Las
festividades de Todos los Santos y Fieles difuntos siempre fueron
días especiales en la sociedad rural del territorio conquense. El
peso del catolicismo en muchas de esas pequeñas localidades que hoy
luchan contra el despoblamiento, fue una realidad manifestada a
través de la devoción e importancia con la que el conquense siempre
entendió la necesidad de que se mantuviera viva esa memoria por sus
antepasados, y en donde la salvación de las ánimas, resultaría una
cuestión crucial, tal y como se desprende especialmente por los
libros de defunciones de muchas parroquias que durante estos años
hemos podido estudiar.
Aunque
los nuevos tiempos hayan hecho desaparecer algunas tradiciones o
preparativos que se realizaban durante aquellas jornadas, todavía
veremos la persistencia de determinadas costumbres que en variopintos
lugares, sí han conseguido sobrevivir, o readaptarse a los tiempos
actuales.
En
el caso de Saceda
del
Río, sabemos que entre sus gentes, antaño la llegada de estos días
era muy importante para
sus habitantes. Y es que el peso de la religión siglos atrás, hacía que antes de la entrada de los primeros
días del mes de noviembre, en muchos pueblos ya se comenzaba a vivir
entre sus vecinos una situación previa a unos días especiales, marcados
por una mayor cantidad de horas de rezo, reflexión y recogimiento.
Así pues, se podría decir que un mes antes del 1 de noviembre, muchas personas comprendían que en cuestión de escasas semanas, se llegaba a uno de los
momentos más destacados para las ánimas de los difuntos.
La
presencia de cofradías y altares dedicados a estas como sabemos era algo normal. Desde las mismas se recordaba la necesidad de efectuar
sufragios, ayudas y limosnas, que muchas veces en forma de donación de alimentos, servían para efectuar posteriormente las
almonedas o subastas, en las que la cofradía podía recaudar dinero
para desempeñar sus obligaciones religiosas.
Por
aquel entonces, la agricultura era el motor del país, por este
motivo era normal que durante el mes de octubre, se fuesen cerrando
algunas de las cosechas que ocupaban a muchos de nuestros
antepasados. Y es que no debemos olvidar, que antaño el calendario
agrícola, estaba notablemente conectado con las festividades y la
religiosidad que diariamente impregnaba las casas de aquellas
personas. En el caso conquense, la cosecha de la vid comenzaba a
llegar a su fin, así como a cambiar esa climatología, y que iba presagiando los duros días de otoño que iban a venir.
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Era
importante aprovisionarse de cera y tener preparadas las lamparillas en casa, pues
no olvidemos que con ellas se materializaba esa memoria por nuestros
seres difuntos, además de guiarlos en su tránsito hacia la
salvación, al tiempo que ahuyentar ánimas ajenas, que
siempre se tenía el temor de que llegaran a introducirse dentro de
las casas.
Con
la festividad de San Miguel a finales de septiembre, veremos como
muchos fieles comenzaban a ser conscientes de la llegada en solo un mes de aquel día de ánimas. La significación que el Arcángel guardaba para las almas de los difuntos no era poca, pues como
sabemos es un defensor celestial, que además en su iconografía se
vincula directamente a través de esa balanza con el momento de la psicostasis, además
de su papel como fiel ayudante de Dios y justo protector.
Escasos
días después le toca el turno a la Virgen del Rosario, otra
advocación mariana estrechamente vinculada con las ánimas. El
primer domingo de octubre era una jornada importante, en la que
acudían muchos fieles hasta aquellos altares donde se veneraba esta
imagen, ya que se decía que sus rezos podían tener mayor
efectividad para la búsqueda de esa salvación
de las ánimas que estaban sufriendo en el Purgatorio.
Mientras
tanto la gente iba preparando y aderezando los altares, como el suelo
de la iglesia, puesto que hasta los primeros años del siglo XIX, muchas personas seguían
siendo enterradas en el subsuelo de los templos, de ahí la necesidad
de contar con lo necesario para realizar las ofrendas y rezar sobre
la tumba de los seres queridos. Era importante proveerse de cera, así como efectuar
penitencias que iban encaminadas para aliviar el pecado que
arrastraban aquellas almas.
De
la misma forma, acudir siempre que se podía a misa, rezar, efectuar
una penitencia, confesarse, al tiempo que recibir la Eucaristía,
eran formas con las que el mortal podía obrar, consiguiendo acciones
positivas encaminadas a la salvación del ánima, al tiempo que
encauzarse hacia una correcta vida cristiana que limpiaba sus propios
pecados.
