sábado, 8 de agosto de 2026

Notas sobre eremitorios y otros elementos de la arquitectura rupestre en el territorio optense. Una visión personal

La abundancia de eremitorios y elementos de arquitectura rupestre en la tierra de Huete y sus alrededores, es importante tenerla en cuenta si se desea interpretar el contexto histórico de esta área geográfica, durante lo que fue el periodo alto medieval.

Para conocer esa forma de vida y sociedad del momento, creemos que es necesario tener presentes otros enclaves del territorio peninsular, en los que se aprecian similitudes, y que, dejando a un lado su lejanía o singularidades, manifiestan bastantes elementos en común que nos recuerdan algunos paralelismos.

Cierto es que resulta muy complejo el poder atribuir cronologías y explicaciones precisas a muchos de estos elementos, teniéndose en cuenta la pobre documentación y sencillez en la forma de vida de dichas comunidades.

Si marchamos hacia tierras ubicadas hacia el norte del territorio conquense, apreciaremos múltiples espacios de estas características, que en algunos casos se interpretan como eremitorios habitados por personas que llevan una vida apartada de la sociedad, así como en otros casos de comunidades con un contacto más estrecho, alrededor de una zona donde veremos pobladores mozárabes de modo ininterrumpido.

Los eremitorios se entienden en muchas ocasiones como espacios excavados o esculpidos sobre el relieve, con más aspecto de refugio que de un templo, y en los que personas encontraban en sus entrañas un lugar de oración y acogimiento que les permitía aislarse físicamente, profundizando en esa espiritualidad indispensable para el desarrollo de este estilo de vida.

Veremos muchas veces cómo en este tipo de lugares, a simple vista, se puede interpretar la presencia de algunos de los habitáculos que tenían esas comunidades eremíticas, tales como el presbiterio o la sacristía, así como la abertura de zonas concretas en la roca, que permiten que en momentos determinados del año el Sol pueda iluminar hasta una parte determinada de ese lugar.

Ahora bien, es obvio imaginar que este tipo de enclaves podrían ir sufriendo diferentes usos (dependiendo del periodo histórico en el que nos movamos). Y es que no era lo mismo la práctica eremítica que un religioso podría llevar durante el siglo VII que, por ejemplo, en los tiempos de la ocupación musulmana durante los siglos VIII-IX, o una centuria más tarde, siempre dependiendo del contexto religioso y político del lugar en el que se encontrara asentado.

Para nosotros en el caso del territorio conquense, ya hemos comentado que la utilidad y aprovechamiento de este tipo de lugares, va más allá del periodo visigodo, extendiéndose de pleno durante lo que es toda la alta edad media, hasta incluso la Reconquista, permitiendo por ello la permanencia de pobladores que ya englobariamos en este caso dentro de las comunidades mozárabes.

Esto consideramos que es importante tenerlo en cuenta, así como de la misma forma, la dificultad que conlleva atribuir cronologías a las diferentes tipologías de cuevas como tumbas excavadas sobre la roca que veremos en este tipo de lugares.

Por ejemplo, la presencia de tumbas de menor tamaño que se asocian con niños y, por tanto, como comunidades de familias dentro de esos espacios que al mismo tiempo definimos como un eremitorio, son un claro ejemplo de la dificultad que nos permite atribuir usos variopintos o su evolución funcional con el transcurso del tiempo.

Ya comentamos en nuestro estudio sobre las comunidades mozárabes que pudieron haber habitando las tierras de Huete desde el siglo VIII hasta la instalación definitiva de los cristianos con la Reconquista en el siglo XII, que algunos de esos eremitorios podrían haber sido aprovechados, sufriendo por ello diferentes usos con el transcurso del tiempo. Algunos se reutilizarían con el paso de los siglos, llegando incluso a servir como cuevas de almacenamiento o incluso refugio para pastores hasta el siglo XX, lo que complicará más si cabe interpretar su historia.

Desconocemos de la misma forma buena parte de esas advocaciones que por aquellas fechas pudieron alcanzar cierta fama entre aquellos grupos de personas, así como cuáles conseguirían sobrevivir o mantenerse con el transcurso de los siglos una vez que la situación política y religiosa volviese a la normalidad. Pues creemos que la existencia de un determinado santoral o afinidad por algunas advocaciones, es obvio de imaginar entre las comunidades mozárabes.

Esto dará pie a un amplio abanico de interpretaciones sobre el fenómeno eremítico y las comunidades que orbitaban a sus alrededores. Ejemplo de ello lo apreciamos en tierras burgalesas, en lo que se denomina como las cuevas de los portugueses de Trespaderne, las cuales se han datado entre los siglos VIII-X, pero que por un lado se cree que han sido aprovechadas por comunidades ganaderas, mientras que otras interpretaciones nos hablan de celdas para una comunidad en las que vivían como eremitas.

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Por nuestra parte, pensamos que este tipo de fenómenos, eran más habituales de lo que nos podríamos imaginar, pues la combinación de ambos usos en momentos diferentes es algo pausible (o incluso convergiendo), puesto que, como apreciaremos en algunos espacios de los existentes en la tierra de Cuenca, esos eremitorios ofrecen pequeños habitáculos que nos recuerdan a las celdas donde podían permanecer aislados los eremitas, al tiempo que una mayor amplitud en este tipo de habitaciones, incentiva a plantear la hipótesis de que estamos ante zonas para un uso de residencia familiar, probablemente aprovechadas por comunidades marginales que preferían estar a buen resguardo. Este tipo de planteamientos multifuncionales con el transcurso del tiempo por las poblaciones mozárabes es, sin duda, una de esas posibilidades que nunca debe desecharse.

