viernes, 6 de marzo de 2026

La devoción a la Virgen de la Paz en las tierras cercanas a Huete

La tradición recuerda que el origen de esta devoción mariana se remonta al medievo, más concretamente al siglo VII, cuando se cuenta que tras finalizarse el IX Concilio de Toledo, el arzobispo Ildefonso, alrededor de las tres de la noche, al entrar en la Catedral fue sorprendido por un fuerte resplandor, justo cuando vio a la Santísima Virgen descendiendo desde el cielo, hasta que ésta se sentó en la silla episcopal, entregándole una casulla. A raíz de este milagro, la Iglesia toledana decretó que cada 24 de enero (ya que el arzobispo Ildefonso falleció el 23 de enero de 667) se celebrase el descenso de la Virgen María en dicho templo.

El nombre de Nuestra Señora de la Paz se le concede a finales del siglo XI, aunque su veneración comenzó a extenderse centurias más tarde por el territorio conquense, así como en otros muchos puntos de la Península.

Al respecto conocidos son los milagros en los que se asocia su intervención, como ocurrió en el caso de la ciudad de Ronda, en la que protegió a la localidad. En otros municipios también emergerá esa devoción, asociándose con la solución de disputas y desaparición de tensiones como conflictos, en los que se consideró que la Virgen había obrado.

En el caso conquense, desconocemos cuándo comenzará a extenderse su veneración en algunas de las localidades del territorio cercano a Huete, donde desde hace varias centurias se tiene constancia de su arraigo en el devocionario local. No obstante, creemos que es entre los siglos XVI-XVII, cuando esta comenzará a cobrar fuerza en algunas localidades.

Veremos que a día de hoy siguen existiendo templos dedicados a la misma, siendo por ejemplo el caso de Cañaveruelas y Tinajas. En Cañaveruelas, su templo parroquial está dedicado a la Virgen de la Paz, ocupando por ello su imagen el centro del altar mayor, y siendo su festividad antaño uno de los momentos más importantes para los habitantes de dicho lugar.


Altar mayor de Nuestra Señora de la Paz de Cañaveruelas (imagen del autor)

Nuestra Señora de la Paz de Cañaveruelas (imagen del autor)


Altar mayor de Saceda del Río (imagen del autor)

Nuestra Señora de la Paz de Saceda del Río (imagen del autor)

Respecto a Saceda del Río, veremos también la importancia que adquirió a lo largo del tiempo la Virgen de la Paz, cuya devoción tenemos documentada durante varios siglos de historia, existiendo tiempo atrás una antigua capilla en el barrio de La Solana.


David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Saceda del Río

Breves apuntes sobre el lobo en las tierras de Cuenca entre finales del siglo XVIII y mediados del siglos XX

Hace unas semanas tuve la fortuna de poder hablar con Emilio Guadalajara, un gran conocedor de la tierra conquense, quien pudo ilustrarme sobre diferentes cuestiones relacionadas con el día a día que antaño afrontaban muchos de nuestros antepasados. Precisamente, uno de los temas que tocamos fue la presencia del lobo. Un tema sin duda apasionante, y sobre el que nuestro erudito pudo aportarnos algunos datos que aquí quisiera reflejar.

Emilio en un artículo publicado en la revista Mansiegona (2023)¹ bajo el título “De lobos”, comenta cómo a finales del siglo XVIII se produjeron algunas batidas de lobos alrededor de la ciudad de Cuenca junto a cinco leguas de su contorno, en las que se cazaron un total de 4 lobos grandes, otras tantas lobas, además de 130 lobeznos, entre los cuales la mayor parte eran hembras.

De nuevo Emilio Guadalajara (2023) en el mismo artículo indica que entre el 1 de octubre de 1824 y el 17 de mayo de 1825, con los ganados ya instalados en los cuarteles de invierno, la cuadrilla ganadera de la Mesta encargada de correr con los costes por la caza de animales dañinos para el ganado, gastó 9350 reales para premiar la caza de 18 lobos, 8 lobas, 85 lobeznos, así como 133 zorros y zorras. Tenemos constancia de cómo los lobos siguen siendo vistos durante la segunda mitad del siglo XIX por las tierras conquenses, tal y como se recoge en diferentes municipios de la obra del Diccionario de Madoz², así como décadas más tarde, ya entrados los primeros años del siglo XX, cuando todavía este animal seguía siendo una realidad en algunos lugares, aunque ciertamente, con una población muy diezmada respecto a dos centurias atrás.

Un testimonio nos contaba cómo un antepasado suyo residente en la localidad de Valdemeca (y que vivió durante la segunda mitad del siglo XIX), siempre que salía del pueblo, se pertrechaba de una navaja bandolera y la cargaba en las alforjas de su macho para así tenerla cerca ante la posibilidad de tener que defenderse. Estas armas estaban diseñadas para repeler posibles ataques de animales, al tiempo que servían como cuchillo de remate para piezas de caza mayor, así como para intimidar ante un intento de atraco por parte de algún asaltante. Este tipo de armas pueden llegar perfectamente a tener una hoja de 35-50 centímetros, así como cuando se encuentra abierta una longitud de más de 60-70 centímetros.

A medida que entramos en el siglo XX, los lobos comenzaron a desaparecer. Las ordenanzas y las retribuciones que se aplicaban por su caza eran conocidas, y esto obviamente repercutió severamente en la población de este animal, hasta el punto de que en los años veinte y treinta de aquella centuria el lobo había desaparecido en una parte importante de los lugares de esta provincia.