Para
la llegada del 1 de noviembre, la casa debía estar preparada ante la
posible visita de las ánimas de familiares fallecidos recientemente. En muchas viviendas existía
el temor a que un ánima perdida pudiese introducirse dentro del
hogar, por ello se empleaban diferentes elementos protectores, que en el caso conquense eran variados. Uno de los más
recurrentes eran las campanillas, y que de vez en cuando se
hacían sonar para así tener la vivienda protegida.
Era
importante que aquellas personas que todavía se encontraban en el
mundo de los vivos, mostraran interés por sus seres fallecidos, de
ahí que además de la oración, se hacían ofrendas. En este
sentido, los días 1 y 2 eran jornadas de recogimiento, donde se
intentaba salir para lo indispensablemente necesario, como acudir hasta la tumba del ser querido o ir a misa. Por ello se
veía con muy malos ojos la realización de otras actividades que
nada tuviesen que ver con los sufragios por las ánimas, como podía
ser el salir a cazar, o incluso marcharse al campo a faenar. Eran
días para pasarse en familia, recordando historias sobre esos
familiares que ya no estaban presentes, así como rezando por sus almas. En aquellas jornadas, no había tiempo para distraerse, pues se
trataba de momentos especiales para conseguir aminorar el pecado de
aquellas almas, que intentaban salir cuanto antes del Purgatorio.
Por
otra parte, el temor por la entrada de las ánimas en las casas era
tal, que algunas cerraduras se tapaban con puche para que así estas
no pudiesen acceder, ya que se decía que iban en procesiones
nocturnas por las calles, de ahí que lo recomendable era quedarse
dentro del hogar, especialmente durante las horas nocturnas.
Otra de las medidas, era
la de hacer sonar las campanas de la iglesia a lo largo del día, guiando a las ánimas hacia el buen camino. Mientras tanto, las casas eran hogares sombríos y oscuros, en los que cabe imaginar que la
luminosidad que hoy tenemos, nada tendría que ver con la de esos
tiempos, puesto que a partir de las seis de la tarde, un candil o
algunas velas eran de las pocas cosas con las que uno podía
alumbrarse.
Cobijarse
junto a la chimenea, con el resto de la familia, aprovechando el
calor de la lumbre, era una de las formas mediante las que muchas de
esas personas pasaban varias horas, mostrando respeto por
sus antepasados. Sabemos que no era extraño que a lo largo de esos
días, se asignase la prohibición de consumir determinadas comidas,
existiendo algunas creencias sobre lo que podía suceder si
se cocinaban determinados platos.
Esta
atmósfera repleta de un cúmulo de creencias, se transmitía
rápidamente entre los integrantes de aquellas casas, donde siempre
se demandaba respeto y serenidad. También se encendían las velas o las lamparillas, gracias a las que se mantenía iluminada
una parte de la vivienda, al tiempo que se prolongaba esa protección y
memoria por los difuntos.
Otra
actividad que no debemos pasar por alto, es que en las semanas
anteriores, se habían recogido las calabazas, las cuales previamente
al 1 de noviembre, ya se acababan de horadar por dentro, para así poder
colocar en su interior esas velas que encendidas servían como un elemento protector en
diferentes puntos del municipio. Estas llegaban a colocarse en las
calles como en lugares alejados del pueblo, para, de este
modo, proteger ese entorno ante la llegada de ánimas intrusas que
pudieran causar algún mal en la localidad.
Hay
que decir, que todo esto no acababa el 2 de noviembre, pues el resto del mes, era sin duda uno de los momentos más indicados para
efectuar sufragios por las benditas ánimas del Purgatorio, a través
de oraciones y jaculatorias.
Esto
llevará a que tanto semanas antes como después de principios de
noviembre, sociedades campesinas de nuestro territorio como la de
Saceda y otras muchas, entendiesen perfectamente la importancia que comportaba el seguir manteniendo constantemente viva la memoria de aquellos seres
fallecidos, al tiempo que obrar cuanto más se pudiera en acciones
encaminadas a su salvación.
Al
mismo tiempo, este conjunto de elementos, reflejará esas creencias y miedos que acechaban a
muchas de aquellas personas, en las que el estilo de vida y
obligaciones que estas tenían, poco se asemejan al que hoy
conocemos. Las limitaciones del momento, la importancia que se le
daba al concepto de familia, el peso de la religiosidad, así como el
profundo conocimiento de la doctrina del Purgatorio, explican en su
conjunto parte de estas cuestiones.
