en estas tierras como mínimo ya desde el siglo XV, sin guardar relación aparente con la casa burgalesa.

Otro tema que esbozamos en esa misma publicación fue que tampoco está clara la ascendencia del famoso navegante y conquistador Alonso de Ojeda, con la línea burgalesa. Pues cierto es que, aunque algunas de las ramas descendientes de la casa burgalesa, con el paso de los siglos, recordarán su vínculo parental con él, por ahora todo queda en el campo de la hipótesis, puesto que ni tan siquiera sabemos a ciencia cierta quiénes eran los cuatro abuelos de este histórico personaje.


Heráldica de los Alonso de Ojeda (IA), donde se representa un brazo armado que alcanza con su espada la cabeza de una sierpe alada, así como cinco hojas o panelas a su lado. Este blasón lo identificamos y separamos de forma individual a través de la lectura de un cuartel procedente de una casa señorial de Bentretea (Burgos). En esta vivienda todavía se mantienen las armas en piedra, tradicionalmente en su conjunto atribuidas a la casa de los Ojeda, aunque cabe matizar que en realidad dicho escudo está integrado por tres cuarteles diferentes, uno de los cuales es el que aquí representamos como de los Alonso de Ojeda y empleado también por los Ojeda, así como otro de los dos restantes vinculado con los Bárcena.


Los padres del capitán Alonso de Ojeda

Como bien saben los investigadores que se han dedicado a analizar con detalle los orígenes de este personaje histórico, algunos han visto sus raíces en la ciudad de Cuenca; por ejemplo, Miguel Ojeda (1959, p. 86) ya recogía la conocida referencia y que fue tomada por otros autores de que el capitán Alonso fue hijo de un Hernando de Ojeda y María de Atienza (vecinos de Cuenca por aquellos tiempos), aunque matizando ya en su momento que en ese caso podría tratarse de otro Alonso de Ojeda. No obstante, años más tarde, Louis-André Vigneras, a través de su estudio titulado “Antecedentes familiares de Alonso de Ojeda (1975)”, indicaba que el conquistador era hijo de Rodrigo de Huete.

De ser así, no hubiese sido descabellado que el apellido Ojeda al capitán le pudiera haber recaído por el costado materno o venir de uno de sus cuatro abuelos. No obstante, por lo que atañe a nuestro interés, poco más podemos decir. 

Por otro lado, sobre la figura de Rodrigo de Huete, Manuel de Parada en su bibliografía optense (2018, p. 183) comenta al respecto que “el mismo Rodrigo de Huete, vecino de la Ciudad y vasallo de la Reina, que en 1476 denuncia ante la misma el robo de su ganado por vecinos de Torrejoncillo y de la Parrilla, y criados del comendador Juan de la Panda. Pudiera haber sido el anterior secretario del rey”

Este dato ciertamente podría dar luz a esa vinculación del personaje con Torrejoncillo del Rey y la Alcarria Conquense, aunque seguiría sin precisar que Alonso de Ojeda tenía un origen burgalés. Además, el mismo autor en su obra indica que el cirujano optense Maestre Alonso, que también pasó a América, conoció meses antes a este Alonso de Ojeda (Parada, 2018, p. 396). Un dato curioso, pero que no confirma ningún parentesco entre ambos. Además, como sabemos, la casa de los Alonso optenses era una familia que al menos en una de sus ramas arrastraba un origen converso, estando además habitando la ciudad de Huete como mínimo desde el siglo XV. Por lo que cabe descartar a priori que este Alonso tuviese alguna vinculación con los "Alonso de Ojeda" de Burgos.


Restos de la casa-torre de la familia de los Ojeda y Alonso de Ojeda, presente en la localidad de Ojeda (imagen del autor). A mediados del siglo XX, y hasta años más tarde, a pesar de ya presentar un estado ruinoso, esta construcción todavía mantenía en pie sus tres alturas y parte de su tejado.


Apuntes sobre los “Alonso de Ojeda”

Ya hemos indicado que para nosotros una cosa es el linaje burgalés de los Alonso de Ojeda, y otra cosa la casa de los Ojeda conquenses, a falta de algún dato revelador que nos permita de forma pausible solapar sus genealogías.