El último ejemplar que se cazó en la provincia fue en la localidad de Garaballa. En una nota de prensa del año 1953, fechada a finales de aquel año, se indica el siguiente titular: “El día de Navidad fué capturado un lobo que había matado más de 5.000 reses”. En el texto se comenta que el día de Navidad fue abatido un ejemplar que merodeaba por esos contornos desde el año 1949³.

Zona de monte en Garaballa (Fuente: Google Maps)

A tenor de la noticia, las zonas afectadas durante aquel periodo de cuatro años fueron las localidades de San Martín de Boniches, Campillos-Paravientos, Villar del Humo, Víllora, Narboneta y Talayuelas. El lobo tras ser cazado fue exhibido, y según relata la noticia, este tenía un peso de 45 kilos, es decir, un tamaño superior a la media.


David Gómez de Mora

Notas:

1Guadalajara Guadalajara, E. (2023). De lobos. Mansiegona, (17), 7.

2Gómez de Mora, D. (2025). El lobo alrededor del territorio          

https://davidgomezdemora.blogspot.com/2025/03/el-lobo-alrededor-del-territorio.html

3C. C. C. (1953, 31 de diciembre). El día de Navidad fue capturado un lobo que había matado más de 5.000 reses. Ofensiva: Bisemanario Nacional-Sindicalista, p. 5.

La historia del conejo en la Isla de Nueva Tabarca

La historia del conejo en la Isla de Nueva Tabarca arrastra un pasado que nos remonta como mínimo a varios siglos atrás, cuando ya se documenta la presencia de esta especie en el lugar. Así pues, a principios del siglo XVII, el cronista Escolano comenta que esta isla “convida a los amigos de caza de conejos, pasen a ella en barcos, por los muchos que engendra y por ser tan tratable y llana”

Vistas de la Isla de Tabarca (imagen del autor)

Cabe recordar que por aquel entonces los Duques de Maqueda explotaban el lugar como una zona de uso cinegético, de ahí que Vicente Bendicho indique que durante dos días de caza por parte del Duque, aquel llegó a obtener un total de 150 presas, por la mucha y abundante caza que hay de conejos, que se ha visto en dos días cazar los lebreles”.

La caza con lebreles era una actividad muy propia de la aristocracia, debido al estatus con el que se asociaba esta modalidad. Una actividad de prestigio, en la que muchas veces no se solían gastar armas, razón por la que los perros eran los protagonistas de aquellas jornadas, puesto que se encargaban de buscar e intentar alcanzar la presa.

Podemos suponer que en este lugar se dejaba que criaran los conejos, por lo que habría cantidades abundantes, de ahí que en más de una ocasión desembarcaran personas en búsqueda de este mismo recurso, tal y como ya comenta Escolano. Nada extraño si tenemos en cuenta que se trataba de un lugar alejado varios kilómetros de la costa, además de hallarse en esos momentos deshabitado y sin ningún tipo de control. No olvidemos que además este espacio se posicionaba en un entorno muy peligroso, pues las incursiones de piratas berberiscos por nuestras costas por aquellas fechas todavía eran una realidad. 

Vistas de la Isla de Tabarca (imagen del autor)

Esto por ejemplo se refleja en esa misma cacería que hemos mencionado, cuando el Duque al perder uno de sus perros (y al cual tenía mucho aprecio), mandó un total de 24 hombres para que se encargasen de buscarlo, intentando ser estos abordados por una fragata pirata.

Vistas de la Isla de Tabarca (imagen del autor)

Entendemos que a pesar de las limitaciones que había en la isla, con el tiempo en este espacio se irían introduciendo conejos, al tiempo que su población se iría regulando. Así pues, no es extraño pensar que un espacio como este pudiese mantener una densidad de hasta 15-30 individuos por hectárea en momentos de abundancia.

Vistas de la Isla de Tabarca (imagen del autor)

En el siglo XIX, en un informe que fecha del año 1855, realizado por Tomás de Enguídanos, y que Pérez Burgos (2016, p. 406) cita en su trabajo sobre la Isla de Tabarca, comprobamos cómo la presencia de este animal era una realidad, al indicarse que “los arbustos no crecen y solo la miserable yerba que produce sirve de pasto a los conejos”. 

Vistas de la Isla de Tabarca (imagen del autor)

Tiempo después la especie veremos que desaparecería, aunque esto no evitaría que se volviese a introducir. Por ello, en el siglo XX, su presencia en determinados momentos fue duradera. Así pues, González Arpide (2012, p. 151) indica que en Semana Santa “había una procesión, con la imagen de la Virgen del Rosario sacada en andas por las calles principales. Más tarde, en la Plaza Grande, se colgaban unos conejos vivos a los que se les tiraban piedras y aquel que acertase se llevaba uno”. Cierto es que en las casas se criaban conejos, además de otros animales de corral, lo que también ayudaba a que la especie no desapareciese de la isla en mucho tiempo.

En la tesis de Pérez Burgos (2016, p. 73) podemos leer cuando se refiere al islote de La Galera que este “en su momento albergó una colonia de conejos”. González Arpide (1980, p. 163) comenta que “existió una reintroducción de una pareja de conejos hacia 1945. Cinco años después la isla estaba ya saturada de conejos que comenzaban a destruir la escasa cobertura vegetal, esto dió lugar a una caza sistemática que dió como resultado que diez años más tarde el conejo hubiese desaparecido por completo una vez más”. Sobre la forma de cazarlo, González Arpide (1980, p. 164) indica que antes de que desapareciese su población, la caza del conejo se efectuaba por gente del lugar empleando escopetas de cartuchos de dos cañones. La técnica empleada para su búsqueda era la denominada como “rastreo” (González Arpide, 1980, p. 165), motivo por el que los cazadores buscaban heces frescas que indicaran que el animal no se encontraba muy lejos del lugar.

