La historia del lobo en la provincia de Castellón, es más extensa de lo que nos podríamos imaginar. Incluso entre mediados del siglo XIX, como durante las últimas décadas de esa centuria, veremos aun este cánido merodear por algunas localidades de nuestro territorio. Hecho del que dejan constancia trabajos de su época como el famoso diccionario de Madoz, o el posterior estudio de la provincia de Castellón elaborado por Mundina.
El trabajo de Madoz nos puede servir para partir de una idea del lobo a mediados del siglo XIX, mientras que el de Mundina, unas dos décadas después. Un periodo de tiempo que aunque parezca reducido en términos históricos, es muy interesante para comprender como fue esa decaída de la especie en nuestros montes, durante lo que podemos considerar como su paso final por estas tierras antes de su extinción en la región.
Hemos de pensar que el lobo ya venía arrastrando una fuerte persecución, que paulatinamente iba diezmando su población, especialmente desde finales del siglo XVIII, empeorándose más si cabe la situación en el siglo XIX, cuando este acabaría desvaneciéndose en la mayoría de las zonas de la provincia, presenciándose únicamente de forma efímera en algunos enclaves a lo largo de los primeros años del siglo XX, antes de su completa desaparición.
Si apreciamos los aleros de algunas de las casas de los municipios que representan la zona de estudio, todavía es habitual encontrarse con tejas decoradas, que con sus triángulos pintados, rememoran los característicos “dents de llop”, los cuales bajo esa funcionalidad protectora, nos recordarán como este animal enseñaba sus dientes para defenderse, de la misma forma que el habitante de la casa quería proteger lo que más preciaba, su familia y respectivas pertenencias.
No hay que olvidar como la vivienda siempre fue un espacio privado, que requería de esas creencias que garantizaban a sus inquilinos el no tener que sufrir desgracias, como podían ser enfermedades, situaciones de hambruna o incluso la visita de ánimas, que en épocas concretas como la festividad de Todos los Santos, movilizaban a la gente en la búsqueda de remedios, que sirvieran para paliar aquel tipo de temores. El pintar los bordes de las ventanas y puertas con azul añil, o el empleo de los referidos aleros, eran sólo un ejemplo de las variopintas creencias de aquellos tiempos.
Por lo que respecta a la presencia del lobo, y que de la misma forma era visto muchas veces poco menos que como un emisario del demonio, en las tierras interiores del sur del territorio castellonense, conocemos referencias que nos hablan todavía de su presencia. Un ejemplo es el caso de Caudiel, un municipio del que Madoz (T.VI, 1847, 264) dice que “hay caza de perdices, conejos y liebres, y se crían algunos lobos y zorras”.
Cierto es que la extensión que abarcaba este cánido en época pasadas, se ampliaba a buena parte de la geografía castellonense, hasta el punto, de que llegará a registrarse su presencia en zonas litorales, tal y como apreciaremos en la localidad de Almenara. No obstante, su principal hábitat se encontraba en los puntos más apartados de la mano del hombre o donde la densidad demográfica era menor. Es por ello, que en tierras más adentro, era normal que se pudiese ver con mayor frecuencia, tal y como sucedía en las entrañas de la Serra d'Espadà.
También el lobo por aquel entonces, estaba presente alrededor de la Serra de Montalgrao o en áreas montañosas anexas, como presenciaremos en La Fuente de la Reina. De esta población, Madoz (T. VIII, 1847, 222), indica que hay “algunos animales dañinos, como son lobos y zorras”. Mundina (1873, 307), lo vuelve a confirmar, cuando cita que “entre las escabrosidades de sus montes se crían algunos lobos”.
Por otro lado, en la Sierra del Toro, hasta la segunda mitad del siglo XIX, todavía podía darse el caso de que se viesen algunos ejemplares, llegando incluso a entrar hasta las calles de la localidad.
La toponimia del lugar es bastante sintomática, al recordarnos nombres asociados con las dos principales especies que mayores daños generaban en los corrales: el lobo y el zorro.
Así pues, si analizamos el registro de nombres antiguos de este pueblo, apreciaremos referencias de parajes bajo la designación de agualobos, la rambla o el cortado de agualobos.
Otras alusiones estarán directamente relacionadas con las raposas (la rabosera, los zorros o la solana de la rabosera). Cierto es que esta última especie, siempre ha estado presente a lo largo del territorio, no obstante, su daño y temor en los corrales, era mucho más intenso siglos atrás, puesto que hemos de pensar que las gentes de antaño, vivían gracias a un tejido económico, en el que el ganado era una de las principales fuentes de sustento.
Tampoco podemos olvidar el caso de Barracas, un enclave que al estar posicionado cerca de la referida área montañosa de la Sierra del Toro, también convivió con este cánido. La proximidad con las tierras turolenses (donde esta criatura estaba igual de extendida), convertirá la zona del interior castellonense, hasta finales del siglo XIX, en un foco donde el animal pudo resistir, tal y como cita Madoz, cuando al referirse a Barracas (T.IV, 1846, 37) indica que todavía hay “algún lobo y zorro”.
