martes, 3 de noviembre de 2026

El linaje Valero de Pozondón. Nuevos apuntes

Como ya hemos comentado con anterioridad, la familia Valero de Pozondón estaba afincada en esta localidad desde el medievo. Es por ello que, si en el siglo XIII la memoria genealógica del linaje ya atestigua su presencia en este lugar, tal y como podemos leer en el trabajo de Valero de Bernabé (2023), no debería sorprendernos que durante el siglo XV se documente a algunos portadores de este apellido en Pozondón. Esto precisamente es lo que se aprecia en una mención que recoge Rafael Herrero en una de sus obras (2009, p. 79), al señalar que en 1470 Francisco Valero era jurado del municipio. Ahora bien, es sin duda a partir del siglo XVI cuando comenzamos a conocer un poco mejor la historia de esta familia, así como la de aquellas otras casas que enlazaron con ella. Así pues, una de las representantes más destacadas de este linaje fue Juana Valero, quien casó con el noble y bien situado socialmente don Pedro Martínez-Rubio.

Siguiendo nuestros apuntes genealógicos, podemos estimar que don Pedro y su esposa Juana Valero tuvieron varios descendientes entre los años treinta y cuarenta del siglo XVI, por lo que la boda entre ambos debió de celebrarse probablemente antes de 1530.

Juana Valero era hija de Juan Valero, también oriundo de Pozondón, mientras que su esposo Pedro descendía de la vecina localidad de Ródenas, siendo vástago de Antonio Martínez y María González-Rubio. Esta última generación nos sitúa ya en la segunda mitad del siglo XV, por lo que no resulta descabellado considerar tanto a la casa de los Valero como a las de los Martínez y los Rubio entre las familias más destacadas de Pozondón y Ródenas en aquel momento.

Precisamente, será la descendencia de la familia Martínez-Rubio la que dejará para la posteridad representado el escudo de su familia en uno de los retablos de la iglesia de Pozondón, más concretamente en el dedicado a Santa Ana. Desde luego, la unión de Pedro y Juana no era casual, puesto que ambas familias gozaban de prestigio en la zona, por lo que ya habían efectuado alianzas matrimoniales con otras casas de la nobleza local, como ocurría con los Catalán.

Por ello, es a través de este último linaje donde apreciamos una relación estrecha con los Valero. Así pues, Rafael Herrero (2009, p. 62) comenta cómo, en 1583, se concedió la capilla de la Virgen del Rosario a Miguel Valero. Posteriormente se indica (Herrero, 2013, p. 57) que la capilla de la Virgen del Rosario ya era propiedad del linaje Catalán a finales del siglo XVI.

Iglesia parroquial de Pozondón. Recreación mediante IA.

La relación entre los Catalán y los Valero era evidente, puesto que, tal y como indica Herrero (2013, p. 58), Miguel Valero, esposo de Catalina Catalán, fue enterrado a los pies del altar de la Virgen del Rosario de Pozondón en el año 1595.

No cabía, por tanto, duda de que ambas casas de infanzones estrechaban lazos, al tiempo que sus integrantes mostraban interés por hacer visible su poder y su pertenencia a estos linajes. El estrecho nexo de los Catalán y los Valero con la Virgen del Rosario se aprecia claramente en el hecho de que esta capilla también fuese costeada por los Catalán, de ahí que popularmente acabara identificándose en el pueblo con este linaje.

Conocemos los nombres de algunos de los hijos de Miguel Valero y Catalina Catalán, nacidos durante la década de 1550 y 1570. El linaje Valero-Catalán estableció alianzas matrimonialmente con familias del lugar como los Hernández, López, Gómez y Sánchez-Bayo.

El hecho de que, ya durante la segunda mitad del siglo XVI, la familia Valero descendiese de una casa integrante de la nobleza local y contara entre sus miembros con figuras destacadas, como el escribano del pueblo, además de disponer de una capilla, del derecho de enterramiento junto a ella y de alianzas matrimoniales con otras casas de infanzones o labradores acomodados, constituye una muestra del poder y prestigio social que había alcanzado el linaje.

David Gómez de Mora

Bibliografía:

*Herrero Cortés, R. (2009). Pozondón a través del tiempo. Aragón Vivo - Artes Gráficas. Ayuntamiento de Pozondón.

*Herrero Cortés, R. (2013). La iglesia de Pozondón y la ermita de la Virgen de los Ángeles. Aragón Vivo - Artes Gráficas. Ayuntamiento de Pozondón.

*Valero de Bernabé y Martín de Eugenio, L. (2023). Infanzones Hermúneos de Aragón: El linaje de los Valero de Bernabé. Marqués de Casa Real.

Apuntes sobre el linaje de la Orden

El origen genealógico de la familia de la Orden es una cuestión que durante estos años hemos intentado esclarecer. Al respecto, sabemos que, a finales del medievo, algunas de las ramas de este apellido ya se hallaban asentadas entre Piqueras del Castillo y Barchín del Hoyo. 

Así pues, en un documento relacionado con un expediente genealógico de uno de sus integrantes (AHN, 1613–1614), se indica, a través de la información otorgada por diferentes testigos, entre los que había vecinos procedentes de Piqueras, que las distintas ramas del apellido de la Orden podrían compartir un mismo origen. No obstante, los datos no permiten precisar el punto de arranque ni identificar al progenitor común a partir del cual se produjo la expansión del apellido.