La
Cofradía de las Ánimas del Purgatorio de Saceda del Río
Como
en muchos pueblos del territorio conquense, la cofradía de las
Ánimas del Purgatorio era una de las diferentes hermandades o
asociaciones religiosas que antaño tuvieron mucha importancia en la
vida religiosa de nuestros antepasados. Entre sus actividades, estaba
la dedicada a ofrecer rezos y sufragios por las almas de los difuntos
que estaban en el Purgatorio.
A
lo largo del año, la cofradía realizaba diferentes actividades, que
permitían la entrada de ingresos, para así destinar la mayor
cantidad posible al pago de misas, como realizar acciones encauzadas
para la salvación de esas ánimas.
En
el caso de Saceda del Río, tenemos referencias de interés que nos
remontan al siglo XVII, donde a través de algunos datos que se
conservan en los libros de dicha cofradía, podemos hacernos una idea
de la importancia que este tipo de hermandades adquirieron en tiempos
pasados.
Desde
estas se recaudaba dinero para destinarse una parte destacada al pago
de misas rezadas y cantadas, así como para la compra de aceite y
otros productos necesarios, como ocurría con el caso de la cera.
En la cofradía se hacía especial hincapié en la importancia de rezar
por las almas de los cofrades fallecidos, además de dar un entierro
digno a esas personas que habían estado involucradas en la misma.
Por ejemplo, sabemos que en el año 1752, la cofradía de las ánimas de Saceda, compra
una “vaieta negra” (lib. 1725-1806), para que la “echen a los difuntos sobre el ataud, comprada a
nueve reales y medio la vara”. Igualmente, mucho antes, en
1624, sabemos que la cofradía gastó “8 reales para una campana
de ánimas” (fol. 2, libro 1625-1723).
Otra de las
actividades con las que se recaudaba dinero desde la cofradía,
procedía de las limosnas, así como las donaciones de bienes que los vecinos efectuaban, y
que posteriormente se vendían en subasta. Por ejemplo, en el caso de
Saceda del Río, veremos entre los bienes que se aportan, donaciones
de pan, azafrán, lana, gramíneas, objetos usados, animales..., sin
olvidarnos del famoso rollo de San Sebastián.
El rollo de
San Sebastián es un dulce de mazapán que se ponía a la venta el 20
de enero, onomástica de San Sebastián, por ello, gracias al dinero
recaudado la cofradía obtenía ganancias. Este ya lo hemos visto
documentado en 1752 (lib. 1725-1806 de las ánimas, fol. 38),
cuando se indica que ese mismo año se vendió por dos reales. Una
tradición que como veremos se iría prolongando con el transcurso de
los siglos.
Otra de las
fuentes de ingresos era a través de lo que se denominaba como “el
palomar de las ánimas”. De este se obtenían los pichones que se
cuidaban, así como se vendía “la palomina” (excremento) que producían las
aves. De esta forma, la cofradía contaba con un palomar propio, el
cual como veremos se situaba en el campanario de la iglesia parroquial (fol. 34-v,
lib. 1725-1806).
Los
mayordomos se encargaban de gestionar la cofradía. Su cargo solía
durar varios años, pudiéndose extender si se consideraba que este
se implicaba con ganas. En este caso, el cura del lugar era quien
proponía varios candidatos, y que luego los
alcaldes y regidores acababan eligiendo.
Otra de las
actividades que realizaba la cofradía era la almoneda de Navidad. En
esta, la hermandad celebraba una venta de objetos donados por los
vecinos, que servían para recaudar dinero.
Igualmente,
las bulas de difuntos, era otra de las formas mediante las que la
cofradía se preocupaba por las ánimas de los difuntos. Al respecto,
en 1659 (fol. 35-v, lib. 1625-1723) se manda al mayordomo de la
cofradía “que en cada un año, compre tres bulas de difuntos y
les ponga los nombres de esta forma: la primera por el ánima más
sola, la segunda por la que padece más pena y la tercera por aquella
que está más próxima a salir de ellas”. En 1663 se dan nueve
bulas de difuntos.
Es
por ello que la Cofradía de las Ánimas del Purgatorio podemos
considerarla como una de los principales agrupaciones de vecinos
estrechamente vinculada con la religiosidad en la localidad, y que al mismo tiempo estará asociada con la importancia de la doctrina del
Purgatorio, puesto que con sus actividades generaba una fuente de
financiación para la salvación de las ánimas.
David
Gómez de Mora
Cronista
Oficial de Saceda del Río
Documentación
consultada:
*Libro
de la Cofradía de las Ánimas del Purgatorio de Saceda del Río,
1625-1723.
Archivo Parroquial de Huete.
*Libro
de la Cofradía de las Ánimas del Purgatorio de Saceda del Río,
1725-1806. Archivo Parroquial de Huete.