domingo, 26 de julio de 2026

La ermita de la Virgen del Monte de La Peraleja

La historia de esta imagen nos retrotrae, según el relato tradicional, a unos cuantos siglos atrás, cuando se indica que un noble de La Peraleja llamado Juan de Aza (perteneciente, según nuestra interpretación, a la familia peralejera de los Daza), una noche, desde el pueblo vio a lo lejos una luz, que al principio se creía que era fruto de la hoguera de algún pastor que había encendido para paliar el frío.

Después de aquello, algunos curiosos del municipio, y entre los que se cita al noble Juan de Aza, acudieron hasta ese punto donde se atisbaba esa luminosidad, descubriendo para asombro de los presentes que en lugar de hallar el resplandor de una hoguera, lo que había eran un montón de cantos de piedra apilados, que mientras empezaron a moverlos, escondían una caja, que dentro tenía un lienzo blanco que protegía la talla de una Virgen. Tras este hallazgo, se acabó designando esa imagen con el nombre de la Madre de Dios del Monte o Nuestra Señora del Monte.

Interior de la ermita

La tradición atestigua que en tiempos de la dominación islámica, los cristianos que habitaban este lugar escondieron una talla religiosa; hasta que siglos después, a raíz de este acontecimiento, se relatará su aparición.

Se dice que, para la elección del ermitorio en el que se custodiaría la talla, este hidalgo mandó realizar una procesión, para que aquel lugar en el que parase su caballo fuese el sitio en el que se decidiera erigir una ermita dedicada a la Virgen. Una construcción simple armada con yeso y pedernal, que contaría además con su clásica espadaña donde se colocaría una campana.

Sobre los Daza, sabemos que el hidalgo don Tomás Patiño celebró su enlace con doña María Daza antes de la mitad del siglo XVI; fruto del mismo nació doña Isabel Baptista Patiño de Daza, quien casó en 1565 con el noble don Francisco Suárez de Salinas (ADC, l.I). A pesar de que la línea de los Daza en La Peraleja no es muy extensa, parece ser que María tenía algún hermano más.

Otros familiares entablaron relaciones con linajes como los Cantero (es el caso de María Daza de Hernán-Saiz en 1592 con Sebastián Cantero). Por este motivo, en el siglo XVII, todavía había algunos integrantes de esta familia en el municipio, siendo con el transcurso de las generaciones, y tras la pérdida del apellido por línea de varón, cuando finalmente desaparecerá.

Como sucederá con muchas Vírgenes, el caso de la que tenemos en La Peraleja será sin lugar a duda una de las advocaciones más queridas entre los vecinos con el transcurso de los siglos, siendo sacada en rogativas pro pluvia cuando las situaciones de sequía empeoraban el periodo de las cosechas, así como también ante la aparición de epidemias, y que, como sabemos, generaban tasas elevadas de mortalidad entre la población.


I. La antigua Virgen del Monte de La Peraleja

La ermita que hoy vemos fue reconstruida a raíz de los daños ocasionados durante la guerra de 1936-1939, por lo que tanto la talla antigua como otros de los elementos artísticos que había en su interior desaparecieron.

No obstante, en el templo se conserva una fotografía que pertenece a la imagen antigua. Esta representa una Virgen que aparece de pie, mirando de frente y con una expresión serena, mientras sostiene al Niño Jesús. Ambos portan ropajes ornamentados, además de corona. En el caso de la Virgen, se escenifica con una aureola de rayos, acompañada por pequeñas estrellas que se distribuyen en las puntas, formando en su conjunto un total de 12. Cifra claramente simbólica que nos recuerda el libro del Apocalipsis, como también el número de apóstoles o de las doce tribus de Israel.

En cuanto a la vestimenta, la Virgen lleva un amplio manto de forma triangular, decorado con elementos florales y vegetales que han sido bordados, de la misma forma que en el caso del Niño Jesús. Esta se halla sobre un pedestal ornamentado.

Como ya se aprecia por la documentación, la devoción a la Virgen del Monte en La Peraleja ya se vivía de forma intensa durante el siglo XVII, manteniéndose esa fervorosidad entre muchos de sus vecinos de manera ininterrumpida hasta el día de hoy. Sabemos, por ejemplo, el caso de María Saiz, viuda de Gabriel Vicente, quien en su testamento redactado en el año 1641 (AMH, n.º 16, sin fol.) efectúa una manda de 400 misas por la salvación de su alma, así como la elaboración de una cortina para el retablo de la Virgen del Monte, y en el cual habrán de aparecer las imágenes de esta Virgen, junto a San Juan y San Francisco.