Si marchamos hacia las tierras de Burgos, y más concretamente al pequeño enclave de Ojeda, y perteneciente al municipio de Rucandio, veremos que allí ya desde siglos atrás existía una familia que llevaba por apellido Alonso, y que además se halla extendido a través de diferentes ramas alrededor de esa área geográfica, expandiendo de forma bastante amplia un linaje, que en ocasiones resulta imposible el poder unificar con otras casas de idéntico apellido.


Escudo cuartelado en una casa señorial de Bentretea (Burgos). En el cuartel superior apreciamos las armas de los Alonso de Ojeda con el brazo armado del caballero que corta la cabeza de la sierpe alada, así como las cinco hojas o panelas (en alusión a la palabra “ojeda”). En la parte derecha se encuentran los seis bezantes puestos en dos palos de la familia Bárcena (Imagen del autor).

En el caso conquense, supimos por Juliana Toledo la presencia del apellido Ojeda en la localidad de Motilla del Palancar, estando relacionado al mismo tiempo con una casa de hidalgos. No obstante, si trazamos su genealogía, este se desvincula de la línea de la ciudad de Cuenca, donde es sabido que ya existía gente que lo mantenía desde el medievo, llevándonos así hacia las montañas de Ojeda, donde se puede ver de forma sola o compuesto como "Alonso de Ojeda".


Armas de don José Alonso de Ojeda y Martos, descendiente de la casa de Ojeda. Escudo partido: en el primer cuartel, en campo de plata, cinco hojas de hiedra del mismo esmalte. En el segundo, en campo de oro, una cabeza de sierpe cortada de sinople vertiendo sangre (imagen de José Figueroa Alcorta, en wikipedia.org).

Recordemos que los restos de la famosa torre que estos tenían en Ojeda se dice que fueron reparados por el caballero Juan Bautista de Ojeda y Alonso. Ahora bien, otra pregunta que nos debemos preguntar es quiénes eran estos Alonso y cuán importante era su hidalguía en la zona.


Árbol genealógico de los Bárcena procedentes de Bentretea y algunas de las líneas de los Alonso de Ojeda, vecinos de Cantabrana y otras localidades del entorno (elaboración propia). Realizado a través del cruce de las referencias del Archivo de la Real Chancillería de Valladolid (1732, 1736, 1738 y 1755)

Restos del escudo nobiliario que en tiempos adornó el muro frontal, de acuerdo a la información de Gonzalo Miguel Ojeda (1959, p. 85), y que actualmente forma parte de la fachada de una casa en el pueblo de Ojeda.


Los Alonso de la zona del Valle de las Caderechas

Si partimos de estudios como el de la localidad de Tamayo que ha realizado Eduardo Tamayo, queda claro que la presencia de miembros con el apellido Alonso de Ojeda y otras derivaciones del linaje Alonso, ya estaban muy extendidos en el siglo XVI por estas tierras.

Si trazamos la genealogía de algunas de las ramas del apellido Alonso en esta comarca, veremos cómo bastantes se insertan dentro del estado noble, consolidándose como casas de una pequeña nobleza local, que al menos tuvo cierta relevancia en esa región de la que procedían, y en donde debemos enmarcar el caso de los “Alonso de Ojeda”.

Los tratados genealógicos señalan que el apellido Alonso estará esparcido a lo largo de las tierras de Burgos, arraigando en unos orígenes caballerescos, que servirán al mismo tiempo para que se considerara a sus portadores legítimos hidalgos. Esto explicará que en muchos lugares el apellido se enmarcase dentro del estado noble, estando por ello extendida la creencia de que la primera casa que salió de Asturias era la procedente del valle de Valdivieso. 

Así, por ejemplo, el solar que había en la ciudad de Burgos; los tratados indican que procedía de la línea descendiente del condado de la Merindad de Valdivieso, remontándose por ello a los tiempos del avance cristiano en estas tierras. Esto sin duda explicará que veamos diferentes líneas del apellido Alonso con hidalguía reconocida, sin que entre ellas uno pueda establecer nexos genealógicos.

Así, por ejemplo, si consultamos aquellos vecinos que en el año 1651 figuran como hidalgos en la localidad de Bentretea, existen alrededor de unas treinta personas. De estas, algunos apellidos (aproximadamente un 50%) están representados por miembros de la familia Bárcena, Ojeda y diferentes de las ramas del apellido Alonso, las cuales, como sabemos, mantendrán una política matrimonial muy estrecha en diferentes localidades de esta zona.