Recordemos que Juan de la Orden Quijano y Fernández de la Orden, por parte de su padre, Andrés de la Orden, descendía de la línea de Miguel de la Orden, natural de Barchín, siendo este último esposo de Catalina Cano, vecina de Piqueras, lo que demuestra la existencia de un nexo claro entre los de la Orden de Barchín del Hoyo y sus vecinos de Piqueras del Castillo. Por otro lado, la línea de su madre, esposa del referido Andrés, descendía de Pedro Fernández de la Orden, también oriundo de Piqueras del Castillo.

Esto nos lleva a plantear que, teniendo en cuenta que no nos encontramos ante un apellido muy frecuente y que ambas localidades son vecinas, no resulta disparatado pensar que las diversas líneas del apellido de la Orden asentadas en una zona geográfica tan delimitada pudieran conducirnos hasta un mismo tronco genealógico. Precisamente, en el referido documento, esto es lo que afirma uno de los testigos, quien indica que “la dicha María Fernández de la Orden y el dicho Andrés de la Orden Quijano son parientes por el apellido de la Orden” (AHN, 1613–1614, fol. 6).

Ahora bien, los libros parroquiales de ambos municipios, a pesar de remontarse al siglo XVI, no permiten unificar esas ramas, puesto que, como decimos, a finales del siglo XV el apellido ya se encontraba disperso entre varias líneas familiares.

Igualmente, cabe recordar que, además de Piqueras del Castillo y Barchín del Hoyo, existieron otros núcleos poblados, aunque de reducido tamaño, como Alcol y Navodres, donde estos también ya están referenciados desde el siglo XVI. 

Alcol es una aldea despoblada que, hace unos siglos, estaba formada por alrededor de media docena de casas y en la que la familia de la Orden habitó durante un prolongado periodo de tiempo.

Esta serie de datos evidencia que los de la Orden de nuestra zona de estudio forjaron su pasado en este perímetro geográfico, a pesar de que algunos de sus integrantes acabaron trasladándose a otros lugares, tanto dentro de lo que hoy constituye la provincia de Cuenca como en puntos mucho más alejados.

Hemos de tener en cuenta que, además de la evidente proximidad geográfica entre Piqueras y Barchín, los intereses económicos que tenían esta clase de familias para medrar constituían factores determinantes para comprender cómo funcionaban aquellas casas de labradores y ganaderos que, gracias a una mayor movilidad geográfica, unida a la consolidación de políticas matrimoniales cerradas, podían incrementar todavía más su estatus social.

Tengamos en cuenta que los de la Orden ya gozaban de una buena reputación en esta área geográfica desde época temprana. Muestra de ello es el enlace que se produjo entre Amador de la Orden y Francisca Girón, perteneciente esta a una familia noble vinculada, a su vez, con los antiguos señores de Piqueras del Castillo.


Piqueras del Castillo

El primer volumen de bautismos de Piqueras del Castillo (ADC, P-2583) es una muestra de la extensión que el linaje de la Orden tenía ya en esta localidad durante la segunda mitad del siglo XVI. Nombres como los de Catalina de la Orden; Quiteria de la Orden, mujer de Esteban de Zamora; Ana de la Orden, esposa de Pedro de Miguel; Gregoria de la Orden, casada con Alonso de Bonilla; así como María de la Orden, además de otras personas descendientes de los matrimonios de Pedro de la Orden y Miguel de la Orden, forman parte de la relación de personas que ya portaban este apellido en la localidad antes de comenzar el siglo XVII.

Los nexos entre las líneas de Piqueras del Castillo y las de otras localidades como Barchín, Buenache de Alarcón o la aldea de Alcol son un claro reflejo de cómo esta familia había extendido desde finales del medievo sus vínculos familiares por estas tierras.

Especialmente prolíficas fueron las líneas que descendían de Miguel de la Orden y su mujer, Ana de Moya, entre cuyos nietos y bisnietos veremos cómo el apellido se extendió por la localidad. Otra manifestación de la continuidad del apellido se aprecia en la línea de los de la Orden-Lozano, que también estuvo estrechamente asociada con Barchín y Alcol.

Sabemos, por ejemplo, cómo, más adelante, la documentación nos recuerda que Catalina López, mujer de Miguel de la Orden y del Barco, fundó un vínculo, así como que el presbítero don Marcos de la Orden y López también realizó una fundación.

Esta familia, gracias a la tenencia de un patrimonio ganadero, junto con las tierras que tenía bajo su control, consiguió gozar de un reconocimiento en la zona que le permitió establecer una serie de políticas matrimoniales con familias bien posicionadas, así como en algunas ocasiones incluso con sus propios parientes. Ello, además de favorecer la conservación del apellido en la zona, contribuía a evitar que sus bienes se dispersaran entre familias ajenas a sus vínculos de sangre.


Alcol

Respecto a Alcol, se podría decir que el linaje de la Orden fue uno de los que más destacaron entre su modesto vecindario, dedicándose especialmente a la ganadería y a la explotación forestal, además del aprovechamiento agrícola de aquellas tierras donde el terreno lo permitía.