Islote de La Galera (imagen del autor)

Todavía a principios de los años setenta quedaban conejos en la isla, un dato que queda atestiguado en el reportaje “Tabarca, una isla en invierno (1971)”, donde se comenta que los niños los sábados cuando no había clases, acudían hasta el campo en busca de conejos. Sería escaso tiempo después cuando los conejos volverían a desaparecer, puesto que a principios de los años ochenta del siglo XX, González Arpide indica que “el conejo que se introdujo se extinguió hace unos cuantos años” (González Arpide, 1980, p. 21), por lo que si tenemos en cuenta que en 1971 todavía existían, fue durante ese escaso intervalo de años hasta principios de los ochenta, cuando este desaparecería de la isla.


Niños buscando conejos en Tabarca.
(Fuente “Tabarca, una isla en invierno (1971)”)

Hoy el conejo vuelve a verse todavía por la isla, esto se debe a que años más tarde de su desaparición en la década de los setenta, la especie volvería a aparecer, no obstante su representación es escasa, estando además prohibida su caza, ya que la isla se enmarca dentro de la Reserva Marina que protege tanto el espacio terrestre como marítimo de este precioso lugar.


David Gómez de Mora


Referencias:

Bendicho, V. (1640). Crónica de Alicante.

Escolano, G. (1610–1611). Década primera de la historia de la insigne y coronada ciudad y Reyno de Valencia.

González Arpide, J. L. (1980). Los tabarquinos: Estudio antropológico de una comunidad en vías de desaparición (Tesis doctoral Universidad Complutense de Madrid)

González Arpide, J. L. (2012). Costumbres antiguas de Tabarca. Canelobre, 60, 150–161.

Pérez Burgos, J. M. (2016). Nueva Tabarca, patrimonio integral en el horizonte máximo (Tesis doctoral Universitat d'Alacant)

Tabarca, una isla en invierno. (1971). (Cortometraje). YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=2YsZtug6obI&t=38s


El lobo siglos atrás en la Serra del Quarter y sus alrededores

Todavía podemos ver ejemplos en buena parte del territorio valenciano de referencias de esa toponimia lupina, que nos remonta a una época en la que la presencia del lobo ibérico era una realidad. En escala histórica, esto ciertamente no es mucho, ya que la presencia de este animal, en lo que respecta al área de la Serra del Quarter y sus alrededores, fue algo conocido hasta hace poco más de un siglo.

La franja montañosa de las comarcas de L'Alcoià y L'Alacantí son el testimonio de una toponimia que recuerda la presencia del lobo a lo largo de la zona, tal y como se aprecia en el caso de las localidades de Ibi, Tibi o Xixona, además de otras que en un futuro podríamos tratar.

La Serra del Quarter presentó masas de vegetación natural en siglos pasados, compuestas por pinos, encinas, además de la disponibilidad de barrancos, junto con zonas geomorfológicamente favorables para el refugio de esta criatura, ya que en ellas encontraba buena parte de su alimentación, especialmente a través de venados, conejos y otras especies que lo convirtieron en el mayor depredador del lugar durante mucho tiempo.

Paisaje de la Serra del Quarter (imagen del autor)

Esta zona, al ser un área poco poblada y con presencia de explotaciones ganaderas, ayudó a que los lobos dispusieran de una alternativa alimenticia, además de contar con un corredor natural. En Ibi, por ejemplo, apreciamos la designación de varios topónimos vinculados con el lobo (algunos más recientes en el tiempo), pero no por ello menos importantes. Así pues, en esta localidad, en su sierra, además de la partida Villalobos, vemos otras designaciones de la toponimia local, como la zona de Cantallops y los Loberos.


Paisaje de la Serra del Quarter (imagen del autor)

Por otro lado, en la vecina localidad de Tibi se encuentra el denominado “barranc de la Font del Llop” y las “Cases de Cantallops”. Hay que destacar en este término la presencia de la Ermita de Nuestra Señora Divina Pastora, la cual ya aparece descrita en el siglo XIX.

La veneración a esta Virgen se ha señalado en diversas ocasiones que está vinculada en muchos casos con zonas donde antaño había presencia de lobos, pues, al tiempo que la Virgen protegía al rebaño espiritual de la comunidad cristiana, hacía lo mismo con esos rebaños que los ganaderos poseían.

Tampoco puede pasarse por alto otra localidad de este entorno geográfico que dispone de zonas montañosas donde también hay presencia de toponimia lupina: Xixona. En este municipio podemos ver nombres en su término municipal como el “Cabeç de Cantallobos” y la “Font de Gordolobos”.

Recordemos que este último topónimo también aparece en algún lugar más donde la presencia de estos cánidos fue una realidad hasta bien entrada la primera mitad del siglo XX: Sinarcas. Precisamente, existe en Xixona una ermita dedicada a San Antonio Abad, patrón de los animales domésticos y del ganado.


Ermita de San Antonio Abad en Xixona (imagen del autor)

Detalle de la imagen San Antonio Abad en su ermita en Xixona (imagen del autor)

Sabemos que la gente siempre ha invocado su protección para salvaguardar especialmente su cabaña ganadera de depredadores, además de enfermedades. Esto en parte se debe a la tradición popular que relaciona a San Antonio Abad como ese eremita que supo sobrevivir en medio de la naturaleza y hacer frente a criaturas salvajes, a través de algunos relatos apócrifos sobre su vida, que servirán para que junto con su tradición protectora frente a los animales salvajes, este fuese visto como un santo que podía ayudar a paliar algunos de los problemas que los propietarios de animales tenían en aquellos tiempos.