Lista con algunos de los vecinos del padrón de hidalgos de Bentretea del año 1651 en los que se recoge a integrantes del linaje Alonso, Ojeda y Bárcena (ARCV, 1651, fol. 29):

-Agustín Alonso de Linaje

-Cosme de Bárcena

-Pedro de Bárcena

-Alonso de Prado

-María de Bárcena (viuda)

-Diego de Bárcena (menor)

-Diego de Bárcena Aguado

-Sancho Alonso de Prado

-Roque Alonso de Prado

-Francisco de Ojeda

-Ana Alonso (viuda)

-Juan de Bárcena

-Juan de Ojeda

-Casilda Alonso de Prado (viuda)


Escudo de los Alonso (Bentretea). En este caso puede leerse el nombre de Santos Alonso (Imagen del autor).

Tengamos en cuenta que los Alonso, como las líneas que acompañarán este apellido, serán tenidas como hidalgos en diferentes localidades, de ahí que los Alonso de Prado, Alonso de Linaje, Alonso de Ojeda y otros más integrarán parte de esa nobleza local de esta tierra. 

Muestra de ello es la genealogía que se presenta para caballero de Santiago de Juan Bautista Alonso de Vivero y Alonso de Linaje, y que se recoge en un artículo del blog de Héctor Hernando (2025, 22 de febrero), donde podemos leer que los padres de Juan Bautista fueron Juan Bautista Alonso de Vivero (vecino de Escobados de Abajo) y María Alonso de Linaje (ella de Bentretea), así como sus abuelos (paternos) Bartolomé Alonso de Vivero (hijo a su vez de Bartolomé Alonso de Vivero y María de Barcena) y Casilda Guilarte; y (maternos) Agustín Alonso de Linaje y Francisca Alonso de Prado.


Escudo de los Bárcena en Bentretea (imagen del autor)

Valgan pues estas modestas notas para conocer un poco mejor el nombre que alcanzaron algunas de estas familias en esta zona de la tierra de Burgos, al tiempo que el establecimiento reiterado de políticas matrimoniales entre las casas hidalgas de los Ojeda o Alonso de Ojeda y los Bárcena.

David Gómez de Mora


Fuentes documentales:

Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. (1651). Padrones de vecinos del año 1651 correspondientes a diversos lugares que empiezan por la letra B y forman parte de la antigua provincia de Burgos (Protocolos y Padrones, Caja 122, 2; Código de referencia ES.47186.ARCHV//PROTOCOLOS Y PADRONES, CAJA 122,2). Portal de Archivos Españoles (PARES).

Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. (1732, 29 de febrero). Pleito de Francisco Alonso de Ojeda, vecino de Oña (Burgos) (Sala de Hijosdalgo, Caja 923, 57; Código de referencia ES.47186.ARCHV//SALA DE HIJOSDALGO, CAJA 923,57). Portal de Archivos Españoles (PARES).

Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. (1736, 6 de diciembre). Pleito de José de Bárcena, vecino de Poza de la Sal (Burgos), natural de los lugares de Cantabrana y Bentretea (Burgos) (Sala de Hijosdalgo, Caja 928, 61; Código de referencia ES.47186.ARCHV//SALA DE HIJOSDALGO, CAJA 928,61). Portal de Archivos Españoles (PARES).

Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. (1738, 14 de noviembre). Pleito de Santiago de Bárcena, abogado de la Real Chancillería, vecino de Frías (Burgos), originario de Bentretea (Burgos) (Sala de Hijosdalgo, Caja 1095, 26; Código de referencia ES.47186.ARCHV//SALA DE HIJOSDALGO, CAJA 1095,26). Portal de Archivos Españoles (PARES).

Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. (1755, 16 de febrero). Pleito de Pedro Alonso de Ojeda, vecino de Poza de la Vega (Palencia) (Sala de Hijosdalgo, Caja 955, 36; Código de referencia ES.47186.ARCHV//SALA DE HIJOSDALGO, CAJA 955,36). Portal de Archivos Españoles (PARES).