En el testamento de Magdalena Domínguez (AMH, n.º 17, sin fol.) con fecha de 1652, esta donará algunas cosas, como hará a la Virgen del Monte, a la que otorga “un cuadro que yo tengo de la bendita Magdalena”. Esta pieza solicitará que “se lleve a la dicha ermita de la cual no salga en ningún tiempo”.

Más adelante, veremos que el vecino Juan Peña Gómez y sus hijos, en el año 1713, colaborarán con la mejora del retablo de la Virgen del Monte (AMH, n.º 23, sin fol.). Transcurrido el tiempo, el presbítero don José González, y que ya donó una talla de San José a la ermita de dicha advocación que mandaron levantar sus padres, en su testamento de 1738, destina dinero para que se le realice una cortina a la Virgen del Monte (AMH, n.º 29, fol. 72).


II. La actual Virgen del Monte de La Peraleja

En el altar mayor de la ermita de la Virgen del Monte aparecen otras dos imágenes religiosas. Se trata de San Ignacio de Loyola y Santa Rita. Sabemos que San Ignacio, en muchos lugares, está relacionado como protector contra el demonio, representando esa lucha interior en la que el fiel combate contra el pecado o la tentación. Por otra parte, Santa Rita es una advocación a la que la gente se ha encomendado tradicionalmente para afrontar situaciones complejas, de ahí que se le reconozca como una de las santas para las causas imposibles.

En lo alto de la ermita nos encontramos con la campana que mandó realizar en el año 1975 Emilia Jarabo e hijos. Es importante destacar la implicación de muchas personas en la restauración de esta obra, que permitieron que, a pesar de los daños sufridos, esta consiguiera volver a recuperar ese aspecto por el que hoy es conocida en esta tierra.

Respecto a la nueva imagen, la Virgen está de pie, mirando al frente, manteniendo una expresión tranquila y solemne, portando una corona plateada con doce estrellas, así como un velo blanco de encaje que cae sobre sus hombros. El Niño se encuentra sostenido por el brazo de esta, llevando igualmente una corona y vistiendo una túnica con bordados dorados. La Virgen porta una túnica blanca también con bordados dorados, junto a un amplio manto verde, estando decorado con dorados y formas vegetales. Delante de esta se aprecia una media luna plateada, situada a la altura de los pies, recordando la simbología mariana que se inspira en el Apocalipsis (“la luna bajo sus pies”).


III. El santoral de la ermita

Además de la Virgen y las imágenes que acompañan su retablo, como suele ser habitual, existen otras advocaciones (algunas con más historias que otras en el municipio), que nos recuerdan la importancia que ha jugado la religiosidad en esta localidad conquense. En el caso de esta ermita, se trata de dos altares en cada uno de los laterales del mayor, y que están dedicados a San Antonio de Padua y a San Blas.


San Antonio de Padua

Este santo se vinculará en muchas ocasiones con la imagen a la que nuestros ancestros se encomendaban cuando perdían objetos o precisaban de necesidades urgentes. San Antonio de Padua ha gozado de popularidad en otras localidades de esta tierra, por lo que su veneración se amplía por más iglesias y ermitas de la zona. El altar en el que se encuentra, de mayor sencillez que el que ocupa la Virgen, presenta un nicho semicircular decorado por columnas pintadas de apariencia marmórea oscura, con un entablamento sencillo, en cuya parte superior se representan rayos dorados que salen desde un medallón central.


San Blas

Posiblemente este sea uno de los santos con mayor veneración que veremos por estas tierras, extendiéndose por índole a más municipios de la región. Patrón contra las enfermedades de la garganta, a raíz de la historia que relata que consiguió salvar a un niño de atragantarse de una espina de pescado, fue también venerado por ser un protector contra los lobos, debido a la historia que cuenta que hasta su lugar de retiro se presentaban animales salvajes que este conseguía dominar, siendo en una ocasión el caso de un lobo que se comió al cerdo que una pobre anciana tenía en su hogar. Se dice que San Blas consiguió que aquel animal acabase regurgitándolo vivo, devolviéndoselo de este modo a su propietaria. Este altar sigue un mismo patrón que el de San Antonio de Padua, aunque con la fortuna de que se encuentra en mejor estado de conservación.





David Gómez de Mora

Cronista Oficial de La Peraleja



Referencias:

*Archivo Diocesano de Cuenca. Libro I de matrimonios (1564-1690), Sig. 30/10, P. 811

*Archivo Municipal de Huete. Protocolos notariales de La Peraleja, n.º 16 (1647-1656)

*Archivo Municipal de Huete. Protocolos notariales de La Peraleja, n.º 17 (1652-1664)

*Archivo Municipal de Huete. Protocolos notariales de La Peraleja, n.º 23 (1696-1716)

*Archivo Municipal de Huete. Protocolos notariales de La Peraleja, n.º 29 (1736-1741)