sábado, 28 de abril de 2018

Las Salonarde, tres mujeres emprendedoras en Cuenca (siglos XVIII y XIX)


Sí queremos introducirnos en la historia de la economía conquense del siglo dieciocho, es indispensable consultar las obras de dos autoras, que han invertido mucho tiempo en esta cuestión, se trata de María Teresa Marcos Bermejo, cuya tesis sobre “La fabricación artesanal de papel en Castilla-La Mancha” (1993) es un trabajo riquísimo donde se plasma amplia información documental de la época, así como por otro lado, María Luz N. Vicente Legazpi, quien estudió a fondo “La ganadería en la provincia de Cuenca en el siglo XVIII” (2000), una detallada monografía en la que se abarca el protagonismo que desempeñó el sector primario hace más de dos siglos atrás.

Durante la centuria del XVIII, la ganadería trashumante goza de cierto protagonismo a nivel provincial. Por ejemplo, en el caso de la Alcarria, María Luz Vicente destaca especialmente la actividad que se lleva a cabo en los municipios de Saceda del Río y Castillejo del Romeral (página 1066). Sabemos que en el caso del primero, el linaje de la Fuente, controla una destacada cantidad de ganadería mular y de yeguas, de la que saca buen rédito mediante su compra-venta. En los municipios de esta área la burguesía rural tuvo un notable peso, tal y como queda manifestado en el número de labradores y terratenientes que existían, sólo como ejemplo cabe citar el caso de enclaves como Caracenilla, Mazarulleque, el citado Castillejo o Carrascosilla del Campo, en donde el porcentaje de propietarios de tierras agrícolas engloba alrededor del 85%-90% de los habitantes que trabajaban este sector. Obviamente, en este escenario, surgirán muchísimas familias, que consolidarán un papel destacado a nivel local, y que veremos despuntar en muchas ocasiones, una vez que el linaje consigue proyectarse más allá de la frontera municipal.

De esta segunda autora, ya hicimos énfasis en un artículo que publicamos hace ahora un año en este mismo blog: “Los Salonarde. Un linaje de la nobleza rural conquense vinculado con la trashumancia rural”, pues la ingente cantidad de datos notariales que nos aporta sobre una de las grandes familias de la ganadería conquense (los referidos Salonarde), nos muestran una estirpe de gentes arraigadas a la economía rural, que supieron ver y conectar el negocio de la ganadería (a través de la venta de lana) con el aprovechamiento de la producción industrial que se podía ejecutar desde los molinos, y en donde también se realizaba la fabricación de papel. De entre los documentos que cita la autora, para nosotros lo más llamativo es la posición relevante que adquieren dos de sus mujeres, debido a la gran cantidad de ganado que controlaron y gestionaron. Y es que aunque parezca que dichas costumbres tuvieran una raigambre masculina, está demostrado, que también había mujeres (de ese estatus al menos), que podían ejercer un poder destacado, en torno a la explotación de las reses. Una serie de datos, que pensamos, todavía no se han valorado del todo, y que son de especial importancia, pues reflejan que el nivel adquisitivo y la actitud emprendedora de las señoras Salonarde llegó a ser de los más importantes de la provincia, pues del 66’49 % de todo el lanar, incluido el churro, éste pertenecía sólo a tres ganaderos de cabañas merinas. Uno de esos, era el de Quiteria Salonarde, el resto correspondía a Francisco de Borja y Julián Cerdán.” 

Así pues, las mujeres de la familia Salonarde consiguieron potenciar una de las grandes producciones de ganado más importantes de la provincia de Cuenca. Además de adquirir la vivienda palaciega que luego llevará por nombre el apellido de uno de sus maridos, ubicada en plena zona central del casco antiguo de la ciudad, y que conocemos como casa de los Clemente de Arostegui. Por desgracia, los méritos empresariales de estas mujeres, no han sido hasta la fecha del todo lo suficientemente reconocidos, en una sociedad en la que los hombres controlaban la práctica totalidad de las actividades económicas, fenómeno que a su vez, realza aun más el mérito de sus logros.

 Casa-Palacio de los Clemente de Arostegui, en la ciudad de Cuenca. Adquirida por doña Quiteria Salonarde y Salonarde en el siglo XVIII. Imagen: www.unaventanadesdemadrid.com

El éxito de las Salonarde, se explica por la concentración de un patrimonio destacado, que en buena medida procedía de las posesiones que sus antepasados fueron adquiriendo en las localidades de Barchín del Hoyo, así como de Buenache de Alarcón, enclaves de donde procedía la familia, y que hemos ido estudiando modestamente a través de nuestros apuntes y notas genealógicas, y de los que en un futuro seguiremos aportando más información. Tanto poder, les permitió posicionarse entre una de las familias más influyentes de la pequeña nobleza rural que había entre los siglos XVI-XVIII en esta zona de la Manchuela. No sabemos si será un fenómeno casual, pero en esta área hubo una cantidad remarcable de gentes que se dedicaron a las labores de tipo pastoril, ejemplo de ellos son algunos municipios como en el caso de Piqueras del Castillo. En cuanto a las Salonarde, fue través de la compra-venta y prestación de dinero, cuando sus integrantes empezaron a engrosar sus riquezas, donde además de la zona de lavadero y esquiladero para el ganado, se hicieron con la propiedad de los molinos de papel. La clave sin lugar a dudas, fue la figura del mayorazgo, en donde la familia fue acumulando una ingente cantidad de patrimonio que nunca llegó a dispersarse.  Además, habría que añadir varios bienes inmuebles, como la residencia palaciega antes citada, y que en su conjunto las situaron entre una de las familias más ricas que por aquellas fechas había en la ciudad de Cuenca.

Iglesia-Panteón de la familia Cuba Clemente, ubicada en los terrenos heredados de sus ancestras las Salonarde, en la localidad de Molinos de Papel.

Obviamente esta familia (mediante la figura de doña Quiteria Salonarde y Ana Josefa de Herrera Salonarde) supo consolidar e incrementar el patrimonio durante los siglos XVIII y XIX, para que de este modo nunca se dividiera y así quedara adscrito a su casa, de ahí que no fuera casual que acabara integrándose en el enlace del señor don Antonio Clemente de Arostegui Salonarde, con su esposa y antes citada, Ana Josefa de Herrera Salonarde. Ambos primos y descendientes de don Benito Salonarde y doña Quiteria Salonarde, enlace que refuerza más si cabe las relaciones conyugales entre sus miembros. Antonio y Ana Josefa (quien de su tía conseguirá el lote patrimonial), seguirá al mando de la gestión económica, de modo que será mediante su hijo Antonio José, cuando tras mantener nupcias con María Francisca Neulant, los Clemente de Arostegui dejarán sus bienes al linaje de la Cuba, ya que la hija única de ambos, doña María Josefa Rita Clemente y Neulant, casó con don Félix de la Cuba Aguirre, procedente también de otra gran familia muy bien posicionada. De este matrimonio nacerá su hija doña Gregoria de la Cuba y Clemente de Arostegui, quien falleció a finales del siglo XIX, y será la última gran representante de esta ilustre descendencia.

Ascendencia de doña Gregoria de la Cuba y Clemente (apuntes personales).