Wikipedia. Archivo: Ojeda y Martos.jpg [Imagen]. En: https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Ojeda_y_Martos.jpg


Referencias:

Gómez de Mora, D. (2021, 12 de diciembre). Los Ojeda en el territorio conquense. Blog personal de David Gómez de Mora. https://davidgomezdemora.blogspot.com/2021/12/los-ojeda-en-el-territorio-conquense.html

Hernández de Luján, S., Toledo Algarra, J., & Toledo Algarra, M. (2018, 11 de noviembre). Testamento del prior Francisco Lucas. De las gentes del Valdemembra. https://alariberadelvaldemembra.blogspot.com/2018/11/testamento-del-prior-francisco-lucas.html

Hernando Arce, H. (2025, 22 de febrero). El apellido "Alonso de Vivero" en la Molina de Ubierna. Árboles genealógicos: Merindad de Río Ubierna (Burgos). https://genealogiarioubierna.blogspot.com/2025/02/el-apellido-alonso-de-vivero-en-la.html

Miguel Ojeda, G. (1959). El hidalgo Alonso de Ojeda. Boletín Americanista, (2), 83–91.

Parada y Luca de Tena, M. de. (2018). Bibliografía optense. Ayuntamiento de Huete. https://www.huete.org/web/plenos/bibliografia_huete.pdf

Tamayo Aguirre, E. (s. f.). Datos demográficos. Tamayo: Apellido, origen, pueblo. https://www.tamayo.info/index.php?pag=pueblo&cap=1&id=Demografia

Vigneras, L.-A. (1975). Antecedentes familiares de Alonso de Ojeda. Revista de Indias, 35(139–142), 13–16.

Notas sobre eremitorios y otros elementos de la arquitectura rupestre en el territorio optense. Una visión personal

La abundancia de eremitorios y elementos de arquitectura rupestre en la tierra de Huete y sus alrededores, es importante tenerla en cuenta si se desea interpretar el contexto histórico de esta área geográfica, durante lo que fue el periodo alto medieval.

Para conocer esa forma de vida y sociedad del momento, creemos que es necesario tener presentes otros enclaves del territorio peninsular, en los que se aprecian similitudes, y que, dejando a un lado su lejanía o singularidades, manifiestan bastantes elementos en común que nos recuerdan algunos paralelismos.

Cierto es que resulta muy complejo el poder atribuir cronologías y explicaciones precisas a muchos de estos elementos, teniéndose en cuenta la pobre documentación y sencillez en la forma de vida de dichas comunidades.

Si marchamos hacia tierras ubicadas hacia el norte del territorio conquense, apreciaremos múltiples espacios de estas características, que en algunos casos se interpretan como eremitorios habitados por personas que llevan una vida apartada de la sociedad, así como en otros casos de comunidades con un contacto más estrecho, alrededor de una zona donde veremos pobladores mozárabes de modo ininterrumpido.

Los eremitorios se entienden en muchas ocasiones como espacios excavados o esculpidos sobre el relieve, con más aspecto de refugio que de un templo, y en los que personas encontraban en sus entrañas un lugar de oración y acogimiento que les permitía aislarse físicamente, profundizando en esa espiritualidad indispensable para el desarrollo de este estilo de vida.

Veremos muchas veces cómo en este tipo de lugares, a simple vista, se puede interpretar la presencia de algunos de los habitáculos que tenían esas comunidades eremíticas, tales como el presbiterio o la sacristía, así como la abertura de zonas concretas en la roca, que permiten que en momentos determinados del año el Sol pueda iluminar hasta una parte determinada de ese lugar.

Ahora bien, es obvio imaginar que este tipo de enclaves podrían ir sufriendo diferentes usos (dependiendo del periodo histórico en el que nos movamos). Y es que no era lo mismo la práctica eremítica que un religioso podría llevar durante el siglo VII que, por ejemplo, en los tiempos de la ocupación musulmana durante los siglos VIII-IX, o una centuria más tarde, siempre dependiendo del contexto religioso y político del lugar en el que se encontrara asentado.

Para nosotros en el caso del territorio conquense, ya hemos comentado que la utilidad y aprovechamiento de este tipo de lugares, va más allá del periodo visigodo, extendiéndose de pleno durante lo que es toda la alta edad media, hasta incluso la Reconquista, permitiendo por ello la permanencia de pobladores que ya englobariamos en este caso dentro de las comunidades mozárabes.

