domingo, 4 de octubre de 2026

Ánímas, Todos los Santos y Fieles Difuntos en Saceda del Río tiempo atrás

Las festividades de Todos los Santos y Fieles difuntos siempre fueron días especiales en la sociedad rural del territorio conquense. El peso del catolicismo en muchas de esas pequeñas localidades que hoy luchan contra el despoblamiento, fue una realidad manifestada a través de la devoción e importancia con la que el conquense siempre entendió la necesidad de que se mantuviera viva esa memoria por sus antepasados, y en donde la salvación de las ánimas, resultaría una cuestión crucial, tal y como se desprende especialmente por los libros de defunciones de muchas parroquias que durante estos años hemos podido estudiar.

Aunque los nuevos tiempos hayan hecho desaparecer algunas tradiciones o preparativos que se realizaban durante aquellas jornadas, todavía veremos la persistencia de determinadas costumbres que en variopintos lugares, sí han conseguido sobrevivir, o readaptarse a los tiempos actuales.

En el caso de Saceda del Río, sabemos que entre sus gentes, antaño la llegada de estos días era muy importante para sus habitantes. Y es que el peso de la religión siglos atrás, hacía que antes de la entrada de los primeros días del mes de noviembre, en muchos pueblos ya se comenzaba a vivir entre sus vecinos una situación previa a unos días especiales, marcados por una mayor cantidad de horas de rezo, reflexión y recogimiento. Así pues, se podría decir que un mes antes del 1 de noviembre, muchas personas comprendían que en cuestión de escasas semanas, se llegaba a uno de los momentos más destacados para las ánimas de los difuntos.

La presencia de cofradías y altares dedicados a estas como sabemos era algo normal. Desde las mismas se recordaba la necesidad de efectuar sufragios, ayudas y limosnas, que muchas veces en forma de donación de alimentos, servían para efectuar posteriormente las almonedas o subastas, en las que la cofradía podía recaudar dinero para desempeñar sus obligaciones religiosas.

Por aquel entonces, la agricultura era el motor del país, por este motivo era normal que durante el mes de octubre, se fuesen cerrando algunas de las cosechas que ocupaban a muchos de nuestros antepasados. Y es que no debemos olvidar, que antaño el calendario agrícola, estaba notablemente conectado con las festividades y la religiosidad que diariamente impregnaba las casas de aquellas personas. En el caso conquense, la cosecha de la vid comenzaba a llegar a su fin, así como a cambiar esa climatología, y que iba presagiando los duros días de otoño que iban a venir.

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Era importante aprovisionarse de cera y tener preparadas las lamparillas en casa, pues no olvidemos que con ellas se materializaba esa memoria por nuestros seres difuntos, además de guiarlos en su tránsito hacia la salvación, al tiempo que ahuyentar ánimas ajenas, que siempre se tenía el temor de que llegaran a introducirse dentro de las casas.

Con la festividad de San Miguel a finales de septiembre, veremos como muchos fieles comenzaban a ser conscientes de la llegada en solo un mes de aquel día de ánimas. La significación que el Arcángel guardaba para las almas de los difuntos no era poca, pues como sabemos es un defensor celestial, que además en su iconografía se vincula directamente a través de esa balanza con el momento de la psicostasis, además de su papel como fiel ayudante de Dios y justo protector.

Escasos días después le toca el turno a la Virgen del Rosario, otra advocación mariana estrechamente vinculada con las ánimas. El primer domingo de octubre era una jornada importante, en la que acudían muchos fieles hasta aquellos altares donde se veneraba esta imagen, ya que se decía que sus rezos podían tener mayor efectividad para la búsqueda de esa salvación de las ánimas que estaban sufriendo en el Purgatorio.

Mientras tanto la gente iba preparando y aderezando los altares, como el suelo de la iglesia, puesto que hasta los primeros años del siglo XIX, muchas personas seguían siendo enterradas en el subsuelo de los templos, de ahí la necesidad de contar con lo necesario para realizar las ofrendas y rezar sobre la tumba de los seres queridos. Era importante proveerse de cera, así como efectuar penitencias que iban encaminadas para aliviar el pecado que arrastraban aquellas almas.

De la misma forma, acudir siempre que se podía a misa, rezar, efectuar una penitencia, confesarse, al tiempo que recibir la Eucaristía, eran formas con las que el mortal podía obrar, consiguiendo acciones positivas encaminadas a la salvación del ánima, al tiempo que encauzarse hacia una correcta vida cristiana que limpiaba sus propios pecados.