Sobre su biografía hay diferentes apuntes, de entre los que destacaría la información dada por José María Rodríguez en la Tribuna de Cuenca, en un artículo del 22 de febrero de 2014, y que describe de la siguiente manera: doña Gregoria poseía una inmensa fortuna, otorgó testamento en Madrid, disponiendo en él, que se redujesen a metálico sus bienes y se levantase un panteón, junto al Molino de Papel, en donde debían dar sepultura a sus restos y a los de sus padres y hermanos. Murió el 3 de noviembre de 1896. Por deseos de ella se construyó un edificio para escuelas, inaugurándose en noviembre de 1903. Con el patrimonio que legó  se sufragaban los estudios de los niños, pensionaba a los artistas jóvenes sin recursos, sufragaba el aprendizaje de oficios, concedía dos o tres dotes a doncellas humildes que contraían matrimonio, realizaba obras para colocar a los obreros en las épocas difíciles, entregaba sus huertas a los campesinos exigiendo una renta tan baja que difícilmente alcazaba para el pago de las contribuciones, perdonándola en caso de pedrisco o pérdida de la cosecha. Por otras causas socorría a los menesterosos e imposibilitados para el trabajo. Esta es la obra de la testamentaria, de la ilustre señora de Cuba y Clemente”.

Escultura de doña Gregoria de la Cuba, en el parque de San Julián de Cuenca. Imagen de luismarcoperez.blogspot.com

Sólo decir, que mucho nos queda por aportar de las mujeres aquí descritas, ya que la historia de sus hazañas en el ámbito económico y social es más que notorio, puesto que su pericia y capacidad de liderazgo, en medio de una sociedad rural, en la que el papel masculino era enormemente el dominador, es un argumento lo suficientemente importante como para que a día de hoy sigan recordándose. Esperemos que los nombres de Quiteria Salonarde y Salonarde, Ana Josefa de Herrera y Salonarde, así como de Gregoria de la Cuba y Clemente de Arostegui, puedan seguir difundiéndose y darse a conocer en otros muchos lugares, tanto dentro como fuera de las tierras conquenses.

David Gómez de Mora

jueves, 29 de marzo de 2018

Apuntes de interés sobre familias destacadas de Buenache de Alarcón (1571-1650)


En varias ocasiones hemos ido comentando el papel que ha jugado la burguesía y la nobleza rural en la historia del área meridional de la provincia conquense. Es por ello indispensable analizar a fondo la documentación local, para entender con precisión qué grado de influencia e importancia, jugaron muchas de ellas en su momento de mayor auge.

Una de las fuentes de información parte de los libros de defunciones, pues cada vez que fallecía un personaje, indirectamente se nos están proporcionando una serie de datos de enorme valor, que sirven para hacer un pequeño boceto del panorama social que se vivía en ese instante.

Respecto a los oficios de aquellas fechas, vemos como hay una abundante bibliografía, y que se refleja en diversos artículos. Entre la enorme cantidad de publicaciones, hemos realizado una selección muy escueta, que, sin necesidad de extendernos, nos ayuda a comprender el papel que jugará cada linaje.

Sí en un artículo pasado remarcábamos que las alcaldías solían estar representadas por personas que procedían de una familia importante (bien fuese por su cargo o patrimonio rural), observamos como cuando nos dirigimos al clero (además de los curas), las adjudicaturas del Santo Oficio o la posesión de una escribanía, se convertía en algo que muchas veces podía heredarse, fenómeno que ayudaba enormemente a que la familia se posicionara en un espacio cómodo dentro del ámbito local. Para conocer a fondo esta cuestión, recomendamos la tesis realizada por Lorena Ortega Gómez, y cuyo título es el de “Inquisición y sociedad: Familiares del Santo Oficio en el mundo rural de Castilla la Nueva (siglos XVI-XVIII)”, año 2013.

Otra de las profesiones que gozaban de buena reputación, era la de los escribanos. Sobre este oficio se desvelan y tratan muchas claves en un artículo de Miguel Extremera Extremera, y que lleva por título, “Los escribanos de Castilla en la edad moderna. Nuevas líneas de investigación”, (Chronica Nova nº28, 2001, 159-184). En el mismo dicho autor nos aporta citas que reflejan de modo detallado, que rol jugaban aquellos oficios en espacios geográficos como los que estamos estudiando, y de las que aquí hemos efectuado la siguiente selección:

“El protagonismo de este grupo profesional fue tal que llegaron a estar estrechamente relacionados con las élites sociales, actuando como una especie de -intermediarios del poder-, entre la mayoría iletrada y una minoría poderosa constituida por la nobleza y el clero para la que trabajaban desde el ámbito público (concejo municipal, cabildo catedralicio, funcionarios de otros organismos públicos) como a nivel privado y particular (Pardo Rodríguez, “El notario de Sevilla en el tránsito a la modernidad”). De esta forma, se convirtieron en el eslabón entre los gobernantes y los gobernados, y ahí radica su importancia (Bernardo Ares, 1998, 537)” (Extremera, 2001, 160). Añade que una vez que el cargo era controlado por una familia, si en el momento de querer dejar de desempeñarlo, en el caso de que “la renuncia fuese a favor de algún miembro familiar, el oficio vitalicio pasaba a convertirse en algo prácticamente hereditario” (Extremera, 2001, 165).

Como decíamos, no estábamos ante oficios que se escogían por un motivo baladí, ya que normalmente, sus poseedores solían ser personas que gozaban de una buena reputación en el lugar, debido al patrimonio que atesoraban, así “por ejemplo, una copia de las pertenecientes a los escribanos de Córdoba nos permite saber que para acceder a los dos cargos más elevados dentro de la cofradía, el de prioste -que gobernaba la cofradía- y el de mayordomo -encargado de cobrar las rentas pertenecientes a la misma-, se imponían los requisitos de ser caudalosos económicamente y de haber tenido y usado los oficios al menos diez años, -porque son de la edad e autoridad-” (Extremera, 2001, 169).

En cuanto al aspecto genealógico, el autor define muy bien algunas particularidades, entre las que estaba la de demostrar un poder simplemente reseñando en el apellido la descendencia de la que procedía el individuo, pues recordemos que en cada uno de estos pueblos existían linajes locales, que luego competían o intentaban fusionarse con otros presentes en la comarca, y que les servían para seguir acaudalando méritos en su proceso de proyección social, así por ejemplo, “se ha hablado de que poseer una escribanía se podía convertir en una excelente plataforma para ascender en la escala social (Bravo Lozano e Hidalgo Nuchera, 1995, 35), cosa que es perfectamente admisible, llegándose a dar casos verdaderamente chocantes en los que se alargaba el cognomen de forma excesiva o incluso se entroncaba la genealogía de la familia con algún apellido prestigioso” (Extremera, 2001, 173).

Una vez esbozadas las ideas principales que nos aclaran los beneficios de este gremio, centrémonos en el contenido de los libros de defunciones de la localidad, en donde podemos detectar este tipo de oficios y familias. Las fuentes se ciñen a los tres primeros volúmenes de defunciones de la localidad, presentes en el Archivo Diocesano de Cuenca: Libro I de defunciones (1571-1592), 180 fols., Sig. 24/37, P. 585; Libro II de defunciones (1593-1629), 232 fols., Sig. 24/38, P. 586 y Libro III de defunciones (1629-1693), 411 fols., Sig. 24/39, P. 587

Vaciando su información, nos hemos centrado en los primeros 80 años, apareciendo los siguientes escribanos:

1571-1582, Bartolomé de Santacruz

1571-1584, Bartolomé de Cuenca -el viejo-.