Alcol era un enclave pequeño, formado por alrededor de media docena de caseríos en el siglo XVIII, donde podía alcanzarse cierta solvencia económica gracias al pastoreo y al aprovechamiento de su masa forestal, de la que leñadores, resineros y carboneros también supieron obtener rendimiento. En este contexto, la familia de la Orden asentada en el enclave fue obteniendo recursos tanto de estas actividades como de sus propiedades agrícolas. En el Catastro de Ensenada (AGS, p. 447) se indica que, a mediados del siglo XVIII, había un total de seis casas en el lugar, lo que podría equivaler aproximadamente a unos 30 habitantes.

Uno de los principales problemas a los que se enfrentaban los ganaderos era la presencia de lobos en este espacio geográfico, pues, como es sabido, aquello fue una realidad hasta bien entrado el siglo XIX. Un hecho que nos han transmitido testimonios orales procedentes de la cercana localidad de Piqueras del Castillo. Una circunstancia comprensible teniendo en cuenta la tradicional abundancia de fauna silvestre en la zona. Corzos, jabalíes y ciervos, junto con una nutrida variedad de animales de menor tamaño que también formaban parte de su dieta, han estado casi siempre presentes en el lugar.

Recreación de las casas de Alcol (IA)

Si seguimos los restos de la modesta trama urbana de este enclave hoy deshabitado, observamos que esta se articulaba alrededor de varios caseríos que, con sus respectivos corrales, conformaban aquel antiguo modelo de vida.

El hecho de ser un lugar muy pequeño y apartado favorecía que la zona pudiera servir de refugio a personas que necesitaban un lugar seguro, además de bandidos, así como rebeldes que durante las guerras carlistas, trataban de eludir a las tropas liberales, buscando amparo en este paraje escasamente habitado, y donde las características del terreno favorecían su ocultación.

Sobre los integrantes de la familia de la Orden, sabemos que Pascual de la Orden, vecino de Alcol, falleció en 1681 y dispuso la celebración de 301 misas. Otro de los integrantes de este linaje procedente de Alcol era Pedro de la Orden, quien falleció en 1691, solicitando una manda de 100 misas.

Esta familia no vivía nada mal, pues veremos que en algunos de esos caseríos había una mínima cantidad de recursos, que ayudaban a que se pudiera vivir con ciertas comodidades, permitiéndose por ello solicitar algunos de sus vecinos centenares de misas por el rezo de su ánima en el caso de que se aproximara su muerte

Precisamente, una de las líneas que nos resultan más interesantes es la de Pedro de la Orden y Dorotea de la Orden. Pedro era hijo de Miguel de la Orden y Catalina López (él vecino de Alcol y ella de Piqueras). Aunque estos se movieron a caballo entre la aldea y Piqueras del Castillo, Dorotea, y que al mismo tiempo era familiar de su esposo, procedía de Barchín. Esta para el momento de su fallecimiento, no dudó en solicitar más de 1000 misas.

Ella era hija de otro Miguel de la Orden y Catalina López, quienes aunque nada tuvieron que ver con sus consuegros, a pesar de la coincidencia de los nombres y apellidos, nos revela las estrechas políticas matrimoniales entre integrantes de aquel linaje.

Y es que como veremos, a pesar de esa repetición de nombres, apreciamos que estaba la línea de Alcol, en la que el referido Miguel de la Orden (padre de Pedro de la Orden), era hijo de Bartolomé de la Orden; respecto de la de los abuelos paternos de Dorotea (esta vecina de Barchín).


Navodres

De la misma forma que Alcol, la aldea de Navodres fue otro de esos lugares en los que tenemos documentada la presencia de la familia de la Orden, al menos, durante el siglo XVI, concretamente a través de la figura de Pascual de la Orden y su esposa, María de Lucas, quienes residían en el caserío que existía en este punto.

Navodres, al igual que Alcol, formaba parte de los terrenos de dehesa que se arrendaban para el pasto y otros aprovechamientos. Este lugar tenía también una ermita dedicada a la Virgen de Aguas Santas, y que ya veremos documentada en el siglo XVIII en el Catastro de Ensenada. Al respecto, se indica en el citado documento que a mediados de dicha centuria en Navodres había solo (AGS, p. 447-v) “dos casas de campo propias la una de la capellanía que fundó don Pedro López Navarro presbítero de esta villa (Barchín del Hoyo)” y otra que poseía don Cristóbal Perea.

Recreación de Navodres (IA)

Barchín del Hoyo

Si nos trasladamos a esta localidad, no cabe duda de que en el pasado fue uno de los lugares en los que el apellido de la Orden estuvo estrechamente asociado con la historia de muchos de sus vecinos.

En el ya referido expediente genealógico de Juan de la Orden, veremos que este era portador del apellido tanto por línea paterna como materna, teniendo la primera sus raíces en Barchín y la segunda en Piqueras.

También hemos indicado al inicio de este artículo que es muy factible pensar que ambas ramas convergieran a finales del medievo en un mismo tronco. Un ejemplo de las políticas matrimoniales entre diferentes ramas de la casa de los de la Orden se aprecia en la genealogía del famoso maestro organero don Julián de la Orden. Así pues, tanto su rama como la de su esposa tienen sus raíces en Barchín durante muchas generaciones.

Julián era hijo de Pedro de la Orden, maestro organero, y Catalina Navarro, así como nieto de Miguel de la Orden y Catalina López. Su esposa, aunque se la menciona como Olaya Ruiz o Ruiz-Fresneda, era portadora también de la sangre de los de la Orden de Barchín, ya que su madre se llamaba Catalina de la Orden, quien, por cierto, era a su vez hija de Juan de la Orden —hermano del antes referido Pedro de la Orden y, por ello, tío de Julián, el maestro organero— y Melchora de la Orden.