Para la llegada del 1 de noviembre, la casa debía estar preparada ante la posible visita de las ánimas de familiares fallecidos recientemente. En muchas viviendas existía el temor a que un ánima perdida pudiese introducirse dentro del hogar, por ello se empleaban diferentes elementos protectores, que en el caso conquense eran variados. Uno de los más recurrentes eran las campanillas, y que de vez en cuando se hacían sonar para así tener la vivienda protegida.

Era importante que aquellas personas que todavía se encontraban en el mundo de los vivos, mostraran interés por sus seres fallecidos, de ahí que además de la oración, se hacían ofrendas. En este sentido, los días 1 y 2 eran jornadas de recogimiento, donde se intentaba salir para lo indispensablemente necesario, como acudir hasta la tumba del ser querido o ir a misa. Por ello se veía con muy malos ojos la realización de otras actividades que nada tuviesen que ver con los sufragios por las ánimas, como podía ser el salir a cazar, o incluso marcharse al campo a faenar. Eran días para pasarse en familia, recordando historias sobre esos familiares que ya no estaban presentes, así como rezando por sus almas. En aquellas jornadas, no había tiempo para distraerse, pues se trataba de momentos especiales para conseguir aminorar el pecado de aquellas almas, que intentaban salir cuanto antes del Purgatorio.

Por otra parte, el temor por la entrada de las ánimas en las casas era tal, que algunas cerraduras se tapaban con puche para que así estas no pudiesen acceder, ya que se decía que iban en procesiones nocturnas por las calles, de ahí que  lo recomendable era quedarse dentro del hogar, especialmente durante las horas nocturnas. 

Otra de las medidas, era la de hacer sonar las campanas de la iglesia a lo largo del día, guiando a las ánimas hacia el buen camino. Mientras tanto, las casas eran hogares sombríos y oscuros, en los que cabe imaginar que la luminosidad que hoy tenemos, nada tendría que ver con la de esos tiempos, puesto que a partir de las seis de la tarde, un candil o algunas velas eran de las pocas cosas con las que uno podía alumbrarse.

Cobijarse junto a la chimenea, con el resto de la familia, aprovechando el calor de la lumbre, era una de las formas mediante las que muchas de esas personas pasaban varias horas, mostrando respeto por sus antepasados. Sabemos que no era extraño que a lo largo de esos días, se asignase la prohibición de consumir determinadas comidas, existiendo algunas creencias sobre lo que podía suceder si se cocinaban determinados platos.

Esta atmósfera repleta de un cúmulo de creencias, se transmitía rápidamente entre los integrantes de aquellas casas, donde siempre se demandaba respeto y serenidad. También se encendían las velas o las lamparillas, gracias a las que se mantenía iluminada una parte de la vivienda, al tiempo que se prolongaba esa protección y memoria por los difuntos.

Otra actividad que no debemos pasar por alto, es que en las semanas anteriores, se habían recogido las calabazas, las cuales previamente al 1 de noviembre, ya se acababan de horadar por dentro, para así poder colocar en su interior esas velas que encendidas servían como un elemento protector en diferentes puntos del municipio. Estas llegaban a colocarse en las calles como en lugares alejados del pueblo, para, de este modo, proteger ese entorno ante la llegada de ánimas intrusas que pudieran causar algún mal en la localidad.

Hay que decir, que todo esto no acababa el 2 de noviembre, pues el resto del mes, era sin duda uno de los momentos más indicados para efectuar sufragios por las benditas ánimas del Purgatorio, a través de oraciones y jaculatorias.

Esto llevará a que tanto semanas antes como después de principios de noviembre, sociedades campesinas de nuestro territorio como la de Saceda y otras muchas, entendiesen perfectamente la importancia que comportaba el seguir manteniendo constantemente viva la memoria de aquellos seres fallecidos, al tiempo que obrar cuanto más se pudiera en acciones encaminadas a su salvación.

Al mismo tiempo, este conjunto de elementos, reflejará esas creencias y miedos que acechaban a muchas de aquellas personas, en las que el estilo de vida y obligaciones que estas tenían, poco se asemejan al que hoy conocemos. Las limitaciones del momento, la importancia que se le daba al concepto de familia, el peso de la religiosidad, así como el profundo conocimiento de la doctrina del Purgatorio, explican en su conjunto parte de estas cuestiones.


