La desaparición del lobo
en la geografía del territorio conquense, como ya hemos comentado en
alguna ocasión, se fue produciendo entre la segunda mitad del siglo
XIX y las siguientes décadas del XX.
En el caso que ocupa
la presente entrada, y a pesar del transcurso de más de un siglo,
vemos cómo todavía la toponimia, además de otros elementos que
forman parte de nuestra historia, ahonda en un periodo en el que la
presencia de esta criatura en estas tierras era constante, lo que al
mismo tiempo nos ayuda a contextualizar tanto la mentalidad como el día a
día en el que vivían muchos de nuestros antepasados.
Solera de Gabaldón y
Chumillas son localidades vecinas ubicadas alrededor de una vega,
con una trama urbana que se encuentra por encima de los 1.000 metros
sobre el nivel del mar, estando rodeadas por espacios montañosos,
que junto con las fuentes, arroyos y ríos que afloran en diferentes
puntos de sus términos, convierten su entorno en un lugar con una
riqueza ambiental destacada.
Estas características,
además de ofrecer una estampa de singular belleza, son factores que
antaño permitían la presencia de una cantidad destacada de
animales, que muchas veces para nuestros ancestros eran un quebradero
de cabeza. Aquella sociedad, que dependía de los frutos de sus
cultivos, así como del alimento que les proporcionaban sus reses,
miraba los montes con unos ojos que hoy muchos no llegamos a
comprender, en parte porque nuestra vida digitalizada del siglo XXI,
poco o nada tiene que ver con la que desempeñaron nuestros
tatarabuelos.
Afueras de Solera de Gabaldón. En esta zona abundan pinos, carrascas y matorrales en los que antaño había notable presencia de lobos.
(Imagen del autor)
En estos municipios, la
caza era una actividad que permitía que sus habitantes contasen con
una fuente de alimentos adicional, y que hoy obtenemos a través de supermercados y grandes superficies comerciales. Corzos, ciervos,
conejos, liebres y perdices, era habitual que se cazaran entre
aquellos habitantes, diversificando así la dieta monótona que
aportaban los cultivos de gramíneas y huertos en los que trabajaban
cotidianamente.
Ahora bien, en aquel
contexto de vida dura, donde los caminos de herradura que conectaban
los municipios de la zona no eran precisamente lugares agradables
(tanto por su falta de seguridad como por el mal estado en el que se
encontraban para circular), cabía sumar las complicaciones que
muchas veces podía suponer salir adelante con la cría de
animales, así como disponer de recursos adicionales derivados de la
actividad cinegética. En este sentido, la cuestión del lobo era
siempre un tema candente, especialmente tanto para los ganaderos que
cuidaban de sus rebaños, así como para aquellas personas que salían a
cazar, y veían en esta criatura más bien a un competidor que a otro
más de los ejemplares que habitaba en ese ecosistema, del que
paulatinamente y con el transcurso de los siglos el ser humano se
había convertido en su único amo y señor.
Esto evidentemente
afectaba a la percepción que se tenía del animal, generando una
opinión poco positiva en una sociedad labriega, muy vulnerable por
las desgracias y miserias con las que se tenían que enfrentar a
menudo. Esto, por ejemplo, puede desprenderse de la descripción de
la fauna de esta zona que se efectúa en el Diccionario de Madoz,
cuando al hablar de Chumillas, se indica que: “crianse
muchos animales dañinos, tales como zorras, lobos, víboras y
culebras, y abunda la caza de liebres, conejos, corzos y algún
venado” (Madoz, t. VII, 1847: 348).
Es obvio percibir en esas
palabras, una visión tradicional y antropocéntrica, donde se
identifica el entorno natural como un lugar hostil, en el que las
víboras y las culebras podían ser una preocupación para quienes
faenaban en el campo, así como esos zorros, criaturas que en cualquier momento podían introducirse en los gallineros, además del
referido lobo, que como sabemos era una de las mayores preocupaciones
de los pastores. De esta forma, esto en su conjunto, refleja bastante
bien cómo pensaban y vivían hasta no hace tanto tiempo nuestros
antepasados.
En Solera de Gabaldón,
el día a día no era sencillo, especialmente hace poco más de
doscientos años, cuando este municipio se vio notablemente afectado
por la invasión francesa, destruyéndose muchas de sus casas, y por
lo tanto, sus habitantes tuvieron que vivir un periodo de penurias, lo que
dificultaba más si cabe la dura vida que ya de por sí existía en
muchos de sus hogares.
La cita de Madoz refleja
cómo a mediados del siglo XIX estaba presente en esta tierra, algo
que nos confirma uno de los testimonios que muy amablemente nos
aportó una de las vecinas de Solera, y que gracias a su buena
memoria, nos permite prácticamente remontarnos a esa época en la
que todavía el lobo existía por estas tierras. Así pues,
agradecemos a Ángela, natural de Solera de Gabaldón,
que con sus 94 años de edad, todavía nos recordara el relato oral
que le transmitió su abuela Gregoria, y que nos sitúa en el marco
cronológico de la segunda mitad del siglo XIX, cuando en uno de los
campos que hay en esta localidad, los lobos mataron a varios burros.
Dentro de este
testimonio, cabe añadir tal y como le relató Gregoria a su nieta
Ángela, no era extraño que aquellos animales llegaran a
presentarse en las inmediaciones del pueblo. Algo que como hemos
visto en otras localidades de la zona del territorio cercano a
Huete, también se producía hasta el periodo final en el que estos
animales existieron.