Esto consideramos que es importante tenerlo en cuenta, así como de la misma forma, la dificultad que conlleva atribuir cronologías a las diferentes tipologías de cuevas como tumbas excavadas sobre la roca que veremos en este tipo de lugares.

Por ejemplo, la presencia de tumbas de menor tamaño que se asocian con niños y, por tanto, como comunidades de familias dentro de esos espacios que al mismo tiempo definimos como un eremitorio, son un claro ejemplo de la dificultad que nos permite atribuir usos variopintos o su evolución funcional con el transcurso del tiempo.

Ya comentamos en nuestro estudio sobre las comunidades mozárabes que pudieron haber habitando las tierras de Huete desde el siglo VIII hasta la instalación definitiva de los cristianos con la Reconquista en el siglo XII, que algunos de esos eremitorios podrían haber sido aprovechados, sufriendo por ello diferentes usos con el transcurso del tiempo. Algunos se reutilizarían con el paso de los siglos, llegando incluso a servir como cuevas de almacenamiento o incluso refugio para pastores hasta el siglo XX, lo que complicará más si cabe interpretar su historia.

Desconocemos de la misma forma buena parte de esas advocaciones que por aquellas fechas pudieron alcanzar cierta fama entre aquellos grupos de personas, así como cuáles conseguirían sobrevivir o mantenerse con el transcurso de los siglos una vez que la situación política y religiosa volviese a la normalidad. Pues creemos que la existencia de un determinado santoral o afinidad por algunas advocaciones, es obvio de imaginar entre las comunidades mozárabes.

Esto dará pie a un amplio abanico de interpretaciones sobre el fenómeno eremítico y las comunidades que orbitaban a sus alrededores. Ejemplo de ello lo apreciamos en tierras burgalesas, en lo que se denomina como las cuevas de los portugueses de Trespaderne, las cuales se han datado entre los siglos VIII-X, pero que por un lado se cree que han sido aprovechadas por comunidades ganaderas, mientras que otras interpretaciones nos hablan de celdas para una comunidad en las que vivían como eremitas.

Imagen generada por IA

Por nuestra parte, pensamos que este tipo de fenómenos, eran más habituales de lo que nos podríamos imaginar, pues la combinación de ambos usos en momentos diferentes es algo pausible (o incluso convergiendo), puesto que, como apreciaremos en algunos espacios de los existentes en la tierra de Cuenca, esos eremitorios ofrecen pequeños habitáculos que nos recuerdan a las celdas donde podían permanecer aislados los eremitas, al tiempo que una mayor amplitud en este tipo de habitaciones, incentiva a plantear la hipótesis de que estamos ante zonas para un uso de residencia familiar, probablemente aprovechadas por comunidades marginales que preferían estar a buen resguardo. Este tipo de planteamientos multifuncionales con el transcurso del tiempo por las poblaciones mozárabes es, sin duda, una de esas posibilidades que nunca debe desecharse.

Sobre la cronología de los diferentes eremitorios y zonas de arquitectura rupestre que hay en el área de la geografía optense, siempre se ha tendido a generalizar que la mayoría de estos enclaves tienen su origen en la influencia de la fundación servitana de San Donato en estas tierras. No cabe ninguna duda de que esto es evidente que tuvo que influir en la génesis de muchos de ellos, explicando a lo largo de un perímetro amplio, una explosión de este movimiento en esta área desde la segunda mitad del siglo VI.

Ahora bien, la cuestión que hay que plantearse, es si esto únicamente se presenta como algo temporal que llega hasta principios del siglo VIII para inmediatamente desaparecer, o es un fenómeno que con sus particularidades se va consolidando con el transcurso del tiempo, así como mutando de acorde a las necesidades y vicisitudes de los siglos venideros.

Nosotros, como ya hemos comentado en más de una ocasión, creemos que algunos de esos espacios seguirían usándose al tiempo que irían desapareciendo otros. Esto explicaría la presencia de bolsas de poblaciones mozárabes en esta zona del territorio conquense, las cuales jugarán un rol fundamental, estando al mismo tiempo conectadas y evolucionando, puesto que a nuestro juicio, no siempre cuando veamos un elemento de arquitectura rupestre, ese debe entenderse como un foco de aislamiento para uno o varios de aquellos eremitas que había en estas tierras, y que súbitamente durante el transcurso de la primera mitad del siglo VIII acabó desvaneciéndose.