David Gómez de Mora

El monumento al Sagrado Corazón de Jesús en Huete

Uno de los elementos arquitectónicos más destacados de la histórica localidad de Huete es el monumento dedicado al Sagrado Corazón de Jesús y que, a varios kilómetros de distancia, puede contemplarse por posicionarse en la parte superior de la conocida como Loma del Castillo.

Este hito del patrimonio optense se encuentra situado en un enclave muy especial, ya que por un lado alberga los restos de los orígenes de este municipio (pues a su alrededor se hallan vestigios de la antigua fortaleza que en tiempos pasados defendía la localidad), además de ofrecer una bonita panorámica que permite al visitante contemplar unas vistas espectaculares.

 

Esta escultura sigue guardando para muchos vecinos un enorme significado. Tiene su emplazamiento por encima de todas las casas de los habitantes de Huete, además de constituir una clara muestra de la devoción y la religiosidad de la población local, manifestando la acción protectora de Dios sobre sus hijos.

 


Sagrado Corazón de Jesús en Huete (imagen del autor)


Siguiendo la obra Apuntes para una bibliografía sobre la noble y leal ciudad de Huete de Parada y Luca de Tena (2019, p. 199), podemos leer que la inauguración del monumento dedicado al Sagrado Corazón de Jesús se produjo en octubre de 1926, asistiendo el obispo de la Diócesis, el Gobernador Civil y las autoridades locales.


Como sabemos la devoción al Sagrado Corazón de Jesús comenzó a alcanzar popularidad a partir del siglo XVIII, aunque su fundamento teológico se halla en el Evangelio, más concretamente en el pasaje de la crucifixión (Juan 19,34). Este episodio fue posteriormente objeto de diferentes interpretaciones por parte de los Padres de la Iglesia, quienes reflexionaron sobre la importancia del sacrificio y el significado del amor de Dios. Más tarde, durante la Edad Media, autores como San Bernardo de Claraval en el siglo XII y Santa Gertrudis de Helfta en el siglo XIII profundizaron en la dimensión espiritual vinculada con el amor y el corazón de Cristo.

 

No obstante, el arranque de la historia de la veneración al Sagrado Corazón se produjo en el siglo XVII, a través de las revelaciones que tuvo una religiosa francesa llamada Margarita-María de Alacoque. Así pues, esta religiosa afirmó que entre 1673 y 1675, recibió diferentes revelaciones de Jesús, en las que Él le mostró un corazón rodeado de espinas, coronado con una cruz ardiendo en llamas.


Sagrado Corazón de Jesús en Huete (imagen del autor)


La primera revelación se produjo el 27 de diciembre de 1673, estando la religiosa en adoración ante el Santísimo Sacramento. Unos meses más tarde, se produjo la segunda manifestación, cuando la religiosa comentó que el Divino Corazón se le presentó entre llamas. Su aspecto era transparente como el cristal, ofreciendo una llaga y estando rodeado por una corona de espinas, así como con una cruz en la parte superior.


Una tercera revelación se produjo el primer viernes de junio de 1674, cuando el Señor indicó a Margarita-María de qué forma debía practicar su devoción al Sagrado Corazón. Sin lugar a dudas una de las figuras clave en la difusión de esta devoción fue el padre jesuita San Claudio de La Colombière, quien creyó en las revelaciones de la religiosa, a pesar de las reticencias que en un primer momento se produjeron cuando esta relató su primera aparición. La cuarta y última revelación ocurrió en junio de 1675.


No obstante, fue en el año 1765 cuando el Papa Clemente XIII acabaría introduciendo la festividad del Sagrado Corazón de Jesús en Roma. A partir de este momento, comenzó a cobrar más importancia, aunque no será hasta el siglo XIX, cuando la devoción se extendió por muchos lugares dominados por la fe cristiana. En este sentido, fue el Papa Pío IX, quien beatificó en 1864 a Margarita-María de Alacoque, extendiendo la fiesta al año siguiente. Medio siglo más tarde, más concretamente en 1920, el papa Benedicto XV canonizó a Santa Margarita-María de Alacoque.


Sagrado Corazón de Jesús del altar mayor de la Iglesia de San Nicolás de Medina de Huete (imagen del autor)

 

 


Inmaculado Corazón de María del altar mayor de la Iglesia de San Nicolás de Medina de Huete (imagen del autor)


Además del Sagrado Corazón de Jesús, conocemos el Inmaculado Corazón de María, el cual está muy relacionado con el Corazón de Jesús, ya que representa el amor maternal y la unión que guarda con su hijo. Otra imagen muy relacionada en este contexto es la Virgen del Sagrado Corazón, en la que María es la mediadora hacia el corazón de Jesús, y cuya devoción fue promovida especialmente a partir del siglo XIX por el sacerdote francés Julio Chevalier, quien fue fundador de los Misioneros del Sagrado Corazón de Issoudun, así como años más tarde de las Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.


 

David Gómez de Mora


Cronista Oficial de Caracenilla, Saceda del Río y Verdelpino de Huete

 


Referencia:


* Parada y Luca de Tena, M. (2019). Apuntes para una bibliografía sobre la noble y leal ciudad de Huete. Ayuntamiento de Huete.

miércoles, 11 de febrero de 2026

El lobo antaño en Solera de Gabaldón y Chumillas

La desaparición del lobo en la geografía del territorio conquense, como ya hemos comentado en alguna ocasión, se fue produciendo entre la segunda mitad del siglo XIX y las siguientes décadas del XX.

