Ya hemos tratado en más de una ocasión, la importancia que podía suponer para una familia el disponer de uno o varios hijos insertados dentro del brazo eclesiástico, especialmente en las casas de las zonas rurales que hemos investigado, donde hasta la llegada de las ideas liberales, este tipo de enclaves eran lugares donde la religiosidad marcaba el día a día de sus habitantes.
Tengamos en cuenta que el tener un hijo como sacerdote en cualquier lugar, aunque con especial importancia en el pueblo donde residía la familia (o contar con una o varias hijas dentro de un convento o espacio religioso), era una forma efectiva de garantizar prestigio social a toda una casa.
Los sacerdotes en los pueblos eran muchas veces de las pocas personas que había alfabetizadas, y que gozaban de una consideración como respeto destacado entre sus vecinos, especialmente en comunidades de escaso tamaño.
El tener miembros de un linaje sirviendo a Dios, era un valor añadido, que socialmente daba mayor proyección a la familia a la que este pertenecía. Respecto la cuestión de la formación de aquella personas, desde el punto de vista de la educación, su labor era muy tenida en cuenta, ya que el acceso a una ilustración académica, no era sencillo. Sin ir más lejos, en muchas de estas poblaciones, podía ni tan siquiera haber una escuela.
Tengamos en cuenta que la formación teológica que había adquirido el religioso, le permitía ya no solo leer, hablar o escribir mejor que la mayoría de la gente del lugar, sino que con sus conocimientos, este podía insertar en los estudios a sus hermanos, sobrinos y familiares, en un tiempo en el que la enseñanza educativa no era obligatoria, y, por tanto, era muy complicado el formar con garantías a las personas que pretendían llegar más lejos en la vida.
Por otro lado, si en esa casa el religioso tenía varios hermanos, el hecho de que alguno ya se supiese que no iba a dejar descendencia (como ocurría con el que se ordenaba), significaba que el patrimonio no se debería de fragmentar de la misma forma, sin olvidarnos de que cuando este partía y contaba con los recursos necesarios, en la familia no había la necesidad de demandar o exigir gastos, que por ejemplo un hijo que todavía residía dentro del mismo techo, si podía suponer.
Al mismo tiempo, si el clérigo conseguía mejorar su posición y cargos dentro del brazo clerical, era factible que este incluso ayudase económicamente a los suyos, especialmente en una época en la que no existía la seguridad social, y las crisis en el campo eran una constante, por lo que la falta de recursos obligaba a que muchas veces estos ejercieran como respaldo económico para sus propios padres, quienes a lo mejor ya no podían faenar, o en cuya casa se requería por diferentes motivos de ayuda económica.
Si aquel religioso conseguía medrar, y posicionarse con una serie de bienes, que le ayudaban a ampliar una fundación o patronazgo, esto era un seguro para sobrinos y familiares cercanos que querían seguir sus mismos pasos. Puesto que el círculo se retroalimentaba, ya que entre los suyos seguía manteniéndose la presencia de algún miembro que desempeñaba y salvaguardaba esa imagen que hemos indicado, además de incluso motivar la planificación o acercamiento de determinados linajes a su familia, al saber estos que si conseguían entroncar con un hermano o pariente cercano, podían disfrutar de las prestaciones de una determinada fundación religiosa.
Otro punto a favor que otorgaba la existencia de un religioso en la familia, era el contar con una garantía desde el punto de vista espiritual, ya que de esta forma siguiendo la doctrina del Purgatorio, en aquel linaje se contaba con una persona que podía efectuar oraciones constantes para la salvación del alma de sus seres queridos, reduciendo de esta forma el tiempo que aquella debía de pasar por ese estado transicional, y que debido a la preocupación que generaba, obligaba a que se invirtiesen cantidades importantes de dinero en el rezo de misas, para que ese alma llegase lo antes posible al Reino de Dios.
Otro aspecto que cabe tener en cuenta cuando analizamos el tejido social de aquella época, es que los religiosos al tener muy buena consideración en las localidades, estos podían ejercer como mediadores ante la aparición de un determinado conflicto, así como también asesorar y ayudar, además de servir como representante destacado de aquella casa.
David Gómez de Mora
Cronista Oficial de Caracenilla, La Peraleja, Piqueras del Castillo, Saceda del Río, Verdelpino de Huete y Villarejo de la Peñuela