1571-1588, Pascual Pérez

1572-1613, Martín Rubio Gallego, vecino de Gascas, aunque parecer ser que durante la última década se traslada desde allí a Buenache.

1573-1580, Diego de Bayllo

1578-1590, Francisco Sánchez (fallece en 1607, tiene por hijos a Sebastián Sánchez, Fernando Muñoz y Julián García). Manda 54 misas. Poco después, fallece su nuera Ana García, quien paga 72 misas, y es mujer de Sebastián Sánchez. En 1611 fallece María Muñoz (paga 82 misas), mujer de Francisco Saiz. Él es hijo de Pedro Sánchez y María Saiz de Flores.

1581-1582, Francisco de Torres

1581-1587, Pedro de Torres

1583-1592, Bartolomé de Cuenca -el mozo-.

1583-84, Miguel Martínez

1587-1606, Julián García Muñoz

1587-1588, Diego de Zafra

1603-1612, Alonso de Moya Santoyo

1607-1613, Pedro de Torres Ramírez

1615-1647, Domingo de Rojas

1629-1646, Antonio Martínez Vinuesa

1648- , Pedro de Rojas

Armas de los Reyllo (heraldicablog.com)

En cuanto a las personalidades destacadas que aparecen dentro de los volúmenes de la parroquia, apreciamos como no es casualidad que la gran mayoría hacen alusión a gentes que, si no eran curas, en su defecto trabajaban para la iglesia, ya que eran miembros del Santo Oficio. Comentamos aquí quienes fueron, siguiendo la información de los libros de defunciones:

En 1571 fallece el padre Miguel Moreno -clérigo-. Era hijo de Juan López Moreno y nieto de otro Juan López Moreno, enterrándose en su sepultura, la cual estaba en el coro de la iglesia. Creó una memoria con el patrimonio que poseía.

En 1579 fallece el padre Rodrigo Pérez -clérigo-, era hijo de Alonso Carrasco, también perteneciente de una familia bien posicionada, y que en el siglo XVI y XVII tuvo bastante protagonismo, mandó un total de 117 misas.

En 1584 falleció Baltasar Rubio, procurador de la villa de Buenache. Éste se enterró en el Hospital de Santa Ana de Granada, al localizarse allí en el momento de su defunción. Dejó por heredero universal a Juan López Moreno (su sobrino), el cual era hijo de Ana Martínez (hermana de Baltasar), y esposa de Martín Ramón, quien descendía de la familia del clérigo anterior, Miguel Moreno. Éste mandó 150 misas, y donó 200 ducados, además de crear dos memorias perpetuas.

En 1595 fallece el padre Domingo de Campos -clérigo-, uno de los personajes más destacados del Buenache de finales del siglo XVI. Su hermano y heredero era Juan Ibáñez, otro personaje con mucha historia, así como su hermana María de Campos. Mandó 626 misas y una casulla roja violácea para la iglesia de San Pedro. Creó una memoria perpetua, además de pedir que se comprara un paño y se diera limosna a los pobres de la localidad el día de Nuestra Señora de la Concepción. Fundó una segunda memoria, de la que era patrón su hermano Juan, así otra tercera.

En 1597 fallece el padre Quílez Martínez -clérigo-, miembro también de una destacada familia de la localidad, hijo de Martín Gómez y Elvira Martínez. Es hermano de otro clérigo, don Juan Martínez. Fundó un patronazgo en el que nombra por patrón a Bartolomé Ximénez, quien era hijo de su hermana Elvira Martínez (esposa de Amador Ximénez). Sabemos que era también sobrino del beneficiado Juan Gómez, otra de las personalidades destacadas del área de Buenache y Barchín por aquellas fechas, y es que no debemos de olvidar que la familia de los Gómez tuvo un notable peso en el clero de esta zona, y no por casualidad, enlazan a su vez con los Pérez, otro linaje igual de importante, y que se movía en el mismo círculo, tal y como veremos con el siguiente difunto. De modo que los linajes de los de la Parra (a través del Santo Oficio), así como los Pérez y los Gómez, mediante el control de las parroquias, se convertirán entre representantes de las élites locales de aquellos tiempos.

En 1599 fallece Alonso Pérez -clérigo-, quien mandó un total de 400 misas, además de crear una capellanía y memoria perpetua. Su sobrino era don Mateo de la Parra. Creó una capellanía, una memoria perpetua, así como dejó una fiesta anual para el día de San Gerónimo.

En 1602 fallece Mateo de la Parra, familiar del Santo Oficio. Su mujer es María Pérez, y su mujer es Ana Laynez Ramírez. Sus hermanos son el Licenciado Bartolomé de la Parra y Alonso Pérez -el clérigo-. Mandó 264 misas.

En 1603 fallece el padre Rodrigo de Silva, clérigo. Su hermano es Francisco de Reyllo, quien tiene por hijo a Francisco Reyllo -clérigo-. Su sobrina es Catalina de Reyllo, esposa de Pedro de Artiaga.

En 1608 fallece el padre Pedro Hortelano, clérigo. Su primo es Julián García Muñoz. Se enterró en la sepultura de sus padres, junto al púlpito. Su sobrina es Ana Sánchez. Se nombra a un “hijo” que es Pedro Hortelano García o también llamado Pedro García Hortelano, del que tiene por nieto a su hijo del mismo nombre. Alejo Hortelano, es el hijo de su primo hermano, que reside en Honrubia. Los Hortelano establecerán nexos parentales con los de la Parra, también miembros del Santo Oficio, de este modo se conseguían mantener en una buena posición a los descendientes, ya que algunos podían optar a esta ocupación.

En 1615 fallece don Juan González de Lancera, familiar del Sto. Oficio y alférez), su mujer es María del Collado. Su abuelo es Lorencio Herrero.

En 1622 fallece el Comisario del Santo Oficio y presbítero, don Bartolomé de la Parra, mandó 400 misas.

En 1625 fallece Diego Martínez Merchante, sus hijos son Juan Martínez, Diego y Miguel de Chumillas y Magdalena, paga 128 misas. Su yerno es Miguel Sánchez.

En 1625 fallece el presbítero Juan de Cuenca -el viejo-, dice que su primo Cristóbal Hortelano es familiar del Santo Oficio. Los hermanos del fallecido son Francisco de Cuenca, Tomás de Cuenca, Pedro de Cuenca y Juliana García (esposa de Francisco Saiz).

En 1626 fallece Francisco Martínez de la Parra, familiar del Santo Oficio. Manda 203 misas, su mujer es María Pérez. Su primo hermano es el teniente de cura don Bartolomé de la Parra. Su hermano es Bartolomé de la Parra, y su primo Pedro de la Parra.

En 1627 fallece el señor Fernando Muñoz, clérigo. Su tío es Julián García Muñoz y su hermano Sebastián Sánchez. Su padre es ¿Francisco? Sánchez.

En 1627 fallece la señora doña Violante Morán y Buitrón, viuda de Juan Ibáñez de Campos. Mandó 280 misas. Sus padres eran don Alonso Morán y doña Catalina Navarro Navarrete, y nieta materna del capitán Antonio Navarro Navarrete y María López de Salinas, así como biznieta de Antonio Navarro Navarrete y Catalina Florencia, y tataranieta de Juan Florencia. A través de su hermano el capitán don Andrés de Morán y Butrón hemos averiguado que desciende el Duque de la Santa Fe, y quien fuera presidente de Ecuador, Gabriel García-Moreno y Moran Butrón -1821/1875-.