En el caso que ocupa la presente entrada, y a pesar del transcurso de más de un siglo, vemos cómo todavía la toponimia, además de otros elementos que forman parte de nuestra historia, ahonda en un periodo en el que la presencia de esta criatura en estas tierras era constante, lo que al mismo tiempo nos ayuda a contextualizar tanto la mentalidad como el día a día en el que vivían muchos de nuestros antepasados.

Solera de Gabaldón y Chumillas son localidades vecinas ubicadas alrededor de una vega, con una trama urbana que se encuentra por encima de los 1.000 metros sobre el nivel del mar, estando rodeadas por espacios montañosos, que junto con las fuentes, arroyos y ríos que afloran en diferentes puntos de sus términos, convierten su entorno en un lugar con una riqueza ambiental destacada.

Estas características, además de ofrecer una estampa de singular belleza, son factores que antaño permitían la presencia de una cantidad destacada de animales, que muchas veces para nuestros ancestros eran un quebradero de cabeza. Aquella sociedad, que dependía de los frutos de sus cultivos, así como del alimento que les proporcionaban sus reses, miraba los montes con unos ojos que hoy muchos no llegamos a comprender, en parte porque nuestra vida digitalizada del siglo XXI, poco o nada tiene que ver con la que desempeñaron nuestros tatarabuelos.

Afueras de Solera de Gabaldón. En esta zona abundan pinos, carrascas y matorrales en los que antaño había notable presencia de lobos. 
(Imagen del autor)

En estos municipios, la caza era una actividad que permitía que sus habitantes contasen con una fuente de alimentos adicional, y que hoy obtenemos a través de supermercados y grandes superficies comerciales. Corzos, ciervos, conejos, liebres y perdices, era habitual que se cazaran entre aquellos habitantes, diversificando así la dieta monótona que aportaban los cultivos de gramíneas y huertos en los que trabajaban cotidianamente.

Ahora bien, en aquel contexto de vida dura, donde los caminos de herradura que conectaban los municipios de la zona no eran precisamente lugares agradables (tanto por su falta de seguridad como por el mal estado en el que se encontraban para circular), cabía sumar las complicaciones que muchas veces podía suponer salir adelante con la cría de animales, así como disponer de recursos adicionales derivados de la actividad cinegética. En este sentido, la cuestión del lobo era siempre un tema candente, especialmente tanto para los ganaderos que cuidaban de sus rebaños, así como para aquellas personas que salían a cazar, y veían en esta criatura más bien a un competidor que a otro más de los ejemplares que habitaba en ese ecosistema, del que paulatinamente y con el transcurso de los siglos el ser humano se había convertido en su único amo y señor.

Esto evidentemente afectaba a la percepción que se tenía del animal, generando una opinión poco positiva en una sociedad labriega, muy vulnerable por las desgracias y miserias con las que se tenían que enfrentar a menudo. Esto, por ejemplo, puede desprenderse de la descripción de la fauna de esta zona que se efectúa en el Diccionario de Madoz, cuando al hablar de Chumillas, se indica que: “crianse muchos animales dañinos, tales como zorras, lobos, víboras y culebras, y abunda la caza de liebres, conejos, corzos y algún venado” (Madoz, t. VII, 1847: 348).

Es obvio percibir en esas palabras, una visión tradicional y antropocéntrica, donde se identifica el entorno natural como un lugar hostil, en el que las víboras y las culebras podían ser una preocupación para quienes faenaban en el campo, así como esos zorros, criaturas que en cualquier momento podían introducirse en los gallineros, además del referido lobo, que como sabemos era una de las mayores preocupaciones de los pastores. De esta forma, esto en su conjunto, refleja bastante bien cómo pensaban y vivían hasta no hace tanto tiempo nuestros antepasados.

En Solera de Gabaldón, el día a día no era sencillo, especialmente hace poco más de doscientos años, cuando este municipio se vio notablemente afectado por la invasión francesa, destruyéndose muchas de sus casas, y por lo tanto, sus habitantes tuvieron que vivir un periodo de penurias, lo que dificultaba más si cabe la dura vida que ya de por sí existía en muchos de sus hogares.

La cita de Madoz refleja cómo a mediados del siglo XIX estaba presente en esta tierra, algo que nos confirma uno de los testimonios que muy amablemente nos aportó una de las vecinas de Solera, y que gracias a su buena memoria, nos permite prácticamente remontarnos a esa época en la que todavía el lobo existía por estas tierras. Así pues, agradecemos a Ángela, natural de Solera de Gabaldón, que con sus 94 años de edad, todavía nos recordara el relato oral que le transmitió su abuela Gregoria, y que nos sitúa en el marco cronológico de la segunda mitad del siglo XIX, cuando en uno de los campos que hay en esta localidad, los lobos mataron a varios burros.

Dentro de este testimonio, cabe añadir tal y como le relató Gregoria a su nieta Ángela, no era extraño que aquellos animales llegaran a presentarse en las inmediaciones del pueblo. Algo que como hemos visto en otras localidades de la zona del territorio cercano a Huete, también se producía hasta el periodo final en el que estos animales existieron.

También cabe recordar que en el término municipal de Solera de Gabaldón, todavía existe la conocida como “Rambla del Lobo”, la cual se encuentra al oeste de la población, y cuyo nombre procede de aquella época en la que este animal todavía estaba presente en el área geográfica. Igualmente, no hemos de olvidar que como ya hemos tratado con anterioridad, la presencia del lobo en términos limítrofes con Chumillas y Solera, como es el caso de Barchín del Hoyo y Piqueras del Castillo, donde contamos también con alguna referencia que nos habla de su presencia.