Esta Melchora, abuela de Olaya, era natural de Barchín, al igual que sus padres Amador de la Orden y Melchora Martínez. Esta línea genealógica continuó asentada en Barchín durante el siglo XVI, vinculándose también con la rama de Andrés Lucas y Ana de Liébana.

Si seguimos los libros parroquiales de Barchín del Hoyo, apreciamos, a través del libro de bautismos, que en la década de 1540 ya había tres líneas del apellido, representadas por Miguel de la Orden, Juan de la Orden y Pascual de la Orden.

Como cualquiera de las familias que por aquel entonces quería medrar, los de la Orden comenzaron a destinar a algunos de sus hijos al estado eclesiástico. Ejemplo de ello es el clérigo presbítero don Andrés Lucas de la Orden. Su testamento puede consultarse en la documentación del Archivo Histórico Provincial de Cuenca (sig. P-2103). Este data del año 1695 y, a través del mismo, podemos esclarecer un poco más la genealogía de esta familia, puesto que el religioso, además de solicitar 1.000 misas, menciona a sus hermanos Alonso Carretero, padre de Amador de la Orden Carretero; Amador de la Orden, padre de Andrés de la Orden; y María de la Orden. Don Andrés tenía casas y tierras, por lo que gracias a la disponibilidad de estos bienes, agregó algunos de ellos a la capellanía que ya había fundado Gil Carretero.

La familia, como veremos, durante el siglo XVII supo afianzarse socialmente en la zona, consiguiendo efectuar matrimonios con casas que gozaban de cierta reputación. Ejemplo de ello lo encontramos en Librada de la Orden, quien casó con Pedro López de Molina, personaje que era, en los años ochenta de esa centuria, regidor perpetuo de Barchín, al tiempo que pertenecía a un linaje con solera en Buenache de Alarcón y sobre el que, en alguna ocasión, hemos tratado determinados aspectos de su historia.

Como decíamos, la movilidad de estas familias a lo largo del triángulo formado por Piqueras, Barchín y Alcol fue más habitual de lo que podría suponerse. Así pues, Bartolomé de la Orden, que también vivió durante el siglo XVII, residió en Piqueras del Castillo, siendo sepultado tras su muerte en este lugar por ser su esposa, Ana López, natural de allí, mientras que su hermano, Pedro de la Orden, era vecino de Barchín del Hoyo, localidad de la que procedía la familia.

Precisamente, la línea de los maestros organeros es la que mayor reconocimiento alcanzó fuera de estas tierras, ya que Pedro de la Orden, marido de Catalina Navarro, era maestro organero, al igual que sus hijos Miguel y Julián de la Orden. Este último, como hemos indicado, casó con Olaya, portadora también del apellido de la Orden por parte de madre e hija, al mismo tiempo, de otro maestro organero, Juan Ruiz-Fresneda. Probablemente tampoco fue casual que la hija de Julián y Olaya, llamada Catalina de la Orden, casara con Fernando Molero, otro maestro organero.

Entre los diferentes órganos que salieron del taller de esta familia, hay que destacar, además de los presentes en la Catedral de Cuenca, los dos órganos gemelos de la Catedral de Málaga.

Casa de Julián de la Orden. Imagen del autor

Los órganos de la Catedral de Málaga se hallan sobre el coro de este imponente edificio de la ciudad, siendo una de las principales obras de este templo, por lo que son considerados como unos de los más destacados del barroco español.

Cada uno de los dos órganos tiene más de 4.500 tubos a lo largo de sus tres cuerpos, alcanzando cada estructura una altura de 22 metros. Las columnas corintias con decoración vegetal y policromadas de color verde contribuyen a realzar la monumentalidad de unas obras que constituyen algunas de las piezas más representativas de la riqueza artística de esta catedral.

A pesar de ser casi idénticos ambos órganos, apreciamos que en uno de ellos figura el emblema heráldico de quien en aquel momento era obispo de Málaga, don José Molina Lario y Navarro. En el otro se aprecian las armas del escudo catedralicio de Málaga, compuesto por una jarra con azucenas. Cabe recordar que estos fueron encargados por el referido obispo e inaugurados entre 1778 y 1782, con diseño de José Martín de Aldehuela.

Genealogía de doña María Fernández de la Orden (AHN, 1613–1614)


Buenache de Alarcón

El caso de esta localidad es diferente al de Piqueras, ya que el apellido no se encuentra tan disperso entre diferentes ramas, puesto que las referencias más antiguas que tenemos nos conducen a la primera mitad del siglo XVI, a través de Cosme de la Orden, marido de María Herráiz. Es importante matizar que varias de las líneas que encontramos afincadas en Buenache conducen precisamente hasta Piqueras del Castillo, por lo que apreciamos claramente cómo las diversas líneas piquereñas estuvieron estrechamente vinculadas con la localidad bonachera.

Como ocurre en el resto de municipios que hemos tratado en esta región conquense, los apellidos, hasta prácticamente el siglo XIX, no se regían necesariamente por una transmisión ordenada a través de la línea de varón, lo cual complica, como se ve, la posibilidad de determinar con exactitud su transmisión, pues no era extraño que un apellido reapareciese después de una o incluso dos generaciones de la línea materna.