En 1627 fallece la señora doña Ana Vélez, mujer del Licenciado Damián de Moya. Mandó 135 misas. Roque de Castillejo es su cuñado. Sus padres son don Juan Vélez y doña Luisa del Castillo, así como sus suegros el Doctor Moya y María Ruiz. El Licenciado Bautista del Castillo y doña Sebastiana del Castillo son sus tíos. Sus hermanas son Juana Vélez y Sebastiana Vélez. Su hijo es Gregorio de Moya.

En 1630 fallece Cristóbal Hortelano, familiar del Santo Oficio. Manda 100 misas. Su hijo es Pedro Hortelano.

En 1630 fallece Pedro Beltrán, familiar del Santo Oficio. Manda 300 misas. Su sobrino es el Licenciado Alonso Beltrán, su primo Bartolomé de Cuenca -alcalde ordinario- y su mujer Ana Cortijo.

En 1633 fallece el Licenciado Alonso Pérez y Parra, Comisario del Santo Oficio, mandó 396 misas. Se enterró en la sepultura de su madre María Pérez, y que estaba en medio de la nave mayor. Dice que es familiar del Santo Oficio Alonso Beltrán. Su sobrina es doña María Ramírez, esposa del Licenciado don Miguel Luís Sánchez.

En 1633 fallece Pedro Ramón, presbítero. Manda 600 misas. Sus hermanos son Miguel Moreno Ramón y Martín Ramón. Sus sobrinas son Juliana y Catalina.

En 1633 fallece doña Catalina Morán Butrón, mujer de Pedro de Alarcón. Se enterró en la sepultura de sus padres de la Iglesia de San Pedro de Buenache, y que sita junto a San Nicolás. Mandó 402 misas. Su hermano es Juan Morán, clérigo. Fundó un patronazgo de legos, donde se le obliga a llevar sus apellidos al propietario, así como a residir en Buenache. Otro hermano es el capitán Andrés Morán y Butrón, de quien se dice que, si reclama un descendiente de éste el patronazgo, en el caso de caer en manos de la iglesia por falta de descendencia, que éste cumpla los requisitos estipulados.

En 1633 fallece don Francisco de Reyllo, canónigo de Coria. Mandó 1378 misas. El Licenciado Alonso Beltrán es su sobrino.

En 1636 fallece Diego de Reyllo, familiar del Santo Oficio. Su mujer es Juana Saiz, mandó 300 misas.

En 1643 fallece Fernando Gómez de Olivera, familiar del Santo Oficio. Su hermano es el clérigo de la villa. Pagó 400 misas.

Partiendo de lo escrito y cruzando los datos que poseemos, vemos como se repiten varias familias, las cuales son en realidad las que más protagonismo tuvieron durante este periodo de tiempo en la localidad.

Así, vemos como los Santacruz eran una familia con un claro origen judío, pero que supo posicionarse en un lugar cómodo, gracias al patrimonio que atesoraban, incluso corriendo el riesgo alguno de sus miembros al ser procesados por la Inquisición, tal y como refleja la documentación del Archivo Diocesano de Cuenca.

Igual de destacados son los Cuenca, quienes ocuparon escribanías y puestos notorios dentro del clero. No sabemos nada acerca de su origen, aunque existen precedentes en la provincia de Cuenca de personas portadoras de tal apellido con un pasado judío, e incluso ennoblecidas, como en el caso de Huete. Los Cuenca de Buenache son un linaje que siempre mantendrá su estatus a nivel local, emparentando con familias destacadas a lo largo del tiempo, lo que les valdrá que aparezcan de forma común tanto en escribanías, clericato y alcaldías.

Otros imposibles de obviar, y que también vemos tanto en escribanías como en el estamento clerical es una línea concreta de los Pérez, los cuales contarían con una enorme influencia, hasta el punto de que, incluso siendo acusado de conversos, siguieran trabajando desde dentro de la iglesia, puesto que de algún modo consiguieron callar las acusaciones que pesaban sobre el nombre de la familia.

En el siglo XVI vemos una clara alineación conversa que da lugar al apellido Pérez de Santacruz, en donde ambas familias estrechan sus lazos, aglutinando así un mayor poder. Cabe recordar que esta estrategia la hemos presenciado en otros lugares como Huete, o el mismo Santo Oficio de la ciudad de Cuenca, donde la estratagema se plantea de igual modo. Es decir, la creación de una casta conversa, que, en lugar de buscar difuminar su pasado, ejecuta una operación contraria, que pretende consolidar su poder, fenómeno que a partir de esa centuria resultará molesto para muchas familias de la baja nobleza empobrecida, y que acabarán criticando constantemente.

Igual de destacados serán los Muñoz y los Zafra, los segundos reconocidos como caballeros hijosdalgos de devengar 500 sueldos, y de los que siguiendo nuestros apuntes podemos afirmar que son otras de las grandes familias asentadas en esta tierra desde los tiempos del Medievo.

En el caso de los Moreno, sabemos que su período de mayor progresión, se detecta especialmente a partir de mediados del siglo XVII, no obstante, ya hay antecedentes de su poder, gracias a los vínculos y patrimonio que consiguen aglutinar. De acorde a las anotaciones y datos que hemos ido añadiendo sobre el linaje, tenemos muy claro que su origen se remonta a la línea de los López-Moreno, con gran influencia en el área comarcal ya desde el siglo XV, y de la que después irán surgiendo diferentes ramas que al entroncar con ésta, irán fundado diferentes vínculos en los que el patrimonio se irá disgregando, al recaer en otros apellidos.

También serán destacados respecto a las alcaldías y el Santo Oficio los linajes de los Beltrán y Merchante, estos últimos con un notable peso e influencia más allá del marco municipal.

No debemos de olvidar a los Rojas, una familia hidalga que no era natural de Buenache, pero que comenzó a destacar en la primera mitad del siglo XVII.

Por último, resultaría imposible no mencionar otros tres linajes, que hay que reseñar entre de los más importantes a nivel local. Por un lado los Parra, una de las familias más destacada durante los siglos XVI-XVII en cuanto a su papel dentro del Santo Oficio, así como en la iglesia de la ciudad de Cuenca.

En esta línea también nos encontraríamos con los Silva y los Reyllo, ambas familias estaban estrechamente unidas a través de un enlace que fue crucial para la proyección de los dos apellidos. Y es que los Silva aunque fueron acusados de no ser cristianos viejos, e incluso alguno de sus miembros fue puesto contra las cuerdas por acusaciones bastantes deshonestas, las consecuencias nunca llegaron a ser preocupantes, cosa que pensamos que no fue casual, si entendemos el peso y poder que jugaron, algo entendible en cuanto a la relación que poseían con el linaje hidalgo de los Reyllo, otro de los más influyentes de esta área respecto al Santo Oficio, y desde donde consiguieron incluso alcanzar el Priorato de Belmonte.


David Gómez de Mora

martes, 27 de marzo de 2018

Notas sobre el linaje de los Gálvez de Caracenilla y su relación con los linajes judíos ennoblecidos


El municipio de Caracenilla se ha caracterizado por ser un pequeño reducto en el que desde el siglo XVI, podemos leer gracias a la documentación que se conserva, la existencia de diferentes familias, que empezarían a engrosar un patrimonio considerable, y que de este modo se proyectaron como otras más de los destacados linajes que componían las élites de la comarca.