Ahora bien, un elemento que también juega un papel importante en la sociedad de antaño es el peso ejercido por la religiosidad, especialmente en los enclaves rurales como los que comentamos. Es por ello, que la devoción a determinadas advocaciones, muchas veces podemos analizarla a través de las demandas y veneración que nuestros antepasados manifestaban hacia sus santos predilectos. En este sentido, uno que resulta bastante interesante es San Antón, cuya imagen presenciamos en las iglesias de Solera de Gabaldón, Chumillas, Olmeda del Rey, además de otros muchos enclaves de esta zona. Cierto es que su devoción está ampliamente extendida por muchos puntos de nuestra geografía, aunque ello no es óbice para entender la importancia que adquiría en zonas donde se vivía del campo.

San Antonio Abad fue una imagen muy difundida durante el medievo. Este santo, como sabemos, es patrón y protector de los animales, es decir, de los mismos que antaño servían en esa sociedad labriega para consumo, trabajo, desplazamiento e incluso para proteger sus bienes. Por este motivo, cada 17 de enero, era costumbre que las gentes de estas tierras celebraran aquella jornada, efectuándose las tradicionales bendiciones por parte de los sacerdotes, que tenían como principal propósito demandar el bienestar de sus animales, y que implicaba al mismo tiempo protegerlos de peligros, como podía ser el caso del lobo.

Y es que no hemos de olvidar que San Antonio Abad fue un eremita, en cuya hagiografía se relata que este consiguió dominar precisamente a uno de estos cánidos. Esto obviamente, unido a las diferentes creencias que en cada lugar irán desarrollándose (como sucedía con la bendición de campanas que llevaban algunos animales), ayudará a que este santo se convirtiese en uno de los principales en muchos municipios, pues eran de las pocas garantías espirituales con las que contaban los propietarios de ganado y caballería, ya que estos eran en bastantes hogares lo más preciado que tenían muchos de nuestros antepasados.

Precisamente, muestra de ese nexo tan profundo que ha existido entre San Antón y los animales, se comprueba en el caso de Chumillas, cuando tras el estallido de la guerra, Víctor de la Vega (2007: 256) al hablar de los daños ocurridos en su iglesia comenta que: “En Chumillas la iglesia fue convertida en corral de ganado. Los cálices y copones “fueron machacados con unas piedras”, y la imagen de San Antonio Abad, arrastrada y colgada por un vecino, al que esa misma tarde se le murió un cerdo. Hubo muchas muertes de cerdos similares, consideradas “castigo de Dios””.

Tengamos en cuenta que ese tipo de creencias, temores y búsqueda de elementos protectores ha quedado retenido de manera discreta en algunos elementos de estas localidades, tal y como sucede en el caso de la fachada de la iglesia de Solera de Gabaldón. Así pues, a lo largo del exterior de su edificio, aún se conservan las características tejas que en sus aleros están decoradas con figuras triangulares, y que se conocen en muchos puntos de nuestra geografía como “dientes de lobo”. Estos eran muy comunes y por ello fáciles de ver en otras muchas parroquias, funcionando según la creencia popular como elementos protectores, y por ello, extendiéndose en los aleros de viviendas.

"Dientes de lobo". Iglesia parroquial de Solera de Gabaldón. (Imagen del autor)

Precisamente, en la parte superior a la entrada de la iglesia de Solera, vemos también que el alero de madera que cubre la entrada de la puerta se realizó aprovechando diferentes puertas de algunas viviendas. Si nos fijamos, la estructura todavía preserva restos de pintura, entre los que solía destacar el azul añil, que como sabemos era frecuente que se usara en las puertas de hogares, además de otras zonas como los bordes de ventanas y marcos de puertas, puesto que estaba extendida la creencia de que de esta forma aquel espacio quedaba alejado de la entrada de malos espíritus. Al mismo tiempo, el azul añil, recordaba el vínculo con lo celestial y lo divino, aplicándose por ello en otras partes de las casas, como ocurriría en esta misma construcción, sobre el antiguo techo que hay dentro del edificio religioso.

Iglesia parroquial de Solera de Gabaldón.
(Imagen del autor)

Esta serie de elementos en su conjunto son una clara demostración de la riqueza histórica y cultural que todavía albergan muchas localidades del territorio conquense, donde el peso de la fe, la devoción popular, y las creencias alrededor de aquello que era visto como una amenaza que ha ido pasando inadvertido con el transcurso del tiempo entre algunas de sus construcciones más emblemáticas.


David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Piqueras del Castillo



Bibliografía:

*Madoz Ibáñez, Pascual (1845-1850). Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar. Tomo VII. Madrid

*de la Vega Almagro, Víctor (2007). Tesoro artístico y guerra civil: el caso de Cuenca. Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 436 pp.

El lobo y el campo antaño en Verdelpino de Huete

Verdelpino de Huete es una localidad del territorio conquense donde antaño fue muy conocida la presencia del lobo. Esta situación se mantuvo hasta no hace tanto, pues sabemos que a finales del siglo XIX la entrada de estos cánidos en el municipio hacía que los vecinos estuvieran muchas veces en alerta, especialmente cuando los perros de las casas comenzaban a ladrar, advirtiendo a sus vecinos de que aquellos animales estaban en las inmediaciones o incluso ya dentro de la localidad.

Los corrales siempre eran los lugares de mayor preocupación, pues especialmente en épocas de inviernos duros o cuando la comida escaseaba, era más habitual que los lobos se acercaran hasta esas construcciones situadas alrededor del pueblo.

A mediados del siglo XVIII, si leemos el Catastro de Ensenada, apreciamos que se menciona en el apartado de gastos del común de esta localidad, que se destinan “cuarenta y dos (reales) a los guardas del campo por su salario, noventa y cuatro (reales) de pólvora y perdigones que se dan a los guardias” (AGS, Verdelpino de Huete, 1751: fols. 210-210 v.).