David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Piqueras del Castillo



Referencias:

*Archivo Diocesano de Cuenca. Libro I de bautismos de Barchín del Hoyo (1538–1548). Sig. P-2512.

*Archivo Diocesano de Cuenca. Libro II de bautismos de Barchín del Hoyo (1576–1585). Sig. P-2513.

*Archivo Diocesano de Cuenca. Libro I de matrimonios de Barchín del Hoyo (1598–1624). Sig. P-2524.

*Archivo Diocesano de Cuenca. Libro II de matrimonios de Barchín del Hoyo (1624–1648). Sig. P-2525.

*Archivo Diocesano de Cuenca. Libro III de matrimonios de Barchín del Hoyo (1648–1795). Sig. P-2526.

*Archivo Diocesano de Cuenca. Libro I de bautismos de Piqueras del Castillo (1554–1590). Sig. P-2583.

*Archivo General de Simancas. Catastro de Ensenada. Respuestas Generales de Barchín del Hoyo (Cuenca) [Manuscrito, siglo XVIII]. Dirección General de Rentas, primera remesa. Consulta digital en el Portal de Archivos Españoles (PARES).

*Archivo Histórico Nacional. Expediente genealógico de Juan de la Orden Quijano. Universidades, 531, exp. 13, 1613–1614.

*Archivo Histórico Provincial de Cuenca. Protocolos notariales de Barchín del Hoyo. Sig. P-2103.

San Pelayo (Guadalajara)

Hace unos meses publicábamos un estudio en el que tratábamos algunos aspectos sobre la figura y la devoción de San Pelayo. Concretamente, nuestro interés radicaba en analizar algunas cuestiones que podrían explicar por qué este mártir alcanzó tanta importancia en determinados enclaves de nuestra geografía peninsular.

Por lo que se refiere a la provincia de Guadalajara, su nombre tampoco pasó desapercibido en determinados lugares, pues, por ejemplo, encontramos una referencia toponímica alusiva a este santo en el entorno de Sigüenza, que podría estar relacionada con la presencia de su culto en esa área desde tiempos atrás (Gómez de Mora, 2026, pp. 84 y 93).

En este sentido, consideramos importante contextualizar el pasado de cada lugar y, por lo que respecta al caso que nos ocupa, atender a los orígenes del poblamiento cristiano en esta zona. Esta cuestión aparece recogida en el estudio de Gismera Velasco (2021, p. 34), donde se señala que el núcleo de Pelegrina podría haber existido con anterioridad a la Reconquista.


Área de la partida de San Pelayo. Imagen del autor.

Creemos, tal y como ya hemos comentado en diferentes ocasiones, que la presencia de asentamientos cristianos o núcleos de comunidades mozárabes en un territorio dominado por los musulmanes fue un fenómeno presente en diferentes puntos del territorio peninsular, a pesar de las limitaciones y dificultades que esta situación podía comportar para unas comunidades que vivían en minoría.


Área de la partida de San Pelayo. Imagen del autor.

Precisamente, ese espacio designado como San Pelayo también aparece mencionado en un trabajo de Ricardo L. Barbas Nieto (2024, p. 75), al referirse al «despoblado de San Pelayo» que, como señala el autor, se situaba entre Torremocha del Campo, Pelegrina y Algora, próximo al paraje llamado Campillo del Cid.


Área de la partida de San Pelayo. Imagen del autor.

Recordemos que San Pelayo alcanzó una enorme devoción en el territorio español, especialmente durante el medievo, cuando su culto fue especialmente destacado entre las comunidades cristianas. Otra cuestión que también hemos abordado sobre este santo es la importancia que su culto tuvo entre grupos de población mozárabe, algo que podría percibirse en aquellos enclaves situados más al sur del territorio históricamente controlado por los reinos cristianos.


David Gómez de Mora


Bibliografía

*Barbas Nieto, R. L. (2024). «El asentamiento y atalaya andalusí de Torresaviñán (Torremocha del Campo-Guadalajara) a través de técnicas LIDAR». En XVIII Encuentro de Historiadores del Valle del Henares, pp. 67–82.

*Gismera Velasco, T. (2021). Historia de Pelegrina (Guadalajara): Pelegrina y el castillo de los obispos. Tierra de Atienza.

*Gómez de Mora, D. (2026). Apuntes sobre San Pelayo. Historia e imágenes.

El clero villarejeño en siglos pasados

Villarejo de la Peñuela ha sido a lo largo de su historia, un pequeño enclave conquense forjado en la tradición católica, del que han surgido diferentes religiosos. Algunos de estos, debido a su poder e influencia, consiguieron proyectar su nombre más allá de las tierras conquenses.

Esto mismo se refleja en el texto manuscrito de la Biblioteca Nacional de España, en el que ya se destacan, entre las personalidades de esta localidad, las figuras del doctor Juan Sánchez de Soto, catedrático y canónigo de Baeza, así como la de don Alonso de Rivera Hinestrosa Guzmán, quien renunció al mayorazgo de su casa y tomó el hábito de carmelita descalzo. Este último murió en Alcalá de Henares, a los 63 años, el 8 de diciembre de 1638. Sabemos que era hijo de don Alonso Coello de Rivera y María de Hinestrosa. Estudió artes y teología, llegando a desempeñar algunos cargos en la jerarquía carmelita.