Una de estas, será la de los Gálvez, sobre la que estamos convencidos que pueden extraerse muchos más datos, y de donde querríamos exponer una serie de cuestiones, que nos ayudan a entender mejor sus orígenes.

Sin lugar a dudas en los libros parroquiales de Caracenilla, podemos encontrar algunas pistas, que serán el punto de partida de esta investigación.

Si nos dirigimos al primer volumen de difuntos, veremos cómo el 11 de abril de 1574 se redacta la partida de defunción de María Alonso, quien fallece en Caracenilla, y se registra como mujer de Pedro de Gálvez (vecino de Huete). A raíz de este matrimonio se establece una interesante conexión entre miembros de destacados linajes, materializada mediante la celebración de bodas y adjudicaciones de capellanías.

En la referida partida, se dice que María Alonso deja por herederos a los cuatro hijos de su yerno, este era Bernardino de Santa Cruz, quien casó con su hija Petronila de Gálvez. La cual, también celebró nupcias con un caballero hidalgo de Huete, el señor Julián de Cuenca (y que, como su otro esposo, también arrastraba un pasado converso). De los referidos herederos, la más destacada de Caracenilla será su hija doña Isabel de Orozco de Santacruz, quien antepondrá el apellido Orozco, y casará con don Baltasar de Orozco y Santacruz. Recordemos que la familia Alonso de Huete estará acusada de judaísmo, esto nos lleva a pensar que muy probablemente la familia de los Gálvez, bien pudieron arrastrar un mismo origen, ya que aparecen de manera incesante, conexiones genealógicas con linajes judíos, que al menos en el caso que vamos a tratar en este artículo, destacan por su importancia al haber conseguido el privilegio de ser ennoblecidos por el monarca. Concretamente, nos interesa especialmente el caso de los Montemayor y los Santacruz.

Capilla y escudo de los Montemayor en la Catedral de Cuenca.
(Fotos extraídas de: http://photoinvestigacionchema.blogspot.com.es/2013/08/el-barrio-de-mangana-su-sinagoga-y-su.html )

Continuando con la genealogía de los Orozco de Santa Cruz, Manuel de Parada, en su artículo sobre Huete y la Guerra contra Francia (Anales de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía VIII (año 2004), en las páginas 688-690, comenta la ascendencia de este matrimonio, y en el mismo leemos que Baltasar de Orozco, era hijo del licenciado Baltasar de Orozco de Santacruz y Ana de Alarcón.

Fruto de este matrimonio nacerá doña Isabel de Orozco de Santacruz, vecina de Huete, y quien de acuerdo al tomo II de defunciones de Caracenilla (fol. 341), fallece en el año 1638, pagando un total de 200 misas, además de figurar como esposa del señor Juan Ramírez de Orozco (natural de Millana).

Acta de defunción de doña Ana de Orozco (fol. 341 del II tomo de defunciones de Caracenilla).

A continuación, de este enlace nacerá don Juan Ramírez de Orozco -el mozo-, y que siguiendo el libro de matrimonios de Caracenilla (vol. I de matrimonios, fol. 219-v), casará con doña Catalina de Montemayor. La boda la oficia el mismo hermano de Catalina, don Andrés de Montemayor, párroco de Caracenilla.

Firma de don Andrés de Montemayor, lib. I de matrimonios de Caracenilla, fol. 220

No obstante, el documento más interesante procede de la partida de defunción de la madre de doña Catalina de Montemayor, se trata de doña María de Espada y Morilla, fallecida en 1647 (fol. 360), y donde se nos indica que su esposo es el señor don Alonso de Montemayor (vecino de Cuenca), junto con el nombre de sus respectivos suegros y padres.

Los padres de doña María de Espada eran don Pedro de Espada y doña Elvira de Morillas, así como sus suegros don Alonso de Montemayor y doña Catalina de Cereceda.

Partida de defunción de doña María de Espada y Morillas, viuda de don Alonso de Montemayor (fol. 360, libro de defunciones, tomo II).

Mediante la tabla genealógica de la familia Montemayor, varonía de Córdoba y vecino de Cuenca, que publicó Salazar Castro [9/306, fº 76v], podemos realizar una continuación de la genealogía del linaje converso de los Montemayor, y que al menos, hasta el fundador de la capilla familiar de la catedral de Cuenca, prácticamente podemos decir que las fuentes gozan de una credibilidad considerable, ya que no olvidemos que los judíos alteraban sus genealogías, para así no ser descubiertos cuando algún descendiente debía defenderse ante el Santo Oficio o pretendiera demostrar su limpieza de sangre al querer probar una hidalguía. De ahí que transcribimos la línea recta que nos da el autor a través de Alonso de Montemayor, el marido de María de Espada, quien era hijo de Juan de Montemayor (el cual celebró dos matrimonios, el primero con Guiomar de Pareja, y el segundo con Isabel de Albornoz), nieto de Juan Alfonso de Montemayor y Ana Fernández. Tuvo por bisabuelos a Diego de Montemayor y doña Leonor, hija del alcalde de Víllora; por tercer abuelo a Juan Alfonso de Montemayor -el mozo-, del que se conserva un bello sepulcro de alabastro en la capilla de la familia en la Catedral de Cuenca, así como por cuartos abuelos a Juan Alfonso de Montemayor -el viejo-, del que también se conserva su sepulcro, y Catalina de Zapata (éste Juan Alfonso fue el encargado de fundar la capilla familiar), el quinto abuelo era Diego Alonso de Montemayor, de quien se dice que fue el primero en llegar a Cuenca, y casó con Elvira Alfonsa de Mendoza. La genealogía continúa tres generaciones más, no obstante, la falta de documentación y datos que ayuden a esclarecer el pasado más remoto de este linaje es sumamente complejo, tal y como exponíamos anteriormente.

Otra de las grandes familias con las que se establece esa relación genealógica es con los Santacruz. Un linaje noble y converso, cuyas raíces son muy conocidas, gracias a la cantidad de documentación en donde se van procesando a algunos de sus miembros.

Cuando Bernardino de Santacruz casa con la señora Gálvez, entre ambos debía ser más que sabido el origen de sus ancestros, y es que los Orozco, también estaban en el punto de mira como otra de las familias judías que por aquellas fechas dejaban verse por Caracenilla, por lo tanto no será casualidad la reiterada endogamia que entre ambos linajes se va practicando a lo largo de los siglos XV y XVI, puesto que en las comunidades judías, esta serie de uniones, eran una forma más de fortalecer su estatus.

Adjuntamos por ello dos árboles genealógicos, en donde se aprecia esa conexión sanguínea de sus representantes. Por un lado, el tronco de los Santacruz de la ciudad de Huete, así como el de una línea que existía por aquellas fechas en la cercana localidad de Gascueña.

En lo que concibe a los miembros de la línea de Huete, la información general la hemos extraído de varios expedientes de la Inquisición de Cuenca, a través del Archivo Diocesano de la ciudad, concretamente el legajo 54, expediente 802, así como el legajo 65, expediente 942.

Para afinar más en la descendencia de las líneas, consultamos el legajo 5, expediente 117 y el legajo 54, expediente 802, ya que pudimos definir la descendencia de los hijos de Diego Rodríguez de Santacruz y Juana Rodríguez de Alcocer, siendo la línea del linaje Santacruz, que se ubicará en la localidad de Mazarulleque.