Estos trabajadores se encargaban de vigilar y controlar que no se cometieran irregularidades, especialmente en lo relativo a la extracción de madera y carbón, además de los ganados llevados por los pastores, para que estos no invadieran lugares restringidos, ya que los animales o sus responsables podían generar daños en las zonas de cultivo o en el monte. Los guardias supervisaban que no se practicara el furtivismo, puesto que las leyes sobre la actividad cinegética eran muy claras y restrictivas sobre lo que se podía o no realizar.

Aquellos guardas iban armados, ya que sus armas de fuego, además de ser su herramienta de trabajo, les podían servir como defensa y como medio para imponer autoridad, especialmente ante la aparición de bandoleros. Igualmente, era corriente que estos hicieran uso de las mismas ante la necesidad de defenderse de especies que podían ser nocivas para los labradores y ganaderos del lugar.


Lobo (Generada con IA)

David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Verdelpino de Huete


Referencia:

*Archivo General de Simancas (AGS), Dirección General de Rentas, Catastro de Ensenada, Respuestas Generales, Verdelpino de Huete (Cuenca), 1751

martes, 20 de enero de 2026

La importancia de los hijos en el clero en siglos pasados. Breves notas

Ya hemos tratado en más de una ocasión, la importancia que podía suponer para una familia el disponer de uno o varios hijos insertados dentro del brazo eclesiástico, especialmente en las casas de las zonas rurales que hemos investigado, donde hasta la llegada de las ideas liberales, este tipo de enclaves eran lugares donde la religiosidad marcaba el día a día de sus habitantes.

Tengamos en cuenta que el tener un hijo como sacerdote en cualquier lugar, aunque con especial importancia en el pueblo donde residía la familia (o contar con una o varias hijas dentro de un convento o espacio religioso), era una forma efectiva de garantizar prestigio social a toda una casa.

Los sacerdotes en los pueblos eran muchas veces de las pocas personas que había alfabetizadas, y que gozaban de una consideración como respeto destacado entre sus vecinos, especialmente en comunidades de escaso tamaño.

El tener miembros de un linaje sirviendo a Dios, era un valor añadido, que socialmente daba mayor proyección a la familia a la que este pertenecía. Respecto la cuestión de la formación de aquella personas, desde el punto de vista de la educación, su labor era muy tenida en cuenta, ya que el acceso a una ilustración académica, no era sencillo. Sin ir más lejos, en muchas de estas poblaciones, podía ni tan siquiera haber una escuela.

Tengamos en cuenta que la formación teológica que había adquirido el religioso, le permitía ya no solo leer, hablar o escribir mejor que la mayoría de la gente del lugar, sino que con sus conocimientos, este podía insertar en los estudios a sus hermanos, sobrinos y familiares, en un tiempo en el que la enseñanza educativa no era obligatoria, y, por tanto, era muy complicado el formar con garantías a las personas que pretendían llegar más lejos en la vida.

Por otro lado, si en esa casa el religioso tenía varios hermanos, el hecho de que alguno ya se supiese que no iba a dejar descendencia (como ocurría con el que se ordenaba), significaba que el patrimonio no se debería de fragmentar de la misma forma, sin olvidarnos de que cuando este partía y contaba con los recursos necesarios, en la familia no había la necesidad de demandar o exigir gastos, que por ejemplo un hijo que todavía residía dentro del mismo techo, si podía suponer.

Al mismo tiempo, si el clérigo conseguía mejorar su posición y cargos dentro del brazo clerical, era factible que este incluso ayudase económicamente a los suyos, especialmente en una época en la que no existía la seguridad social, y las crisis en el campo eran una constante, por lo que la falta de recursos obligaba a que muchas veces estos ejercieran como respaldo económico para sus propios padres, quienes a lo mejor ya no podían faenar, o en cuya casa se requería por diferentes motivos de ayuda económica.

Si aquel religioso conseguía medrar, y posicionarse con una serie de bienes, que le ayudaban a ampliar una fundación o patronazgo, esto era un seguro para sobrinos y familiares cercanos que querían seguir sus mismos pasos. Puesto que el círculo se retroalimentaba, ya que entre los suyos seguía manteniéndose la presencia de algún miembro que desempeñaba y salvaguardaba esa imagen que hemos indicado, además de incluso motivar la planificación o acercamiento de determinados linajes a su familia, al saber estos que si conseguían entroncar con un hermano o pariente cercano, podían disfrutar de las prestaciones de una determinada fundación religiosa.

Otro punto a favor que otorgaba la existencia de un religioso en la familia, era el contar con una garantía desde el punto de vista espiritual, ya que de esta forma siguiendo la doctrina del Purgatorio, en aquel linaje se contaba con una persona que podía efectuar oraciones constantes para la salvación del alma de sus seres queridos, reduciendo de esta forma el tiempo que aquella debía de pasar por ese estado transicional, y que debido a la preocupación que generaba, obligaba a que se invirtiesen cantidades importantes de dinero en el rezo de misas, para que ese alma llegase lo antes posible al Reino de Dios. 

Otro aspecto que cabe tener en cuenta cuando analizamos el tejido social de aquella época, es que los religiosos al tener muy buena consideración en las localidades, estos podían ejercer como mediadores ante la aparición de un determinado conflicto, así como también asesorar y ayudar, además de servir como representante destacado de aquella casa.


David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Caracenilla, La Peraleja, Piqueras del Castillo, Saceda del Río, Verdelpino de Huete y Villarejo de la Peñuela

Apuntes sobre los Alcázar de Verdelpino de Huete (siglo XVIII)

Ya hemos comentado en más de una ocasión la importancia jugada por el linaje Alcázar en este enclave conquense, donde como es sabido, ejercerá un protagonismo destacado siglos atrás.