Imagen realizada por IA

Tampoco podemos pasar por alto al presbítero don Pedro López Sainz, descendiente de una familia con mucha historia en el municipio, y que ejerció y administró como una de las figuras más destacadas del municipio la iglesia de Villarejo durante el siglo XVIII. Este no fue el único, puesto que, como sabemos, su tío también fue un destacado religioso de la localidad.

Otros nombres son los de don Miguel de la Peña, sobre quien en alguna ocasión hemos tratado con detenimiento diferentes cuestiones relacionadas sobre su persona y linaje familiar, así como Miguel Sánchez de Ortega, canónigo de Santa María del Alcázar de Baeza. Sobre este último, veremos que se le identifica como natural de Villarejo de la Peñuela. Dato que recogemos del estudio de Ramis y Ramis (2018, p. 53), citando a Cátedra García (2001, p. 157). A dicho religioso se le atribuye la obra Libro llamado el hombre nuevo, impresa en 1582.


David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Villarejo de la Peñuela


Referencias:

*[Descripción y mapa de Villarejo de la Peñuela (Cuenca) y sus alrededores]. ([1766–1802]). [Manuscrito cartográfico]. Biblioteca Nacional de España, signatura MSS/7298 (h. 861).

*Ramis Barceló, R., y Ramis Serra, P. (2018). Los primeros grados de la Universidad de Baeza (1549-1580). Madrid: Dykinson / Universidad Carlos III de Madrid.

La religión antaño en Verdelpino de Huete

Verdelpino de Huete ha sido siempre un municipio arraigado con la tradición y la religiosidad. Y es que, mientras la localidad mantuvo una población mucho más numerosa que la de hoy, la vida religiosa impregnaba una parte considerable del día a día de sus habitantes.

Sabemos que, en la Edad Media, Huete fue el centro neurálgico de un territorio en el que el papel ejercido por el clero se extendía también a otros enclaves de la zona. Precisamente, si por algo se caracterizó este municipio fue por la cantidad de religiosos que había en la localidad.

El papel que ejercían las cofradías, tanto desde el punto de vista religioso como desde el social, nos permite entender la importancia que tuvieron determinadas familias, así como grupos de personas que, vinculados al clero, cobraron un notable protagonismo. Precisamente, durante el siglo XVIII, la familia de los Alcázar-Montoya, así como aquellos linajes que estaban emparentados con estos, consiguieron adquirir una importancia que les permitió formar parte de esta élite local.

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Durante la segunda mitad del siglo XVIII, las nuevas corrientes políticas e intelectuales que comenzaban a extenderse por Europa, empezaron a hacer mella en aquellas poblaciones donde el clero, al igual que el Santo Oficio, había desempeñado un rol importante en tiempos pasados.

Al respecto, si leemos las referencias que se recogen en el texto manuscrito de 1787 sobre la descripción de Verdelpino de Huete y sus alrededores, podemos ver que se señala como en esta localidad estaban: “los hombres más ilustres eclesiásticos doce, los ocho del hábito de Santiago, y los cuatro comisarios del Santo Oficio, y por lo secular tres, y los dos familiares del Santo Oficio”. 

Este testimonio nos indica que en esta población, que por aquel entonces contaba con unos 500 habitantes aproximadamente, había un total de 15 personas vinculadas al ámbito eclesiástico, de entre las cuales seis pertenecían al Santo Oficio.

Eso nos lleva a concluir que la presencia del clero era destacada, así como el peso ejercido por la Iglesia en una sociedad en la esta no solo desempeñaba funciones religiosas, sino que también ejercía una notable influencia social sobre sus habitantes. 

Tengamos en cuenta que la importancia de las cofradías y el poder de las élites locales, unido al prestigio alcanzado por algunas familias con presencia en lugares destacados como Cuenca, Huete y Uclés, ayudan a explicar este fenómeno.


David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Verdelpino de Huete


Referencia:

Cavallero González, V. (1787, 2 de marzo). [Descripción de Verdelpino de Huete (Cuenca) y sus alrededores] [Manuscrito, 2 hojas]. Biblioteca Nacional de España, signatura MSS/7298 (h. 756–757).

La devoción hacia la Virgen del Monte de La Peraleja siglos atrás

En el año 1786, la devoción hacia la Virgen del Monte en La Peraleja era tal que, en un manuscrito de la Biblioteca Nacional de España, se indica que, durante la fiesta de Nuestra Señora del Monte, celebrada el día 8 de septiembre, llegaban a acudir al lugar entre 7.000 y 8.000 personas. Una cifra elevadísima, teniendo en cuenta que por aquel entonces este espacio religioso no era tan grande, y que, por ejemplo, según el Censo de Floridablanca de 1787, La Peraleja registraba un total de 794 almas. Es decir, una afluencia equivalente a unas diez veces su población. A modo de comparación, la ciudad de Huete tenía poco más de 2.500 habitantes por aquellas fechas, de modo que aquella concurrencia habría supuesto aproximadamente el triple de esta población.

De ser así este dato, la cantidad de personas atraídas por la devoción a Nuestra Señora del Monte indicaría un ámbito de influencia que se extendía más allá de los municipios situados en los alrededores de La Peraleja.

                              

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Concretamente, en el documento al que nos estamos refiriendo, se indica lo siguiente (BNE, fol. 568v.): “Nª Sª del Monte que se venera, es imagen de particular devoción así en el como en los circunvecinos, y en el día de su festividad 8 de septiembre concurren en ella 7 a 8 mil personas”.