Igualmente, para ver la descendencia de su hermano Alonso Álvarez de Santacruz (quien fue escribano y absuelto ab instancia), tenemos información interesante en la obra de Manuel de Parada, Huete en América, así como en el legajo 56, expediente 819 de los referidos procesos de Inquisición. Tampoco podemos olvidar una Memoria del Nuevo Mundo, de Pedro Miguel Ibáñez, junto otro artículo de Parada publicado en los Anales de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, del año 2004, en donde se dan datos de interés de la descendencia de Rodrigo de Santacruz y Beatriz Gómez de la Muela.

También resultaría imposible pasar por alto el expediente de la Orden Militar de Caballeros de Santiago, número 6223, del año 1676, en donde entre las muchas familias conversas, se puede reconstruir y conectar la ascendencia de Bernardino de Santacruz.

Por último, parece igual de interesante, mencionar dos expedientes también presentes en el Archivo Diocesano de Cuenca, en donde se investiga a otros Santacruz, de los que es más que probable que exista una conexión genealógica con los miembros de Huete, y que destacaron como una familia del gremio textil (legajo 228, expediente 2865 y legajo 274, expediente 3780).


Árbol genealógico del linaje Santacruz de Huete. Elaboración propia mediante cruce de los referidos datos.


Árbol genealógico del linaje Santacruz de Gascueña. Elaboración propia. Legajos 228 y 274, de los expedientes 2865 y 3780 (respectivamente) del Archivo Diocesano de Cuenca.


David Gómez de Mora



Bibliografía:

* Ibáñez Martínez, Pedro Miguel (1992). Castilla-La Mancha y América en el quinto centenario. Universidad de Castilla-La Mancha.

* Parada y Luca de Tena, Manuel (2004). Huete y la Guerra contra Francia. Llamamientos de hijosdalgo en 1635 y 1637. Anales de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía. Nº VIII

* Parada y Luca de Tena, Manuel (2010). Huete en América. Siglos XV y XVI. Madrid.

* Salazar y Castro, Luís de. Tabla genealógica de la familia Montemayor [9/306, fº 76v].



Archivos

-Parroquial de Caracenilla:

* Volúmenes parroquiales del Archivo Eclesiástico de Caracenilla (libros I de matrimonios y I-II de defunciones).

-Diocesano de Cuenca, procesos de Inquisición:

* Legajo 5, expediente 117

* Legajo 54, expediente 802

* Legajo 65, expediente 942

* Legajo 228, expediente 2865

* Legajo 274, expediente 3780

-Histórico Nacional:

* OMC, Santiago. Año 1676, expediente 6223

domingo, 25 de marzo de 2018

Peñíscola y el carlismo


Poca o muy escasa es la información que poseemos de la localidad de Peñíscola, en lo que se refiere al conflicto de la Guerra Carlista. Ciertamente, la desaparición de documentación durante la Guerra Civil, diezmó toda esperanza de poder conocer mejor la historia de nuestros ancestros. Aun así, Peñíscola al gozar de un gran pasado, sobre ella todavía pueden rastrearse diferentes fuentes, en donde se llegan a esclarecer cuestiones que nos acercan a la realidad de sus diferentes épocas históricas.

Durante mucho tiempo, el carlismo fue un tema tabú, que muchos historiadores han intentado esquivar, como si de algo deshonesto se tratase. Simplemente hemos de leer la parte dedicada en lo que sería hasta el momento la monografía más concisa del municipio (los apuntes de Febrer Ibáñez), para hacernos una idea de cuántas anécdotas e informaciones se mencionan de diversos conflictos con muchos siglos de antigüedad, pero que desaparecen cuando toca precisar en algo no muy lejano, y que tanto el propio autor, como sus ancestros más inmediatos han vivido, y que se acaban manifestando en escuetas menciones. ¿Es algo casual?, obviamente no.

Desde sus albores, el municipio de Peñíscola ha sido un enclave geográfico con una notable funcionalidad geopolítica, que le ha hecho destacar en todos sus alrededores, debido a su envidiable ubicación, sobre los restos de un espacio del relieve rocoso, que muchos millones de años atrás, emergió en los procesos geológicos, en los que se originó la Serra d’Irta.
Sobre ese entorno, se fue instalando una sociedad, que aprovechaba sus recursos naturales (mar y tierra). Pero de una joya como aquella, era imposible que se pasara por alto, la funcionalidad geoestratégica, como el rendimiento militar que se le podía dar a aquella roca amurallada, que resultaba infranqueable hasta para los grandes genios de los campos de batalla.

Allí, como decimos, convergieron de modo paralelo, la vida de un pueblo que miraba simultáneamente al mar y a sus campos, así como de los sucesivos monarcas, que, a través de la figura de un Gobernante, ocupaban de modo permanente un espacio que estaba continuamente sumido en las guerras y amenazas bélicas de cada período.

Esta situación, obviamente era perjudicial para una pequeña localidad, en donde sus vecinos veían día a día, los contras de estar en el punto de mira de enemigos desconocidos, pues independientemente de ese clima de tensión, aquello no alteraba la rutina diaria, ya que los marineros igualmente salían a faenar y los agricultores a trabajar sus tierras.

Lo cierto, es que todas las situaciones que se nos han ido relatando, los habitantes siempre las afrontaron con orgullo y entrega, permitiendo gestas históricas. Buen ejemplo lo tenemos en la Guerra de Sucesión, puesto que durante un tiempo considerable, sus vecinos se atrincheraron y consiguieron resistir una presión militar, que muy pocos lugares hubieran llegado a aguantar.

Tampoco habríamos de olvidar la crudeza que tuvo que suponerles la expulsión de sus casas, durante la lucha contra los franceses, para literalmente sobrevivir en medio del campo, o buscando cobijo en localidades vecinas. Y es que las consecuencias fueron nefastas, tanto demográficas como socioeconómicamente hablando, a lo que posteriormente habría que sumarle la destrucción de sus viviendas pues para conseguir echar a los franceses, Peñíscola fue brutalmente bombardeada.

En ese continuo escenario de sucesos catastróficos, en donde se juntan guerras, muertes, crisis y enfermedades, se fue forjando un pueblo, que, sin lugar a dudas, se caracterizó por su fortaleza, pues de lo contrario, como otros tantos, por mucho menos hubiera acabado desapareciendo, de ahí que el peñíscolano sabe lo que significa resistir, y comenzar de cero. 

Esta mentalidad obviamente se supo transmitir, y ello, sucederá gracias a la disponibilidad de recursos en los que se ubicaba el emplazamiento. Como decíamos el cultivo de secano estuvo muy extendido, del mismo modo que en sus montañas desde el Medievo la ganadería tenía un peso importante, sin olvidar pues las posibilidades que ofrecía el mar, junto la presencia de agua dulce dentro de sus entrañas. Esa riqueza geográfica, fue sin lugar a dudas la clave (junto la mentalidad de sus vecinos), lo que permitió a sus familias atesorar un patrimonio, que les ayudaba a vivir de un modo aceptable. Una verdadera pena, si no hubiese sido por esas muchas situaciones adversas, ya que muy probablemente su rumbo podría haber llevado a Peñíscola a ejercer una influencia mucho mayor en el entorno septentrional, pues esta serie de situaciones perjudicaban un entorno frágil como tal. Y es que las consecuencias de la guerra de Napoleón, marcaron un antes y un después, que ya venía arrastrándose desde décadas atrás, puesto que, en el siglo XVIII, otros municipios vecinos, fueron los que comenzaron a verse favorecidos por esa pérdida de influencia.