También cabe recordar
que en el término municipal de Solera de Gabaldón, todavía existe
la conocida como “Rambla del Lobo”, la cual se encuentra al oeste
de la población, y cuyo nombre procede de aquella época en la que
este animal todavía estaba presente en el área geográfica.
Igualmente, no hemos de olvidar que como ya hemos tratado con
anterioridad, la presencia del lobo en términos limítrofes con
Chumillas y Solera, como es el caso de Barchín del Hoyo y Piqueras
del Castillo, donde contamos también con alguna referencia que nos
habla de su presencia.
Ahora bien, un elemento
que también juega un papel importante en la sociedad de antaño es
el peso ejercido por la religiosidad, especialmente en los enclaves
rurales como los que comentamos. Es por ello, que la devoción a
determinadas advocaciones, muchas veces podemos analizarla a través
de las demandas y veneración que nuestros antepasados
manifestaban hacia sus santos predilectos. En este sentido, uno que
resulta bastante interesante es San Antón, cuya imagen presenciamos en
las iglesias de Solera de Gabaldón, Chumillas, Olmeda del Rey,
además de otros muchos enclaves de esta zona. Cierto es que su
devoción está ampliamente extendida por muchos puntos de nuestra
geografía, aunque ello no es óbice para entender la importancia que
adquiría en zonas donde se vivía del campo.
San Antonio Abad fue una
imagen muy difundida durante el medievo. Este santo, como sabemos, es patrón
y protector de los animales, es decir, de los mismos que antaño
servían en esa sociedad labriega para consumo, trabajo,
desplazamiento e incluso para proteger sus bienes. Por este motivo, cada
17 de enero, era costumbre que las gentes de estas tierras celebraran
aquella jornada, efectuándose las tradicionales bendiciones por
parte de los sacerdotes, que tenían como principal propósito
demandar el bienestar de sus animales, y que implicaba al mismo
tiempo protegerlos de peligros, como podía ser el caso del lobo.
Y es que no hemos de
olvidar que San Antonio Abad fue un eremita, en cuya hagiografía se
relata que este consiguió dominar precisamente a uno de estos
cánidos. Esto obviamente, unido a las diferentes creencias que en
cada lugar irán desarrollándose (como sucedía con la bendición de
campanas que llevaban algunos animales), ayudará a que este santo se
convirtiese en uno de los principales en muchos municipios, pues eran
de las pocas garantías espirituales con las que contaban los
propietarios de ganado y caballería, ya que estos eran en bastantes
hogares lo más preciado que tenían muchos de nuestros antepasados.
Precisamente, muestra de
ese nexo tan profundo que ha existido entre San Antón y los
animales, se comprueba en el caso de Chumillas, cuando tras el
estallido de la guerra, Víctor de la Vega (2007: 256) al hablar de
los daños ocurridos en su iglesia comenta que: “En Chumillas la
iglesia fue convertida en corral de ganado. Los cálices y copones
“fueron machacados con unas piedras”, y la imagen de San Antonio
Abad, arrastrada y colgada por un vecino, al que esa misma tarde se
le murió un cerdo. Hubo muchas muertes de cerdos similares,
consideradas “castigo de Dios””.
Tengamos en cuenta que
ese tipo de creencias, temores y búsqueda de elementos protectores ha quedado retenido de manera discreta en algunos elementos de estas
localidades, tal y como sucede en el caso de la fachada de la iglesia
de Solera de Gabaldón. Así pues, a lo largo del exterior de su
edificio, aún se conservan las características tejas que en sus
aleros están decoradas con figuras triangulares, y que se conocen en
muchos puntos de nuestra geografía como “dientes de lobo”. Estos
eran muy comunes y por ello fáciles de ver en otras muchas
parroquias, funcionando según la creencia popular como elementos
protectores, y por ello, extendiéndose en los aleros de viviendas.
"Dientes de lobo". Iglesia parroquial de Solera de Gabaldón. (Imagen del autor)
Precisamente, en la parte
superior a la entrada de la iglesia de Solera, vemos también que el
alero de madera que cubre la entrada de la puerta se realizó
aprovechando diferentes puertas de algunas viviendas. Si nos fijamos,
la estructura todavía preserva restos de pintura, entre los que solía
destacar el azul añil, que como sabemos era frecuente que se usara
en las puertas de hogares, además de otras zonas como los bordes de
ventanas y marcos de puertas, puesto que estaba extendida la creencia
de que de esta forma aquel espacio quedaba alejado de la entrada de
malos espíritus. Al mismo tiempo, el azul
añil, recordaba el vínculo con lo celestial y lo divino,
aplicándose por ello en otras partes de las casas, como ocurriría
en esta misma construcción, sobre el antiguo techo que hay dentro
del edificio religioso.
Iglesia parroquial de Solera de Gabaldón.
(Imagen del autor)
Esta serie de elementos
en su conjunto son una clara demostración de la riqueza histórica
y cultural que todavía albergan muchas localidades del territorio
conquense, donde el peso de la fe, la devoción popular, y las
creencias alrededor de aquello que era visto como una amenaza que ha ido
pasando inadvertido con el transcurso del tiempo entre algunas de sus
construcciones más emblemáticas.
David Gómez de Mora
Cronista Oficial de
Piqueras del Castillo
Bibliografía:
*Madoz Ibáñez,
Pascual (1845-1850). Diccionario
geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones
de ultramar. Tomo VII. Madrid
*de la Vega Almagro,
Víctor (2007). Tesoro artístico y guerra civil: el
caso de Cuenca. Ediciones de la Universidad de Castilla-La
Mancha, 436 pp.