Una muestra evidente de esa posición que sus integrantes alcanzaron, será manifestada en la línea de los Alcázar-Montoya, a través del alzamiento de una casa solariega, que rematará su fachada con las armas de ambos apellidos.

A mediados del siglo XVIII, Verdelpino de Huete era un enclave ruralizado, donde el peso ejercido por diversos tenedores de tierras, dará como resultado el afianzamiento de una burguesía agrícola que con el trascurso del tiempo fue medrando de forma satisfactoria.

Conocemos familias con disponibilidad de recursos como será el caso de los Collada, quienes además de representar la escribanía del lugar, tendrán a alguno de sus hijos insertado dentro del clero, siendo el caso de don Agustín Collada, quien era clérigo tonsurado a mediados de aquella centuria. Tampoco podemos olvidarnos de un artista que trabajaba como dorador de retablos, llamado Eusebio Collada. Otras familias documentadas en ese mismo eslabón social serán los Pérez (José Pérez de Molina, quien poseía un criado para que le protegiera y sacara a pastorear a su ganado), así como algún miembro de la familia de la Fuente.


Verdelpino de Huete

Los Recuero y los Infante, eran otro de los linajes con historia en el lugar, teniendo por ello también a diversos miembros dentro del clero en diferentes momentos del pasado. No había ninguna duda de que entre las familias mejor posicionadas en el municipio, estaban las diversas líneas del apellido Alcázar. Así lo veremos con Diego de Alcázar Medina, propietario de tierras, quien tenía varios criados a su servicio, para que le llevasen sus explotaciones, así como un par de pastores que rentabilizaban las ganancias de su rebaño.

Otro caso será el de Diego de Alcázar Cano (labrador), quien tenía un criado, así como Casimiro de Alcázar Pérez, quien poseía otro, junto con un guarda para su ganado. Como se ha indicado, la vivienda de los Alcázar-Montoya, destacaba por la sillería y el escudo de piedra empleado en su fachada, sin olvidarnos de su puerta, un claro ejemplo de la antigua forja artesanal que se empleaba en este tipo de residencias, y que a pesar de su mal estado en la actualidad, sigue recordando la importancia que jugaba la decoración en este tipo de viviendas solariegas.

En la misma todavía se presencian las placas decorativas, con clavos de forja, donde veremos diferentes elementos como flores y rombos recortados a mano. La robustez de la madera, como el aspecto de la decoración, nos señalan la manera con la que se trabaja antaño este tipo de piezas.

Precisamente, un personaje destacado de los integrantes de los Alcázar-Montoya del siglo XVIII, fue don Miguel, quien testó en Huete en 1793 ante el escribano José Benito de Alique, siendo recogidas sus voluntades entre los folios 178-183. Don Miguel de Alcázar Montoya era beneficiado en la iglesia parroquial de San Esteban, y colegial mayor en la Universidad de Salamanca, su padre don Pedro-Bernardo de Alcázar-Montoya era de Verdelpino de Huete, mientas que su madre era natural del lugar de San Sebastián de los Reyes (Madrid). En su testamento, don Miguel solicita 500 misas rezadas, aportando limosnas, y solicitando que le portasen anualmente sobre su sepultura “las luces y ofrendas correspondientes a mi estado y calidad”, labor que le encargará a Juliana López, mujer de Francisco Pérez de la Plaza (su criado). También indica que el día de su entierro (como solía ser habitual entra las familias con recursos), este realizará una obra caritativa, de modo que, tal y como “se acostumbra aquí dar de limosna se vistan cuatro pobres, dos hombres y dos mujeres, los más necesitados que haya en la feligresía o parroquia de San Esteban, quedando al arbitrio de mi sobrino don Alfonso Jaramillo y el señor cura de la parroquia, los que hayan de ser sin obligación ninguna a dichos pobres, todo sin intervención de otra persona”.

Don Miguel indicará que los vínculos que posee en Verdedelpino, Valparaíso de Arriba, Pineda y Valdecolmenas de Abajo pertenecerán a don Alfonso Jaramillo, este hijo legítimo, de don Alfonso Jaramillo y Priego y de doña Alfonsa de Priego y Alcázar. El patrimonio de los Alcázar no solo vendría por la acumulación de bienes que estos retuvieron en generaciones pasadas, sino también es necesario tener presente sus enlaces estratégicos con casas del lugar como los de la Fuente, Solera y Pérez, las cuales también poseían propiedades.

Siguiendo nuestros apuntes genealógicos, sabemos que don Miguel de Alcázar-Montoya, tenía varios hermanos, como era el caso de doña María-Ignacia, esposa esta de don Juan Antonio de Amoraga. Los padres de Miguel y María-Ignacia eran don Pedro-Bernardo de Alcázar-Montoya (Fiscal de la Real Junta de Obras y Bosques) y doña Andrea-Josefa de Navacerrada.

El Fiscal don Pedro-Bernardo era hijo del licenciado don Pedro de Alcázar-Montoya (Abogado de los Reales Consejos) y de doña Alfonsa de Solera y Pérez de Alcázar. La genealogía de esta familia, la tenemos más desarrollada en nuestro trabajo sobre “Historia y linajes de Verdelpino de Huete (2022)”.


David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Verdelpino de Huete


Referencias:

*Archivo Municipal de Huete. Protocolos notariales de Huete, caja nº234. Años 1792-1793

*Gómez de Mora, David (2022). Historia y linajes de Verdelpino de Huete, 198 pp.