Así fue, como sobre un recinto cercado por sus gruesos muros, se forjó un espacio urbano encorsetado, en el que se estrecharon continuos vínculos parentales entre todos sus vecinos, para en cierto modo mantener una buena de calidad de vida, lo suficientemente aceptable, puesto que el patrimonio heredado nunca salía fuera de los dominios de la roca.

Sobre ese clima político y económico, Peñíscola tuvo un notable peso desde la Edad Media hasta el siglo dieciocho. A partir de esa centuria, se marca un punto de inflexión, que modificará poco a poco el centro de poder que había adquirido. Y es que las consecuencias de las guerras, eran cada vez más dañinas y erosionaban a las élites locales, a las que la entrega a título personal de reconocimientos nobiliarios y algunas exenciones de pago, ya no eran herramientas suficientes, para superar la dura crisis en la que comenzaban a sumirse. 

Esa caída, obviamente es aprovechada por los lugares del entorno, en donde las tornas se invierten, y por lo tanto comienzan a adquirir un mayor protagonismo. Ese será el caso de Vinaròs, donde la nueva burguesía comienza a adquirir un poder destacado, que se magnificará llegado el siglo XIX. Momento crucial para entender el futuro desenlace que se producirá en las guerras carlistas.

El auge del pueblo vinarossenc, en donde las nuevas familias de la burguesía dan un aire fresco a las ideas liberales que el sistema comenzaba a vivir (Ballester, Ayguals y demás), permitirán respaldar la teoría de que todo ciudadano puede llegar a ser rico gracias a las oportunidades brindadas por la monarquía de Fernando VII. Este fenómeno hará que el municipio se transforme en el principal abanderado del liberalismo reformista. 

Por otro lado, Peñíscola vivirá un fenómeno inverso, pues no olvida el protagonismo que poseyeron sus ancestros, desde los tiempos más remotos, en los que desde sus murallas se controlaban muchas localidades que ahora le superaban a gran distancia. Esta situación, obviamente motivaba una mentalidad más conservadora, en la que se deseaba recuperar la hegemonía de tiempos pasados, y que sus habitantes habían conseguido retener a duras penas, mediante un sistema social cerrado y controlado, que la burguesía local y miembros de la pequeña nobleza, ostentaron durante casi quinientos años de historia.

Este contexto político, marcará sin lugar a dudas a una población, que, tras el estallido de las guerras carlistas, obviamente se posicionará en el bando que anhelaba volver a recuperar las políticas de tiempos pasados. Un fenómeno fácil de entender, y que del mismo modo se extendería por toda la región del Maestrat, pues las élites rurales comenzaron a perder un poder económico, que tantas ganancias y alegrías les fue dando tiempo atrás.

Recordemos que Peñíscola era una plaza militar, que de ninguna manera los Reyes pretendían perder, no obstante, la situación era bastante peliaguda, puesto que el vecindario de Peñíscola era mayoritariamente contrario a aquellas políticas. Este tipo de situación, ha desfigurado la mentalidad carlista de este lugar, tanto que muchos historiadores, se han agarrado a la figura política de los intereses de Madrid, obviando por completo, que pensaba realmente la población. De este modo sobre la roca convergen dos posturas antagónicas, por un lado, las fuerzas del orden, que de cara al exterior acaban figurando la posición general de la localidad, así como por el contrario, la compartida por sus habitantes. De ahí que sea necesario reflexionar, acerca de las consecuencias que históricamente le supuso a Peñíscola, el estar continuamente bajo el punto de mira de la corona, ya que la capacidad de maniobrar no hubiese sido la misma que en otros lugares.

Como antes reseñábamos, los apuntes de Febrer Ibáñez, muy poco esclarecen sobre Peñíscola en tiempos de las guerras carlistas, de ahí que tengamos que irnos directamente a la información que nos proporciona el Marqués de San Román, concretamente, don Eduardo Fernández San Román y Ruiz, quien nació en 1818. Un personaje que alcanzó el grado de Teniente General, y destacó por sus ofensivas contra los carlistas, llegando hacerse con el cargo de Senador del Rey.

Este señor, escribió una obra de notable interés, que cualquier historiador que desee conocer con detalle como se desarrolló la primera guerra carlista en el área valenciana, debe consultar. A nosotros nos interesan concretamente dos páginas (la 340 y 341) de su “Guerra Civil de 1833 a 1840 en Aragón y Valencia. Campañas del General Oráa (1833 a 1840)”, en donde escribe lo siguiente:

“Es de tanto precio (y tal merece) la plaza de Peñíscola, que ha sido siempre considerada como el Gibraltar del Mediterráneo, causando espanto la sola idea de perderla. Desde su murado asiento y empinado castillo mirando hasta Tarragona por la izquierda, y hasta el Cabo de San Antonio, en que se apoya Denia, por la derecha, se puede decir que manda la costa del Mediterráneo. Con pocas fuerzas sutiles que maniobren bajo su protección, no hay leyes, pecho ni piratería que no sea fácil imponer y ejercer en toda la jurisdicción de aguas por donde aquella se extiende. Aun cuando Cabrera no abrigara la ilusión de gozar por mucho tiempo de su presa, si lograba, tampoco podía resignarse a desperdiciar la ocasión que le convidaba con un golpe de tanta magnitud. Más de 100 piezas de artillería de todos calibres con sus bastos, cureñaje y juegos de armas, repletísimos almacenes de víveres y municiones, una plaza marítima con fondeadero vecino al centro de la guerra, una población de 400 habitantes devotísimos al carlismo, y gran número de muy ricos emigrados del interior de quien arrancar enormes sumas de dinero, eran elementos potentísimos para darle algunas semanas terrible autoridad donde le conviniera, y para proveer poderosamente al mayor engrandecimiento de su causa. El más feliz azar y la piedad de lo alto, tal vez, contemplando la tenaz desventura de nuestro Ejército, puso a salvo el codiciado tesoro. Forcadell, como hijo del país, cultivaba dentro de la plaza antiguas relaciones, y aprovechando el tiempo de sus cuarteles en la Plana, intentó la empresa y comenzó la conspiración que halló muchos y poderosos auxiliares. Consistía el plan trazado en que mientras en lo exterior de la plaza un batallón carlista oculto detrás de un voluminoso montón, en forma de muralla, de maderas de construcción, de antemano y adrede preparado, sorprendieran la guardia del gobernador y se apoderaran de su persona. Caminaba con facilidad la trama a su término, cuando una confidencia escrita y cogida a una mujer a su entrada en la plaza el día 26 de diciembre, puso de manifiesto toda la conjuración y burló las esperanzas del jefe carlista y de sus amigos. Un mes después, sustanciado el proceso, confesos, convictos un clérigo y tres paisanos como reos del crimen bien probado, fueron arcabuceados el día 3 de febrero de 1838 para escarmiento de traidores y salud del Ejército”.

