Que la isla de Tabarca era un
espacio de ocio cinegético para la familia Cárdenas, (especialmente entre los
siglos XVI y XVII), es una cuestión que queda documentada a través de la crónica
de Vicente Bendicho.
El día que se desempeñaban
estas actividades, el señor de la isla evidentemente no iba solo, pues el
peligro que acarreaba el distanciarse de una costa infestada de piratas
berberiscos, era algo por desgracia muy conocido por aquellos marineros que salían
a faenar rutinariamente, por lo que como era habitual, estos partían
acompañados por un numeroso séquito de nobles, guardias y ayudantes que llevaban
sus rehalas, gracias a las que la jornada podía rematarse de forma satisfactoria.
No cabe duda de la presencia de personas en estos acontecimientos, cuando
leemos que Vicente Bendicho menciona como el día que el Duque perdió uno de
sus perros, mandó un total de 24 hombres únicamente para que se encargasen de
buscarlo.
Las rehalas son el conjunto de
perros que se adiestran y preparan para el desarrollo de monterías, y entre las
cuales veremos cómo las razas preferentes son las de galgos y podencos, aunque
dependiendo de la región a la que nos dirijamos, llegarán incluso a precisarse
tipologías concretas, por las mejores prestaciones que ofrecen a los cazadores
para un terreno determinado.
Su labor es la de caza en
equipo, al estar preparados aprovechando sus capacidades visuales, auditivas y
de olfato para detectar presas. Imaginamos que la cantidad de perros empleados
en estas jornadas podría superar perfectamente las varias decenas.
Las
elevadas temperaturas, y el calor que se alcanza durante la estación estival en
esta zona, hacían inmediatamente mella, por lo que se solían celebrar este tipo de jornadas con la llegada del
otoño y el invierno, por ser la temporada idónea para emprender este tipo de actividad cinegética.
El historiador Escolano dice a
principios del siglo XVII de este lugar que: “la Isla Planesa, por la llanura que tiene, como arriba se dijo; que es
tanta, que convida a los amigos de caza de conejos, pasen a ella en barcos, por
los muchos que engendra y por ser tan tratable y llana”.
Durante los siglos XVI, XVII y
una parte del XVIII, la isla funcionó como un coto natural, garante de calidad
por sus casi 30 hectáreas de extensión deshabitadas. Un territorio
prácticamente llano, y que solo gana algo de altura en la zona que se conoce
como “el campo”, es decir, el área que hay a las afueras del núcleo urbano, y
donde en el mejor de los casos se alcanza una altura levemente superior a los
15 m.s.n.m., sin existir ningún accidente en el terreno.
Las piezas demandadas eran
conejos, que vivían de forma permanente en este hábitat, cavando
madrigueras y aprovechando los recodos que les brindaba el bajo matorral del
entorno, que como es de suponer, antes
de que se antropizara el medio, cubriría buena parte de la isla. La producción
cinegética del lugar queda reflejada en la descripción realizada por Vicente
Bendicho, cuando recordaba las 150 presas logradas en dos días por el Duque de
Maqueda, por “la mucha y abundante caza
que hay de conejos, que se ha visto en dos días cazar los lebreles”
La caza menor en Tabarca se vería fuertemente favorecida por el escaso espacio sobre el que los animales podían moverse, además de la ausencia de grandes masas arbóreas, y la regularidad de un terreno prácticamente llano.
Teniendo en cuenta que la isla en las partes más anchas puede cubrir una distancia que no va más allá de trescientos y pico metros, junto con una longitud principal que no sobrepasa los dos kilómetros, partimos pues de un conjunto de características ventajosas que promovieron este tipo de actividades de forma continua en el lugar.
David
Gómez de Mora
Bibliografía:
* Bendicho, Vicente (1640).
Crónica de Alicante
* Escolano, Gaspar
(1610-1611). Década primera de la historia de la insigne y coronada ciudad
y Reyno de Valencia