Posteriormente, este dato vuelve a confirmarse cuando se señala lo siguiente (BNE, fol. 570v.): “Su patrona Nª Sª del Monte situada en la punta de una cumbre contigua a el pueblo que lo dominam y desde ella se registra distante como dos tiros de bala. Imagen de especial devoción así en este pueblo como en los circunvecinos que solo se saca de su trono en el día de su Natividad, y se lleva en Procesión alrededor de dicha ermita, y si por alguna necesidad grave y urgente se baja a la parroquia en cuyo día se juntan a venerarla 7 a 8 mil personas”.

 

Imagen de Nuestra Señora del Monte de La Peraleja. Biblioteca Nacional de España. Vázquez, grabador.

 

David Gómez de Mora

Cronista Oficial de La Peraleja

 

Referencias:

*Censo de Floridablanca. Tomo II, 1787. Instituto Nacional de Estadística.

*Montoro, J. de. (1786, 8 de diciembre).[Descripción de La Peraleja (Cuenca) y sus alrededores] [Manuscrito, 5 hojas]. Biblioteca Nacional de España, signatura MSS/7298 h. 568–572).

*Vázquez, A. (grabador). (s. f.).Nuestra Señora del Monte [Estampa]. Biblioteca Nacional de España.

El agua en Saceda del Río siglos atrás

Sabemos, por referencias tanto de vecinos que nos hablan de la situación hídrica de esta localidad a principios del siglo XX, como por testimonios de tiempos más lejanos, que no siempre fue sencillo abastecerse de agua en la pedanía de Saceda del Río.

Por aquel entonces, veremos que existían fuentes y algunas zonas concretas que como surgencias ocasionales, en determinados momentos del año eran aprovechadas. No obstante, ni su regularidad, ni tampoco su calidad, permitían que fuesen utilizadas de manera prolongada. Por ello, los vecinos, además de recurrir a aljibes o depósitos, se desplazaban fuera de este lugar para encontrar agua de mejor calidad. 

Esto precisamente se recoge en un texto manuscrito de la Biblioteca Nacional de España en el que se indica, respecto al agua de Saceda del Río (fols. 623–623v.): “por razón de sus aguas salobres se padecen bastantes dolores nefríticos; de piedra y algunas hidropesias cuyos males tienen conocido a bien con el uso del agua que ance en el término del despoblado de Peñaora a una legua de distancia”.

 

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De la misma forma que ocurría en el vecino enclave de Carrascosilla, la calidad de las aguas en esta zona no era buena. Por ello, su consumo podía generar, a medio y largo plazo, problemas de salud, como los que se recogen en el referido texto, circunstancia que explicaría que sus vecinos se desplazasen hasta zonas más alejadas para obtener agua de mejor calidad.

Con el término «dolores nefríticos», el texto se refiere a dolores localizados en la región de los riñones, mientras que la expresión «de piedra» podría referirse a los cálculos urinarios que se formaban en los riñones o la vejiga, causando dolores intensos, así como dificultades para orinar. Por otro lado, el término «hidropesía» es una denominación médica antigua que designa la acumulación anormal de líquido en los tejidos o cavidades del cuerpo.

David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Saceda del Río


Referencia:

 *Gómez Barreda, F. (1788, 14 de diciembre). [Descripción y mapa de Saceda del Río, Moncalvillo del Huete (Cuenca) y sus alrededores] [Manuscrito con mapa, 4 hojas]. Biblioteca Nacional de España, signatura MSS/7298 (h. 623–626).

Piqueras del Castillo a finales del medievo

Los orígenes de Piqueras del Castillo nos sitúan en el contexto de la reorganización territorial de la conqusita de Cuenca (1177) y Alarcón (1184). Esto nos lo recuerda su edificio más emblemático, su torre, que, según el trabajo de José Ramón Ruiz-Checa (2015, p. 260), puede fecharse, a partir del análisis comparativo con otras torres como las de Barchín o Chumillas, en un arco cronológico comprendido entre finales del siglo XII y las primeras décadas del XIII.
 
Es por ello importante conectar estos datos con el documento en el que se confirma la donación de una heredad en este lugar al monje Pedro López en el año 1189, pues ambos testimonios nos sitúan en un mismo intervalo histórico de reorganización territorial y repoblación de la zona durante las últimas décadas del siglo XII.

Gracias a dicho documento, conocemos la primera referencia del topónimo Piqueras. Se trata de un diploma de Alfonso VIII, fechado el 18 de octubre de 1189, relativo, como se ha indicado, a una heredad situada junto al río de dicho nombre, en la vega de Valera, y vinculada al monje Pedro López (García Luján, 1981, doc. 52, p. 83). Ahora bien, carecemos de información detallada para el periodo que va desde ese momento hasta finales del siglo XV. La escasez de datos complica esclarecer la evolución demográfica y urbana del lugar. No obstante, parece razonable suponer que el núcleo poblacional se organizó a finales del medievo alrededor de la torre y de su iglesia, que ya en el siglo XVI se encuentra perfectamente documentada.