El reaprovechamiento de estos espacios por comunidades o familias, que a la vez que explotaban el medio, no renunciaban a su uso y práctica religiosa, creemos como hipótesis que motivará a que alrededor de algunos de aquellos espacios monásticos se articulara una red de poblados, con pocos recursos, pero no por ello inexistentes, y que mantenían unidos a este tipo de grupos poblacionales en áreas marginales.

Al mismo tiempo, las noticias y difusión del culto que se producía en diferentes espacios de la península a mártires cristianos que pasaban a ser santificados, eran cuestiones que pensamos que influirían en el credo de esas sociedades, que en el caso de las poblaciones mozárabes, muchas veces se interpretarían como un referente en el que apoyar su fe y convicciones.

Una característica que hemos apreciado tanto en el caso conquense como en el de tierras más al norte, es la semblanza del material geológico en el que este tipo de espacios han sido creados, debido a la facilidad y maleabilidad que presentaba para aquellas personas el trabajar este tipo de zonas rocosas.

La presencia y cantidad de tumbas alrededor de estos enclaves, será también otro de los aspectos a tenerse en cuenta cuando hablamos de la presión humana del lugar, así como la cercanía de fuentes o reservorios hídricos que de manera regular sirvieron para ofrecer una supervivencia mínima a sus habitantes.

Respecto a las tumbas que se situaban en los alrededores de los eremitorios o poblados, sigue habiendo discusión en cuanto a la cronología que se les podría atribuir. Sabemos que estas en su momento estaban cubiertas con losas que protegían el cuerpo del difunto.

Aquellos cadáveres, previamente, se envolverían en sudarios, en los que, encajando su cuerpo en la forma excavada de la roca, bien colocando sus brazos cruzados sobre el pecho o estirados en los lados, y dejando el cuerpo acostado boca hacia arriba, esperaban la llegada del Juicio Final.

Esto nos lleva a pensar, además del contexto político-social que veremos especialmente a partir del siglo VIII, que aquel pensamiento influiría en la escasez de bienes y, por tanto, en la precariedad con la que vivían esas comunidades cristianas.

Y es que, dependiendo de la época en la que nos encontremos, las poblaciones mozárabes de estas tierras, ante la presión fiscal a la que estaban sometidas, habrán de reunir cantidades de dinero, con las que hacer frente a los pagos exigidos, u optar por una práctica criptocristiana, en el caso de no aceptar una conversión.

Por otra parte, la situación que en muchas de esas familias mozárabes se viviría (especialmente entre los siglos X y XI), respecto a la venida de Cristo y consiguiente Juicio Final, creemos que tuvo que influir en la percepción sobre la vida que tendrían muchas de esas personas, pues seguramente no pocas de estas estarían pensando en que el fin de los días estaba al caer. 

Esta mentalidad podría ayudarnos a plantear diferentes cuestiones, como la de la aceptación y normalización  de un escenario religioso, social y político adverso, que reforzaba sus creencias, y que al mismo tiempo, ayudaba a que muchas de esas comunidades, tanto de personas como de religiosos, se mantuvieran en ese territorio a pesar de la adversidad, entendiendo ello como una prueba más antes de la venida de Cristo.

Y es que en el medievo, la cercanía al siglo XI pudo haber hecho emerger muchos de esas corrientes de pensamiento en este tipo de comunidades, a través de esa idea extendida del milenarismo, y que, a pesar de no ser un elemento generalizado, fue aceptado por muchos religiosos como comunidades de personas. Ejemplo de ello se aprecia en la visión que nos ofrecerá el Beato de Liébana, trasladándose con el tiempo entre una parte de esa sociedad que aquí estamos describiendo.

Esto puede que incluso propiciara que algunas de aquellas personas entendieran el martirio o las problemáticas surgidas antes de la llegada del Juicio como un paso más para así conseguir su ansiada salvación. Al mismo tiempo, esto explicaría el modus vivendi de esas comunidades rurales que sobrevivían con lo justo, sin ningún tipo de lujos, más allá de lo indispensable para afrontar su día a día.

Creemos que esa mentalidad apocalíptica tuvo que ser un factor a tener en cuenta en algunas de esas comunidades que habitaban esta tierra, especialmente en momentos críticos, donde la esperanza escatológica fue fundamental en este tipo de socideades rurales.

David Gómez de Mora