Sobre la cronología de los diferentes eremitorios y zonas de arquitectura rupestre que hay en el área de la geografía optense, siempre se ha tendido a generalizar que la mayoría de estos enclaves tienen su origen en la influencia de la fundación servitana de San Donato en estas tierras. No cabe ninguna duda de que esto es evidente que tuvo que influir en la génesis de muchos de ellos, explicando a lo largo de un perímetro amplio, una explosión de este movimiento en esta área desde la segunda mitad del siglo VI.

Ahora bien, la cuestión que hay que plantearse, es si esto únicamente se presenta como algo temporal que llega hasta principios del siglo VIII para inmediatamente desaparecer, o es un fenómeno que con sus particularidades se va consolidando con el transcurso del tiempo, así como mutando de acorde a las necesidades y vicisitudes de los siglos venideros.

Nosotros, como ya hemos comentado en más de una ocasión, creemos que algunos de esos espacios seguirían usándose al tiempo que irían desapareciendo otros. Esto explicaría la presencia de bolsas de poblaciones mozárabes en esta zona del territorio conquense, las cuales jugarán un rol fundamental, estando al mismo tiempo conectadas y evolucionando, puesto que a nuestro juicio, no siempre cuando veamos un elemento de arquitectura rupestre, ese debe entenderse como un foco de aislamiento para uno o varios de aquellos eremitas que había en estas tierras, y que súbitamente durante el transcurso de la primera mitad del siglo VIII acabó desvaneciéndose.

El reaprovechamiento de estos espacios por comunidades o familias, que a la vez que explotaban el medio, no renunciaban a su uso y práctica religiosa, creemos como hipótesis que motivará a que alrededor de algunos de aquellos espacios monásticos se articulara una red de poblados, con pocos recursos, pero no por ello inexistentes, y que mantenían unidos a este tipo de grupos poblacionales en áreas marginales.

Al mismo tiempo, las noticias y difusión del culto que se producía en diferentes espacios de la península a mártires cristianos que pasaban a ser santificados, eran cuestiones que pensamos que influirían en el credo de esas sociedades, que en el caso de las poblaciones mozárabes, muchas veces se interpretarían como un referente en el que apoyar su fe y convicciones.

Una característica que hemos apreciado tanto en el caso conquense como en el de tierras más al norte, es la semblanza del material geológico en el que este tipo de espacios han sido creados, debido a la facilidad y maleabilidad que presentaba para aquellas personas el trabajar este tipo de zonas rocosas.

La presencia y cantidad de tumbas alrededor de estos enclaves, será también otro de los aspectos a tenerse en cuenta cuando hablamos de la presión humana del lugar, así como la cercanía de fuentes o reservorios hídricos que de manera regular sirvieron para ofrecer una supervivencia mínima a sus habitantes.

Respecto a las tumbas que se situaban en los alrededores de los eremitorios o poblados, sigue habiendo discusión en cuanto a la cronología que se les podría atribuir. Sabemos que estas en su momento estaban cubiertas con losas que protegían el cuerpo del difunto.

Aquellos cadáveres, previamente, se envolverían en sudarios, en los que, encajando su cuerpo en la forma excavada de la roca, bien colocando sus brazos cruzados sobre el pecho o estirados en los lados, y dejando el cuerpo acostado boca hacia arriba, esperaban la llegada del Juicio Final.

Esto nos lleva a pensar, además del contexto político-social que veremos especialmente a partir del siglo VIII, que aquel pensamiento influiría en la escasez de bienes y, por tanto, en la precariedad con la que vivían esas comunidades cristianas.

Y es que, dependiendo de la época en la que nos encontremos, las poblaciones mozárabes de estas tierras, ante la presión fiscal a la que estaban sometidas, habrán de reunir cantidades de dinero, con las que hacer frente a los pagos exigidos, u optar por una práctica criptocristiana, en el caso de no aceptar una conversión.

Por otra parte, la situación que en muchas de esas familias mozárabes se viviría (especialmente entre los siglos X y XI), respecto a la venida de Cristo y consiguiente Juicio Final, creemos que tuvo que influir en la percepción sobre la vida que tendrían muchas de esas personas, pues seguramente no pocas de estas estarían pensando en que el fin de los días estaba al caer. 

Esta mentalidad podría ayudarnos a plantear diferentes cuestiones, como la de la aceptación y normalización  de un escenario religioso, social y político adverso, que reforzaba sus creencias, y que al mismo tiempo, ayudaba a que muchas de esas comunidades, tanto de personas como de religiosos, se mantuvieran en ese territorio a pesar de la adversidad, entendiendo ello como una prueba más antes de la venida de Cristo.

Y es que en el medievo, la cercanía al siglo XI pudo haber hecho emerger muchos de esas corrientes de pensamiento en este tipo de comunidades, a través de esa idea extendida del milenarismo, y que, a pesar de no ser un elemento generalizado, fue aceptado por muchos religiosos como comunidades de personas. Ejemplo de ello se aprecia en la visión que nos ofrecerá el Beato de Liébana, trasladándose con el tiempo entre una parte de esa sociedad que aquí estamos describiendo.

Esto puede que incluso propiciara que algunas de aquellas personas entendieran el martirio o las problemáticas surgidas antes de la llegada del Juicio como un paso más para así conseguir su ansiada salvación. Al mismo tiempo, esto explicaría el modus vivendi de esas comunidades rurales que sobrevivían con lo justo, sin ningún tipo de lujos, más allá de lo indispensable para afrontar su día a día.

Creemos que esa mentalidad apocalíptica tuvo que ser un factor a tener en cuenta en algunas de esas comunidades que habitaban esta tierra, especialmente en momentos críticos, donde la esperanza escatológica fue fundamental en este tipo de socideades rurales.

David Gómez de Mora