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Las epidemias, las malas cosechas y los conflictos que se vivieron en nuestro territorio a finales de la Edad Media reflejan la evidente vulnerabilidad de este tipo de pequeños núcleos de población. Sabemos que hacia el año 1430 se indica que Piqueras estaba despoblado (Jara Fuente, 2002–2003, p. 87), aunque cabe recordar, siguiendo a José María Sánchez Benito (2013), que, según su estudio sobre los términos despoblados de la tierra de Cuenca durante el siglo XV, esa consideración de despoblado no implicaba necesariamente la ausencia absoluta de habitantes, pues podían continuar residiendo en el lugar algunas familias o varias personas. Por ejemplo, la guerra castellano-aragonesa entre los años 1429 y 1430 pudo influir en una ausencia temporal de habitantes en el lugar, de modo que, una vez finalizado el conflicto, la situación pudo restablecerse paulatinamente. Tengamos en cuenta la vulnerabilidad que presentaban este tipo de pequeños enclaves. Al respecto, Sánchez Benito (2013, p. 328) señala que más de 60 lugares tuvieron la consideración de despoblados en algún momento del siglo XV, por lo que el hecho de que Piqueras aparezca como despoblado en esa referencia de la década de 1430 no significa necesariamente que el lugar estuviese estrictamente abandonado.
 
Sobre esta cuestión, el autor comenta: “es preciso señalar que para que una localidad se considerase jurídicamente como tal no era necesario que perdiese todos sus habitantes y quedase completamente yerma. Como es lógico las propiedades privadas seguían manteniendo todo su valor, las tierras se seguían cultivando en muchos casos y, como tendremos ocasión de comprobar, la mayoría no se vacia ban del todo sino que mantenían unos cuantos habitantes”(Sánchez Benito, 2013, p. 328).
 
Igualmente, José Antonio Jara Fuente (2002–2003, p. 87) indica que Alfón y Pero Álvarez de Toledo eran los herederos de Piqueras alrededor de 1430, así como que, entre 1434 y 1435, el único vecino de Piqueras era Juan Montero, quien era mayordomo del referido Pero Álvarez de Toledo. No sería descartable pensar, por ello, que junto a Juan Montero hubiese trabajadores, pastores y, posiblemente, algunas familias que residiesen en este enclave sin figurar formalmente como vecinos.
 
Tampoco sería descabellado plantear que Piqueras pudo haber pasado de ser una pequeña comunidad campesina a funcionar como un conjunto de propiedades administradas desde fuera durante algunos periodos del medievo.
 
Desde luego, son muchas las dudas y pocas las respuestas, puesto que por ahora no podemos precisar qué ocurrió en esa etapa escasamente documentada.
 
Otro dato de notable interés es que en 1452 había 12 vecinos (González, 1787, fol. 582), es decir, alrededor de 55 habitantes. Creemos que el entorno de la iglesia y el área de las calles del mediodía-empedrada constituyeron el espacio desde el que fue extendiéndose la trama urbana de ese Piqueras transicional entre finales del medievo y comienzos del siglo XVI.
 
A finales del siglo XV y durante las décadas siguientes, comienzan a documentarse apellidos como los de Beteta, Blasco, Cantero, Cano, Fernández, García, Gil, Herráiz, Herrero, López, Lucas, Martínez, Mateo, de la Orden, Ruiz, Saiz y Zamora.
 
Precisamente, algunos de estos son los que en el siglo XVI ya habían conseguido medrar, siendo reconocidos entre las élites de esa sociedad labriega y pastoril a nivel local. Entre los ejemplos que hemos tratado con algo más de detalle se encuentran los Cano, Gil, López, Lucas, de la Orden, Ruiz y Zamora.
 
Así pues, la población de Piqueras siguió, desde mediados del siglo XV hasta los años veinte de la centuria siguiente, una evolución ascendente, puesto que en el Censo de Pecheros de 1528 (INE, 2008, p. 61) se indica que Piqueras contaba con 61 vecinos pecheros, es decir, aproximadamente 300 habitantes. Esto lleva a suponer que, entre 1450 y 1530, Piqueras del Castillo habría multiplicado aproximadamente por seis su población.
 

David Gómez de Mora

Cronista Oficial de Piqueras del Castillo


Referencias:

*García Luján, José Antonio. Cartulario del monasterio de Santa María de Huerta. Estudio de José Antonio García Luján. Edición facsímil. [Soria]: Monasterio de Santa María de Huerta, 1981. (Biblioteca Hortense, Serie A: Documenta, 1; Publicaciones de la Diputación Provincial de Soria, Colección Temas Sorianos, n.º 3).

*González, A. (1787, 19 de abril). Descripción de Piqueras del Castillo (Cuenca) y sus alrededores (Manuscrito). Biblioteca Nacional de España, MSS/7298 (h. 581–583).

*Instituto Nacional de Estadística. (2008). Censo de pecheros: Carlos I, 1528 (t. I).

*Jara Fuente, J. A. (2002–2003).«Que memoria de onbre non es en contrario»: Usurpación de tierras y manipulación del pasado en la Castilla urbana del siglo XV. Studia Historica. Historia Medieval, 20–21, 73–104.

*Ruiz-Checa, J. R. (2015). Torres exentas en el ámbito del Júcar medio (Cuenca): Implantación territorial y caracterización constructiva (Tesis doctoral, Universitat Politècnica de València).

*Sánchez Benito, J. M. (2013). Términos despoblados en la tierra de Cuenca: Un problema de organización del territorio y articulación social en el siglo XV. Historia. Instituciones. Documentos, 40, 327–359.