Peñíscola, Archivo M. Segarra de Castellón

El texto refleja de forma concisa la situación que se vive en Peñíscola. Primeramente, comienza destacando el poder de su plaza militar, así como el valor geoestratégico de su ubicación. Ya luego deja clara la posición de su población en el conflicto al clasificar a sus centenares de vecinos como “devotísimos al carlismo”. A continuación, menciona la llegada de gentes procedentes del foco carlista, que ayudarán a subvencionar y mantener el espíritu de la causa, hasta finalmente describir algo lógico, en un clima de fractura ideológica, como serán los casos de conspiración, puesto que el pueblo está sumiso a los intereses del Rey, no olvidemos ese dato.

El personaje al que alude el texto (Forcadell) es en realidad el señor Domènec Forcadell i Mitjavila, un guerrillero procedente de una familia de la pequeña nobleza agrícola de Ulldecona, que destacó por su actividad militar a favor de la causa carlista.

Sabemos que éste no fue el único, pues aparecen otros nombres de gentes de un mismo rango social, que refuerzan una idea clara de carlismo en Peñíscola. Y es que muchos de los militares, se sublevaron, y por lo tanto se posicionaron en el bando contrario al que habían de servir. Este fenómeno se manifiesta en octubre de 1833, en la figura de Cosme Covarsí Membrado. Otro militar de la nobleza local, natural de Vinaròs, y que en su momento estuvo al mando de la insurrección carlista de Peñíscola.

En la obra “Fastos españoles o efemérides de la Guerra Civil desde Octubre de 1832”, vol. II, se dice que en noviembre de 1833 “se ha verificado otra sublevación en el partido de Peníscola, promovida por los comandantes de los batallones voluntarios realistas del mismo” (pg. 164), citándose a don Blas María Roy y al referido don Cosme Covarsí.

Se reafirma la delicadeza de la situación cuando en la página 172, añade que: “El gobierno dice al Capitán General de Cataluña, que en vista de los movimientos de rebelión en el país comprendido entre Tortosa y Castellón de la Plana, y en consideración a la plaza de Peñíscola, en cuanto se lo permiten sus intenciones, mandé uno de los dos bergantes de guerra (el Realista o el Jacinta), para que se presente en aquellas aguas, con el objeto de impedir que los rebeldes reciban auxilios de armas, ni de otra clase; cortar sus comunicaciones, oponerse a la fuga de los que por mar lo intentasen y proteger lo posible la plaza de Peñíscola y sus comunicaciones con Barcelona y València”.

Merece la pena destacar otra reseña, como la de la página 162, en donde se dice que el Capitán pide a los revolucionarios realistas que se hagan con el castillo, ya que él “se hará el tonto”. Esto nos demuestra que incluso dentro de los mismos vasallos reales, había muchos militares que no compartían sus ideas. Partiendo de este escenario, pensamos que, si en Peñíscola durante la primera guerra carlista no hubo una revuelta sangrienta, fue en parte porque muchos de los militares que había allí obedeciendo al monarca, precisamente pensaban igual que sus vecinos, de lo contrario el destino hubiera sido otro, tal y como sucedió en múltiples puntos de nuestra geografía peninsular.

Sabemos por ejemplo que Marco del Pont estuvo en Peñíscola realizando movimientos que le permitieran reforzar la causa carlista, y que además, éste no fue el único, pues iba acompañado por grandes personalidades, como el Barón de Herbés o el brigadier Abellán, ya que uno de los principales objetivos geoestratégicos que perseguían, era el de controlar las fortalezas del norte de Castellón (Morella y Peñíscola).

El momento en el que el carlismo comienza a proyectarse con mayor intensidad en Peñísola será en otoño de 1833. Es a partir de esa fecha cuando muchos de los anteriores servidores realistas se adhieren al grupo de la rebelión, y que, en la zona norte de Castellón, gozó de tan enorme simpatía.

En la sesión del 20 de agosto de 1834, se admite la proposición de Marco del Pont y Borbón, de acabar las obras de restauración de la Casa de la Vila, a pesar de que poco antes fuese arrestado por ser el Intendente General de las tropas carlistas (Febrer, 327).

Suponemos que el silencio realizado por el historiador Febrer acerca del conflicto, revela la necesidad de no sacar a la palestra un tema, que como bien sabemos, incluso durante las primeras décadas del siglo XX, abría muchas heridas entre las gentes, que recordaban todavía las atrocidades de las guerras que sus padres y abuelos habían sufrido. Más sintomático y evidente es el interés del historiador, si partimos de que precisamente sus progenitores han estado implicados en el conflicto, y en lugar de detallar los hechos acontecidos dentro de la localidad, sólo nos remite al apoyo isabelino que había prestado su familia (véase pg. 290).

Algo más que manifestado, si partimos de la proximidad en el tiempo que tuvo el conflicto carlista con respecto a otras efemérides más antiguas, como sucede con la guerra contra los franceses e incluso en la guerra de sucesión, donde se nos aporta con pelos y señales el escenario político que se estaba viviendo en la localidad.

Esta actitud, se trasladará en muchos historiadores locales. Por ejemplo, en el caso de Vinaròs, y que siempre se le representará como el abanderado del liberalismo a nivel comarcal, fueron continuas las conspiraciones carlistas entre muchos de sus vecinos, puesto que, al fin y al cabo, incluso en el núcleo del Isabelismo, hubo una notable polarización ideológica, que tenía fracturada a la sociedad, pues no olvidemos que estábamos en al área acérrima.

Este hecho queda perfectamente reflejado en el detallado estudio que ha realizado Antonio Caridad Salvador, un auténtico experto y conocedor de esta materia, a quien agradecemos la indicación de varias de las reseñas históricas que aquí hemos descrito, pues mediante las mismas, podemos reforzar con documentación, como de real llegó a ser el carlismo en Peníscola.

Quisiéramos por ello añadir algunas de esas menciones, como será el caso de diciembre de 1836, donde los miembros del Ayuntamiento de Peñíscola son sustituidos por militares, tras descubrirse una conspiración, en la que hay vecinos del pueblo implicados, para entregar la plaza a los carlistas. En esta acción también serán detenidos por participación en esa conjura, el juez y el promotor fiscal de Vinaròs (Archivo de la Diputación de Castellón, col. de actas de 1836-1837, sesión del 20/12/1836, pg. 147).

Otro suceso que ahonda en esta línea lo leemos en el Diario Mercantil de València, con fecha del 28 de septiembre de 1839, donde se dice que, con anterioridad, la guarnición de Peñíscola llevaba mucho tiempo sin ser relevada, temiendo que el carlismo diera un golpe de control, puesto se iba “contagiando” el espíritu carlista entre sus vecinos. Sin lugar a dudas, testimonios como este, vuelven a señalar que, pese al trascurso de los años, entre los habitantes de Peñíscola seguía habiendo un ideario que encaja con la devoción que califica en su obra escrita el Marqués de San Román.




Bibliografía de interés:

*Archivo de la Diputación de Castellón. Colección de actas de 1836-1837.

*Caridad Salvador, Antonio (2017). El carlismo en las comarcas valencianas y el sur de Aragón (1833-1840). Institució Alfons el Magnànim. 488 páginas.

*Febrer Ibáñez, Juan José (1924). Peñíscola: Apuntes históricos. Castellón.

*Fernández San Román y Ruiz, Eduardo (1884). Guerra Civil de 1833 a 1840 en Aragón y Valencia. Campañas del General Oráa (1833 a 1840). 400 páginas.

*Imprenta don Ignacio Boix (1839). Fastos españoles o efemérides de la Guerra Civil desde Octubre de 1832. Madrid. 878 páginas.

davidgomezdemora@hotmail.com