La Cofradía de las Ánimas del Purgatorio de Saceda del Río

Como en muchos pueblos del territorio conquense, la cofradía de las Ánimas del Purgatorio era una de las diferentes hermandades o asociaciones religiosas que antaño tuvieron mucha importancia en la vida religiosa de nuestros antepasados. Entre sus actividades, estaba la dedicada a ofrecer rezos y sufragios por las almas de los difuntos que estaban en el Purgatorio.

A lo largo del año, la cofradía realizaba diferentes actividades, que permitían la entrada de ingresos, para así destinar la mayor cantidad posible al pago de misas, como realizar acciones encauzadas para la salvación de esas ánimas.

En el caso de Saceda del Río, tenemos referencias de interés que nos remontan al siglo XVII, donde a través de algunos datos que se conservan en los libros de dicha cofradía, podemos hacernos una idea de la importancia que este tipo de hermandades adquirieron en tiempos pasados.

Desde estas se recaudaba dinero para destinarse una parte destacada al pago de misas rezadas y cantadas, así como para la compra de aceite y otros productos necesarios, como ocurría con el caso de la cera.

En la cofradía se hacía especial hincapié en la importancia de rezar por las almas de los cofrades fallecidos, además de dar un entierro digno a esas personas que habían estado involucradas en la misma. Por ejemplo, sabemos que en el año 1752, la cofradía de las ánimas de Saceda, compra una “vaieta negra” (lib. 1725-1806), para que la “echen a los difuntos sobre el ataud, comprada a nueve reales y medio la vara”. Igualmente, mucho antes, en 1624, sabemos que la cofradía gastó “8 reales para una campana de ánimas” (fol. 2, libro 1625-1723).

Otra de las actividades con las que se recaudaba dinero desde la cofradía, procedía de las limosnas, así como las donaciones de bienes que los vecinos efectuaban, y que posteriormente se vendían en subasta. Por ejemplo, en el caso de Saceda del Río, veremos entre los bienes que se aportan, donaciones de pan, azafrán, lana, gramíneas, objetos usados, animales..., sin olvidarnos del famoso rollo de San Sebastián.

El rollo de San Sebastián es un dulce de mazapán que se ponía a la venta el 20 de enero, onomástica de San Sebastián, por ello, gracias al dinero recaudado la cofradía obtenía ganancias. Este ya lo hemos visto documentado en 1752 (lib. 1725-1806 de las ánimas, fol. 38), cuando se indica que ese mismo año se vendió por dos reales. Una tradición que como veremos se iría prolongando con el transcurso de los siglos.

Otra de las fuentes de ingresos era a través de lo que se denominaba como “el palomar de las ánimas”. De este se obtenían los pichones que se cuidaban, así como se vendía “la palomina” (excremento) que producían las aves. De esta forma, la cofradía contaba con un palomar propio, el cual como veremos se situaba en el campanario de la iglesia parroquial (fol. 34-v, lib. 1725-1806).

Los mayordomos se encargaban de gestionar la cofradía. Su cargo solía durar varios años, pudiéndose extender si se consideraba que este se implicaba con ganas. En este caso, el cura del lugar era quien proponía varios candidatos, y que luego los alcaldes y regidores acababan eligiendo.

Otra de las actividades que realizaba la cofradía era la almoneda de Navidad. En esta, la hermandad celebraba una venta de objetos donados por los vecinos, que servían para recaudar dinero.

Igualmente, las bulas de difuntos, era otra de las formas mediante las que la cofradía se preocupaba por las ánimas de los difuntos. Al respecto, en 1659 (fol. 35-v, lib. 1625-1723) se manda al mayordomo de la cofradía “que en cada un año, compre tres bulas de difuntos y les ponga los nombres de esta forma: la primera por el ánima más sola, la segunda por la que padece más pena y la tercera por aquella que está más próxima a salir de ellas”. En 1663 se dan nueve bulas de difuntos.

Es por ello que la Cofradía de las Ánimas del Purgatorio podemos considerarla como una de los principales agrupaciones de vecinos estrechamente vinculada con la religiosidad en la localidad, y que al mismo tiempo estará asociada con la importancia de la doctrina del Purgatorio, puesto que con sus actividades generaba una fuente de financiación para la salvación de las ánimas.

David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Saceda del Río


Documentación consultada:

*Libro de la Cofradía de las Ánimas del Purgatorio de Saceda del Río, 1625-1723. Archivo Parroquial de Huete.

*Libro de la Cofradía de las Ánimas del Purgatorio de Saceda del Río, 1725-1806. Archivo Parroquial de Huete.