Para entender mucho mejor la idiosincrasia y preocupaciones que acechaban a la gente de antaño, es importante conocer además de las características sociales y económicas de sus pueblos, el vínculo religioso que tendrán con las diferentes advocaciones que se veneraban en la iglesia y ermitas de la localidad. Al respecto, sabemos que en el caso de Barracas, desde hacía tiempo, había fervor hacia Nuestra Señora la Divina Pastora de las Almas.
Sobre esta imagen, veremos que en pleno periodo artístico del barroco (siglo XVIII), será cuando comenzará a extenderse por todo el país de modo muy profuso su devoción. No obstante, desconocemos con precisión cuando arranca su veneración en el municipio, ya que María Isabel Martí (1999, 170), en su artículo “Asociaciones de Barracas”, al referirse a la historia de la Cofradía de la Divina Pastora, comenta que esta “viene de tiempos muy remotos, pues ni las personas más ancianas del pueblo recuerdan cuando se formó, es algo que todos recuerdan ya establecido”.
Cabe imaginar que dicha advocación, independientemente de si su historia en esta tierra se puede alargar varios siglos atrás en el tiempo, y en una época en la que los capuchinos jugaron un papel importante en las diferentes localidades de esta zona, su simbología resultará ampliamente interpretada por las gentes del lugar, ya que el rebaño de ovejas, aunque esté refiriéndose a la comunidad cristiana, y que nos recordará como la madre de Dios acompaña a quienes estarán con su hijo (el Buen Pastor), la sociedad pastoril del lugar, verá en su iconografía, una serie de paralelismos, que acabarán relacionándose con su modus vivendi, y por tanto, con esas preocupaciones que a los pastores de aquellos tiempos les acechaban.
La iconografía de la Divina Pastora se suele representar con la Virgen en una roca y su hijo, así como un sombrero que rememorará la vida pastoril, además de un rebaño de ovejas, y un lobo que intentará perseguir a una de estas que se halla extraviada. Ese lobo, y que simboliza el mal, será reducido por el Arcángel San Miguel, quien de esta forma conseguirá salvar a la oveja perdida.
Partiendo de esta interpretación, es importante tener en cuenta, que aunque la vinculación de dicha imagen se produzca en un contexto devocional, que nada tendrá que ver con el temor al lobo (además de que cronológicamente cabe situarse en un periodo en el que la población de este cánido estaba bastante diezmada), es importante pensar que el simbolismo que aguardará en lugares como este, tendrá siempre una relevancia significativa, por ser una parte destacada de sus gentes, personas volcadas con un mundo tan sacrificado como el del pastoreo y el cuidado de los animales.
Entendemos por este motivo, que ello generará ciertos vínculos, que llevarían a muchos barraqueros a ver esta Virgen, como una advocación que se identificará con su forma de vida cotidiana, y por tanto, no solo como la comunidad cristiana a la que Dios protege del maligno, sino también, como de esas cabezas de ganado, que son el principal sustento con las que encontrarán el alimento para su familia, y motivo por el que en más de una ocasión, necesitarán de su ayuda divina.
Así pues, nos encontramos por lo tanto, ante una muestra de devoción hacia una Virgen que evocaba la figura de una pastora, en un pueblo con un elevado número de gente dedicada a la ganadería, que al mismo tiempo ocupará a todo el núcleo familiar, ya que tanto el padre, la esposa como los hijos, solían estar volcados de forma cooperativa en este tipo de oficios.
Precisamente, otra advocación, que jugará un papel muy importante en estas tierras, es San Roque. Abogado y protector contra la peste y todo tipo de epidemias, así como también del ganado, algo que todavía presenciamos especialmente en la región de Extremadura. A día de hoy, aun pueden verse en los balcones y ventanas del Toro, muestras de la devoción hacia el santo, así como también una ermita dedicada al mismo, la cual se cree que puede remontarse incluso a finales del medievo. Un período histórico que como sabemos se caracterizó por el azote de las epidemias, en una población muy vulnerable, carente de mecanismos con los que poder hacer frente.
David Gómez de Mora
Bibliografía:
*Madoz Ibáñez, Pascual (1845-1850). Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar. Madrid
*Martí García, María Isabel (1999). “Asociaciones de Barracas”. Nuestros pueblos. Barracas. Instituto de Cultura Alto Palancia. Diciembre 1999. Boletón nº10, pp. 170-174
*Mundina Milallave, Bernardo (1988). Historia. Obra de historia, estadística y geografía de la provincia de Castellón. Facsímil de Imprenta y librería Rovira hermanos, 1873. Castellón, por Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Castellón, 693 pp.